22 · LEIRE
L lamo a Carla nada más despertarme, todavía con la bufanda de Teo doblada sobre la silla de la habitación, decidida a compartir con ella la que considero la mejor noticia de todo el viaje: la entrega de la copa grabada y la manera en que Duncan la aceptó, con esa cortesía tranquila que a mí me sabe a promesa sellada.
—Te lo digo en serio, Carla, fue perfecto —le cuento, sentada con las piernas cruzadas sobre la colcha de flores marchitas, con el teléfono apoyado contra la almohada—.
Se lo di sin explicarle de más, tal como me dijiste, y él la cogió con una delicadeza…
Se quedó mirando el grabado un buen rato y me dio las gracias de una manera que sonaba a mucho más que un simple gracias, ¿sabes?
Como si entendiera perfectamente todo lo que significaba.
—Sabía que iba a funcionar, tía —responde Carla, con Björn de fondo trasteando algo metálico que suena a estufa de leña—.
Te lo dije. Los hombres de verdad no necesitan que les traduzcas los gestos, los entienden sin más.
Cuéntame, ¿qué tal el resto de la semana?
Porque el otro día me colgaste a media frase de camino a no sé qué excursión de barcos.
Me lanzo a contarle los últimos días: la masificación de Skye, la decepción y a la vez la belleza de Eilean Donan, el desastre kitsch de Loch Ness con sus camisetas de monstruo, las ruinas de Urquhart con la gaita en bucle atascándose una y otra vez hasta sacar de quicio a todo el autobús.
Le cuento también, sin mucho orden, cómo Teo me prestó la bufanda en el mirador de Skye cuando el viento era insoportable, y cómo me sujetó del brazo cuando el barco dio aquel bandazo tan fuerte en el lago Ness.
Y del tipo pesado del otro día en el pub, al que despachó con dos frases sin ningún drama.
—Leire.
—¿Qué?
—Llevas cinco minutos hablándome de Teo —dice Carla, con media sonrisa—. El té que sabe cómo te gusta, la bufanda, el bandazo del barco, y el tipo del pub. Hablas más de ese tal Teo que de tu highlander, ¿no te das cuenta?
Se me traba la lengua un segundo, buscando la réplica adecuada.
—No, para nada —respondo demasiado rápido, sintiendo que me sube un calor incómodo a las mejillas que no tiene nada que ver con la calefacción del hostal, que sigue siendo prácticamente inexistente—.
Es solo que con Teo hay más anécdotas del día a día porque nos vemos todo el rato, trabaja en el hostal, es normal que salga más en las conversaciones.
Con Duncan la cosa es distinta, más… más profunda, más silenciosa.
No necesita tantas palabras para significar algo grande.
—Ya, ya —dice Carla, sin parecer del todo convencida, pero sin insistir tampoco—.
Bueno, tú sabrás. Oye, que Björn me está llamando para lo de la leña, que si no luego se me queda toda la tarde criticándome la técnica del hacha.
Te dejo, cielo. Sigue contándome, ¿eh? Que me tienes en ascuas con el highlander.
Colgamos y me quedo un momento sentada en la cama, con la pregunta de Carla flotando en el aire de la habitación de una manera que no consigo del todo sacudirme, hasta que decido, con la práctica que ya voy adquiriendo en este viaje, apartarla a un lado y centrarme en lo que toca hoy.
A mediodía, Moira me convence de probar el restaurante de carretera que hay a la salida del pueblo, un local sencillo de mesas de madera y manteles de cuadros donde, según ella, se come «el mejor haggis de todo el condado, sin exagerar ni un poquito».
Cuando el plato llega a la mesa —una masa oscura, densa, de textura granulada, servida con puré de patata y de nabo a los lados— confieso que la mirada se me queda un instante clavada en el plato con una desconfianza que no consigo disimular.
—¿Y esto qué es exactamente? —pregunto, removiendo con el tenedor con precaución.
—Estómago de oveja relleno de vísceras, avena y especias —responde Moira con total naturalidad, ya con la boca medio llena—. No pongas esa cara, que está de muerte. Pruébalo antes de juzgar, anda.
Pruebo un bocado pequeño, preparándome mentalmente para lo peor, y me sorprende descubrir un sabor especiado, terroso, mucho más agradable de lo que la descripción hacía presagiar.
Para cuando termino el plato, casi sin darme cuenta, he raspado hasta el último resto con el tenedor, algo sorprendida de mí misma por lo mucho que me ha acabado gustando algo que, sobre el papel, sonaba a la peor pesadilla culinaria imaginable.
Por la tarde, con el ánimo todavía flotando en esa nube tranquila de haber entregado el regalo y de sentir que mi historia con Duncan avanza por fin en la dirección correcta, me arreglo con esmero para bajar al Drunken Stag , decidida a disfrutar de una noche tranquila que corone una semana ya bastante ajetreada.
El pub está animado como cualquier noche, con el murmullo habitual de conversaciones cruzadas y el tintineo de vasos contra la barra.
Busco a Duncan con la mirada nada más entrar, y lo encuentro enseguida, sentado en una de las mesas del fondo, riéndose con ganas de algo que le está contando el hombre que tiene enfrente.
No lo conozco: un tipo de más o menos su edad, con el pelo oscuro y una chaqueta de pana gastada, sentado con la confianza relajada de quien lleva tiempo compartiendo mesa con Duncan.
