La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 3. Imogen
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3. Imogen

Imogen

E l calor de la armería se tornó asfixiante mientras esperaba la respuesta de Lachlan.

Estaba pálido y tenso, y luchaba por mantener la respiración controlada.

—¿Y qué quieres que hagamos una vez a bordo? —preguntó por fin—. Te repito que es imposible acceder a Antemusa.

—Para mí no. —El mero esfuerzo de pronunciar aquellas palabras me provocó un nuevo estallido de dolor. Hice una pausa y exhalé—. Eusia me permitirá acceder a la isla interior.

—¿Eusia? —dijo con la voz ronca por la incredulidad que se mezclaba con su pena—. ¿Ahora te dedicas a hacer tratos con monstruos?

—Por Agatha sí.

Afortunadamente, Lachlan se tragó su desaprobación ante la gélida determinación de mi respuesta y me dio su beneplácito con un minúsculo asentimiento.

No necesitaba saber que también había hecho aquel trato en beneficio propio.

Porque estando sola en altamar, moribunda en el barco destrozado de mi padre, había sentido el familiar destello del deseo.

Un deseo imprudente y funesto que se había hecho un hueco en mi interior y había crecido tanto y tan rápido que había eclipsado mi razón.

Lo correcto habría sido aplacarlo, extirparlo con un ágil tirón, igual que a Eusia. Sin embargo, no había sido capaz de renunciar a mi vida para derrotarla.

Lachlan se puso a caminar de un lado a otro de la armería poco iluminada, mordisqueándose el interior de la mejilla. Tres pasos de ida, tres pasos de vuelta. Sus hombreras golpeaban contra su coraza, cuya superficie metálica reflejaba la luz cada vez que daba media vuelta.

—Tú puedes sacarme de aquí a escondidas y colarme en el barco —insistí—.

Secuestraremos a Halla para obligarlos a cambiar de rumbo y navegaremos hasta Antemusa.

Recuperaremos a Agatha y, una vez allí, utilizaré a la princesa para que me ayude a liberarme de Eusia.

Necesito que se encargue ella del ritual, porque el vínculo que me liga a Eusia me impide utilizar la magia para hacerle daño.

—Que quede claro que Eusia me importa una mierda ahora mismo, pero ¿de verdad esperas que Halla lance ese hechizo voluntariamente?

Me daba igual que estuviera dispuesta a ayudarme o no, pero apreté los dientes, consciente de que su falta de cooperación sería un obstáculo. Lo único que mi mente desesperada quería en aquel momento era que me pusiera en marcha, por mucho que el plan hiciera aguas.

—Puliremos los detalles de camino al barco.

—Aunque valoro lo poético que es forzar a Halla a matar a su propia santa, me temo que no lo veo viable. —Cuando abrí la boca para responder, levantó un dedo para silenciarme—. Déjame pensar.

Se me estaba empezando a ir la cabeza por culpa del dolor, así que me dejé caer con cuidado en una de las sillas.

—¿Cuánto tiempo te va a llevar? ¿No te parece mejor poner en marcha un plan inconcluso que esperar a una idea perfecta que tal vez no se nos ocurra nunca?

Siguió caminando de un lado a otro con la respiración acelerada y me lanzó una mirada fulminante.

—Con esa frase acabas de ilustrar tu mayor defecto. Además del motivo por el que estás metida en este lío.

—Tengo defectos peores —dije poniendo mala cara—. Y mi impulsividad solo explica una parte de este atolladero.

Lachlan puso los ojos en blanco. Una horrible tensión creció en su interior hasta que se detuvo en seco.

Por su rostro pasaban demasiadas emociones como para entender en qué estaba pensando.

Su expresión era un tapiz de sentimiento y no lograba desenredar ni una sola de sus hebras.

Lachlan entendía que mi petición era ilógica y peligrosa, que era prácticamente imposible que mi plan saliera bien, pero, mientras lo miraba, algo se alzó victorioso entre el tumulto de emociones que lo asolaba.

Era su tesón.

La determinación de un miembro de la guardia real, la férrea voluntad de un soldado.

Sin embargo, también era una característica vinculada a esa perseverancia irracional que se adueña de uno ante una amenaza mortal.

Maldijo en actitud resignada y se acercó al armarito de roble que había en una esquina para revolver en su interior.

Sacó dos capas militares dobladas con esmero, de tela oscura y hombros revestidos de cuero.

Luego cogió dos frasquitos de cristal llenos de un líquido que no supe identificar.

Se guardó uno y dejó el otro sobre la mesa con un golpecito.

