1. Imogen #2
Maldito desgraciado. Resoplé enfadada y traté de levantar las manos inmovilizadas.
—Suéltame.
Él ignoró por completo mi petición.
—Pareces un cadáver andante, Imogen.
—Lach —su nombre escapó como un chirrido de mi interior—, ¿qué estás haciendo?
—Mi trabajo. —Se incorporó y me miró desde arriba—. Ahora eres una proscrita.
No conocía esa palabra ni entendía sus implicaciones, así que negué con la cabeza recorriendo con una mirada desesperada la media docena de espadas que seguían apuntándome.
Lachlan volvió a hablar despacio y con voz clara:
—Se te ha condenado y desterrado de Varya por varios delitos. A saber: rapto, traición, imprudencia temeraria y asesinato…
—¿A quién he raptado yo si…?
—Al rey, nada menos.
—Eso no es… Lachlan, tú estabas allí. Sabes la verdad.
Se le crispó la boca.
—Ayudadla a ponerse de pie —les ordenó a los guardias que se encontraban más cerca.
Cuando tiraron de mí, otro alarido me desgarró la garganta, y Lachlan puso mala cara. Escudriñé sus ojos carentes de expresión en busca del menor indicio de preocupación, pero se me cayó el alma a los pies al ver que permanecía impasible.
—Tenemos pruebas de que orquestaste el asesinato del capitán del Hercule, subiste clandestinamente a bordo de un buque de guerra variano y pusiste en peligro a su tripulación en el fragor de la batalla.
El corazón me dio un vuelco al pensar en la muerte del capitán y recordar los sonidos húmedos de la herida de su vientre, así como el pútrido canto que utilicé para controlar a sus asesinos. Un canto que fui incapaz de dominar.
Me apoyé en los soldados para mantenerme erguida.
—No hice tal cosa. Hundí los barcos serafíes, ayudé a vuestros hombres a ganar la batalla. —Gruñí apretando los dientes—. He matado a Nemea. Su corona ahora es mía.
Lachlan me miró sorprendido ante mi confesión, pero no dijo nada.
—¿Quién me ha declarado una proscrita? —susurré tras una pausa, sin poder reprimir el temblor dolido de mi voz—. ¿Ha sido cosa de Theo o lo habéis empujado Eftan y tú a hacerlo?
Tragó saliva visiblemente y el silencio se extendió entre nosotros, tan tenso y delgado como las cuerdas de un laúd. Cuando por fin respondió, lo hizo sin demostrar emoción alguna:
—El rey y su consejo son uno.
Algo se quebró en mi pecho ante sus palabras y no pude hacer más que sostener su mirada indiferente con la esperanza de que mostrara algo de lástima o arrepentimiento.
Sin embargo, no tardó en desviar la mirada hacia lo alto de las escaleras, y los guardias me obligaron a dar media vuelta sin más contemplaciones.
Mientras me arrastraban en dirección al jardín, yo me movía como una muñeca de trapo desmadejada, gimoteando de dolor con cada sacudida.
Cuando por fin me soltaron al llegar arriba, caí sobre la hierba mullida, presa de los temblores.
Poco a poco, los guardias se dispusieron a mi alrededor y Lachlan se detuvo ante mí.
Me senté sobre los talones y me quedé inmóvil y en silencio.
Movida por la desesperación, consideré la posibilidad de buscar mi poder bajo la pesada mortaja de dolor que me envolvía y recurrir a mi canto para controlarlos a todos y obligarlos a liberarme.
Pero el sonido metálico de una daga al abandonar su vaina me detuvo.
—Sé lo que estás pensando. —Lachlan negó con la cabeza y se dobló por la cintura para coger la cadena que pendía entre mis grilletes—. Utiliza tu poder —me apuntó con la daga— y no tendré más remedio que recurrir a esto.
Encontré su mirada por encima de la punta plateada del arma.
—No tendrías nada que hacer.
Estudié entonces el brillo decidido de sus ojos perfilados de negro. No parecía que estuviera tramando nada; su amenaza no albergaba ningún significado oculto. Me desconcertaba que hubiera pasado a tratarme de aquella manera después de nuestra cálida, si bien algo torpe, despedida del día anterior.
—Dos de mis hombres están vinculados a una sirena, Imogen. Te matarán antes de que tengas oportunidad de suplicar clemencia. Y, como ya te dije, no deseo verte muerta.
Desde el primer momento había sabido que Lachlan temía que condujera el reino de Varya a la ruina.
Me había amenazado, me había reprochado mi comportamiento y me había dejado claro su desagrado en múltiples ocasiones.
Nuestra animadversión había estado presente entre nosotros como un arma en ristre, pero jamás habría esperado que acabara enarbolándola con tanta violencia.
Lachlan enarcó las cejas en una muestra de ingrata ironía y dio un tirón de la cadena.
—Alzaos, majestad.
Poco antes, la maga sibila me había dado un consejo: «Haz cuanto te plazca».
Lo que ahora quería era soltar unos cuantos improperios y rechinar los dientes.
Gritar, hacer que me obedecieran y obligar a todos aquellos guardias a que se arrodillaran ante mí.
