La estafa de las Highlands 24 · LEIRE
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L a maleta roja sigue igual de rígida y desagradecida que el primer día, aunque esta vez la lleno con mucho menos entusiasmo del que puse en Barcelona hace dos semanas.

Doblo el forro polar que compré en aquella tienda de ropa técnica, lo meto junto a las botas de senderismo todavía manchadas de barro reseco, y aparto a un lado, sin decidirme a guardarlos todavía, los tres conjuntos de encaje negro que nunca han salido de su caja.

Mañana a primera hora tengo que estar en el aeropuerto de Inverness, y esta habitación —esta misma habitación número tres, con su radiador que nunca terminó de funcionar del todo bien, con su papel pintado despegándose por las esquinas— va a dejar de ser mía en cuestión de horas.

Llaman a la puerta con los nudillos, ese golpe concreto que ya reconocería con los ojos cerrados en cualquier parte del mundo.

Abro y ahí está Teo, sin la caja de herramientas esta vez, con las manos metidas en los bolsillos del plumífero y una expresión que no le había visto antes, algo más serio de lo habitual, algo que no consigo del todo descifrar.

—¿Interrumpo? —pregunta, asomando la cabeza hacia la maleta abierta sobre la cama.

—Estaba a punto de rendirme con esto —respondo, apartándome para dejarle pasar—. Resulta que sigo sin saber doblar un jersey como Dios manda, aunque he hecho y deshecho esta maleta media docena de veces esta tarde.

Se sienta en el borde de la cama, junto a la maleta, y yo me quedo de pie un momento, sin saber muy bien qué hacer con las manos, hasta que decido sentarme también, dejando un espacio prudencial entre los dos.

El silencio que se instala no es como los de otras veces, esos silencios cómodos que hemos ido construyendo desde aquel primer encuentro absurdo en la barra del Drunken Stag .

Este tiene un peso distinto, algo que noto en la manera en que se frota las manos, en cómo evita mirarme directamente durante los primeros segundos.

—Mañana te vas —dice al fin, sin necesidad real de anunciarlo, más como quien necesita empezar a hablar por algún sitio.

—Mañana me voy —confirmo, con un nudo inesperado formándose en la garganta solo de escucharlo en voz alta—. Ya está todo listo. Bueno, casi todo. Esta maleta sigue empeñada en no cooperar conmigo hasta el final.

Teo suelta una risa corta, sin mucha fuerza detrás, y se queda mirando fijamente un punto indeterminado de la moqueta descolorida, como si estuviera reuniendo valor para algo que lleva tiempo aplazando.

Lo conozco ya lo suficiente como para reconocer ese silencio previo, esa pausa que en él normalmente precede a algún comentario gracioso, alguna salida ingeniosa que rompa la tensión del momento. Pero esta vez la broma no llega.

—Leire, tengo que decirte una cosa —empieza, y algo en el tono, tan distinto de su parsimonia habitual, me hace contener la respiración sin proponérmelo—.

Y no sé muy bien cómo decirla sin que suene raro, así que la voy a soltar tal cual, sin darle más vueltas, porque si me pongo a pensarlo demasiado seguramente no lo diré nunca.

Me giro del todo hacia él, con el corazón empezando a acelerarse sin que yo tenga muy claro todavía por qué.

—Me he enamorado de ti —dice, sin rodeos, sosteniéndome la mirada esta vez con una firmeza que contrasta con la duda de hace un momento—.

Y sé que mañana te subes a un avión y que esto probablemente no tenga ningún sentido práctico, pero no quería dejarte ir sin decírtelo, aunque sea una vez, aunque sea la última noche y quede fatal.

Me quedo en blanco, con la boca entreabierta y sin ninguna frase preparada, porque nunca la he tenido preparada para esto.

Tengo cientos de frases guardadas para el momento en que un highlander me confesara su amor bajo una luna llena, con gaitas de fondo y el viento agitándole la melena suelta.

Para esto no tengo nada. Solo trozos sueltos que no consigo hilar: la bufanda de lana que todavía tengo doblada en el fondo de la maleta y que nunca le devolví, su mano cerrándose sobre mi brazo en el barco un segundo antes incluso de que yo supiera que me caía, el lago sin nombre y el silencio que no me pedía nada.

—Teo, yo... —empiezo, y me doy cuenta, con una punzada de vergüenza, de que estoy rebuscando en la cabeza alguna frase de mis novelas, sin encontrar ninguna que me sirva aquí—. No sé qué decir. No me lo esperaba. No de esta forma tan... tan tuya.

—¿Tan mía? —pregunta él, con una sonrisa pequeña, torcida, como si necesitara agarrarse a algo de humor para poder seguir sosteniendo la conversación.

