23 · LEIRE
B ajo al comedor del Rusty Thistle con la sensación de llevar puesto un abrigo invisible hecho de plomo.
Alistair, que hoy sí anda por la cocina, me saluda con su entusiasmo pastoso de siempre —«¡buenos días, disfrutando de la magia, lassie!
»— y yo respondo con un gruñido que ni siquiera me molesto en disfrazar de sonrisa.
Me sirvo un café que parece agua turbia y me quedo mirando la taza sin ningún interés real en bebérmela, incapaz de reunir la energía necesaria para fingir que hoy es un día como otro cualquiera.
No he dormido bien. Me he pasado buena parte de la noche dando vueltas en la cama estrecha, repasando la escena del pub una y otra vez —la mano de Duncan en el hombro de Callum, el «es mi pareja» que lo cambiaba todo de golpe—, y cada repaso mental me deja el mismo poso amargo, la misma sensación ridícula de haber estado construyendo un castillo entero sobre un terreno que nunca existió.
No es solo la decepción de que Duncan no sea quien yo había decidido que fuera.
Es la vergüenza sorda de haberme paseado por todo el pueblo con mi fantasía tan expuesta, tan visible para todos menos para mí misma.
Estoy todavía hundida en ese bucle mental cuando oigo movimiento en la puerta del comedor, y reconozco los pasos antes incluso de levantar la vista.
Teo se queda un momento apoyado en el marco, sin decir nada todavía, con el pelo aplastado de la lluvia de fuera y esa cara suya de haber madrugado sin muchas ganas, y algo en su forma de mirarme dice que hoy tampoco piensa dejarme sola con esto.
Alistair le grita algo desde la cocina sobre si quiere desayunar, y Teo le contesta que no, que tiene prisa, sin apartar la vista de mí. Al final cruza hasta la mesa y se apoya en el respaldo de la silla de enfrente, mirándome con esa calma suya de quien ya sabe que hoy no le voy a contar nada.
—Abrígate bien. Te voy a sacar de aquí un rato.
—Teo, no tengo ganas de excursión hoy, la verdad —respondo, con la voz más apagada de lo que pretendía, sin apartar la vista de la taza de café frío—. Ni de folletos, ni de castillos, ni de nada que empiece con mayúscula y prometa magia ancestral. Hoy no.
—Ya lo sé —dice él, sin darle mayor importancia, como si mi negativa formara parte natural del plan—. No es esa clase de excursión. No hay grupo, no hay folleto, no hay nada que fotografiar. Confía en mí, anda. Coge el abrigo.
Hay algo en su tono, una firmeza tranquila que no admite mucha discusión pero que tampoco resulta invasiva, que me hace levantarme de la mesa casi sin decidirlo del todo, dejando la taza de café a medio terminar sobre el mantel de cuadros descoloridos.
Subo a la habitación a por el abrigo y las botas, y cuando bajo de nuevo, Teo ya me espera junto a la furgoneta blanca.
Conduce en silencio por carreteras cada vez más estrechas, dejando atrás el pueblo y la carretera principal, internándose por caminos de tierra que serpentean entre colinas sin ningún cartel indicador, sin ninguna señal que anuncie destino turístico alguno.
La radio suena bajito, una emisora local que alterna música folk con el parte meteorológico, y el paisaje al otro lado del cristal se va volviendo cada vez más agreste, más despoblado, más ajeno a cualquier circuito de autobuses de dos plantas.
Después de casi cuarenta minutos de curvas, Teo detiene la furgoneta en un ensanche de tierra junto a un cercado de piedra, apaga el motor y sale sin decir gran cosa, cogiendo del asiento trasero un termo grande y una manta doblada.
—Hay que andar un poco desde aquí —me avisa, echándose la manta al hombro—. Diez minutos, más o menos, pero el terreno está resbaladizo por la lluvia de anoche. Mira bien dónde pisas, que la última vez casi me dejo un tobillo en el intento.
Caminamos en silencio por un sendero apenas marcado entre la hierba, subiendo poco a poco por la ladera de un cerro bajo, con el viento soplando fresco pero sin la violencia habitual de otros días, casi amable en comparación.
No hay ningún cartel de madera indicando el camino, ninguna señal turística, ningún otro visitante compartiendo el sendero con nosotros.
Solo el crujido de nuestras propias botas contra la hierba mojada y, cada vez más cerca, el sonido suave del agua.
Cuando coronamos el pequeño repecho final, me detengo en seco, sorprendida a mi pesar.
Ante nosotros se extiende un lago diminuto, apenas más grande que un estanque, de aguas oscuras y quietas que reflejan el cielo encapotado con una fidelidad casi perfecta.
