La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 2. Theodore
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2. Theodore

Theodore

F ui el primero en llegar al barco. Me había escabullido del palacio antes de que Halla, el consejo y los miembros de mi corte repararan en mi ausencia y había ido directo a las caballerizas.

Luego les había pedido a mis guardias que cabalgaran a diez pasos de mí para que al menos pudiera imaginarme que estaba solo.

Ahora me encontraba en mi camarote, con la puerta cerrada con llave y la cortina echada para cubrir a la sirena de la vidriera, desenvolviendo con cuidado uno de los libros que le había robado a la ermitaña.

Cuando el papel encerado y el lino que lo protegían quedaron extendidos sobre la mesa, leí el título de letras plateadas y algo desgastadas.

Una nueva era de magia atroz.

Después de haberme visto obligado a leer Los grandes leucosianos durante mis estudios, había decidido mantenerme alejado de los trabajos del gran dios Jesop, pues eran unas obras farragosas, interminables y dadas a engrandecer la figura de su propio autor.

Sin embargo, ahora había afanado un puñado de ellos y no había sido capaz de dejar de leer desde que me había enterado de que Imogen se había marchado.

Apreté los puños sobre la mesa, a cada lado del libro, y lo contemplé con mala cara.

Estudié su encuadernación de cuero marrón agrietado y sus hojas amarillentas.

Había arrancado algunas tiras de pergamino y las había dejado entre las páginas que contenían información que me había parecido de utilidad.

También había marcado los fragmentos que me habían resultado particularmente desagradables.

«Magia atroz».

El título se me había enterrado en la carne como una espina, porque era justo eso: atroz. Todo lo que había leído en aquellas páginas (cada hechizo y su resultado, cada maga y cada persona que se había beneficiado de su poder) había quedado debilitado, dañado o mutilado por la magia.

Me pellizqué el puente de la nariz en un intento por desterrar la imagen de Imogen durante el ritual de escisión, sin apenas ser capaz de respirar y con sangre negra como el alquitrán brotándole de los ojos.

Abrí el libro, que emitió un crujido de protesta, y pasé las páginas hasta llegar a donde me había quedado.

Hay mucho que comentar sobre el precio de la hechicería.

He descubierto que los ojos se vuelven blancos a cambio de ampliar la percepción.

Que el cuero cabelludo se abrasa y el cabello se cae a cambio de trascender el tiempo.

El cuerpo de las magas se devora a sí mismo si no consume carne, aunque parece ser que un pequeñísimo bocado basta para combatir este fenómeno.

Hemos sido testigos de esto en la historia de la primera maga, quien se las arregló para reponer su cuerpo consumido alimentándose de otra persona.

Levanté el libro con la respiración entrecortada.

Caminé hasta el muro acristalado de popa y bajé la vista al mar, como atraído por él.

Aquel día sus aguas oscuras parecían furiosas.

El viento lo mecía en una danza frenética y le arrancaba a la cresta de sus olas gotas que se perdían como la neblina.

Entonces me descubrí a mí mismo esperando, con el corazón en un puño, como si ella fuera a aparecer en medio de aquel caos.

De una pieza. Implacable, encantadora y plena.

Me aferré a aquel condenado libro con más fuerza y continué leyendo.

Una maga os dirá que la única manera de aplacar el impacto de la magia es asegurar un equilibrio.

Carne por carne. Sangre por sangre. Solo la persona que lanzó el hechizo puede deshacerlo.

Sin embargo, uno no puede evitar preguntarse qué clase de efecto tendría el poder de los dioses sobre la magia.

Pues el tira y afloja de fuerzas sobrenaturales que hay en este archipiélago es tal que un servidor, gracias a la experiencia que acompaña a su inmortalidad y a su excelsa capacidad de raciocinio, ha llegado a la conclusión de que la magia de las magas y el poder de los dioses equivalen a los dos filos de una misma espada perfectamente equilibrada.

Bajé el libro despacio, sintiéndome a la deriva, totalmente fuera de mi elemento. Arranqué una tira del pergamino que descansaba sobre mi escritorio, lo metí entre las hojas del libro y lo cerré.

—Dioses del cielo.

Desde la ventana del camarote, el puerto de Panos parecía una pintura iluminada por el sol de la tarde. Los muelles eran una jungla de agujas y cabos que daba paso a las espléndidas colinas verdes de Varya.

El nudo frío que me atenazaba el pecho se derritió un poco al estudiar los grupos de casas blancas con tejados de paja que salpicaban el ondulado paisaje.

Me imaginaba a la gente que vivía en ellas, el aroma de su comida, el orgullo que sentirían al admirar sus prósperos huertos, su determinación y su alegría.

Abracé aquella imagen estrechamente, pues esas personas eran lo único que hacía que continuar cumpliendo con mi deber mereciera la pena.

Alguien llamó a la puerta de mi camarote.

