EPÍLOGO
Dos años y medio después, Barcelona
L lueve sobre el Barrio Gótico con esa insistencia moderada, casi educada, tan distinta de la que recuerdo azotando de lado en Inverness que a estas alturas ya ni siquiera me molesto en abrir el paraguas para el corto trayecto entre la oficina y el metro.
Salgo a las siete, cruzo la Vía Laietana esquivando charcos, y giro por la callejuela estrecha donde, según me ha escrito, termina hoy su última visita guiada del día.
Lo veo antes de que él me vea a mí. Apoyado contra la pared de piedra de una de las callejuelas que desembocan en la plaza del Rei, con el chaleco identificativo de la empresa todavía puesto —verde, no fosforito, aunque él sigue jurando que en cuanto pueda le pide a la agencia que se lo cambien por uno «de verdad, de los que se ven desde el espacio»—, mirando el móvil con esa parsimonia suya que ni el tiempo ni el cambio de país han conseguido acelerar ni un poco.
Sostiene un paraguas negro, barato, con una de las varillas visiblemente torcida hacia arriba, el tipo de paraguas que se compra a toda prisa cuando te pilla la lluvia sin avisar y que nunca llegas a tirar aunque ya no cumpla del todo su función.
Me quedo un segundo parada en la esquina, observándolo sin que se dé cuenta todavía, y no puedo evitar que se me escape una sonrisa floja al reconocer la escena entera, esta vez del derecho.
Un hombre esperándome con un paraguas medio roto bajo la lluvia, sin ningún interés en la fotografía perfecta del momento, sin kilt, sin melena al viento, sin absolutamente ningún adorno.
Ha tardado dos años y medio en llegar, y ha llegado precisamente así, sin que yo lo persiguiera, sin que yo tuviera que inventarme ningún gaélico de folletín para merecerlo.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí plantado como un pasmarote? —le pregunto al acercarme, dándole un golpecito en el hombro.
—Lo justo para que se me haya enfriado el café que te iba a traer —responde, levantando la vista del móvil y abriendo el paraguas torcido sobre los dos, tan estrecho que enseguida se me moja medio hombro—.
Este cacharro es una ruina, la verdad. Como tu boina a cuadros de las Highlands, con el añadido de que este no ha durado ni doce segundos la primera vez que lo usé, así que puedes imaginarte lo mucho que ha mejorado la cosa.
—Un clásico que se repite —le digo, cogiéndolo del brazo para meternos los dos bajo el poco cobijo que ofrece—. Aunque esta vez, al menos, tengo compañía decente mientras me empapo.
—¿Y qué tal el día? —pregunta, mientras echamos a andar—. ¿Sigue el jefe con lo de reorganizar todo el departamento otra vez, o ya se le ha pasado la tontería?
—Sigue, cómo no —respondo, poniendo los ojos en blanco—. Esta semana ha decidido que las reuniones se hagan de pie, sin sillas, para que la gente vaya al grano y no se eternicen. No van al grano, Teo. Duran tanto como siempre, solo que ahora encima acabo con los pies destrozados.
—Dile que pruebe a hacerlas al aire libre, con viento y con lluvia de las buenas —dice él, muy serio—. Eso sí que acorta cualquier reunión, te lo digo por experiencia.
Me río, y seguimos caminando así, apretados bajo el paraguas inservible, calle abajo hacia el metro, comentando cómo le ha ido el día con el último grupo de turistas —hoy le ha tocado un grupo de jubilados que, según cuenta con evidente cariño y bastante sorna, le han recordado tanto a sus alemanes de Cruachan que en un momento se le ha escapado sin querer explicarles el funcionamiento de las turbinas hidroeléctricas en mitad de la Sagrada Familia, y ha tardado un buen rato en darse cuenta del despiste.
El teléfono me vibra en el bolsillo justo cuando llegamos a la boca del metro. Lo saco, todavía riéndome del cuento de las turbinas, y veo el nombre de Moira parpadeando en la pantalla.
«Leire, prepárate, que al final me he comprado el billete. Llego el mes que viene y quiero ver Barcelona entera, tú y el paraguas incluidos».
—¡Al final se anima! —le digo a Teo, enseñándole la pantalla mientras bajamos las escaleras del metro—. Lleva meses diciendo que va a venir y nunca se decide.
—Con lo que le cuesta a Moira salir del pueblo, esto hay que celebrarlo —dice él, sujetando la puerta del vagón para que pase yo primero—. La última vez que fue a Edimburgo volvió dos días antes de lo previsto porque decía que le agobiaba tanta gente junta.
—Pues como venga a Barcelona en pleno agosto, con el calor que hace, seguro que la tenemos que acompañar de vuelta al aeropuerto al día siguiente.
Teo suelta una carcajada limpia, sacudiéndose el agua del hombro del abrigo mientras el vagón coge velocidad.
—Se va a llevar un chasco cuando vea que en Barcelona no hay ni una sola oveja despistada que perseguir —comenta, guardándose el paraguas roto bajo el brazo mientras el metro arranca.
—Ya encontrará algo que criticar, no te preocupes —respondo, guardando el móvil con una sonrisa que no consigo borrarme de la cara en todo el trayecto—. Siempre lo encuentra.
Y mientras el vagón traquetea hacia casa, con Teo a mi lado ya planeando en voz alta qué ruta le va a montar a Moira para que se lleve la mejor impresión posible de la ciudad, pienso que, de todas las historias que llevaba imaginadas antes de subirme a aquel primer avión hacia Inverness, ninguna se parecía en nada a esta.
Y sin embargo, aquí estoy. Empapada, con un paraguas roto compartido y un mensaje de una amiga escocesa que se ha atrevido, por fin, a cruzar el mapa entero solo para venir a vernos.
No hace falta ningún castillo. Nunca hizo falta.
FIN