No hay ningún banco de madera con placa conmemorativa, ningún mirador acondicionado con barandilla de seguridad, ningún centro de visitantes escondido detrás de la siguiente loma.
Solo el agua, la hierba, unas cuantas rocas cubiertas de musgo esparcidas por la orilla, y el silencio profundo y auténtico de un lugar que nadie ha decidido todavía convertir en negocio.
—¿Qué es esto? —pregunto, en voz baja, casi sin querer romper la quietud del sitio.
—No tiene nombre oficial que yo sepa —responde Teo, extendiendo la manta sobre una de las rocas más planas junto a la orilla—.
Vengo de vez en cuando, cuando necesito despejarme un rato, desde hace ya bastantes años.
De momento nadie se ha molestado en meterlo en ningún folleto, así que sigue siendo solo mío.
Bueno, nuestro, ahora que te lo he enseñado.
Nos sentamos sobre la manta, uno junto al otro, con la vista puesta en el agua quieta del lago.
Teo abre el termo y sirve dos cafés en sendos vasos de metal, tendiéndome uno sin decir palabra.
Le doy las gracias con un gesto mudo y me quedo un rato así, con las manos envueltas alrededor del vaso caliente, dejando que el vapor me suba a la cara mientras contemplo el paisaje sin ninguna prisa por llenar el silencio.
Es raro, pienso, mientras el viento mueve suavemente la superficie del agua formando pequeñas ondas que se disuelven casi tan rápido como aparecen.
No hay ningún cartel que leer, ninguna audioguía colgada del cuello, ningún grupo de veinte personas esperando su turno para la misma foto.
Solo el agua, la manta húmeda bajo las piernas, y el vapor del café subiéndome a la cara.
Me quedo mirando cómo unas ovejas pastan al otro lado del lago, ajenas por completo a que exista algo llamado turismo.
—¿Qué tal el ánimo? —pregunta Teo al fin, después de un buen rato de silencio compartido, sin mirarme directamente, con la vista todavía puesta en el lago, como dándome la opción de no responder si no me apetece.
—No muy bien, la verdad —admito, sorprendida de la facilidad con la que me sale confesarlo aquí, sin la presión de tener que sostener ninguna pose—.
Me siento bastante ridícula, si quieres que te sea sincera.
Con lo poco que llevo aquí, ya me había montado en la cabeza cómo iba a acabar todo esto con Duncan, y resulta que él ni siquiera estaba jugando a lo mismo que yo.
Teo asiente despacio, dándole un trago a su café, sin apresurarse a rellenar el silencio con ningún consuelo fácil ni ninguna frase hecha.
—No es tan ridículo como crees —dice al fin—.
Todo el mundo se inventa historias cuando anda perdido, Leire.
Yo mismo me inventé unas cuantas cuando llegué aquí, bastante peores que la tuya, para que lo sepas.
La mía era convencerme de que, si me quedaba aquí el tiempo suficiente sin volver ni de visita, todo lo que había pasado en Cuenca iba a dejar de dolerme.
Tardé más de un año en darme cuenta de que no funcionaba así.
Me río a mi pesar, una risa corta y floja, la primera desde anoche que me sale sin ningún esfuerzo detrás.
—Al menos tú saliste de la tuya.
—Con ayuda —puntualiza él, encogiéndose de hombros—. Nadie sale solo del todo de estas cosas. Se necesita algo de tiempo y, a veces, que alguien te saque a rastras de donde estás atascado, aunque sea a base de café malo y paisajes sin nombre.
Nos quedamos un buen rato más en silencio, compartiendo el termo, viendo cómo la luz gris de la mañana va cambiando muy despacio sobre la superficie del lago, sin que ninguno de los dos sienta la necesidad de llenar ese silencio con más palabras de las estrictamente necesarias.
Es curioso, pienso, lo cómodo que resulta este silencio comparado con la ansiedad constante que llevo arrastrando desde que aterricé en Inverness, esa necesidad continua de que cada minuto del viaje significara algo grande, algo digno de contarle a Carla por videollamada, algo que confirmara que había tomado la decisión correcta al subirme a aquel avión.
Aquí, sentada en esta roca húmeda con el vaso de metal calentándome las manos, no hay ningún horario que cumplir, ninguna cola que hacer, ninguna foto pendiente de sacar.
Solo está el agua, el viento suave moviendo la hierba, y la presencia tranquila de Teo a mi lado, sin exigir nada de mí, sin esperar que le devuelva ningún gesto ni ninguna palabra en concreto.