—Abrid, majestad —me pidió Eftan en un tono cortante que dejaba entrever su irritación apenas contenida.

Apreté los dientes, envolví de nuevo el libro con sus dos capas protectoras y lo guardé otra vez a buen recaudo en su bolsa, con el resto de las obras que había robado.

Eftan volvió a llamar, esta vez con el puño.

Antes de salir a recibirlo, me serví un vaso de vino y me aseguré de ocultar mis emociones, cualquier pedacito de mí que pudiera evidenciar la intensidad de mi tormento.

Abrí la puerta sin hacer el menor ruido.

—Buenas tardes, canciller.

Eftan estaba allí de pie, orondo y enfadado, vestido con su traje de detalles dorados. En una de sus pesadas manos sostenía un saco de arpillera y en la otra, el portafolio de cuero que le había hecho llegar antes de marcharme de palacio. Lo sostuvo en alto para obligarme a contemplarlo.

—Veo que has aprovechado para leer un poco en el carruaje de camino aquí.

El hombre se puso colorado y pasó a mi lado para detenerse ante la mesa.

—No me puedo creer que hayáis hecho algo así.

Yo permanecía clavado en el sitio, sintiendo una creciente tensión en el pecho ante la discusión que se avecinaba.

El portafolio restalló cuando Eftan lo dejó caer sobre la superficie pulida del escritorio.

Luego lo abrió con brusquedad para esparcir los documentos del contrato matrimonial y dejarlos a la vista como si fueran secretos inconfesables, deseosos de salir a la luz.

Estampó un dedo sobre el texto en tinta negra que yo mismo había añadido en uno de los márgenes.

—Jamás habíais sido tan imprudente…, tan…

Levantó la vista para encontrar mi mirada con una rabiosa súplica.

Parecía mayor. Siempre había tenido ese aspecto, incluso cuando yo todavía era niño, pero ahora parecía que los años le pesaban.

Que le empezaban a pasar factura. La astucia que siempre había brillado en sus líquidos ojos oscuros había quedado, hasta cierto punto, opacada por el agotamiento.

También tenía el poco pelo que le quedaba de punta, como si, durante el viaje hasta el puerto, hubiera estado pasándose las manos con nerviosismo por sus escasos mechones.

—Sois un necio —se lamentó derrumbándose sobre la silla que tenía al lado.

Dejé el cáliz con un golpe sobre la mesa y parte del vino que contenía se derramó por sus bordes.

—Cuidado con lo que dices. —Cuando volví a hablar, lo hice con un perfecto autocontrol, con un experto tono afilado pero carente de emociones.

Tal y como él me había enseñado. Cualquier otra reacción habría desencadenado una nueva perorata sobre mi «imprudencia»—.

He cumplido con mi deber. Le he dado a la princesa exactamente lo que pedía y, ante todo, me he asegurado de mantener mi reino a salvo.

Me miró estupefacto.

—¿Que habéis cumplido con vuestro deber?

—Levantó los documentos y entornó los ojos para leer el texto del margen derecho—.

«Tras las nupcias, el rey acompañará a la princesa hasta Obelia para que esta pueda celebrar, según la tradición obelina, un banquete de bodas en su hogar, junto a su gente».

—Me miró con una evidente suspicacia—.

¿Me vais a decir a mí que la princesa ha accedido voluntariamente a renunciar a la corona, al templo, a todas sus protecciones, a todo lo que se le había prometido, a cambio de una fiesta en el palacio de su mamaíta?

¡Si la pobre muchacha se marea en altamar, por el amor de los dioses!

¿Esperáis que me crea que desea casarse sintiéndose miserable a bordo de un barco?

—Es lo que ha pedido, Eftan. Solo los dioses saben qué la habrá empujado a ello —me limité a responder.

No era ninguna mentira. Tragué saliva para combatir el nudo que me atenazaba la garganta—.

También hay un segundo punto cuyos términos todavía estamos negociando, pero no tardaremos en tomar una decisión.

Eftan dio un puñetazo en la mesa.

—Malditas sean vuestras negociaciones. ¡De esta manera vuestro matrimonio no será del todo válido! Si no os vinculáis con ella, si no combináis vuestra sangre, la princesa no será considerada la reina legítima de Varya.

—Lo sé. —Permanecí muy quieto—. Harías bien en recordar que yo soy el rey y que, por mucho que compitáis por haceros con el control, ni el consejo ni tú tenéis ningún poder sobre mí siempre que mis decisiones no pongan en peligro la seguridad del reino.

La mirada que me lanzó fue fulminante, de esas que lograban colarse bajo mi meticulosa fachada.

Sin embargo, a lo largo de los años, había erigido más muros de los que Eftan o yo mismo esperábamos, tan resistentes que a una parte de mí todavía le costaba creer que Imogen se las hubiera arreglado para derribarlos por completo.

Eftan soltó una risita impresionada pero molesta.