La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 1. Imogen
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La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2)

La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2)

Por Kalie Cassidy

© inepub.com

1. Imogen

Imogen

S alí arrastrándome del mar sin ninguna elegancia, como una criatura marina desacostumbrada al contacto del aire y la arena dura.

En una mano sostenía la espada de Nemea.

De mi brazo contrario, como un grillete demasiado grande, pendía su corona.

Había estado sumida en el delirio del dolor y el cansancio toda la noche mientras flotaba entre los restos de la batalla que salpicaban la superficie del mar, y perdía el conocimiento cada poco tiempo.

Con los pedazos de los soldados desmembrados meciéndose a mi alrededor y los restos del navío mezclándose con la espuma roja por la sangre, ni siquiera había tenido manera de diferenciar lo que era real de lo que no.

Mantener el control sobre mi poder me había supuesto un tremendo esfuerzo, pues el hechizo que había llevado a cabo me había consumido casi por completo.

Todavía notaba su sabor en la lengua, así como un hambre insaciable pulsando al ritmo de los latidos de mi maltrecho corazón.

El intenso dolor que me atenazaba el vientre había inutilizado todos mis sentidos, pero al final me las había arreglado para hacer que el mar me llevara hasta la orilla.

Mientras su superficie me arrastraba, me había aferrado a la espada y la corona como si el metal mellado de ambos objetos fuera lo único que me mantenía a flote. Ahora estaban impregnados de Nemea, imbuidos de su sangre. Tocarlos me recordaba que no había mostrado piedad ante el monstruo.

Y que podría hacerlo de nuevo.

Me arrastré por la playa temblando, a cuatro patas, y me detuve allí donde las olas rompían para contemplar las dunas.

El viento arrastraba delicadamente la arena blanca y trazaba surcos en ella.

Caí en la cuenta de que el mar me había escupido justo en la misma playa donde Halla había hecho su ofrenda a Eusia, donde me había atragantado con la poción que había roto mi vínculo con Theodore.

Alcancé a vislumbrar la escalera que conducía al jardín de flores, donde el dolor había hecho que me flaquearan las piernas y se me enturbiara la vista.

Los muros pálidos y los torreones del palacio de Genevreer se alzaban en una extensión infinita, como si se burlaran de mí.

Me tumbé sobre un costado y proferí un sollozo ante otro estallido de dolor. Apenas era capaz de mantenerme de pie, por lo que llegar hasta el palacio y recorrer sus pasillos se me antojaba una tarea imposible.

—Tienes una casa demasiado grande, Theo —farfullé para mis adentros.

Sonaba moribunda. Y tal vez lo estuviera.

El agujero descompuesto y lleno de agua de mar que tenía abierto en el vientre palpitaba como un corazón y diseminaba el dolor por todo mi cuerpo, desde mi irritado cuero cabelludo hasta la punta de mis pies mojados.

Lo notaba martilleando en los labios, en los dedos, y lo único que quería era quedarme dormida sobre la arena cálida.

Me pesaban los párpados, pero, al cerrar los ojos, lo único que conseguí fue que mis pensamientos titilaran y se distorsionaran como las imágenes de un violento sueño febril.

Vi a la emperatriz en su barco mecido por las olas; a Eusia en su pequeño estanque de aguas oscuras, y a Halla, segura junto a Theodore en el cálido palacio que se alzaba ante mí.

Pensé en la aureola de rizos oscuros de Agatha, en sus brillantes ojos marrones, y lo único que vi en ellos fue miedo.

Un quedo gimoteo creció en mi garganta. Agatha era una persona de una férrea determinación, que nunca había parecido dejarse llevar por el pánico o la duda.

Era una persona que me había brindado su apoyo y amistad incondicional durante años y años y que había hecho todo lo posible por asegurar que nunca me sintiera sola o tuviera miedo.

—Levanta. —La palabra escapó como una brusca exhalación entre mis dientes—. Levanta, levanta, levanta.

El dolor se propagó por mis terminaciones nerviosas como un incendio descontrolado, pero me obligué a ponerme a cuatro patas.

Era muy consciente de que no sería bien recibida en el palacio, dado que había puesto en peligro la seguridad del reino variano en más de una ocasión y me había despedido del canciller Eftan estrangulándolo con gusto.

Pero aquello no me impidió seguir arrastrándome por la arena, cargando con el condenado peso de mi espada y mi corona.

Me encontraba demasiado mal como para llevar adelante mi plan sin ayuda y solo había una persona en el mundo que se preocupara tanto por Agatha como yo. Y se encontraba en ese palacio.

El sol brillaba con fuerza sobre mi espalda, pero el frío penetrante que me calaba hasta los huesos me impedía notar su calor.

Llegué a la base de la escalera del jardín.

Aunque me temblaban los brazos, levanté la espada de Nemea y golpeé los peldaños de madera.

Y otra vez. Y otra. Las lágrimas me caían por las mejillas, por los labios fruncidos, hasta que por fin un soldado de armadura dorada apareció en lo alto de la escalera.

—¡Eh! ¿Estáis bien? —me preguntó estudiándome con atención desde arriba.

