2. Theodore #2
—He de admitir que lo habéis hecho muy bien.
Habéis decidido que este será vuestro pequeño acto de rebelión, ¿no es así?
Es vuestra forma de dejarle una vía de acceso a vuestra vida a la mujer de la que os habéis enamorado.
—Su expresión se endureció—. Pero debo advertiros de que, por mucho que os esforcéis en hacerle un hueco, ella jamás encajará a vuestro lado.
El estómago me dio un nervioso vuelco, pero logré mantener la compostura.
—Estas modificaciones son mi forma de blindar el reino frente a la alianza con Obelia, pues ahora que sé a quién veneran, no puedo depositar toda mi confianza en sus dirigentes. La princesa está conforme y no habrá una guerra, así que no entiendo por qué te opones a mi decisión.
La incredulidad distendió sus facciones.
—¡No tratéis de excusaros diciendo que lo hacéis por el reino!
—Todas y cada una de las decisiones que tomo las tomo con este condenado reino en mente, y sugerir lo contrario roza la traición, canciller.
—Aquello lo aplacó un poco—. ¿Qué era lo que siempre le decías a mi padre, Eftan?
«No existe una devoción más intensa que la que siente un rey por su corona».
Eftan apretó los labios y agachó la cabeza. Pasó los dedos por uno de los documentos a modo de disculpa.
—Se lo recordaba con frecuencia y mirad de qué sirvió. —La decepción hizo que bajara la voz—. Me da mucha pena veros abandonar vuestro brillante y prometedor camino para seguir los pasos de vuestro padre.
Habíamos llegado a un callejón sin salida: Eftan estaba convencido de que me encontraba en una posición tan comprometida como la de mi padre con su amante. Y ahora, por culpa de Imogen y del dolor que me había causado su partida, ya no me veía capacitado para reinar.
Después de que Imogen se hubiera tomado la poción, yo me había negado a apartarme de su lado.
Día y noche le había limpiado la espesa sangre negra que le había brotado de los ojos, la nariz y la boca.
Había vertido todo mi poder sobre ella y había contado todas y cada una de las dificultosas respiraciones que había tomado.
Lo único que no había hecho durante ese tiempo había sido «cumplir con mi deber».
No había acudido ni al consejo ni a las reuniones de guerra.
Durante dos días y una noche, había desatendido las exigencias de la corona y eso había bastado para sacar a Eftan de sus casillas.
Para que hiciera todo lo posible por poner al consejo en mi contra y llevar a cabo una votación mientras había estado cuidando de ella.
No había sido capaz de protegerla, ni siquiera mientras trataba de mantenerla con vida, pues el canciller había propuesto declararla proscrita en aquella precisa votación.
Eftan se incorporó y se estiró el traje oscuro. Subió la intensidad de la lámpara de aceite que tenía al lado para que su llama ardiera con más intensidad y contempló las modificaciones en tinta negra repartidas por casi todas las páginas del contrato.
—¿Creéis que los miembros del consejo que viajan en este barco permitirán algo así?
Estas enmiendas demuestran un claro desinterés por el bienestar de vuestro reino…
—Se interrumpió, superado por la situación—.
Iré a buscarlos ahora mismo y someteremos estos cambios a una votación.
La corona descansa sobre vuestra cabeza, pero solo haréis vuestra voluntad con el beneplácito del consejo.
—Se dio un golpe en el pecho—. Con mi beneplácito.
Me puse tenso.
—¿Entiendo, entonces, que lo que quieres decir es que yo soy el navío y tú, mi capitán?
¿Que yo soy la espada y tú, la mano que la empuña?
—Esperé a que respondiera mientras la cólera me incendiaba el pecho como un sol abrasador, pero el canciller se limitó a mirarme sin abrir la boca.
Cogí mi cáliz y lo lancé contra la pared, justo por encima de su cabeza—.
¡Yo soy el capitán y tú no eres más que un puto cabo en las jarcias!
Serás reemplazado en el acto si te rompes.
Eftan se había quedado de piedra, con un destello de sorpresa en la mirada.
Un silencio áspero descendió sobre nosotros y entonces caí en la cuenta de que nadie le había plantado cara de aquella manera.
Antes de que yo ascendiera al trono, Eftan había dirigido el reino prácticamente solo, pues mi padre siempre había antepuesto el placer y la aventura al deber.
De hecho, se había encargado incluso de mi formación pese a que aquella también debería haber sido tarea de mi padre.
Durante mi infancia, había recibido una letanía de lecciones y reprimendas por su parte y yo había seguido sus enseñanzas sin cuestionarlo.
Cada vez que definía una expectativa para mí, yo la asumía obediente, sin rechistar.
—Ya no habrá más votaciones —dije entre dientes.
—La ley es clara…
—Conozco bien la ley. Estoy en pleno uso de mis facultades y esta decisión no supone una mayor amenaza para el reino que la propia alianza. Harías bien en recordar que soy tu rey.
Él agachó la cabeza.