—Sin gaitas —respondo, y a mí también se me escapa una risa floja, nerviosa—. Sin tormenta. Sin ningún jinete apareciendo entre la niebla. Solo tú, sentado en el borde de una cama con el radiador roto, diciéndomelo sin adornos.

—Es lo único que tengo, Leire. No sé hacerlo de otra manera.

Me quedo mirándolo, y algo dentro de mí, algo que llevaba días enteros empujando hacia otro sitio, hacia otro hombre, hacia otro guion, se desvía sin que yo lo dirija del todo.

No es un chispazo. No es la sacudida eléctrica que llevo esperando desde que puse un pie en este país.

Es más lento, más parecido a darte cuenta de algo que llevaba ahí todo el tiempo sin que lo notaras.

—Yo también siento algo —consigo decir, con la voz temblándome más de lo que me gustaría—. Creo. No sé exactamente qué es, ni sé ponerle nombre, y me está costando muchísimo no intentar metértelo en alguna frase bonita solo para no quedarme aquí callada como una tonta. Pero sí. Siento algo, Teo.

Debería sentirme feliz. Debería ser este el momento en que todo encaja, el momento en que por fin reconozco al hombre que tenía delante desde el principio.

Y en parte lo siento así: una calidez real, que no me cuesta ningún esfuerzo dejar que se note.

Pero por debajo, sin que yo lo llame ni lo invite, empieza a treparme un frío distinto, que no tiene nada que ver con él ni con lo que acaba de decirme.

—Pero mañana me voy, Teo —digo, casi en un susurro, más para mí misma que para él—. Y tú te quedas aquí. Y no sé qué podemos hacer con eso.

—Ya lo sé —dice él, sin apartar la vista—. Llevo dándole vueltas yo también, desde antes de decidirme a subir aquí esta noche. No tengo ninguna respuesta fácil que darte, Leire.

—Es que no es solo la distancia, Teo —sigo, buscando las palabras con más cuidado del que había usado hasta ahora esta noche—.

Puede que esto sea de verdad, que tú y yo funcionemos, y aun así no sirva de nada, porque tú tienes tu vida aquí y yo la mía en Barcelona, y no sé cuánto puede aguantar algo así a base de llamadas y de visitas contadas.

Me da miedo que lo nuestro sea real y que, aun siéndolo, se apague solo, poco a poco, sin que ninguno de los dos haga nada mal.

Me sale todo un poco desordenado, más confuso de lo que lo tenía en la cabeza, pero es lo más cerca que consigo llegar de explicarle el miedo que me ha entrado, un miedo que no se parece a ninguno de los que he sentido en este despropósito de viaje.

No es miedo a que me hagan daño. Es algo más raro: miedo a tener razón y perderlo de todas formas.

Teo me escucha sin interrumpirme, con las manos todavía juntas entre las rodillas, y cuando termino se queda un momento en silencio, dejando que el peso de lo que acabo de soltar se asiente entre los dos antes de contestar nada.

—No te voy a decir que va a salir bien seguro, Leire, porque sería mentirte —dice al fin—.

La distancia es dura de verdad, y no tengo ningún truco mágico guardado en la manga para arreglarlo con una frase bonita, que buena falta me haría a mí uno de esos.

Pero sé coger un avión igual que lo has cogido tú para venir hasta aquí, y sé que las cosas que de verdad merecen la pena casi nunca son fáciles desde el principio, sea Escocia, sea España, sea donde sea.

Así que, si te parece, vamos a intentarlo.

A ver qué pasa. Sin prometerte que esto va a salir perfecto, pero con ganas de verdad de hacerlo funcionar.

No hay solemnidad en su voz, ni ningún énfasis calculado para que la frase suene a las que llenan las páginas de mis novelas.

Es simplemente él, con los pies bien plantados en el suelo, diciéndome lo único que puede ofrecerme sin mentir.

Y quizá sea justo por eso, por la ausencia total de artificio, por lo que me llega más hondo de lo que me ha llegado ninguna declaración leída ni imaginada en toda mi vida.

—Bien —digo al fin, con la voz todavía temblorosa—. Vamos a intentarlo.

Teo extiende la mano hacia la mía, sin ningún gesto grandilocuente, solo entrelazando los dedos con los míos con la misma naturalidad tranquila con la que me sujetó del brazo en el barco, con la que me tendió la bufanda en el mirador de Skye.

Nos quedamos así un buen rato, sentados en el borde de la cama, con la maleta a medio hacer todavía abierta entre nosotros, sin necesidad de decir nada más, con el radiador emitiendo su siseo inútil de siempre y la lluvia empezando otra vez, suave, contra el cristal de la ventana de guillotina.

No sé si esto va a salir bien. Pero por primera vez desde que llegué a este país, no necesito tenerlo resuelto. Me basta con quedarme aquí, con su mano entre la mía, dejando que sea, simplemente, lo que es.