7. Imogen #2
—Está bien. —Encontré su mirada—. Entonces tenemos que hacer un pacto.
Ladeó la cabeza y entornó los ojos con suspicacia.
—Si pierdo el control, tendrás que detenerme.
—Es evidente…
—No. —Se interrumpió ante la dureza de mi tono—.
No me has entendido. Mi intención es mantener las distancias con Theodore, pero, si resulta que acabamos en una misma habitación, tendrás que permanecer a mi lado.
Tendrás que asegurarte de que no nos quedamos los dos solos ni por un momento.
Y, si pierdo el control, si recurro a mi canto sin querer, tendrás que matarme.
—¿Matarte? —Se estremeció.
Asentí y él negó con la cabeza, abrumado.
—Lo siento, pero matarte me parece una medida un poco extrema. —Se frotó la cara—. Me estás pidiendo algo por lo que mi rey y amigo íntimo y la mujer a la que amo me aborrecerían.
—Supongo que me consuela saber que te causa ciertos reparos hacerlo, aunque sea solo por motivos personales.
—¿No vale con que te deje inconsciente? —preguntó con un resoplido lastimero.
Me paré a considerarlo y pensé en el sueño que había tenido. Evoqué el ansia que había embargado a Eusia, la quemazón que se había extendido por su mandíbula ante la idea de alimentarse. Había sentido ese mismo anhelo voraz en ella al pensar en la sangre de Theodore.
—No —susurré con firmeza—. No será suficiente.
Mi tono debía de haber dejado entrever el profundo miedo que me reconcomía, porque Lachlan se puso tenso.
—¿Que no sería suficiente? —Estar constantemente molesta con él hacía que a menudo olvidara lo inteligente que era. Dio un paso hacia el catre sobre el que me encontraba lanzándome una mirada perspicaz—. ¿Por qué no?
—No… —Mi corazón dio un vuelco ante su muestra de recelo—. No podría soportar… No quiero correr riesgos.
—Desembucha, Imogen.
—Dioses, está bien. —El barco cabeceó y entrelacé las manos sobre el regazo—. Mi canto se ha… corrompido. Por algún motivo, el vínculo de sangre que compartía con Theodore mantenía a Eusia a raya. Sin embargo, ahora que lo hemos roto, Eusia tiene acceso a mi poder.
Lachlan guardó silencio durante un largo rato mientras se mordisqueaba el interior del labio.
—Que tiene acceso a él… ¿Quieres decir que puede usarlo?
Asentí.
—Los vínculos de sangre permiten compartir poderes.
Yo pude usar el don de Theodore, aunque él nunca trató de utilizar el mío.
No obstante, Eusia puede interceptar mi poder cuando lo utilizo, supongo que gracias al hechizo que forjó nuestro vínculo.
Durante la batalla contra los serafíes, entoné un canto y ella se adueñó de él para obligar a tripulaciones enteras a saltar por la borda.
Hizo que repitieran su hechizo y se sacrificaran por ella.
Lachlan se quedó boquiabierto.
—Ah, genial. —Parecía temeroso y enfadado—. De lujo. Maldita…
—Si te lo hubiera contado antes, ¿me habrías ayudado a escapar de palacio? ¿Me habrías ayudado a llegar hasta este barco?
—Sí. Lo habría hecho por Agatha. —Resopló y se apoyó los puños en las caderas—. Y un poco por ti también.
—No… —Me sentía como si tuviera una piedra encajada en la garganta—.
Gracias. Siento no habértelo dicho antes.
Te doy mi palabra de que haré todo cuanto esté en mi mano para llevarte hasta ella.
Eso si mi palabra tiene algún valor para ti a estas alturas.
—Parpadeé para contener las lágrimas. Rescatar a Agatha era lo único que me empujaba a seguir adelante—.
Me mantendré alejada de Theodore y trataré de controlarme todo lo que pueda, pero, por favor, prométeme que no dudarás en intervenir si esa es la única forma de mantenerlo a salvo.
Se frotó la sien.
—Pues más te vale poner todo de tu parte, porque, como tenga que matarte, no tendremos cómo entrar en Antemusa.
Negué con la cabeza.
—Si yo muero, también lo hará Eusia. Y supongo que la tierra yerma dejará de ser tóxica. Acabar conmigo solucionaría un buen puñado de nuestros problemas.
Un gesto sombrío nada propio de él se adueñó de sus facciones, pero terminó mostrándose de acuerdo con un silencioso asentimiento. Levantó la vista al techo, donde la música y el sonido de las pisadas de la cubierta se colaban entre las grietas de la madera.
—¿Lista para raptar a una novia?
Se me formó un nudo en el pecho, pero me las arreglé para asentir.
—Lista.
Nos detuvimos al llegar a la escalera de cuerda que conducía a cubierta. Arriba se había hecho el silencio; la música había parado y la multitud se había dispersado. Solo quedaban unas cuantas personas.
Lachlan subió primero y asomó la cabeza por la escotilla que conducía a cubierta. Un instante más tarde, se agachó para mirarme. El farol que colgaba del techo bañó con su luz dorada el ala del sombrero de tres picos que llevaba y ensombreció su rostro.