Reconocí la pequeña ene que aparecía en la etiqueta. Era nepente. Miré a Lachlan con gesto confundido.

—¿Significa esto que tienes un plan? Cuéntamelo.

Se pasó una mano por la cara.

—No es que haya trazado un plan, es que he llegado a la terrorífica conclusión de que eres la única opción que me queda para salvar a Agatha, aunque también la peor.

—Señaló la botella—. Bébete eso. Tienes muchos dolores y tenemos que darnos prisa.

—Verlo bajar la mirada con cautela hasta mi vientre me hizo darme cuenta de lo encorvada que estaba, como si aquella postura fuera a proteger mi herida—.

Ya le pondremos remedio a lo que coño te pase cuando estemos en el barco.

Una ola de gratitud y alivio me embargó.

La cadena que pendía de mis muñecas emitió un ruido metálico cuando cogí el frasquito y me bebí su contenido de un trago, sin esperar que fuera a ayudarme mucho.

El elixir de un sanador no tenía nada que hacer contra el hechizo de una maga.

Aun así, le di vueltas en la boca como si fuera la mismísima esperanza hecha líquido y recé para que al menos limara un poco los afilados bordes de mi dolor. Encontré la mirada de Lachlan.

—¿Cómo saldremos de aquí?

Se echó una de las capas por los hombros y se la ató al cuello.

—He estado pensándolo… El ataque del puerto ya ha dejado el palacio sumido en el caos, así que tal vez nos convenga alimentarlo un poco más.

Me agarré a la mesa y me puse de pie con esfuerzo. El suelo se meció bajo mis pies, pero me obligué a mantener el equilibrio.

—¿Fue tanto pensar lo que te impidió durante años ir a buscar a Agatha a Seraf?

Lachlan se mordió los labios para contenerse y no responder mientras se sujetaba un pequeño mayal al cinturón. Yo me tambaleé hasta la puerta de la armería y dejé escapar un quejido desgarrado cuando cogí la antorcha que colgaba de la pared.

—¿Imogen? —me llamó, receloso, antes de colgarse también la espada de Nemea del cinturón. Por último, cogió la corona y la segunda capa que había sacado del armario—. ¿Qué estás haciendo?

Abrí la puerta de golpe y un estallido de luz inundó la estancia.

—¡Imogen!

Pero yo ya me dirigía sigilosamente hacia el vestíbulo principal, hacia el hueco envuelto en sombras que quedaba entre la pared y la escalera.

Había unos cuantos sirvientes al otro lado de la sala, pero nuestro mayor obstáculo era el puñado de guardias armados que vigilaba la puerta de entrada al palacio.

La llama de la antorcha que había cogido emitió un siseo cuando la acerqué a la tela de color verde oscuro con la que habían envuelto la estatua de mármol de la gran diosa Diatan que se alzaba sobre un pedestal bajo al pie de la escalera.

El gran dolor que sentí al extender el brazo hizo que me lloraran los ojos y tuviera que soltar la antorcha, pero mi estrategia había funcionado.

Las llamas treparon rápidamente por la tela y engulleron la efigie con tal virulencia que la imagen me dejó clavada en el sitio, entre las sombras de la escalera.

Los guardias se pusieron enseguida en movimiento y fueron a pedir ayuda justo cuando Lachlan me cubría los hombros con la otra capa y me echaba la capucha por encima de la cabeza. Luego me agarró del brazo y tiró de mí en dirección al estrecho comedor del servicio sin apartarse de la pared.

—Dioses santos de mi vida, Imogen —siseó entre dientes.

—Ha funcionado, ¿no? —farfullé mientras cruzábamos la estancia y salíamos a un jardín lateral.

El sol brillaba trazando espirales doradas y, aunque el dolor todavía no amainaba, el nepente había empezado a distorsionarlo y amortiguarlo.

Dejé escapar un pequeño gimoteo de alivio cuando mis botas húmedas entraron en contacto con un camino de grava.

Se me ocurrió que tal vez así por fin pudiera dormir, flotando sobre el dolor como el espíritu que escapa de su cuerpo.

Nos detuvimos en seco, escondidos entre unos árboles, al amparo de las sombras salpicadas de sol. Lachlan me estudió con un claro brillo furioso en la mirada, pero, incluso con la cabeza dándome vueltas, fui capaz de atisbar cierta preocupación en sus ojos.

—Tienes una pinta horrible.

Resoplé molesta y, al responder, lo hice de carrerilla, como si estuviera ebria.

—No me sorprende que Agatha nunca volviera contigo.

El mundo comenzó a desdibujarse a mi alrededor y a tambalearse como si estuviera a bordo de un barco cabeceando en un banco de niebla.