A modo de respuesta, dejé caer la espada con un estrépito y me derrumbé por completo sobre los escalones.

—Necesito hablar con el comandante Mela. —Apenas fui capaz de levantar la voz lo bastante para que me oyera.

El golpeteo de sus botas anunció su descenso. Llegó al escalón donde yo tenía apoyada la cabeza y se agachó para comprobar cómo me encontraba, pero retrocedió aterrorizado al reconocerme.

—Ay, mierda.

—No os haré daño. —Mi voz sonaba ronca, desagradable y frágil.

Cuando el soldado cogió la espada de Nemea del suelo y me quitó la corona del brazo inerte, reaccioné tarde con una débil sacudida y una mueca.

Su tono destilaba una solemne seriedad cuando respondió:

—Ya, me temo que no puedo confiar en vuestra palabra. —Tosió incómodo—. Lo siento, majestad.

Oí el repiqueteo de una cadena. Unos dedos ásperos me agarraron el antebrazo. El penetrante frío del metal me rodeó la muñeca y se cerró con fuerza en torno a ella.

El sol brillaba a la espalda del soldado y tuve que entornar los ojos para distinguir sus facciones.

Me recordé que aquella era la bienvenida que había esperado, pero no pude evitar sentir una punzada de sorpresa.

No tenía forma de ignorar el escozor del dolor ni la pregunta que lo acompañaba: ¿habría ordenado Theodore aquello?

Abrí la boca para preguntárselo, pero el guardia se incorporó y se alejó escaleras arriba con la espada y la corona.

Una protesta incoherente me sacudió las cuerdas vocales.

Los brazos me flaquearon al intentar apoyarme en ellos para subir a rastras al siguiente peldaño, pero el dolor me inundó el estómago con una inesperada sacudida y mi cuerpo cedió.

Así que me quedé allí tumbada, con la mejilla pegada a la madera cálida y lisa, hasta que la luz de la tarde se apagó lentamente y todo se volvió negro.

El sonido de unas pisadas me despertó. Unas botas, el entrechocar de una armadura, murmullos.

Recobré el sentido de golpe con los intensos rayos del sol, con el aire cálido, que arrastraba el perfume de las enredaderas en flor de Theodore.

Me dolía el cuerpo de estar tirada en los escalones y me pesaban las muñecas por culpa de los grilletes que me había puesto el soldado.

—Lachlan —sollocé entrecortadamente. Tenía la cabeza embotada y la vista borrosa—. Tengo que ver al comandante Mela, por favor. No llaméis al rey. Necesito que Lach…

Noté un pinchazo en el hombro. Levanté la cabeza y me descubrí rodeada por un puñado de soldados ataviados con armadura apuntándome con sus espadas. Uno de ellos habló, pero estaba demasiado abrumada como para distinguir quién era.

—Se nos ha ordenado que os demos muerte sin necesidad de recurrir a juicio si utilizáis vuestros poderes.

El corazón me aporreó las costillas.

—¿Quién ha…?

—Se supone que tenemos que llevarla a la prisión de la torre, ¿no? —preguntó otro soldado sin dejarme terminar.

—No, por favor. Necesito… necesito hablar con Lachlan sobre su esposa.

—El comandante Mela no está casado.

Mi mente y mi lengua no lograban encontrar las palabras adecuadas ni darles forma lo bastante rápido. Traté de girarme con una sacudida de las cadenas para sentarme un poco más derecha, pero uno de los hombres me inmovilizó pisándome el hueso de la cadera.

Un alarido ensordecedor me desgarró la garganta.

Algunos soldados dieron un respingo y maldijeron ante mi reacción.

No tenía sentido que la mera presión de su bota hubiera bastado para desatar un agónico estallido de dolor por todo mi cuerpo.

El miedo se apoderó de mí. Me había convertido en una criatura débil y trémula, cuando toda la vida había gozado de un cuerpo resistente y capaz.

«Sentirás dolor. Y tu rey podrá aliviar ese sufrimiento». Las palabras de Eusia me arañaron el cráneo, como una provocación y una advertencia hechas una. «Solo el rey podrá ayudarte».

El guardia apartó la bota de mi cuerpo, movido más por el miedo, supuse, que por los remordimientos o la compasión.

Quizá pensó que la ponzoña que corría por mis venas se filtraría a través de su piel y lo corrompería a él también.

Entonces alguien más descendió por la escalera, y todos los soldados irguieron la espalda, carraspearon y trataron de mostrar una actitud disciplinada y alerta.

—La hemos encontrado al final de la escalera —dijo uno de ellos—. ¿Procedemos como siempre? No estamos seguros de si debemos tratar a la realeza de la misma forma que a la plebe en una situación como esta, comandante.

Levanté la cabeza justo cuando Lachlan hincaba una rodilla junto a mí. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos verdes como el musgo permanecieron fríos y su boca se transformó en una línea poco amistosa. Parecía vacío por dentro, agotado.

—En Varya, todos somos iguales ante la ley —dijo con un tono desprovisto de su típica picardía—, ya seas una reina, una plebeya o una diosa.