4. Imogen
Imogen
M ientras Lachlan se apresuraba a ayudarme a bajar del carro, mis pensamientos se enmarañaron.
El barco de Theodore no estaba, pero yo no conseguía asimilar lo que aquello implicaba, pues todavía notaba el sabor del agua fétida y la sangre en la lengua.
Había tenido un sueño brutal; había visto la escena de la que Nemea me había hablado antes de morir, pero mi mente se había mostrado particularmente cruel al obligarme a habitar el cuerpo de Eusia durante la alucinación.
No quería ni pensar en el achaque de sus huesos marchitos ni en la afilada sensación de sus dientes contra la lengua.
—Vamos, vamos —me instó Lachlan, que me arrastraba por la primera hilera de muelles.
La brisa cálida se arremolinaba ante mí, aunque tal vez fuera un truco de mi propia vista.
La podredumbre se mezclaba con el aire marino, así que tuve que entornar los ojos para tratar de atisbar la amplia y resplandeciente bahía entre la maraña de mástiles y cabos y la multitud de estibadores y tripulantes.
Todavía me pesaban los párpados y mi cuerpo seguía presa del dolor mezclado con el embotamiento del nepente, pero me las arreglé para seguir adelante con la ayuda de Lachlan.
Llegamos al final del primer muelle, desde donde se vislumbraba el enorme navío de Theo abriéndose paso entre los rompeolas y llevándose consigo la esperanza de alcanzar a Agatha en altamar.
Me esforcé por pensar solo en ella, en concentrarme para moverme más rápido y tal vez conseguir alcanzarla, pero la huella espectral que Nemea había dejado en mi mente me lastraba.
Pensé en sus ojos afilados como espadas; en su voz, tan aterradora cuando susurraba como cuando gritaba.
Recordé lo que había sentido al atravesarle el cuello con su propia espada.
Mi determinación comenzó a desmoronarse.
Lachlan tiró de mi brazo con decisión.
—Date prisa, Imogen.
Proferí un quejido a caballo entre la frustración y la angustia e intenté seguirle el ritmo, pero comenzó a darme vueltas la cabeza. La herida del vientre me ardía como si estuviera envuelta en llamas.
—Lo hemos perdido. —Aminoré el paso—. Se ha ido.
—Cogeremos una barca —insistió él, desesperado—. Puedes recurrir a tu poder para alcanzarlo.
Recurrir a mi poder. Se me formó un nudo en el estómago. Eso no formaba parte del plan. La mera idea de utilizarlo, teniendo en cuenta la facilidad con la que Eusia podía adueñarse de mi canto, se me antojaba tan aterradora como peligrosa, aunque fuera solo para controlar una simple corriente.
—No con Theodore tan cerca —farfullé negando con la cabeza.
—¿Qué? —preguntó Lachlan con expresión confundida.
Había estado decidida a alcanzarlo, pero me había bastado ver a Nemea y pensar en el inmenso daño que podría hacerle a Theodore para pensármelo dos veces.
—No puedo utilizar mi poder estando cerca de él. Me niego.
Lachlan se detuvo en seco y me soltó tan repentinamente que tuve que inspirar hondo para hacerle frente yo sola al inesperado peso de mi propio cuerpo.
—Ese es el puto problema contigo, Imogen.
La irritación prendió en mi pecho, pero permanecí inmóvil, bajo control.
—¿De qué hablas?
—No hay quien te pare hasta que la cosa se complica más de la cuenta. Tiras para adelante como los burros, sin pensar, sembrando el caos, hasta que el miedo o la falta de perspectiva vuelven a ponerte los pies en la tierra y te cortan las alas.
Aquello fue un golpe bajo.
—Eso no es justo… Tú no me conoces.
—Por suerte no, pero te he calado en lo esencial.
—Tragó saliva mientras contemplaba el barco de Theodore, que ya había dejado atrás los rompeolas—.
Pensaba que serías capaz de controlarte un poco, pero es evidente que no.
De lo contrario, no abandonarías tu intento de salvar a Agatha tan fácilmente.
—No te atrevas a…
Levantó una mano.
—No, te aplaudo por velar por Theo. Aunque ya es un poco tarde, ¿no te parece?
¿Qué hay de cuando lo convenciste de que se casara contigo para escapar de Seraf?
¿O de cuando le dijiste que tomarías la pócima de la escisión, pero luego decidiste mantener vivo vuestro vínculo de sangre durante más tiempo del que debíais?
El aire salado alimentó mi rabia hasta que me cegó, hasta que sentí una vibración demasiado familiar en el pecho.
Mi miedo se desbocó. Mi cuerpo no estaba en condiciones de lidiar con tantas sensaciones al mismo tiempo.
Extendí una mano para apoyarme en la torre de cajas que tenía al lado y obligarme a respirar hondo.
—No entiendes el riesgo…
—¿Entiendes tú el riesgo que estoy corriendo ahora mismo?
He escapado con una criminal proscrita de palacio y la he traído hasta el puerto para intentar subirme a bordo de un barco en el que no me corresponde estar…
Estoy cometiendo un acto de traición. Podrían sentenciarme a muerte por esto.