—Gracias por traerme —le digo al fin, rompiendo el silencio con una sinceridad que me sorprende incluso a mí misma—. Me habría pasado el día entero dándole vueltas a lo mismo si no me llegas a sacar de allí.
—Ya lo sé —responde él, con esa media sonrisa suya tan característica, sin ningún ánimo de darle mayor trascendencia al momento—. Por eso te he traído. Te conozco ya lo suficiente como para saber cuándo necesitas que alguien te saque de tu propia cabeza un rato.
Algo se remueve dentro de mí al escuchar esa frase, algo pequeño y difuso que no consigo nombrar del todo, una especie de calidez que no tiene nada que ver con el café ni con el sol tímido que empieza a asomar entre las nubes.
—¿En qué piensas? —pregunta Teo, después de un silencio que se alarga más de la cuenta.
—En nada en concreto —miento, y él no insiste, aunque por la forma en que tuerce un poco la boca sospecho que no se lo ha tragado del todo—. Bueno, sí. Me preguntaba si alguna vez te cansas de hacer de guía, de repetir la misma explicación todos los días a gente distinta.
—Alguna vez, sí, cuando me toca el grupo equivocado —dice, con media sonrisa—. Los que solo quieren la foto y se van antes de que termines la frase. Esos sí que me dejan seco.
—¿Y los que no son así?
—Esos me compensan el resto —responde, encogiéndose de hombros—. Hay gente que de verdad escucha. Que hace preguntas que no vienen en ningún folleto. Contigo, por ejemplo, no hago de guía. No tengo que venderte nada, ni un castillo, ni un monstruo, ni una leyenda. Puedo simplemente estar.
—Debe de ser un descanso.
—Lo es —responde, girándose por fin hacia mí—. Más de lo que te imaginas.
—¿Y qué se supone que hace uno cuando está, sin más, sin tener que venderle nada a nadie?
—Esto —dice, señalando con la barbilla el lago entero, la manta, el termo casi vacío entre los dos—. Justo esto que estamos haciendo ahora mismo.
Se queda mirándome un momento de más, y yo aparto la vista hacia el lago antes de que ninguno de los dos tenga que ponerle nombre a lo que acaba de pasar entre esa frase y ese silencio.
El café se me ha quedado frío en el vaso hace rato, pero no me importa lo más mínimo.
Nos quedamos callados unos minutos más, hasta que una ráfaga de viento más fría que las anteriores me arranca un escalofrío que no consigo disimular.
Es entonces cuando Teo se levanta, sacudiendo la manta antes de doblarla, y me tiende la mano para ayudarme a ponerme en pie.
Recojo el termo vacío y lo sigo de vuelta hacia el sendero, con el cerro descendiendo suave bajo nuestros pies y el lago quedando atrás, pequeño y quieto, tan silencioso como cuando llegamos.
Bajamos en silencio los primeros metros del sendero, con el viento empezando a arreciar de nuevo según nos alejamos del abrigo del cerro.
—Oye —digo, al cabo de un rato, rompiendo el silencio—. Gracias otra vez. No hacía falta que te tomaras la molestia.
—No ha sido ninguna molestia —responde, sin aminorar el paso—. Además, tenía la mañana libre y la tenía que gastar en algo. Mejor aquí contigo que arreglando el desagüe del baño de la habitación cuatro, que buena falta le hace.
—¿Sigue atascado?
—Peor que nunca. Alistair dice que es cosa del fantasma del hostal, que tiene manía a las tuberías —dice, con una media sonrisa—. Yo creo, más bien, que nadie ha limpiado ese desagüe en veinte años, pero bueno, cada uno tiene su teoría.
Me río, y el sonido se pierde enseguida entre el viento, que ya sopla con fuerza suficiente como para que tenga que sujetarme el pelo con una mano mientras bajamos los últimos metros hasta el ensanche de tierra donde nos espera la furgoneta.
—¿Volvemos ya al pueblo? —pregunto, mientras él abre la puerta del copiloto para que suba.
—A menos que quieras quedarte a vivir aquí arriba —responde, cerrando la puerta en cuanto me acomodo—. Sería de las mejores ideas que has tenido en este viaje.
Rodea la furgoneta y se sube al asiento del conductor, arrancando el motor sin esperar a que yo le conteste nada, como si ya diera por hecho que no voy a hacerlo.
Y tiene razón: me quedo callada, mirando por la ventanilla cómo el lago desaparece poco a poco detrás de la primera curva, sin ninguna respuesta preparada para una frase que, viniendo de él, no sé muy bien si iba del todo en broma.