La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 4. Imogen #2
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4. Imogen #2

Asentí y comencé a escribir. Las letras parecían tan frágiles como mi propio cuerpo.

A la atención del consejo real serafí:

Vuestro rey, Nemea Miros, ha perdido la vida en combate después de que la isla de Seraf le declarara la guerra al reino de Varya.

Cayó ante la espada con la que yo, Imogen Nel, hija de Nemea Miros y la gran diosa Ligea, le corté el cuello.

Como su verdugo y su primogénita, reclamo el trono apelando tanto a la fuerza como a mi derecho de nacimiento y me comprometo a dar comienzo a una nueva era de prosperidad tanto para la isla como para sus gentes.

Aquello fue todo cuanto pude escribir antes de que un salvaje temblor me sacudiera la mano, ya no solo por el dolor, sino por el mensaje sincero e indeleble que había dejado escrito en blanco y negro. Lachlan leyó la carta con un marcado ceño antes de disponerse a doblarla y sellarla.

—Espera.

El corazón me apaleó las costillas mientras escribía una última línea.

Regresaré a casa como vuestra reina muy pronto.

Entonces Lachlan terminó de doblar la nota, vertió sobre ella el lacre derretido y desenvainó la espada de Nemea, que colgaba de su cadera.

La sostuvo por su pomo redondeado, decorado con una anguila retorcida que mostraba los colmillos, y lo presionó contra la gota de lacre verde oscuro.

Me recorrió un escalofrío solemne al contemplar aquella marca de feroces fauces.

Acababa de revindicar aquel emblema y todo lo que simbolizaba como mío.

Lachlan guardó de nuevo todos los utensilios en la escribanía mientras las poleas que colgaban del barco de su hermana comenzaban a rechinar y a chasquear mientras bajaban lentamente el bote que nos habían prometido hasta las aguas tranquilas.

Yo notaba el movimiento del mar bajo los tablones húmedos del muelle, así como un palpitar en el vientre dolorido.

Me daba vueltas la cabeza por culpa del calor.

El tiempo, que se movía como una extraña corriente, pareció ir y venir de nuevo.

En un abrir y cerrar de ojos, me encontré en la pequeña barca, sentada frente a Lachlan, que sostenía un remo de madera en cada mano.

Salimos a la bahía maniobrando entre los mástiles y los cascos de los imponentes barcos atracados en el puerto.

—Remaré hasta salir del puerto y luego tú tomarás las riendas en mar abierto.

Asentí. La embarcación de Theodore estaba ya tan lejos que apenas se veía. Me pasé una mano por la frente para quitarme el sudor que me perlaba la piel y me solté la capa.

—¿Te están entrando ganas de ahogarme? —preguntó Lachlan, que cambió nervioso de posición.

—Solo tengo calor —respondí molesta.

—Pero ahora hace fresco. —Se mordió el interior de la mejilla con evidente recelo. Sus golpes de remo se volvieron más bruscos, hasta que dejó escapar un gruñido—. Habla.

—¿De qué?

—De tu color favorito, no te jode —me espetó—. Cuéntame qué te ha pasado, Imogen, y no intentes suavizarlo.

El bote continuó meciéndose sobre las aguas turquesa mientras mi mente abotargada se esforzaba por decidir qué era lo que quería decir exactamente.

Mi lado egoísta no quería que me viera como una criatura corrupta.

Quería salvaguardar esa débil camaradería que habíamos forjado y, si mis sospechas eran ciertas, confesar que había tenido que lanzar un hechizo ilícito para sellar mi pacto con Eusia la echaría por tierra.

—Nemea me apuñaló —dije por fin—. Antes de que yo… lo matara.

Apretó los labios en una expresión sombría.

—Theo te curará.

Theo.

El agua se movía y el viento me silbaba en los oídos.

Ya había tomado una decisión y tenía un plan establecido, pero me bastó con oír su nombre para que mis pensamientos volaran hacia él, como arrastrados por uno de mis cantos.

Casi sentía el torrente de calor que acompañaba a su poder introducirse en mi cuerpo; recordaba la sensación de sus dedos callosos presionados contra mi piel.

Recordaba sus labios, su piel, su respiración.

«Solo el rey podrá ayudarte».

