6. Theodore
Theodore
E ra una noche sin luna.
La oscuridad pesaba sobre nosotros, infinita, pero el área central de la cubierta principal brillaba gracias a la luz de las decenas de faroles que se mecían al ritmo del barco. El viento sacudía con frenesí las enredaderas que abrazaban los mástiles.
Debajo de ellas, la tripulación trabajaba y los miembros de la corte se movían de acá para allá y conversaban entre sí, vestidos con ropajes demasiado elegantes para una travesía que los conducía hacia el inclemente mar de Obelia.
Remoloneé entre las sombras de mi camarote mientras los observaba con los brazos firmemente cruzados sobre el pecho, deseando que no hubiera acudido nadie para ser testigo de la ceremonia.
Lo que había ocurrido entre Imogen y yo no era ningún secreto en la corte y, ahora, los rumores sobre las modificaciones que había hecho en los acuerdos prematrimoniales estaban empezando a diseminarse con la virulencia de una enfermedad contagiosa.
Los cuchicheos corrían como la pólvora, haciendo saltar chispas en el aire y desencajándoles la mirada a los invitados.
Apenas alcanzaba a oír lo que decían por encima de los acordes de los músicos.
«Tiene el corazón roto».
«Seguro que acaba cancelando la boda».
«Por supuesto que no. No ha perdido la cabeza tanto como para hacer algo así».
Permanecí allí, escuchándolos, con un nudo en el pecho y la mirada fija en el altar abarrotado de flores dispuesto ante el timón.
Quienquiera que hubiera hecho crecer aquellas enredaderas las había llenado de unas enormes flores blancas.
Gracias al poder divino, resultaba sencillo hacerlas crecer más grandes y de un blanco tan intenso como el de la luz de la luna.
Sin embargo, mis tutores me habían enseñado desde bien pequeño a evitar cargar las enredaderas con demasiado peso.
Desde mi escondite entre las sombras, vi que Eftan inspeccionaba el altar y las plantas con los labios firmemente apretados. Levantó un zarcillo y le arrancó una flor para ponérsela en la solapa de su casaca antes de sacarse algo pequeño y resplandeciente del bolsillo.
Era un cuchillo ceremonial, de esos que se usan para establecer vínculos matrimoniales.
La rabia me atravesó el pecho como un rayo, repentino y arrollador.
El canciller dejó el cuchillo junto al altar y se apartó para colocarse entre mi procurador y mi mariscal, con la prominente barbilla levantada con orgullo.
Movía las manos en todas direcciones para darles énfasis a sus palabras mientras les hablaba, sin duda, de las modificaciones que había hecho en los acuerdos, de lo rebelde que estaba siendo yo y de lo mucho que necesitaba que ellos me guiaran.
Markis Gabros, el procurador de mi consejo, escuchaba a Eftan con atención, asintiendo sabiamente.
Desvió la mirada unas cuantas veces en mi dirección antes de darle unas palmaditas en la espalda y alejarse.
Las sombras de la noche y la luz de los faroles se alternaron para arroparlo de camino hasta mi camarote.
—Majestad —dijo con una reverencia—, me sorprende que no estéis vestido todavía.
Markis era leal pero astuto. Ya incluso cuando éramos niños había demostrado tener una astucia ingeniosa y una mente lo bastante rápida como para salirse con la suya casi siempre que se lo proponía.
Esas cualidades lo convertían en un excelente administrador financiero, pero también en un amigo que dejaba mucho que desear.
Abrí la puerta de mi camarote a regañadientes.
—Supongo que ya es la hora.
—Os serviré una copa. —Markis entró detrás de mí—. ¿Me permitís preguntaros qué tal estáis llevando vuestras últimas horas de soltería?
Rechacé la pregunta con un gruñido.
—Entiendo que Eftan se estaba quejando de lo del contrato, ¿no es así?
Lo oí servir vino en un cáliz.
—Aaah —dijo, prudente—. Ese tema lo tiene de bastante mal genio, sí.
Me pasé la exquisita camisa negra de mi traje de boda por los hombros mientras Markis me acercaba el vino.
—¿Tú qué harías si la mujer con la que has accedido a casarte venerara a un monstruo que caza a tu propia gente? —le pregunté tras beberme media copa de un trago.
Él profirió una carcajada carente de humor.
—Si ese fuera el único problema, mi respuesta sería mucho más sencilla. Pero no estáis contando con un detalle muy importante, que es el linaje de vuestra prometida. Uno no puede dejar plantada en el altar a la hija de la emperatriz de Obelia y esperar vivir para contarlo.
Se me cayó el alma a los pies. Tenía razón. Solo un loco se atrevería a ofender a la emperatriz.
Markis me miró de reojo desde el brazo del canapé en el que se había sentado.
—En cualquier caso, la… irritación de Eftan no viene de ahí.
