6. Theodore #2
—Hubo un tiempo en que sí que la amé —dijo con voz firme y defensiva mientras se colocaba bien el jubón decorado con bordados dorados—.
Nunca me cansaba de ella. Quería pasar cada segundo de mi vida a su lado.
Quería tocarla, alimentarla, bañarla… —La petulancia con la que ladeó la cabeza me hizo pensar en un adolescente ingenuo y locamente enamorado—.
Luego comprendí que todo eso no es más que un producto de las primeras etapas del amor.
Es como un jarrón de flores frescas, bonito, colorido y capaz de darle vida a cualquier estancia, pero no dura para siempre. Con el tiempo se marchita. Se pudre.
Permanecí quieto un buen rato, abrumado por mis pensamientos.
Aquella condenada canción seguía sonando; sus notas se abrían camino a la fuerza por las rendijas de la puerta.
No sería nada sensato por mi parte decirle que estaba totalmente equivocado ni tampoco demostrarle que Eftan tenía razón.
Había modificado el contrato por Imogen, pero, en aquellos momentos, no estaba actuando con cabeza.
Me abroché la esclavina negra sobre los hombros.
—¿Recuerdas el nombre de las enredaderas típicas de nuestro reino? —le pregunté—. Imagino que lo aprenderías en tus lecciones.
—Me temo que no, majestad —respondió él con una risita altiva.
—Se llaman malvinias, como mi abuela. Conseguir que den flores no es difícil, pero sus pétalos se marchitan muy rápido si no se las cuida rigurosamente, y estos dejan atrás un residuo muy pegajoso.
Aun así, Panos nunca perdía la oportunidad de hacerlas florecer, porque eran las favoritas de mi abuela.
Cuando ella murió, mucho antes que él, mi abuelo intentó dejar de cultivarlas.
Su pena lo empujó a pedirles a los demás varianos que no permitieran que las enredaderas dieran flores.
Todos obedecieron, pero, cada vez que el mismo gran dios Panos decidía hacer crecer una malvinia, sus flores se las arreglaban para brotar entre sus ramas.
—Me coloqué bien la corona—. Ni siquiera él fue capaz de impedir que la esencia de su amada lo poseyera.
Markis profirió un ruidito imparcial y se acabó su copa de vino.
—Parece que no soy un hombre tan romántico como pensaba —admitió con una ligera carcajada—. Habláis como si una «posesión» fuera algo a lo que aspirar.
Estiré la espalda al notar que una emoción a la que no me apetecía ponerle nombre me recorría el cuerpo como el oleaje.
—Déjame solo.
—Por supuesto. —Aunque se esforzó por disimular, un brillo burlón le surcó la mirada. Hizo una profunda reverencia y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo antes de salir—. Me da mucha pena no haber conocido a vuestra sirena, majestad. Parece ser una mujer… excepcional.
No sabía si me acababa de lanzar una amenaza, pero mi cuerpo se puso a la defensiva. Tan pronto como Markis se marchó con la cabeza ladeada en un gesto compasivo, un sirviente apareció en su lugar.
El joven hizo una rápida reverencia y mantuvo la vista clavada en la alfombra que pisaba cuando dijo:
—Es la hora, majestad.
Permanecía ante el altar sin apenas poder respirar.
Halla avanzó despacio entre los invitados, tan pálida como un espectro.
Tenía el rostro empolvado algo tenso; imaginé que por culpa de las náuseas.
La cola blanca de su vestido era tan fina que incluso la más suave brisa la levantaba, de manera que flotaba tras ella como un manto de niebla.
Entre las manos sostenía una daga con la empuñadura de madreperla, cuya hoja apuntaba hacia el suelo.
Ahora era la viva imagen de la majestuosidad, pero su aspecto no tenía nada que ver con el de tan solo dos noches antes, cuando, encorvada sobre una silla ante la chimenea de mi dormitorio, con los ojos rojos e hinchados, había aceptado todos los cambios que le había propuesto como si fueran los latigazos correspondientes a un castigo del que se sabía merecedora.
Con voz temblorosa, había jurado por su hogar y por su vida que no sabía que la santa a la que había estado venerando era un antiguo monstruo sediento de sangre.
Al terminar, me había pedido solo dos cosas a cambio entre súplicas.
Eftan permanecía al borde del espacio iluminado por los faroles, mirándome fijamente. Como si las hubiera invocado para mí, recordé las palabras que Imogen había pronunciado con voz rota.
«Cumple con tu deber, Theo, y yo me encargaré de cumplir con el mío».
Imogen y yo habíamos hecho un trato en una habitación fría de la fortaleza Linum: yo le ofrecería mi protección a cambio de que ella derrotara a un monstruo. No era justo por mi parte echarle en cara que hubiera mantenido su palabra, pero solo los dioses sabían lo mucho que quería hacerlo.
La doncella de Halla, una joven alta con el mismo color de pelo y piel que su señora, la siguió hasta el altar y luego se arrodilló ante ella.
El resto de los asistentes hicieron lo propio y nos dejaron a Halla y a mí de pie el uno frente al otro.
Cuando encontró mi mirada a través del velo que la cubría, vi que tenía los ojos muy abiertos y que su pecho subía y bajaba al ritmo de su acelerada respiración.
De pronto caí en la cuenta de que había sido muy inteligente al pedirme que nos casáramos en altamar. Me había dejado atrapado, sin lugar al que escapar. Me pasé una mano por la pechera de mi casaca y le dediqué un estoico asentimiento.
—Majestad. —Se retiró el velo y esbozó una sonrisa—. Estáis muy guapo, aunque os veo algo alterado.
El tiempo se detuvo mientras la contemplaba. Su rostro estaba radiante; llevaba los ojos azules discretamente delineados con kohl, y el pelo suelto le caía hasta las delgadas caderas. Imaginé que, de pasar los dedos por sus pálidos mechones, no encontraría resistencia alguna.
Ella también me estudiaba, y se le formó una arruguita entre las cejas rubias, casi blancas.
Llevaba los labios y las mejillas tintados de rosa.
No me cabía duda de que muchos hombres la encontrarían atractiva, pero a mí solo me generaba rechazo.
Todo en ella estaba mal. Su melena debería ser espesa, oscura y salvaje.
De enterrar mis manos en sus suaves rizos, debería mostrarme reacio a soltarla.
Su boca debería ser de un rojo intenso y dibujar una línea enloquecedoramente resuelta.
Sus ojos deberían ser como dos resplandecientes puntas de flecha, agudos y del color de la miel, enmarcados por unas pestañas negras y espesas como las plumas de un cuervo.
Halla me miró con expresión confundida y dio un paso hacia mí.
—Os entiendo. Entiendo vuestro temor, quiero decir —susurró con una preocupación sincera.
Desvió la mirada hacia los asistentes y luego volvió a centrarse en mí y adoptó un tono más suave todavía—.
Cuando era pequeña, mi madre me habló de mi padre.
Me contó lo mucho que lo había admirado siempre, lo mucho que lo había amado incluso.
Con frecuencia hablaba de su unión con cariño.
—¿Habláis del mismo hombre con el que alimentó a Eusia? —le pregunté con una mueca.
Ella palideció más si cabía y asintió.