La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 4. Imogen #3
11%

4. Imogen #3

Agatha estaría orgullosa de mí por recordar a qué hacía referencia. Lo habían bautizado en honor al principio leucosiano que defendía el derecho a la libertad individual y a la autodeterminación. El derecho a la elección.

La noche cayó enseguida, y yo seguí utilizando mi poder para luchar contra la resistencia que oponía la estela del barco contra nuestro avance, para no perder el ritmo. Sin embargo, me temblaban los músculos y unos puntitos negros empezaron a salpicar los límites de mi campo de visión.

—Lach —dije en un hilo de voz—, no puedo…

—Ya casi hemos llegado. Acércanos a la proa. —Desenrolló un cabo largo y lo ató a un enorme gancho—. Del bauprés cuelgan unas redes más bajas a las que podremos engancharnos con esto. Luego treparé hasta la cubierta y te buscaré una escalera de cuerda.

De algún modo, pese a que no dejaba de temblar y el dolor me atenazaba, conseguí llevar el bote hasta el lado babor de proa.

Lachlan separó las piernas para mantener el equilibrio y se dispuso a darle vueltas por encima de la cabeza al pesado gancho que había preparado antes de lanzarlo en dirección a las redes que pendían en lo alto.

Por desgracia, falló y el artefacto cayó al agua.

—Mierda.

Tiró de él para volver a subirlo al bote luchando contra el movimiento de ambas embarcaciones y comenzó a balancearlo de nuevo. En aquella ocasión, el bote cabeceó peligrosamente y Lachlan se tambaleó y aterrizó de rodillas.

—Échame una mano, Imogen.

Pero yo apenas era capaz de mantenerme erguida, así que hacer el esfuerzo de pedirle al agua que se calmara me parecía una tarea imposible.

Tenía la sensación de que la sangre se me había espesado y enfriado, y el cuerpo me pesaba como si estuviera hecho de plomo.

Lachlan trató de ponerse de pie con una mueca y ahogó un gruñido mientras se preparaba para lanzar el gancho una vez más.

Ante su desesperación, mi vista se enfocó de golpe. Erguí la espalda y apreté los dientes.

No sabía si lo conseguiría, pero me aseguraría de que Lachlan subiera a ese condenado barco aunque fuera lo último que hiciera. Lo llevaría hasta Agatha.

Lancé una orden sin pararme a pensar y, casi de inmediato, percibí su presencia en el agua.

Emergieron de las profundidades y se abalanzaron sobre nosotros haciendo que el bote se tambaleara al aferrarse a sus laterales.

Algunas de las nekgya tenían las garras rotas o arrancadas, mientras que otras tenían los dedos cubiertos de escamas o de piel descompuesta y gelatinosa.

Aun así, subieron a bordo con facilidad.

Tres de ellas avanzaron con movimientos espasmódicos pero rápidos.

Las contemplé durante un momento, presa de una retorcida mezcla de asombro y vergüenza.

Eusia les había dado caza a aquellas sirenas y las había matado.

Les había arrancado las alas y las había convertido en sus esbirros recurriendo a mi poder ancestral.

Todas se merecían algo mejor, pero, mientras Eusia y yo compartiéramos nuestro vínculo, por mucho que me revolviera las tripas, me vería obligada a comandarlas y ellas, a obedecerme.

Mi acompañante todavía no había reparado en ellas.

Estaba demasiado concentrado en lanzar el gancho contra las redes.

En aquella ocasión, se las arregló para acertar justo debajo del bauprés, pero, antes de que tuviera oportunidad de trepar, una de las nekgya sujetó el cabo entre sus manos salpicadas de manchas.

Lachlan profirió una exclamación y cayó sobre el banco, desde donde contempló a las criaturas, inmóvil y estupefacto.

Me pregunté cuánto tiempo llevaría muerta aquella nekgya de cuerpo amoratado y podrido al verla trepar por el cabo sin ningún esfuerzo.

Las otras dos la siguieron de cerca. Una de ellas tenía el cabello negro como la tinta y todavía lo llevaba recogido en una larga e intrincada trenza, ya bastante deshecha.

Alcancé a distinguir algunas caracolas dispuestas con mimo entre sus mechones y se me formó un nudo en la garganta.

Las tres treparon por las redes del bauprés como arañas por su propia tela hasta que desaparecieron en la cubierta del castillo de proa.

Les había ordenado que nos ayudaran a subir al barco, pero debería haberles pedido que trataran de pasar desapercibidas y que se dieran prisa. Para mi sorpresa, no hizo falta.

Un instante más tarde, volvieron a la red y dejaron caer una larga escalera de cuerda hasta donde nos encontrábamos. Luego, las tres nekgya, pálidas como cadáveres, se lanzaron de nuevo al mar, atravesando su superficie sin hacer el menor ruido.

Me moví hacia la escalera con un siseo de dolor, pero Lachlan permaneció quieto, estudiándome con la boca abierta por la conmoción.

Permanecía rígido de pies a cabeza. Era evidente que lo ocurrido lo había desarmado, que se había quedado horrorizado.

La pregunta que lo reconcomía, la misma que resonaba en mi mente, había quedado grabada en sus facciones.

Santos dioses, ¿en qué me he convertido?