5. Imogen
Imogen
C uando alcanzamos la estrecha cubierta del castillo de proa, el dolor era tan intenso que me habían entrado ganas de vomitar.
Se me había nublado la visión por completo en dos ocasiones mientras trepaba a duras penas por la tambaleante escalera de cuerda, y una violenta punzada de sufrimiento me había atravesado el vientre cada vez que había flexionado los músculos del abdomen.
El nepente estaba dejando de hacer efecto demasiado rápido.
Me tumbé hecha un ovillo sobre un costado, con la espalda pegada a una caja amarrada, mientras un líquido caliente brotaba de mi herida.
Lachlan se agachó a mi lado y recorrió con la mirada la cubierta principal, iluminada por la cálida luz de unos faroles.
—La tripulación está bajo mínimos —comentó—. Supongo que la mayoría de los trabajadores estarán ultimando los preparativos de la boda.
El corazón me dio un vuelco de lo más desagradable.
—La boda… —farfullé débilmente.
—Haremos lo que has propuesto. Tienes que raptar a Halla y utilizarla para que cambien de ruta. Habrá que buscar un camarote donde esconderla. —Me estudió con expresión seria—. Pero primero, voy a ir a buscarte un sanador.
—No —gruñí—, no tenemos tiempo.
—No, no. —Puso mala cara—. Ahora mando yo. Con una tripulación tan nutrida como la de este barco, es fácil pasar desapercibido. Cogeré un par de uniformes y buscaremos a alguien que te cure. —Levantó una mano cuando intenté abrir la boca para protestar—. No te va a servir de nada rechistar.
—Lach…
—¿Qué?
—La herida… —Tomé una bocanada de aire entrecortada—. No es una lesión normal. Es cosa de… un hechizo.
Guardó silencio. Solo se oían los crujidos del barco y el parloteo distante de los marineros en la cubierta principal.
—Un hechizo. ¿Lo de la puñalada era siquiera verdad?
Asentí, pero ya sabía cuál era el origen de su confusión y de sus crecientes dudas.
—Eusia me enseñó un hechizo para mantenerme con vida a través de una de las nekgya.
Frunció profundamente el ceño y, cuando respondió, su tono destilaba una repentina frialdad.
—Muchas gracias por decírmelo ahora. —Resopló alterado—. ¿Puedes andar?
—Si no lo hubiera hecho, me habría…
—Te he preguntado si puedes andar.
—Necesito más nepente —dije negando con la cabeza.
Lachlan metió la mano en la bolsa que colgaba de su cinturón y sacó el segundo frasquito que había cogido de la armería.
—Toma. —Me lo puso en la mano y se incorporó echando humo antes de mirarme de arriba abajo con desagrado—. Te diría que no te muevas de aquí, pero tampoco te queda otra, ¿no?—Clavó la vista en la cubierta principal—. Ahora mismo vuelvo.
La noche me envolvió mientras permanecía allí tumbada, preguntándome cuál sería la mejor manera de confesarle el otro detalle que me había guardado. Imaginaba que su primer impulso sería tirarme por la borda cuando se enterara de que Eusia tenía acceso a mi canto.
Me acerqué la botellita de nepente a los labios con dedos temblorosos, pero la melodía de un arpa me detuvo.
No me sorprendía que hubiera música en una boda, pero tampoco esperaba que se alzara por encima de los crujidos del barco y el zumbido del viento.
Las primeras notas surcaron el aire, ascendieron a las alturas y descendieron sobre mí como una delicada bruma.
Jadeé y el frasquito que sostenía todavía cerrado se me escapó de los dedos.
Era la melodía con la que Theodore y yo bailamos la noche en que nos conocimos.
Enseguida me vi transportada a ese momento.
Evoqué su rostro serio y atractivo inclinado hacia abajo para mirarme con irritación.
Casi alcanzaba a sentir la calidez de su mano en el centro de mi espalda, guiándome con delicadeza.
Ojos verdes como las hojas tras una tormenta de verano; una arruguita marcada entre cejas negras, que delataba su tendencia a fruncir el ceño.
Un nuevo dolor se extendió por mi interior.
Era más amable pero, de algún modo, mucho más devastador que el de la herida de mi vientre.
Era más comedido pero más aterrador que cualquier obstáculo que se alzara ante mí.
Hizo que me mareara, así que cerré los ojos al tiempo que una queda melodía inundaba mi garganta.
Tarareé con un escozor en los ojos, tratando de concentrarme en el vaivén del barco, en las olas que se transformaban en espuma al chocar con el casco.
Me desperté con una bota dándome golpecitos en la suela de uno de mis zapatos empapados.
—¿Te has muerto? —susurró Lachlan.
Un quejido me arañó las cuerdas vocales.
—Todavía no.
Abrí los ojos con dificultad y lo vi de pie ante mí, sosteniendo un farol que brillaba con poca intensidad en una mano y un uniforme pulcramente doblado en la otra. Él ya se había cambiado. La luz se reflejaba en los botones de latón que recorrían la pechera de su casaca verde oscuro.
—Fantástico. —Dejó el uniforme ante mí, compuesto de una casaca como la suya, unos pantalones negros y un sombrero de tres picos—. Vístete rápido. Le sanadore viene de camino.