—¿A qué esperas? —le susurré.
—Pongamos unas cuantas normas.
—¿Qué?
Sostuvo un dedo en alto para mandarme callar.
—Si notas que empiezas a perder el control de tu poder… —hizo una pausa mientras buscaba una manera de solucionar el problema—, dame dos golpecitos en el codo.
Puse los ojos en blanco, exasperada.
—Quita.
Aunque me causó un intenso dolor en el vientre, lo agarré del brazo y tiré de él para que se bajara de la escalera de cuerda y así poder ocupar su lugar. Me asomé por el borde de la escotilla.
Entre la multitud que empezaba a dispersarse, me pareció atisbar un vestido blanco como una nube cruzando el umbral del camarote de Theodore.
Las personas que había repartidas por la cubierta se movieron y me taparon la vista justo cuando la puerta se cerraba; fue como recibir un puñetazo en el estómago.
Poco a poco, muda de asombro, bajé de nuevo al sollado.
Me sentía hueca por dentro, tan desdichada y dolida que ni siquiera me veía capaz de hablar.
Lachlan me lanzó una mirada inquisitiva.
La luz dorada se derramó sobre su rostro levantado y en su ceño aprecié cierta inquietud.
Un brillo preocupado a la par que comprensivo iluminaba sus ojos.
—Centrémonos en Agatha —dijo al final—. Solo en ella.
—Solo en ella —coincidí asintiendo.
Rapta a Halla, encuentra a Agatha, protege a Theodore. Ese había sido mi plan desde el principio y lo seguiría siendo.
—Muy bien. —Lachlan se estiró la casaca y señaló la insignia de su pecho de nuevo—.
Soy un oficial, así que te ordenaré que te dirijas a la pasarela que hay a estribor del camarote de Theo y que conduce a la zona de popa.
Como siempre, algunos de mis hombres estarán montando guardia ante su puerta.
Una vez que estés en posición, volveré al sollado, me pondré mi armadura y haré que los guardias se retiren.
—¿Y si tus hombres reconocen tu voz mientras me das la orden? ¿No piensan que sigues en palacio?
Él agitó una mano como si no hubiera preguntado más que tonterías.
—Ya me encargaré yo de eso. Tú céntrate en llegar hasta Halla. Asegúrate de que permanece viva y calladita. Entrarás por las ventanas de popa y saldrás con ella por la puerta. —Me ofreció la llave—. Tendrás que cubrirla con una capa y traerla a nuestro camarote.
Los nervios me revolvieron el vientre dolorido, pero asentí rápidamente justo cuando el grupo de tripulantes encargado del segundo turno de noche salía para ocupar sus puestos en cubierta. Al ver que nos miraban con gesto curioso, nos apresuramos a seguirlos.
Una vez arriba, respiré hondo para llenarme los pulmones de aire fresco.
El cielo oscuro y despejado estaba salpicado de estrellas resplandecientes.
Los invitados de la boda se habían dispersado enseguida y se habían alejado por las pasarelas o habían bajado a los puentes inferiores para retirarse a dormir.
Los músicos estaban guardando los instrumentos en sus respectivos estuches; la tripulación había empezado a apagar los faroles, y los sirvientes estaban recogiendo las enredaderas en flor que decoraban el altar y los mástiles.
Nos acercamos al camarote de Theodore, donde un par de soldados ataviados con armadura dorada montaban guardia. Lachlan se aseguró de llevar bien calado el sombrero y cogió un cubo de agua.
—¡Grumete! —Habló por la nariz, de manera que su voz sonó aguda y quejumbrosa. La situación era tan ridícula que tuve que morderme el interior de la mejilla para no echarme a reír. Me puso el cubo en la mano—. Quiero que dejes este pasillo como los chorros del oro antes de que salga el sol.
Me dejé caer al suelo de rodillas muy despacio, agradecida por que las sombras ocultaran la mueca de dolor que me retorció el rostro.
—Hala, venga… —Lachlan levantó las manos—. Saca la piedra pómez y ponte a frotar.
Saqué la piedra del cubo sin ninguna prisa y la pasé por la zona de cubierta que se extendía ante mí.
—Así no. —Lachlan se arrodilló delante de mí y me quitó la piedra de las manos.
Frotó vigorosamente y, mientras lo hacía, me susurró en voz muy baja—: Al final de este pasillo, hay una cornisa que recorre todas las ventanas del camarote.
Tendrás que saltar para llegar a ella, pero es amplia y resistente.
Encontrarás alguna ventana abierta seguro.
—Dejó caer la piedra en el cubo y me salpicó los pantalones—.
¡Lo quiero listo para el amanecer, grumete!
Entonces se puso de pie de un salto y emprendió el camino de vuelta a la escotilla para irse a buscar su armadura allí donde la hubiera escondido.
Los guardias del camarote ni se inmutaron ante nuestra escenita.
Eché un vistazo por encima del hombro al pasillo, donde había tres puertas que comunicaban con otros camarotes más pequeños.
Una ráfaga de aire salado voló entre los estrechos muros mientras yo trataba de calmar mis nervios a flor de piel.