La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 6. Theodore #3
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6. Theodore #3

—Ahí es a donde quiero llegar. Mi madre estuvo dispuesta a renunciar a un ser querido para conseguir lo que quería, así que imaginaos lo que haría con vos o incluso conmigo, si le negáis esta unión.

El deber implicaba hacer sacrificios. Y yo siempre lo había dado todo de mí, pero ahora me daba cuenta de que había sido capaz de hacerlo solo porque me había sentido vacío, muerto en vida.

Arrancarse pedazos de uno mismo es fácil cuando no sientes la hoja atravesándote, pero Imogen me había sacado de mi estupor.

Todo cuanto no había tenido efecto en mí hasta entonces de pronto se me antojaba insoportable.

Exhalé para mentalizarme del dolor que me esperaba.

—Comenzad… —dije con voz estrangulada— cuando estéis lista.

Halla se levantó la falda del vestido blanco, cargada de perlas y cuentas de vidrio, y se arrodilló ante mí.

—Pongo a los grandes dioses, a los santos de Obelia, allá donde estén, como testigos de que me entrego a vuestro corazón, vuestra mente, vuestro cuerpo y vuestra corona. —Empleaba un tono cantarín y suave mientras me miraba con esos ojos tan azules—. Que nuestro vínculo nos haga uno.

Al ver que concluía sus votos, cogía la daga y se abría un corte superficial en la palma, la rabia se adueñó de mí.

Se lo había dejado muy claro: no debía ofrecer su sangre; no íbamos a vincularnos.

Sin embargo, el líquido carmesí continuaba acumulándose en su mano ahuecada.

Cuando no repetí el gesto, la doncella de Halla se adelantó y hundió una alianza dorada y decorada con gemas de color azabache en su sangre.

Halla se incorporó con nerviosismo y dio un paso hacia mí.

Se suponía que debía ponerme yo mismo el anillo en el dedo, pero no me veía capaz de moverme.

La tensión creció entre los invitados, que esperaban a que pronunciara mis votos.

Atentos para ver si me arrodillaría, para ver si aceptaría la daga y repetiría los compromisos de Halla.

El suave susurro de las velas y las olas se volvió ensordecedor mientras contemplaba la alianza ensangrentada.

Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, todo se detuvo. El viento cesó. El mar se quedó en calma.

El barco cabeceó y aminoró la marcha, lo cual hizo que todos perdiéramos el equilibrio. Sobre la cubierta descendió un silencio sobrenatural, una calma demasiado abrupta. Los miembros de la corte y la tripulación levantaron la vista extrañados para contemplar las velas caídas.

Un cosquilleo me recorrió la piel. Imaginé a Imogen bajo el cielo nocturno y despejado, doblegando el mundo a su voluntad con una expresión seria y resuelta en su hermoso rostro.

Di un paso atrás y recorrí la cubierta envuelta en sombras con la mirada para buscarla entre los asistentes a la boda, pero el viento volvió a la vida un instante más tarde.

El oleaje regresó. Las velas se hincharon una vez más y mi corazón se hundió en mi pecho como si estuviera hecho de piedra.

Me sumí en una especie de trance y cuadré los hombros antes de volver a acercarme a Halla. Cogí la alianza cubierta de sangre y me la puse en el dedo.

Cuando por fin pronuncié mis votos, lo hice en voz baja, para que mis palabras quedaran solo entre la princesa y yo.

—Pongo a los grandes dioses, allá donde estén, como testigos de que me entrego a vuestro… —Una punzada de dolor me atravesó. No iba a entregarme ni a su corazón ni a su mente. Tampoco a su cuerpo—. A vuestra corona —concluí— y a todo lo que ella os da derecho. Que nuestro acuerdo…

Halla me estudió con entusiasmo antes de ofrecerme su daga de madreperla.

El arco expectante que adoptaron sus cejas pálidas, así como la súplica que separó sus labios rosados, me demostraron que Eftan la había manipulado a ella también.

Entre los invitados corrieron todo tipo de murmullos desconcertados.

Acepté la daga, cuya empuñadura seguía caliente por su contacto, y la dejé sobre la plataforma del timón, justo al lado del cuchillo que Eftan me había dejado preparado. Cumpliría con mi deber y nada más.

—Que nuestro acuerdo sea provechoso para nuestra gente —anuncié con firmeza—, pues ese es nuestro propósito y nuestra meta.

Halla levantó la cabeza en un gesto tan victorioso como indignado. Un coro de susurros estalló entre los miembros de la corte antes de que entonaran su parte de la ceremonia.

—Por la bendición y el poder de los grandes dioses.

La princesa y yo repetimos aquellas palabras en un quedo murmullo.

Vi que la doncella de Halla se acercaba a ella y le envolvía la mano herida en un paño mientras yo me sumía todavía más en el trance que me había atrapado.

Tardé un instante en darme cuenta de que Halla me había apoyado una de sus gélidas manos en la mejilla.

Pero no me agaché. Me quedé rígido, y la princesa se puso a mi altura y rozó mis labios con los suyos. Fue un beso frío, desagradable.

Entre los desganados aplausos de un puñado de invitados, Halla me cogió de la mano para conducirme hasta mi camarote, pero yo solo tenía ojos para la sirena de la vidriera que decoraba la puerta.

La misma que se alzaba sobre el Eleuthios.

Resplandeciente, rodeada por un halo de luz solar. Fuera de mi alcance.