Pero no fui capaz más que de mover un brazo para tratar de alcanzar con torpeza el frasquito de nepente que se me había caído.
Lachlan se dobló por la cintura y cogió la camisa.
—Me cago en… Voy a tener que ayudarte a vestirte, ¿no?
Se pasó una mano por la cara y se arrodilló a mi lado. Yo me estremecí y me sacudí intentando colocarme lo mejor posible para quitarme la camisa. Cuando por fin conseguí levantármela por encima del vientre, mi herida quedó al descubierto y Lachlan retrocedió con una mueca y una maldición.
El corte era tan amplio que abarcaba todo el espacio entre mi ombligo y mis costillas.
Pero lo que más desagradable la hacía era la forma en que los pedazos de alga se habían fundido con mi piel dibujando una línea de sutura negra como el carbón.
Al haberse cerrado con restos de tierra empapada de sangre y víscera, la piel que rodeaba la cicatriz oscura había adquirido un rabioso tono rojo.
Lachlan se quedó mudo de horror.
—Por el amor de todos los dioses, Imogen, pero ¿qué has hecho?
Tiré de los botones de mi camisa y, aunque fue toda una tortura hacerlo, me la arranqué del cuerpo. Allí sentada, vestida solo con mis pantalones y la tela que me cubría los pechos, encontré la mirada de Lachlan.
—Sobrevivir.
Su expresión se suavizó un poco al sostener la camisa del uniforme para que metiera los brazos por las mangas.
Oímos un hosco gruñido proveniente de la escalera del castillo de proa.
—¿Qué está pasando aquí?
Me cerré la camisa del uniforme de golpe y, al levantar la vista, descubrí que había un marinero corpulento de barba oscura y ojos caídos fulminándonos con la mirada. La melodía que estaban practicando los músicos había amortiguado el sonido de sus pisadas.
Lachlan carraspeó y se puso de pie.
—Estaba ayudando a mi hermana a…
—¿Tu hermana? —El hombre echó la cabeza hacia atrás para soltar una sonora carcajada—. Si fuera tu hermana, no os habría encontrado de esta guisa. Ya sabes que no está permitido confraternizar en el barco.
Lachlan hizo un gesto con las manos para quitarle hierro al asunto.
—Aunque estoy seguro de que habrá habido quienes…, eh…, hayan fraternizado con sus hermanas en la extensa historia de nuestro reino, te aseguro que yo no soy de esos.
El marinero resopló burlón y se agachó para estudiarme.
—Esto lo resolverá el contramaestre con unos azotes, grumete.
Me agarró de la parte superior del brazo y me obligó a incorporarme de un tirón.
El estallido de dolor que me sobrevino en aquel momento me hizo gritar.
Los sonidos y las sensaciones que se sucedían a mi alrededor colisionaron y se desdibujaron.
Lachlan se lanzó a por el hombre gruñendo palabras malsonantes y protestas.
Oí un estruendo metálico, un aullido gutural y el sonido húmedo y espeso de la carne al desgarrarse. La música no se interrumpió.
Cuando por fin volví en mí, tenía las garras en torno al cuello del hombre, cuyos ojos estaban desencajados y clavados en los míos. Profirió un sonido estrangulado mientras la sangre me empapaba los dedos con regueros rojos pegajosos y calientes.
Lachlan estaba junto al tripulante, con la daga a escasos centímetros de su cuello y la respiración acelerada. Parpadeó sorprendido.
—Te me has adelantado.
Me dio un vuelco el corazón al ver toda aquella sangre, al ver que la luz abandonaba la mirada del marinero.
Mi reacción no tenía sentido; no era la primera persona a la que mataba.
El problema era que lo había hecho sin pensar, sin apenas despeinarme.
No era consciente de haber tomado la decisión de acabar con su vida, sino que mi cuerpo había reaccionado por impulso ante la necesidad de protegerme.
Me dejé caer contra la caja mientras el marinero se tambaleaba.
—Lo he matado.
Lachlan lo agarró por el cuello de la camisa.
—Casi.
El hombre boqueó entre sonidos húmedos cuando Lachlan lo empujó hacia la barandilla del castillo de proa. Luego le quitó la insignia plateada que llevaba prendida en el pecho, símbolo de su rango, y le revisó los bolsillos. Sacó una llave de latón antes de tirarlo por la borda.
—Hecho.
Lachlan giró sobre los talones y encontró mi mirada bajo la tenue luz del farol.
Ambos teníamos las manos manchadas de sangre y la respiración acelerada, pero ninguno de los dos habló.
No nos hizo falta. Entre nosotros pendía ahora una nueva certeza.
Era evidente que los dos nos arrepentíamos de lo que habíamos hecho, pero la enajenada desesperación que se había adueñado de nosotros había convertido nuestra despreciable reacción en una necesidad.
De lo contrario, jamás rescataríamos a Agatha.
La orquesta dejó de tocar justo cuando un lánguido silbido llegó hasta nuestros oídos.
—Mierda.
Lachlan se prendió la insignia que le había robado al tripulante en su propia casaca y entrelazó las manos manchadas de sangre a la espalda. Yo, por mi parte, me las limpié con la tela de mis pantalones negros.