—Sois el rey. —Hizo una pausa—. Pero os estáis dejando guiar por la lujuria y eso os convierte en un imprudente y un necio…
Sin pensarlo, estiré el brazo por encima de la mesa y lo agarré por la pechera de la camisa. Los documentos se arrugaron y se esparcieron por la mesa cuando tiré de él hacia mí.
—Te he dicho que tengas cuidado con lo que dices.
—Yo siempre he sido más cuidadoso que ninguno y, a diferencia de vos, jamás he flaqueado. ¿Alguna vez os he contado cómo llegó vuestro padre a tomar la decisión de cederos la corona y apartarse del poder? ¿Os he contado por qué decidió ponerle fin a su reinado para que el vuestro diera comienzo?
Me quedé inmóvil, atrapado entre mi afilada rabia y mi inamovible curiosidad.
—Fue gracias a mí —dijo atravesándome con la mirada.
Una retorcida pesadez se adueñó de mi estómago. Le solté la camisa y erguí la espalda tratando de mantener una expresión tranquila e inescrutable.
—Vuestro padre era un hombre de lo más apasionado, ¿no creéis?
—Se alisó las ropas arrugadas—. Pero ni el trono ni vuestra madre alimentaron jamás ese fervor.
No, en absoluto. Tuve que animarlo a consumar la unión, ¿sabéis?
Tuve que obligarlo a tomar una poción que lo ayudara a concebir a su primogénito.
Solo tenía ojos para su amante. —Negó con la cabeza—.
Después de años y años de incontables esfuerzos, decidí que lo mejor sería eliminar aquello que tan distraído lo tuvo siempre.
Eftan se sentó de nuevo sin demostrar emoción alguna y comenzó a organizar todos los documentos con esmero en una pila.
Los sonidos de la tripulación preparándose para zarpar, los gritos y silbidos, los crujidos y estruendos, quedaron amortiguados por el repentino martilleo que estalló en mis oídos.
—La mataste tú.
Me contempló con expresión febril, tan quieto que me puso los pelos de punta.
—Una sobredosis de aceite de nepente puro. Fue bastante sencillo. Y rápido —admitió y, al enderezar los hombros caídos, el orgullo lo envolvió como una miasma.
Yo solo podía pensar en Imogen y en la amenaza que el canciller suponía para ella cuando rodeé la mesa, incliné violentamente la silla en la que estaba sentado y me cerní sobre él como una nube de tormenta.
Eftan levantó las manos en señal de rendición y habló a toda velocidad:
—Vos nacisteis gracias a mi intervención.
Y os convertisteis en un joven sobresaliente gracias a mi consejo.
Yo siempre supe que seríais mejor rey que vuestro padre y, cuando se lo hice saber, por fin accedió a llevar a cabo la transferencia.
—Pese a su turbación, seguía demostrando una arrogancia impasible.
Seguía contemplándome con aire astuto y calculador—. Fue lo mejor para todos.
«Lo mejor para todos».
No podría haber descrito de una manera más lacónica e insultante la brutal muerte de mi padre, mi envenenamiento autoinfligido y mi ascenso prematuro al trono. Solté la silla y dejé que sus patas delanteras cayeran de golpe al suelo.
—Has cometido un asesinato, has alentado un regicidio…
—No. Me he encargado del difícil e ineludible trabajo sucio. —Eftan dejó una mano firmemente apoyada sobre los acuerdos matrimoniales—. Yo os convertí en el hombre que sois hoy —añadió con suavidad—. Yo os ayudé a superar incluso al mismísimo gran dios Panos.
Apreté los puños contra la mesa y deposité el peso de mi cuerpo sobre ellos. Luché por mantener a raya la rabia salvaje que albergaba en mi interior para ocultar lo intensa que era, pero las siguientes palabras que pronuncié llegaron cargadas de veneno.
—Escúchame con atención. Ten en cuenta que arrebatarte el poder que creas poseer me resultaría tan fácil como cortarte el cuello.
Agachó la cabeza tranquilamente y, con un tono tan seguro que me sacudió hasta la médula, dijo:
—Lo que yo esgrimo no es poder, sino amor.
—Amor…
—Cada vez que he tenido que tomar una decisión, cada vez que he tenido que intervenir, he actuado teniendo el reino y la corona en mente, sí, pero, en el fondo, todo lo que he hecho lo he hecho por vos.
—Encontró mi mirada y habló con una convicción certera—.
Y es que no hay nada, no hay un acto tan vil e infame que no esté dispuesto a hacer para proteger el reino y protegeros a vos.
Mi creciente rabia se transformó en un gélido pavor.
Eftan era un hombre despiadado, calculador e implacable.
Identificaba y extirpaba las debilidades de los demás con la precisión de un sanador.
Y el problema era que veía a Imogen como algo más que una debilidad.
Para él, era una enfermedad. Una calamidad.
De pronto, caí en la cuenta de que era imposible que le hubiera permitido salir de Varya como había asegurado.
No cuando dejarla marchar suponía que en algún momento podría regresar.
—¿Qué le has hecho?
Se quedó rígido. Dejó de parpadear. Incluso de respirar.