1. Imogen #3
Reparé en los detalles de la estancia con un escalofrío.
Hacía tan solo un día que me había marchado y por entonces todavía estaban ultimando los preparativos para la boda.
Habían engalanado los pasamanos de mármol negro y las estatuas de los grandes dioses con enredaderas en flor.
Además, habían colgado sigilos obelinos junto a los varianos en una mezcla de tonos verdes y azul oscuro.
Ahora lo estaban retirando todo. Ante la estatua de Ligea, dispuesta bajo la escalera oeste, había dos mujeres doblando pulcramente una banderola de color verde oscuro y dorado. Cuando acabaron, la metieron con cuidado en la cesta que descansaba a sus pies.
—¿Qué ha pasado? —pregunté en un susurro tembloroso—. ¿Ha cancelado Theodore la boda?
Lachlan me miró confundido; su expresión se endureció y el recelo se adueñó de sus ojos antes de desviar la mirada hacia la pared revestida de paneles que había al final de la escalera oeste.
—Sigamos adelante.
Yo me mantuve firme en el sitio.
—¿La ha cancelado?
—Te lo pido por favor, Imogen, baja la voz. —Recorrió la estancia con la mirada una vez más y susurró—: No.
—¿Entonces…?
—Aquí no.
Nos condujo hasta la pared que había estado contemplando, donde había una puerta escondida.
Me sentía desfallecer con cada paso, pero Lachlan me agarró del brazo en cuanto se dio cuenta de que estaban a punto de flaquearme las piernas.
Oí el chirrido de unas bisagras antes de adentrarme con un tropiezo en una habitación pequeña y oscura.
Era una armería. En su interior había un hogar estrecho, un puñado de faroles encendidos y mazas, mayales y hachas de guerra colgados de los irregulares muros de piedra.
En el centro de la estancia también había una mesa vieja y unas sillas.
Lachlan echó el pestillo de la puerta. Su fachada inexpresiva cayó y quedó reemplazada por una desesperada intensidad.
—¿A dónde se la ha llevado la emperatriz?
—A Antemusa. —Un frío insoportable me recorrió de pies a cabeza—. Allí está Eusia.
Se apoyó en la pared y el color abandonó sus mejillas. Su piel adoptó una repentina palidez mientras ponía en orden sus alborotados pensamientos.
—Cuéntame qué ha pasado con la boda. —La vehemencia de mis palabras desató una llamarada de dolor en lo más profundo de mi vientre—. Ayer, cuando me marché…
Lachlan sacudió la cabeza con brusquedad.
—¿Ayer? —Se le rompió la voz y volvió a negar con la cabeza—. Han pasado dos días, Imogen. Dos putos días desde que te marchaste.
Respiré hondo y contuve el aliento. No entendía cómo era posible que hubiera pasado dos días enteros en el agua, luchando contra el estupor del hechizo para regresar a tierra, aferrándome a un plan deficiente e imposible de llevar a cabo mientras Agatha viajaba a bordo de un barco que la conducía hacia el peligro.
Para entonces ya habría llegado a su destino.
—¿A qué distancia está Antemusa de aquí? —pregunté con un hilo de voz desesperado.
—A unos tres días en barco. —Lachlan apartó una de las sillas de la mesa arrastrando sus patas por el suelo y se desplomó sobre ella. Se enterró los dedos en el pelo corto—. Pero es inaccesible.
Lo miré boquiabierta, tratando de transformar mi dolor, mi estupefacción y mi rabia en algo lo bastante violento como para sustentarme.
—Arriba, idiota. —Lachlan levantó la cabeza y sus ojos llorosos encontraron los míos—. ¿Cómo vas a tirar la toalla ahora después de llevar toda una vida suspirando? ¿La vas a abandonar cuando más te necesita?
Él me fulminó con la mirada.
—¿Y qué podemos hacer? Te han desterrado…
—Tampoco parece que hayas puesto demasiado empeño en evitarlo.
—No fue cosa mía. El consejo llevó a cabo una votación ante la insistencia de Eftan —explicó—.
Todos te conocen en palacio. Saben que tenemos órdenes de encerrarte hasta que seas juzgada.
Y admitir que has cometido un regicidio como acabas de hacer en el jardín es lo que menos te conviene ahora mismo.
—Pídele a Theodore que me absuelva.
—No está aquí —dijo negando otra vez.
Una nueva fuente de dolor se me enredó en el pecho. Di un pequeño paso atrás, como si aquello sirviera para escapar de lo que estuviera a punto de decirme.
—Han trasladado la boda al barco de Theo.
—Lachlan hablaba a trompicones, como si articular cada palabra le supusiera un gran esfuerzo—.
Después de la batalla, cuando desapareciste, Theo perdió la cabeza…
Exigió modificar los acuerdos matrimoniales.
Partieron hacia el puerto hace unas horas.
Se dirigen a Obelia para que Halla pueda celebrar sus nupcias como es debido con su gente.
Tuve que repetirme mentalmente aquellas palabras unas cuantas veces, tuve que luchar por mantener mi maltrecho corazón de una pieza. Necesitaba a Halla. Tenía que llegar hasta Agatha y Eusia. Enterré el insaciable anhelo que sentía por Theodore tan dentro de mi ser como fui capaz.
Nos miramos a los ojos durante un buen rato. Casi notaba cómo la tensión que pendía entre nosotros moldeaba lentamente nuestra pena y nuestro miedo para transformarlos en una idea vaga y terrible.
—Lachlan —me obligué a respirar hondo pese a lo mucho que empeoraría mi dolor y me aferré al borde de la mesa para mantenerme erguida—, tenemos que subirnos a ese barco.