Lachlan me agarró del brazo con más fuerza para sostenerme.

—Eso es que el nepente está empezando a hacer efecto.

—Ajá.

Retomamos la marcha. Subimos por un camino ajardinado y bajamos por un sendero bordeado de árboles.

Mi percepción del tiempo comenzó a alterarse.

Vislumbré fugazmente la imagen borrosa de las caballerizas.

Sentía la luz del sol recorrerme la piel como unos dedos cálidos.

Capté el olor de los caballos y oí sus relinchos.

Los establos se tambalearon cuando me ayudaron a subir a un carro de heno.

Lachlan me soltó los grilletes con un ruido metálico y me tumbé hecha un ovillo sobre la paja, como un tembloroso potrillo recién nacido.

Cuando el carro emprendió la marcha con una sacudida, me obligué a concentrar mi mente dispersa en Agatha para aliviar la agitación que había estallado en mi pecho.

Mis pensamientos se movían como una corriente embravecida, por lo que tuve que nadar a contracorriente, sin descanso, hasta alcanzar los recuerdos de mi infancia.

Agatha también era muy joven cuando nos conocimos, pero a la Imogen de seis años le había parecido ya una mujer hecha y derecha.

Si bien ahora la década que nos separaba resultaba insignificante, por aquel entonces, nuestra diferencia de edad la había convertido en una mezcla perfecta entre una madre y una hermana.

El nepente me permitió ver destellos de ella, momentos de risas y reprimendas.

Me vi a mí misma, escribiendo con una pluma, encorvada sobre el escritorio, y a Agatha caminando de un lado a otro ante los ventanales mientras recitaba la lección del día.

La vi trenzándome el pelo antes de acostarme.

Reprochándome entre siseos que hubiera tomado la costumbre de escaparme de la fortaleza en plena noche.

Mis recuerdos se ramificaban con cada sacudida del carro.

Comenzaron a abarcar demasiado tiempo, demasiado espacio.

Se produjo un fogonazo de luz blanca, tan brillante como un rayo, y mis sentidos se vieron repentinamente sobrepasados.

Ya no sentía dolor, pero notaba el sabor de la sangre en la lengua.

Veía el mundo a través de los ojos de otra persona, sumergida en unas aguas demasiado calientes.

Dos voces familiares resonaban en mis oídos.

Una era profunda y nasal; la otra, encantadora y melódica.

—Aférrate a estas palabras, Nemea, rey mortal de la isla de Seraf, pues tú serás el heraldo de este hechizo. Tú lo ejecutarás.

Las líneas del rostro del hombre ganaron nitidez, aunque se ondulaban como si lo estuviera viendo desde el fondo de una masa de aguas turbias.

Mi consciencia no estaba del todo ausente, pues un nudo se formó en mi pecho al verlo de nuevo, al contemplar su rostro estrecho y su mirada tensa.

Tan joven, sin una sola cana en sus largos cabellos oscuros.

Su piel olivácea permanecía tersa. De algún modo, el brillo hambriento y esperanzado de su mirada gris transformaba aquellos ojos que yo siempre había comparado con un par de cantos desgastados por el paso de las estaciones. Me hubiera gustado desviar la mirada.

—Recitádmelo —pidió con expresión escrutadora.

De pronto, como si el cuerpo que yo poseía hubiera ascendido de las aguas turbias, el rostro de Nemea recobró por completo la nitidez. Dio un paso atrás profiriendo una exclamación y cayó al suelo de pizarra. Me miró horrorizado.

Cuando Eusia habló, sentí que su voz escapaba de mi propia garganta, que resonaba en mis propios huesos:

—Esta ofrenda le entrego a la arena. Esta ofrenda le brindo al mar. Óyeme, escúchame. Purifica las aguas por mí.

Nemea permaneció tirado en el suelo y asintió con vehemencia antes de repetir el hechizo.

—Esta ofrenda le entrego a la arena. Esta ofrenda le brindo al mar. Óyeme, escúchame. Purifica las aguas por mí.

—Ahora márchate —dijo Eusia—. Forja tus alianzas, Nemea, y contarás con mi poder y mi benevolencia.

Una mano me sacudió el hombro con firmeza.

—Imogen. —Otra sacudida—. ¿Me oyes?

Entreabrí los ojos frente a la intensa luz del sol. Tenía la piel enardecida y húmeda.

Lachlan contemplaba mi figura aovillada sobre el heno con la mirada desencajada.

—¿Qué… qué pasa? —balbucí.

—El barco de Theo ha zarpado ya —anunció, sombrío.