La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 2. Theodore #3
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2. Theodore #3

Di un paso hacia él y lo fulminé con la mirada.

—Como le hayas hecho daño…

—Os he dicho la verdad. Para mi sorpresa, la joven hizo lo correcto y se marchó por iniciativa propia. Tuvo la sensatez de dejaros tranquilo y permitir que os casarais.

Irguió la espalda y levantó el mentón. Se dirigió hacia la puerta del camarote en actitud resuelta y se agachó despacio para coger el saco que descansaba ante ella.

Luego se tomó su tiempo para regresar a mi lado, acompañado del lánguido golpeteo de los tacones de sus zapatos contra el suelo de madera.

Cuando llegó al extremo de la mesa, tiró el saco sobre ella con cuidado de no llevarse por delante la jarra de vino o la pila de documentos.

—¿Recordáis lo último que os dijo?

Me quedé sin aliento. Por supuesto que lo recordaba. Sus palabras me habían dejado una herida supurante. Contemplé el saco con gesto impasible, incapaz de llenarme los pulmones de aire.

Eftan habló con tono despreocupado y burlón.

—«Cumple con tu deber y yo me encargaré de cumplir con el mío». —Notaba el peso de su mirada sobre mí. Cuando permanecí inmóvil y en silencio, señaló el saco—. Adelante. Echad un vistazo.

—No tengo ninguna intención de ceder ante tus artimañas, Eftan.

—Muy bien, pues os lo enseñaré yo mismo.

Se lanzó a por el saco como una víbora al ataque, desató de un tirón el nudo que lo mantenía cerrado y dejó caer el fardo de iridis­cente seda negra que contenía sobre la mesa. La luz de la tarde iluminó los delicados tonos azules, verdes y morados que bailaban en su superficie.

Era el vestido que le había regalado a Imogen.

Algo me sacudió las entrañas. Sentí calor y frío. Un estallido de dolor seguido de un entumecimiento. Pero me obligué a permanecer tan quieto como una estatua.

Eftan cogió el vestido y lo extendió con cuidado sobre la mesa.

—Lo encontraron tirado en el Hercule, el navío que Mela había reservado para ella, el que capitaneaba el hombre al que asesinó. A ninguno nos ha sorprendido que el anillo que le regalasteis no haya aparecido.

Tuve que recurrir a hasta mi última gota de autocontrol para no perder la compostura.

Eftan resopló y escudriñó mi rostro con atención.

—Por mucho que os esforcéis en tratar de convencerme de que no os importa lo que os diga, sé reconocer a un hombre enamorado.

—Giró sobre los talones y se detuvo ante la puerta—.

Si os negáis a escucharme a mí, tal vez le hagáis caso a ella.

Jamás os quiso. Ahí tenéis vuestra prueba —dijo desviando los ojos hacia el vestido antes de volver a posarlos en los míos—.

No sé lo que significaría ese vestido… Conociéndoos, supongo que era un símbolo de esperanza o una promesa.

—Se rio entre dientes—. Pero ella lo rechazó y lo dejó atrás.

Yo, desde luego, les doy las gracias a los grandes dioses por ello.

—Abrió la puerta del camarote—. Cásate con Halla como es debido y consuma el matrimonio. Haz tu condenado trabajo, Theodore.

Cerró la puerta a su espalda y me quedé mirando el vestido, ausente, abriendo y cerrando los dedos a cada lado del corpiño hasta que, al final, me decidí a intentar alisar una de las profundas arrugas que surcaban la falda.

—Joder.

Me serví más vino y tomé un buen trago. Tracé con los dedos las puntadas del cuello, negras como el ébano, que entrelazaban mis enredaderas con las plumas de sus alas. No pude escapar de la voz espectral de Imogen, que repetía sus últimas palabras con crueldad en mi mente.

«Cumple con tu deber y yo me encargaré de cumplir con el mío».

Otro trago de vino. Otro intento de acallar su recuerdo pese a que Imogen había pasado a formar parte integral de mi ser.

Por mucho que me esforzara por entender por qué había roto nuestro vínculo y se había marchado, por entender todo lo que había tenido que hacer, todavía no podía evitar sentirme como si me faltara algo, una extremidad o un órgano, y que había sido ella quien me lo había arrebatado.

El último trago de vino no sirvió para contener la rabia que bullía en mi interior. Cerré el puño en torno a la tela del vestido y lo llevé hasta el armario del camarote.

«Haz tu condenado trabajo».

Abrí la puerta de un bandazo, pero me detuve al arrugar la seda entre las manos.

Un rayo de luz dorada iluminó unos cuantos cabellos castaños, largos y ondulados. Levanté el vestido para inspeccionar más de cerca el resplandeciente botón negro en el que estaban enredados.

Imogen lo había llevado puesto.

Lo había llevado puesto el tiempo suficiente como para que la prenda le arrebatara un pedazo de su esencia y se aferrara a él contra viento y marea.

Dejé que los cabellos me acariciaran los dedos antes de obligarme a colocar el vestido sobre uno de los estantes.

Al soltarlo me sentí como si me hubiera arrancado la piel, pero me recordé que aquello no cambiaba nada.

Imogen se había ido igualmente. No me quedaba otra opción que casarme.

Las amenazas de Eftan todavía resonaban en mis oídos.

Sentía mi deber como una insoportable carga sobre los hombros.

Era curioso, pero, para ser un rey que incluso «superaba» al mismísimo gran dios, me había convertido en un hombre sin voz ni voto.