No obstante, por encima de todo, lo que más ansiaba era vivir.
Me puse de pie apretando la mandíbula y enseñando los dientes.
El jardín se mecía bajo una suave brisa mientras Lachlan me guiaba tirando de mi cadena con una mano y sujetando mi corona y mi espada con la otra.
Seguidos de otros dos guardias, caminamos lenta y dolorosamente entre los abarrotados parterres de flores naranjas, amarillas y rosas.
Pasamos por delante de la resplandeciente fuente que daba cobijo a tres sirenas orgullosas en su parte central.
Con cada paso que daba, el nudo de mi garganta crecía.
Había regresado a aquel lugar con la intención de acabar con una amenaza, pero, de camino al palacio, de un blanco cegador bajo el sol de la tarde, caí en la cuenta de que yo era el peligro que se cernía sobre los terrenos de Genevreer. Yo era el terror que los asolaba.
Cuando pasamos por debajo de un pasaje de enredaderas bañado por el sol y salpicado de flores, me tropecé con mis propios pies, que me pesaban como si fueran de plomo.
Mi dolor se acrecentó. Se me nubló la vista.
Cerré los ojos y traté de centrarme en la calidez de la luz que me besaba los pómulos, pero eso me hizo pensar en Theodore.
Por muy desaforada y corrupta que me sintiera, jamás pondría en peligro su seguridad, ni siquiera por Agatha.
Un deseo oscuro y aterrador me embargó al pensar en él.
Me sobrevino como una fiebre, un calor que se adueñó de mis venas.
Empecé a salivar, presa de un hambre que exigía ser saciada.
Ansiaba probar su sangre, sentir su carne entre mis dientes y sus suaves labios sobre los míos.
Me frené en seco. Me atraganté con mi propio temor. No lograba trazar un límite claro entre el ansia de Eusia por consumir a Theo y el cariño y la atracción que yo misma sentía por él.
Lachlan se volvió frunciendo el ceño y me fulminó con la mirada por encima de una de sus hombreras.
—No… —susurré esforzándome por contener las lágrimas—. No permitas que me acerque a él.
A diferencia del de Theo, el rostro de Lachlan se amoldaba con facilidad a sus emociones.
La empatía suavizó su expresión adusta, pero esta llegó acompañada de una pizca de suspicacia.
Él tenía una pregunta que requería respuesta, una inquietud que necesitaba aplacar.
Sostuve su mirada y traté de animarlo a confiar en mí, a pesar de que tal vez no me lo mereciera.
Asintió con brusquedad y desvió la mirada hacia los soldados que tenía detrás.
—Podéis retiraros. Yo me encargaré de ella de ahora en adelante.
—Permitid que os acompañemos, señor —replicó uno de ellos—. No estaréis a salvo a solas con ella.
«No estaréis a salvo». Me resultaba extraño haber pasado toda una vida dejándome dominar por mis miedos para acabar convirtiéndome en la pesadilla de otros.
—Os he dado una orden —concluyó Lachlan antes de retomar la marcha en dirección a palacio y arrancarme un quejido agudo ante el repentino movimiento.
Bien. Ahora podríamos hablar con libertad. Podría intentar ponerlo de mi lado.
Los guardias se quedaron un poco rezagados durante un momento y yo estudié la línea rígida de los hombros de Lachlan, la forma decidida pero ausente en que se movía, como si le hubieran arrancado una parte vital de su ser y lo único que le permitiera seguir adelante fuera su inmensa fuerza de voluntad.
Aquello no era nada propio de él. Siempre había estado lleno de vida, siempre había tenido un brillo travieso en la mirada, incluso cuando se enfadaba.
—Espera, Lach —dije al llegar a la terraza vacía del palacio. Traté de aminorar el paso, pero él mantuvo el ritmo, obcecado en seguir hasta la puerta de cristal—. Por el amor de los dioses, zoquete. Tenemos que hablar de Agatha.
Entonces vaciló. Yo había encontrado la brecha en su armadura y sabía muy bien lo delicada que era la carne que escondía debajo. Blandí mis palabras como un arma bien afilada:
—Sé dónde está.
Pero no acerté a atravesarlo. Lachlan siguió adelante con renovada obstinación y me condujo al interior del palacio.
—¿Me has oído? —Nos adentramos en la Sala del Jardín, de suelos relucientes y paredes decoradas con flores—. Lachlan, me vas a…
—Silencio.
Me arrastró hasta el vestíbulo principal, pero me pareció oír cierta preocupación en su tono.
—Nos estamos quedando sin tiempo. —Hablé en voz alta y temblorosa—. Puede que la emperatriz haya…
Lachlan se detuvo y giró sobre los talones con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.
—La emperatriz…
Asentí con la cabeza asimilando su expresión horrorizada.
Tenía el cuello tenso y se le abrieron mucho más los ojos mientras se esforzaba por recomponerse.
Tras lanzarme una mirada de advertencia, nos ocultó bajo las sombras de la escalera este antes de que alguien reparara en nosotros.
Había unos cuantos soldados montando guardia en el vestíbulo y sirvientes retirando las decoraciones.