Por Agatha. ¿Qué tal si haces el esfuerzo de controlar tus instintos por el momento?
—He estado a punto de matarte y…
—Y no lo has hecho. —Se pasó una mano con nerviosismo por el pelo corto—. ¡Dioses santos, Ligea no iba por ahí matando inocentes por accidente!
Me mordí la lengua para no ponerme a gritar y recordarle que yo no era mi madre y que jamás sería como ella. Y ahora la situación había empeorado. Había perdido el control y había proferido un canto silencioso del que Eusia bien podría aprovecharse.
Lachlan contempló el barco de Theodore durante un largo y tenso momento antes de soltarse la maltrecha corona de Nemea del cinturón.
—¿Qué es esto?
Contemplé con mala cara la corona arañada y abollada y me planteé contarle sin rodeos que mi poder se había corrompido solo para cerrarle el pico, solo para aplacar mi propio pavor al ver cómo la cólera que brillaba en sus ojos se transformaba en miedo. Pero me contuve.
—Es la corona de Nemea.
La lanzó al aire y volvió a atraparla al vuelo.
—De Nemea. De tu padre. —Había recuperado una buena parte de su bravuconería, pero no pasé por alto la preocupación que le tensaba la mirada mientras estudiaba mi postura encorvada y mi respiración dificultosa—.
Aseguras ser una reina y te aferras a esta baratija para demostrarlo, pero no te estás portando en absoluto como tal.
Seraf ha perdido a su soberano, pero sus gentes todavía no lo saben.
Dioses, ni siquiera yo sabía que había muerto hasta que tú me lo has contado.
Pronto saldrán a buscarlo y darán por hecho que Varya lo ha capturado o ejecutado.
Entonces, todos tendremos que cargar, una vez más, con las consecuencias de tus actos.
—Bajó la vista a la corona con una mueca de desagrado—.
Es hora de que cumplas con tu deber. Para bien o para mal, ahora eres la única que puede ayudarnos.
—Que ya es hora… —solté con un resoplido mordaz.
De no haberme sentido tan vacía, me habría reído al verme de nuevo en aquella posición, atrapada en el confuso espacio entre el deseo y el deber.
Se me revolvía el estómago ante la posibilidad de perder la esperanza de tener una vida propia, pero comprendí que ya no tenía nada que hacer.
Lachlan tenía razón. Había llegado la hora.
No me veía capaz de enfrentarme al dolor de perder a Agatha de nuevo, de ver reinos enteros desmoronarse o de que Leucosia cayera en manos de Eusia.
Una ardiente punzada me atravesó al girar la cabeza en dirección al barco de Theodore.
Ahora que el viento había hinchado sus velas, una nueva determinación creció en mi interior.
Podía hacerlo. Podía llevarnos hasta el barco sin hacerle daño a Theodore.
Reforzaría mis defensas como si mi ser fuera un barco con el casco dañado.
Con clavijas de madera. Con alquitrán. Me volvería impenetrable, inmutable, igual que mi madre. Igual que Theodore antes de conocernos.
Así, tanto él como todo Leucosia permanecerían a salvo de ella.
—Nos llevaré hasta el barco —dije asintiendo decididamente con la cabeza—. Pero necesitaré papel y pluma primero.
Lachlan entornó los ojos en muestra de aprobación antes de recorrer las embarcaciones que se alzaban ante nosotros en busca de una en concreto. Cuando por fin la encontró, casi al final del muelle contiguo, emprendió la marcha hacia allí a toda prisa.
—No te quedes atrás —me pidió por encima del hombro.
Se me escapó un gruñido estrangulado al ponerme de pie. La cabeza me daba vueltas y el ardor que me atenazaba el estómago se volvió cegador, pero me las arreglé para poner un pie delante del otro con esfuerzo hasta llegar a la estrecha pasarela de abordaje.
El humilde navío no era un elegante buque de guerra, sino un pequeño barco mercante.
Era evidente que antaño había sido una embarcación digna de ver, con intrincados grabados en la madera y un letrero dorado, pero ahora estaba viejo o no había recibido el mantenimiento adecuado.
Ondeando en lo alto del palo mayor había una bandera gris decorada con una flor negra y una eme cursiva.
Lachlan estaba hablando junto a la barandilla con la capitana del barco, que parecía dispuesta a ayudarnos, aunque no le hiciera especial ilusión.
La mujer clavó la mirada en mí y me quedé de piedra al ver el rostro que se ocultaba bajo su sombrero de ala ancha.
Con esos ojos resplandecientes y atentos, esa nariz recta y prominente y esa boca traviesa, era la viva imagen de Lachlan.
Me miró de arriba abajo, asintió bruscamente y se alejó para perderse en la cubierta.
Un instante más tarde, Lachlan bajó por la pasarela con una pequeña escribanía.
—¿Esa era tu hermana? —le pregunté cuando la dejó sobre una caja para sacar un pedazo de pergamino, un tintero, un tampón secante y lacre.
—Sí, es mayor que yo. —Me ofreció una pluma—. Nos parecemos demasiado como para llevarnos bien, pero siempre le ha tenido cariño a Agatha, así que ha accedido a entregar tu carta y prestarnos un bote.