5. Imogen #3
Aunque me daba vueltas la cabeza por culpa del nepente, noté que Lachlan se había acercado.
—¿Habéis acabado? —le preguntó a le sanadore.
Elle se limpió las manos con un paño.
—Sí, iré a escribir esa nota. Tendréis que esperar hasta mañana, como mínimo, para que el rey os atienda. Se casa esta misma noche.
Se casa . Se me escapó un gimoteo estrangulado, aunque no era mi intención hacer ruido.
Lachlan me ayudó a incorporarme despacio y me agarró por los hombros cuando empecé a tambalearme. Le sanadore se sentó otra vez sobre sus rodillas y dejó volar su mirada tensa entre nosotros.
—Gracias —balbuceé con sinceridad, pues mi dolor se había aplacado considerablemente, aunque todavía lo sentía latir bajo la gruesa capa del nepente.
Le sanadore se mantuvo impasible.
—La joven necesita descansar, oficial. —Rebuscó entre sus cosas, sacó una tira de tela azul y me la ató al brazo—.
Con esto tendrá permiso para guardar cama.
Deberá venir a verme cada mañana y cada tarde para sus curas.
Conseguidle una hamaca cerca de la enfermería, junto a una tronera, para que tenga aire fresco.
—A la orden —dijo Lachlan, que asintió con la cabeza.
—¿Cómo os llamáis, oficial? —le preguntó entornando la mirada.
—Eh… —Lachlan cerró los dedos con más fuerza en torno a mi brazo—. Soy Ioan. Tercer oficial de cubierta, Lachlan Ioan. —Me dio una ligera sacudida y me hizo sentir como si estuviera dando vueltas sobre mí misma—. Este grano en el culo es mi hermana, Imogen Ioan. Es aprendiz.
Le sanadore se puso de pie y se colgó la bolsa al hombro de nuevo antes de señalar la cubierta con un aspaviento.
—Bueno, marchaos ya. Se está haciendo tarde y necesita descansar.
—Claro. —Lachlan se volvió hacia mí tan rápido que me arrancó un jadeo—. Perdona.
—Si me duermo… —Esperé a que le sanadore Carras estuviera a mitad de la escalera—. Nos quedaremos… sin tiempo. Me perderé la boda.
Me miró con un brillo de emoción en los ojos, entre tierno y compasivo. Aunque también se apreciaba en él cierta desazón. Me colocó un sombrero de tres picos en la cabeza y me lo caló bien para ocultar mi rostro. Luego me llevó hasta la escalera.
—El barco ya va de camino a Antemusa —dijo—. Tenemos que pasar por allí para llegar hasta Obelia, así que hay tiempo de sobra para que descanses.
Una vez en la cubierta principal, conseguí dar dos pasos antes de detenerme.
Había enredaderas en flor creciendo por dos de los mástiles de la embarcación.
También trepaban por unas cuerdas de las que colgaban faroles dorados, bajo los cuales había pequeños grupos de invitados de elegantes ropajes.
Los músicos afinaban y pulían sus instrumentos junto al camarote de Theodore.
—¿Y si…? —empecé a decir con voz temblorosa.
Lachlan me lanzó una mirada suspicaz.
—¿Y si qué?
—Si impedimos la boda…, si nos llevamos a Halla antes…, será más fácil convencerlos de que cambien de rumbo. —El corazón me latía aterrorizado al pensar que Theo estaba a punto de casarse con la princesa obelina—. Despiértame antes de que comience la ceremonia, ¿vale?
Lachlan se mordisqueó el interior de la mejilla mientras un silencio incómodo tensaba el ambiente entre nosotros.
—Me lo pensaré. —Su expresión reflejaba su desconfianza. Y su tristeza—. Venga, mantén la cabeza gacha.
Se caló su propio sombrero antes de abrirse paso entre los miembros de la corte, en dirección a la escotilla que conducía a la bodega.
—Imagina lo que pasaría si tuviera que contarles a Agatha y a Th…
—empezó a decir tratando de quitarle hierro al asunto, aunque se interrumpió con una sacudida de la cabeza— que te dejé morir porque te negaste a echarte una siesta.
—Me ofreció una mano para ayudarme a bajar por la escalera de cuerda—.
Por el amor de todos los dioses, tú acuéstate un rato.
Asentí en silencio y acepté su mano, pues apenas era capaz de mantenerme erguida.
—La boda… es…
—Se celebrará a medianoche.
Entramos en el sollado, donde se encontraban todas las hamacas.
Los escasos faroles que iluminaban el espacio se mecían al ritmo del barco, pero el nepente los transformó en trazos de luz, en diminutas esferas flotantes.
Lachlan me condujo hasta una de las troneras abiertas por la que se colaba una brisa de aire fresco salado.
Coloqué bien la lona de la hamaca que había allí y me tumbé en ella con cuidado.
—¿Me… me despertarás con tiempo?
Lachlan rehuyó mi mirada.
—Duérmete, Imogen.
Me acomodé en la hamaca y me obligué a concentrarme en el vaivén del mar, en el arrullo del viento que entraba por la tronera y en el empalagoso efecto del nepente.
—Lachlan —susurré un instante más tarde.
—¿Hum? —Parecía que se había sentado debajo de mi hamaca, pero no podía afirmarlo con certeza.
—A lo mejor… —Tragué saliva con dificultad, pues notaba la lengua acorchada—. Puede que… que la cancele.
Se hizo una larga pausa, aunque tal vez estuviera empezando a quedarme dormida. Al final, una queda palabra resonó en la oscuridad.
—Puede.