La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 7. Imogen
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7. Imogen

Imogen

U nas aguas verdes y viscosas me cubrían los ojos abiertos una vez más. Lo único que distinguía era la luz trémula de una antorcha.

—Y a te dije que un hechizo de tal calibre tendría un precio mucho más alto del que estarías dispuesta a pagar.

—L a voz de Eusia era encantadora y, aunque resonaba por su pecho como una canción, también notaba su vibración en el mío.

La boca me sabía al agua salada y estancada que le caía sobre la lengua marchita.

—N o —d ijo una mujer en voz baja, con una dulce devoción. Su silueta se ondulaba en el agua. Tenía la melena blanca, recogida en una trenza alrededor de la cabeza, y la piel clara como la nieve —. Ya he tomado una decisión y estoy dispuesta a pagar el precio.

Mi vista se aclaró y un rostro joven apareció ante mí. La mujer era delgada pero de espaldas anchas y tenía el rostro terso y redondo. A pesar de su juventud, la inquietante firmeza de sus ojos azules le confería la apariencia de una mujer temible.

Eusia profirió un ruidito ávido y divertido.

—Conque sí, ¿eh? ¿Y qué pensarán tus consejeros, Nivala? ¿Qué dirá tu gente de una decisión tan… abominable?

Nivala bajó la cabeza en actitud retadora.

—No me cabe duda de que se opondrán a ello, pero no son nada en comparación con vos. Conmigo. Cuando alguien es tan insignificante, ni sus protestas más ensordecedoras podrían opacar un poder como el nuestro.

Se volvió y le dio la espalda al estanque. Una de las mangas de su vestido negro estaba desgarrada, como si se hubiera peleado con alguien. Después de que extendiera una mano y se doblara por la cintura, la cámara quedó inundada por el sonido de un roce de algo que se arrastraba por el suelo.

—¿Y qué pasa con tu esposo? —le preguntó Eusia despacio—. ¿Cuán ensordecedoras crees que serán sus protestas?

Entonces Nivala se dio la vuelta y cogió en brazos un fardo envuelto en tela de arpillera empapada de sangre.

—Gritó lo bastante como para atraer a Nemea y a sus hombres hasta mis aposentos. Pero fue por el bien de todos.

Retiró la tela que cubría el fardo y dejó al descubierto un miembro pálido y salpicado de manchas carmesíes que no dudó en tirar al estanque.

Sentí el alborozo que embargó a Eusia en aquel momento. Se le hizo la boca agua.

Nivala se limpió la sangre de las manos con la parte delantera de su vestido hecho girones.

—Fue de gran ayuda.

Me desperté con un jadeo estremecedor. El sabor metálico de la sangre y de aquella desagradable agua salada me inundaba la boca. La oscuridad me envolvía allí donde colgaba suspendida en el aire. La madera crujió y la cabeza me martilleó.

—Joder, Imogen. —Lachlan tenía agarrado el borde de mi hamaca y lo zarandeaba—. Joder. —Desvió la mirada hacia el extremo opuesto de la ensombrecida estancia, donde dormían decenas y decenas de tripulantes. Continuó hablando en un murmullo quedo—. ¿Qué narices has hecho?

Lo miré, aunque tenía la vista borrosa y salpicada de puntitos blancos.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

Siguió escudriñando el sollado.

—El barco ha dejado de moverse.

Me llevó un largo momento comprender que, en efecto, el barco se había detenido y que mi poder fluía a través de mi cuerpo como un torrente tan cálido y acelerado como mi propia sangre.

No era consciente de haberle dado esa orden al agua, pero, incluso dejando a un lado la neblina del nepente, dejando a un lado las imágenes todavía vívidas de aquel extraño sueño que había tenido, notaba el agua y el viento como si fueran una extensión más de mi cuerpo.

Se habían quedado inmóviles, a la espera de mi próxima ­orden.

Sacudiendo la cabeza, desorientada, los solté.

El barco volvió a la vida al instante. Retomó la marcha con un bamboleo y el viento volvió a colarse a través de la tronera que tenía al lado. Pero Lachlan todavía parecía molesto, como si estuviera a punto de partirse la lengua en dos por la fuerza con la que se la estaba mordiendo.

—Levanta.

—¿Qué hora es?

Lachlan ya estaba en movimiento.

—Date prisa.

Estábamos en uno de los rincones más alejados del sollado, donde menos miembros de la tripulación había, pero nos encaminamos en dirección a una hilera de puertas tan en silencio como pudimos y pegados al casco del barco.

—Escóndete ahí —me pidió en un susurro al tiempo que señalaba un hueco estrecho entre un cañón y el casco.

Me agaché con una mueca de dolor y él sacó la llave que le había quitado al hombre que había tirado por la borda. Pegó la oreja a la primera puerta.

—¿Qué narices ha pasado?

La confusión me embargó.

—Ha sido un sueño…, creo. Provocado, quizá, por el nepente.

Pero la sensación había sido mucho más intensa que la de un sueño.

Nunca había ocupado el cuerpo de otra persona mientras dormía.

Había saboreado las aguas estancadas del estanque y percibido el olor del moho y las piedras húmedas.

Tal vez mi mente estuviera castigándome.

