La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 5. Imogen #2
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5. Imogen #2

Le sanadore del barco (pues no me cabía duda de que era elle) se detuvo en lo alto de la escalera del castillo de proa con un farol en la mano y una expresión suspicaz para estudiarnos a Lachlan y a mí.

Llevaba la misma cofia de tela gruesa y blanca que los demás sanadores del palacio de Theodore, además de una pesada bolsa de lona cruzada sobre el robusto pecho.

Tenía unas suaves arruguitas alrededor de los ojos claros y su piel olivácea estaba salpicada de una densa capa de pecas, del mismo color que los mechones cobrizos que escapaban de su cofia.

—Entiendo que esta es vuestra hermana, oficial —dijo señalándome con la cabeza.

Lachlan se puso firme con una actitud despreocupada de lo más convincente.

—La misma que viste y calza, sanadore.

Yo estaba sin fuerzas, con el rostro retorcido en una mueca y sudando por culpa del cansancio, la conmoción y el dolor.

Le sanadore se acercó a mí con cuidado e hincó una rodilla en el suelo.

Encontró mi mirada con una expresión amable que escondía una evidente entereza.

Parecía ese tipo de persona que no se deja impresionar (y mucho menos engañar) con facilidad.

—Soy le sanadore Carras. Tu hermano ha interrumpido mi cena para decirme que has sido una «idiota insensata» y que te has metido en problemas. —Bajó la vista a mi vientre, donde yo mantenía la camisa cerrada con una mano—. Justo antes de embarcarte en tu primera travesía, por si fuera poco.

—Mi querido hermano está en lo cierto —dije fulminándolo con la mirada.

Le sanadore Carras se quitó la bolsa del hombro.

—Veamos, pues.

Apreté los dedos en torno a la tela de la camisa.

—No creo que podáis hacer nada para ayudarme.

Lachlan profirió un sonido próximo a un rugido.

—Te lo juro por los malditos dioses, Imogen…

—Está bien. —Me abrí la camisa de un tirón para que mi pútrida herida quedara al descubierto—. Ahí está.

A le sanadore se le salieron los ojos de las órbitas al contemplar la piel muerta mezclada con trocitos de alga.

—Vos poneos ahí y vigilad que no suba nadie —le ordenó a Lachlan señalando con un dedo la escalera del castillo de proa. Luego se puso a revolver entre las cosas de su bolsa farfullando para sus adentros—. Dioses benditos, es obra de un hechizo.

—¿Habíais visto algo así antes? —le pregunté sin apenas poder moverme.

Elle siguió rebuscando, pero asintió con vehemencia.

—No hace falta que me expliques cómo te la has hecho, grumete.

—Su voz adquirió una rigidez creciente—.

Está infectada, así que es evidente que te la hiciste antes de enrolarte, pero ahora formas parte de la marina real, y la próxima vez que te encuentres en problemas, contarás con el apoyo del capitán y de la Corona para cumplir con tu deber. ¿Ha quedado claro?

Me ardían los ojos.

—Sí, muy claro.

—¿Empezó siendo una herida de arma blanca? —preguntó mirándome con suspicacia.

Asentí y le sanadore me palpó con dedos fríos la piel sensible que rodeaba el borde de algas, donde parecía haber sufrido una quemadura. Me acercó un frasquito a los labios.

—Esto para la infección. —En cuanto me lo bebí, me dejó otro frasquito en la mano—. Y esto para el dolor.

—¿Es nepente? —le pregunté recordando la espeluznante imagen de Nemea que la última dosis que había tomado había traído consigo.

—Eso es. Venga, de un trago.

Volvió a palparme la piel dolorida, esta vez con más ganas, lo cual me empujó a dar un respingo y a beberme el líquido del frasquito al momento.

Entonces noté el cálido poder de le sa­nadore extendiéndose por mi interior.

Era casi idéntico al de Theodore, como una sensación radiante que me atravesaba la piel y me calaba hasta los huesos, pero desprendía solo una fracción de su calor, como el sol que lucha por abrirse camino entre las nubes.

—Listo —dijo le sanadore Carras frunciendo sus rojizas cejas en un marcado ceño—.

Me temo que ahora solo me queda curarte la infección.

No podré anular el hechizo, pero he visto a otras personas seguir adelante con su vida sin ningún problema pese a tener heridas como la tuya.

—Su voz albergaba cierta preocupación mientras seguía palpándome y vertiendo su poder sobre mí—.

Eso sí, nunca había visto una herida tan grande curada con magia.

Sospecho que seguirá causándote un dolor considerable.

—Me lo imaginaba.

—Le escribiré a su majestad…

Negué con la cabeza y me dio un vuelco el corazón.

—No, gracias.

—No te estaba pidiendo permiso. —Le sanadore contempló a Lachlan con evidente frustración y luego encontró mi mirada—.

Mi primer impulso es reprenderte, pero te contaré una historia.

Cuando empecé a trabajar, un joven acudió a mí con una herida en la pierna de la que manaba sangre negra y espesa.

Estaba tan asustado que no tuve que insistir mucho para que me contara lo que había hecho.

Se había peleado con otro hombre por una chica en una taberna y la situación se le había ido de las manos.

Sin embargo, en vez de llamar a las autoridades, cruzó el canal para pedirle a la maga sibila que lo curara.

Igual que en tu caso, su magia hizo que sanara de forma extraña.

La herida nunca se le llegó a cerrar. Por suerte, la consistencia de su sangre permitía que esta actuara como una especie de costra viscosa.

Acudí al rey Athan en busca de consejo y, para mi sorpresa, me dijo que el gran dios Panos había conseguido curar una vez una herida ­hechizada.

Enseguida entendí lo que trataba de decirme: «Deja que el rey te cure».

Sospechaba que eso era precisamente lo que Eusia quería, que la condujera directa al poder de Theodore.

Incluso en aquellos momentos, me bastaba con pensar en ello para que un hambre voraz prendiera como un fuego en mi mandíbula.

—¿Y el rey Athan logró curar al joven marinero? —pregunté.

Le sanadore abrió y cerró la boca sin apartar la mirada de mi herida.

—No. El rey lo intentó con todas sus fuerzas, pero, con el debido respeto, su poder sanador no era nada del otro mundo.

El muchacho acabó perdiendo la pierna. —Movió el mentón de arriba abajo mientras vertía un líquido frío por los bordes de algas—.

Sin embargo, Theodore es tan poderoso como lo fue Panos y, si lo pillamos de buen humor, seguro que acepta ayudarte.

Mientras tanto, te administraré una dosis diaria de nepente para que puedas trabajar sin que te dé somnolencia.

Informaré a tu superior para que te asigne las tareas de la cantina en vez de las de cubierta mientras te recuperas.

—Si lo pillamos de buen humor… —repetí arrastrando las palabras con la lengua pastosa por la medicina.

No creía que a Theodore le sentara muy bien verme con el cuerpo destrozado por un hechizo, convertida en una proscrita y una polizona llegada para llevarse a su prometida. Pero no me cabía duda de que me curaría igualmente. De hecho, insistiría en hacerlo.