Un torrente de saliva me obligó a apretar los dientes y a agarrarme al banco sobre el que estaba sentada. El ansia que Theo despertaba en mí me ponía los pelos de punta, pues se me antojaba imposible de saciar. Cerré los ojos, respiré hondo y me volqué en desterrar aquella pulsión.

—¿Imogen?

Abrí los ojos y encontré la mirada cautelosa de Lachlan. Negué con la cabeza.

—No. Una vez que subamos al barco, no me acercaré a Theodore lo bastante como para que pueda curarme.

—Y una mierda —replicó impasible—. Haré que te vea esa herida desde el otro extremo de la cubierta si es necesario.

La irritación prendió en mi pecho, si bien amortiguada por el nepente.

—Te digo que no me va a ver, Lachlan. No dejaré que descubra que me encuentro en este estado. Es la única forma de mantenerlo a salvo, de asegurar que ninguno de los dos dejamos a un lado nuestro deber. ¿Ha quedado claro?

Él puso mala cara y estiró el cuello hasta hacerlo crujir, pero terminó asintiendo a regañadientes. Una vez que hubimos dejado atrás tanto el laberinto de barcos atracados como los pocos navíos que habían echado anclas en las aguas poco profundas de la bahía, Lachlan levantó los remos.

—¿Lista para echarme una mano?

Exhalé profundamente pensando en todos los marineros y soldados que Eusia había lanzado al mar con mi poder.

Cuando había tomado el control de mi canto, yo me había sentido como si me estuviera desangrando, pero me negaba a permitir que me corrompiera hasta el punto de convertirme en una criatura inútil.

Al fin y al cabo, el poder que Eusia utilizaba era mío antes que suyo.

Apreté los dientes y concentré mi atención en el mar.

El pronunciado desnivel que descendía bajo el bote hacía que las aguas, ya de por sí profundas, se tornaran insondables.

Percibía la presencia de las nekgya suspendidas en ellas, como si pendieran de un sedal, a la espera de que yo lo recogiera con un solo pensamiento y las arrastrara de vuelta a la superficie.

Una brisa húmeda me lamió la piel y, cerrando los ojos para ignorar a las nekgya, le di una orden al mar.

En las profundidades, una sinuosa corriente trepó hasta nosotros y empujó la barca hacia delante. Lachlan sacó los remos del agua y los dejó caer a nuestros pies con un estrépito.

El navío de Theodore se recortaba en el horizonte, como un puntito negro dispuesto sobre la línea que separaba el agua del cielo. El azul se diluyó hasta dar paso a un resplandeciente tono naranja y unas delgadas volutas de niebla empezaron a escapar de la superficie plisada del mar.

—¿No puedes acelerar un poco? —preguntó Lachlan con un gruñido preocupado.

—Ya voy todo lo rápido que puedo —repliqué.

Avanzábamos a un ritmo considerable, pero mi energía se estaba drenando tan deprisa como el vino en una vasija rota. Apreté los puños para disimular lo mucho que me temblaban las manos.

—Además, lo mejor será tomarnos nuestro tiempo y alcanzar el barco al amparo de la noche.

Lachlan guardó silencio y se soltó las correas de la coraza antes de estirar los brazos.

—Si no quieres ver a Theo, al menos deja que los sanadores del barco te atiendan. Morirás si no te curan, y no pienso lanzarme a asaltar este metafórico castillo solo.

—No me voy a morir. —Apreté los dientes—. Me las apañaré de sobra con el nepente.

La niebla nos había envuelto como si estuviera de nuestro lado: frenó el avance del barco de Theo y nos ayudó a pasar desapercibidos.

Cada vez estábamos más cerca y, con el día a punto de llegar a su fin, tenía la sensación de que me partiría en dos de un momento a otro.

Levanté la vista para contemplar el gigantesco buque de guerra real, bruñido por la luz del ocaso, y Lachlan refunfuñó maldiciendo mi terquedad.

Las banderas verdes y doradas que exhibían la mano envuelta en enredaderas, símbolo del reino de Varya, se agitaban con orgullo en lo alto de cada uno de sus tres mástiles.

Nunca me había parado a pensar en lo imponente que era aquel navío.

Con sus tres niveles de troneras dispuestos bajo la cubierta principal, era todo un titán.

En su popa, muy por encima de nuestras cabezas, colgaba una placa de intrincadas tallas, cuyas letras doradas estaban rodeadas de unas encantadoras enredaderas trenzadas y salpicadas de flores blancas.

El Eleuthios.