Ilustrando las espeluznantes historias que me habían contado con todo lujo de detalle y obligando a mi subconsciente a entrar en el cuerpo de Eusia.

Haciéndome mirar a mi padre a la cara cuando lo que más quería en el mundo era olvidarlo.

Lachlan llamó con delicadeza a la puerta y, cuando nadie respondió, metió la llave en la cerradura para abrir él mismo. Al girarla, el cerrojo emitió un sonoro chasquido, y Lachlan me instó a entrar apresuradamente. Una vez dentro, encendió un farol con torpeza.

El camarote era pequeño y contaba solo con un camastro estrecho pegado a la pared, un ojo de buey y unos cuantos colgadores al lado.

En una de las esquinas había una pequeña repisa donde descansaban una palangana, una pastilla de jabón y una cuchilla de afeitar.

No había ni la mitad de espacio que en mi vestidor en la fortaleza Linum.

El pedazo de cielo que se veía por el ojo de buey tenía un aspecto lúgubre y no había ni rastro de la luna.

Mientras Lachlan dejaba el farol en uno de los colgadores, oí un murmullo colectivo proveniente de la cubierta principal, pero, como varias personas hablaban al unísono, no alcancé a oír lo que decían. Lo sucedieron unos escasos aplausos.

—Lachlan… —me senté en el catre al sentir de pronto que las piernas no me sostenían—, ¿cuánto tiempo he dormido?

—Antes de que pararas el barco, no mucho.

—¿Qué hora es?

Se volvió hacia mí despacio con una mezcla de arrepentimiento y determinación en el rostro.

—Nuestro objetivo nunca ha sido impedir la boda, Imogen. Era necesario que saliera adelante para evitar que la emperatriz declare la guerra. Nosotros solo necesitamos a Halla.

Sentí que las costillas se me partían y me atravesaban el corazón. Tardé unos segundos en encontrar mi voz.

—Lo sé, pero pensaba… pensaba que… —Apreté los puños mientras la quemazón de la ira encapsulaba mi dolor—. Da igual. —Tragué saliva para aliviar el nudo que me atenazaba la garganta—. Eres un desgraciado.

—Ya, lo sé —admitió asintiendo sombríamente.

Theodore se había casado con Halla. Me costaba respirar, me costaba plantarle cara a la brutalidad de mi desconsuelo.

­Theodore acababa de hacer justo lo que yo le había pedido.

Por eso había tomado la poción que rompería nuestro vínculo: para que pudiera cumplir con su deber sin que yo me interpusiera en su camino.

Porque aquello era lo correcto. Desde el principio había tenido muy claro que me dolería, pero ahora me daba cuenta de que era mucho peor de lo que había esperado.

No había imaginado que verlo tomar la decisión que yo misma había querido que tomara fuera a hacerme sentir tan dolida y traicionada, tan ciega de rabia.

—No puedes matarla —dijo Lachlan con cuidado a la vez que se colocaba bien la casaca.

—¿Cómo dices? —pregunté a la defensiva.

Él levantó las manos como si no tuviera culpa de nada, como si no se hubiera comportado como un auténtico malnacido.

—Puede que esto te sorprenda, pero, en este corto periodo de tiempo, has demostrado que no eres demasiado digna de confianza que digamos, así que he sentido la necesidad de recordarte que no puedes matar a la princesa de Obelia bajo ningún concepto.

Fruncí los labios.

—No tengo intención de acabar con su vida. Mi intención es averiguar qué sabe sobre Eusia y su madre. Además, ambos la necesitamos para llegar hasta Agatha. ¿Por qué narices iba a querer matarla?

Lachlan negó con la cabeza, se metió la mano en el bolsillo de su uniforme distraídamente y sacó un pedazo de pan, que enseguida me ofreció.

—Ah, pero con esto no quiero decir que lo vayas a hacer a propósito. Creo que es más probable que pierdas los papeles y actúes sin pensar.

Me puse colorada. Las miguitas cayeron sobre mi regazo al arrancar un pedazo de pan.

—Está bien. No la mataré. —El silencio se volvió incómodo mientras comía, así que traté de llenarlo como pude—. ¿Cómo sabías cuál era el camarote correcto?

Lachlan hincó una rodilla en el suelo y procedió a atarse bien las botas. Luego ajustó la posición de la daga que pendía de su cintura.

—He estado observando a los demás oficiales mientras dormías. Nadie ha entrado en este camarote y entonces he recordado que el hombre al que has matado en el castillo de proa también era un oficial —explicó señalando la insignia que se había prendido a la solapa.

—No hables como si hubiera sido solo cosa mía —dije estirando la espalda con indignación—. Te recuerdo que tú también desenvainaste tu daga.

—Sí, pero, como cualquier soldado bien entrenado, lo hice después de pensarlo con detenimiento. Después de considerar todos los escenarios posibles. —Me miró y enarcó las cejas oscuras—. ¿Puedes decir tú lo mismo?

Me llevé a la boca el último pedazo de pan y mastiqué con la mirada gacha.

No me había parado a pensar ni por un segundo antes de atacar a aquel hombre.

Mi cuerpo había reaccionado antes que mi mente.

A pesar de lo decidida que había estado a contenerme, Lachlan tenía razón.

Una vez más, había demostrado que mi falta de autocontrol era un peligro.