Él cree que el motivo por el que os negáis a casaros con Halla como es debido es otro.
—Me ofreció una sonrisa zalamera y se acicaló la barba con los dedos—.
Cree que es porque cierta sirena todavía tiene las garras bien enterradas en vuestro corazón.
Me puse la casaca y esbocé una mueca al sentir una punzada en el pecho.
—Está bien. —Se levantó del sofá y su elegante voz adquirió un tono empalagoso—.
Lo que sé es que vuestro poder no tiene rival.
—Me pasó la mano por el hombro de la casaca para alisármelo y tuve que reprimir el impulso de asestarle un puñetazo en su hundido mentón—.
Eftan puede patalear hasta agotarse, pero vos sois un rey y un dios, así que podéis hacer lo que os plazca.
He leído las modificaciones que le habéis hecho al contrato y he visto que no habéis tocado las cláusulas correspondientes al comercio, así que sé que habéis velado tanto por el bienestar del reino como por el del continente.
El resto son sentimentalismos, detalles inconsecuentes.
Al pueblo obelino le dan igual los vínculos.
—Se encogió de hombros en gesto despreocupado—.
Si queréis que la princesa sea vuestra amante en vez de vuestra esposa, ligada a vos en divino vínculo, estáis en todo vuestro derecho.
—Tampoco quiero que sea… —Me interrumpí y me pellizqué el puente de la nariz.
Markis sonrió como si creyera que me daba vergüenza hablar del tema.
—Como bien sabéis, yo no he tenido mucho éxito en el matrimonio, pero lo que habéis hecho con el contrato me parece que es lo más sensato para cualquier enlace.
Comunicadle a vuestra prometida qué debe esperar para que no se haga muchas ilusiones ni se ponga exigente.
En mi opinión, así os estáis ahorrando un considerable quebradero de cabeza.
Lo único que pude hacer durante un momento fue observarlo. Su mujer y él habían pasado por un proceso de separación brutal, interminable y que había estado en boca de todos. De hecho, si la memoria no me fallaba, se había comportado como un auténtico malnacido con ella.
—Entiendo que lo dices por experiencia —señalé apretando los dientes.
—Como estoy seguro de que recordaréis, lady Gabros y yo nos casamos por amor —dijo colocándose el jubón azul oscuro en el espejo—.
Pero mantener viva esa llama resultó ser mucho más difícil de lo esperado.
Quizá, si le hubiera dejado claras mis expectativas, como vos habéis hecho, las cosas habrían sido distintas.
Con vuestras modificaciones, no habéis dejado nada a la imaginación.
Ambos seréis más felices de esta manera.
«Más felices». Estuve a punto de echarme a reír.
Jamás me había sentido tan enfadado y vacío al mismo tiempo; resultaba de lo más extraño.
Una vez concluidos los ensayos, los músicos comenzaron a tocar en serio y las primeras notas de su canción, la misma que había sonado la primera vez que Imogen y yo habíamos bailado juntos, se vertieron sobre mí como la poción de una maga.
Al evocar el penetrante color dorado de sus ojos, mi ser prendió fuego, quedó presa del sufrimiento.
Pensé en la forma en que la luz de las velas le había conferido un brillo cobrizo a su cabello oscuro, en su aroma dulce y terroso, como el del jazmín y el aceite de lavanda.
En ese banquete había sido el centro de todas las miradas, arrebatadora incluso en aquel vestido tan espantoso.
Casi alcanzaba a sentir el fantasma de su cintura cálida y firme en la mano.
Apreté los dedos como si pudiera aferrarme a ella.
Markis siguió con aquella palabrería que tan familiar me resultaba.
—Pero miremos el lado positivo. Que la princesa sea una criaturita tan hermosa hace que todo esto sea un poco más llevadero, ¿no os parece? —Sonrió burlón—. Así no os cansaréis de ella tan deprisa.
—¿Es eso lo que ocurrió entre lady Gabros y tú? —le pregunté sin ser capaz de moderar el veneno que destilaba—. ¿Te cansaste de follártela?
Él se estremeció ante mi crudeza.
—No. No exactamente, majestad.
—Entonces, ¿cuál fue el problema? —Me acerqué molesto a la mesa central donde descansaban mi esclavina y mi corona.
Él negó con la cabeza, presa de una evidente incomodidad.
—Me… me cansé de otras cosas.
—¿De qué?
—De su insistencia, majestad —admitió en voz baja, con una nueva tensión—. Me exigía que pasara tiempo con ella constantemente y comprendí que necesitaba mucha más atención de la que yo podía darle.
Sentí una rabiosa punzada de celos. Markis se había casado con la mujer que había asegurado amar en cuerpo y alma solo para acabar deshaciéndose de ella sin miramientos, de la manera más cruel. Me coloqué la corona.
—Pues entonces tal vez no te casaste por amor, Gabros.