Tienen la misma naturalidad despreocupada con la que dos personas que se conocen bien se sientan una frente a la otra sin necesidad de esforzarse en la conversación.
Me acerco con una sonrisa ya preparada, esperando que Duncan levante la vista, me invite a sentarme con ellos, quizá me presente al amigo y suelte alguna anécdota compartida del pueblo. Y lo hace. Levanta la vista, me sonríe con su calidez habitual, y hace un gesto hacia mí para presentarme.
—Leire, mira, te presento a Callum —dice, con total naturalidad, apoyando una mano en el hombro del otro hombre con un gesto tan cotidiano, tan automático, tan desprovisto de cualquier ceremonia, que tardo un segundo entero en procesar lo que estoy viendo—.
Es mi pareja. Callum, esta es Leire, la chica española de quien te hablé, la que se quedó tirada con el autobús averiado la semana pasada.
El mundo se detiene un instante, o eso me parece a mí, aunque a mi alrededor nada cambia lo más mínimo.
Callum me tiende la mano con una sonrisa educada, saludándome con un «encantado, había oído hablar de ti» que suena completamente normal.
En la barra, Hamish sigue sirviendo pintas con su parsimonia habitual, un grupo de vecinos sigue su partida de dardos sin inmutarse, y en la mesa de al lado, dos mujeres mayores continúan su conversación sobre el tiempo.
Nadie se gira. Nadie baja la voz. Busco, sin encontrarla, alguna cara en el pub que me confirme que esto también es una sorpresa para alguien más, y no la hay.
—Encantada —consigo decir, forzando la sonrisa un instante de más, mientras algo en mi interior se derrumba en silencio, sin hacer ningún ruido, sin que nadie a mi alrededor tenga la más mínima idea de lo que se acaba de venir abajo—. Un placer conocerte, Callum.
Las palabras me salen automáticas, sin ningún sentido real detrás, la clase de frase que uno suelta cuando el cerebro sigue procesando la información y la boca se limita a rellenar el silencio con lo primero que encuentra a mano.
—Voy a pedir algo en la barra —añado, dando ya un paso atrás sin esperar respuesta.
Me giro demasiado deprisa y mi mano roza un vaso vacío de la mesa vecina, que se tambalea antes de que lo sujete de un manotazo torpe, y esta vez sí, un par de cabezas se giran. Murmuro una disculpa sin saber ni a quién, y camino hacia la barra con el corazón a mil por hora.
Busco a Teo con la mirada antes de salir, y lo encuentro todavía en su taburete junto a Hamish, con el vaso a medio camino de la boca, sin levantarse ni hacer ningún gesto para acercarse.
Salgo del pub sin mirar atrás, dejando el calor y el bullicio a mi espalda, y el frío de la calle me golpea de lleno, cortante y limpio, calando a través de la chaqueta que me he puesto pensando en una noche cualquiera de pub y que ahora se me queda ridículamente fina.
Camino sin rumbo por el empedrado de la calle principal, la misma que lleva hacia el Rusty Thistle , pero al llegar a la altura del hostal, sigo de largo.
Moira me alcanza a los pocos metros y camina a mi lado en silencio, sin decir nada todavía, guiándome con suavidad hacia una calle lateral que no había recorrido hasta ahora.
Llegamos a una pequeña zona verde, un cuadrado de césped bien cuidado alrededor de una columna de piedra gris coronada por una cruz sencilla, con varias filas de nombres grabados en la base —los caídos del pueblo en las dos guerras, imagino, aunque no me detengo a leerlos con detalle—.
Cerca, un arroyo estrecho cruza bajo un pequeño puente de piedra, con el rumor constante del agua como único sonido en mitad de la noche vacía.
No hay ni un alma alrededor. Ni siquiera un coche pasa por la calle contigua.
Las farolas de sodio proyectan una luz naranja pobre y amarillenta sobre el césped, y una fina neblina helada empieza a subir despacio desde el agua del arroyo, envolviendo el memorial en una calma silenciosa.
Nos sentamos en un banco de madera húmedo frente a la columna de piedra, y el frío se me cuela de inmediato a través del pantalón, mucho más crudo que el de la calle principal que acabamos de dejar atrás.
—Lo sabías, Moira —le suelto, sin poder contener ya el temblor de rabia en la voz—. Todo este tiempo riéndote de mí por dentro mientras yo hacía el ridículo con el brindis, con la copa, con todo. Lo sabías desde el principio y me dejaste seguir.
Moira se remueve incómoda en el banco, sin mirarme directamente, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.
—Ay, Leire, yo qué sé —dice, arrastrando las palabras como si no encontrara ninguna que sonara bien—.
Aquí no pasa nunca nada, de verdad, nada de nada, y llegaste tú dispuesta a comerte el mundo con él.
Era gracioso verte. Lo que no calculé es que para ti iba tan en serio, y no me di cuenta hasta que ya era tarde para frenarlo.
Ni siquiera pensé que lo del brindis fuera a llegar tan lejos.
—Pues fuiste tú quien me lo metió en la cabeza, Moira. Lo del brindis fue idea tuya.
—Lo sé —admite ella, y por primera vez me mira, con algo parecido a la vergüenza en la cara—. Y ahora no sé qué decirte que no suene todavía peor.
—Pues no digas nada —le corto, con la voz ahogada, mirando fijamente el rumor del agua bajo el puente de piedra en vez de mirarla a ella—. Ya has hecho bastante.
—Déjame sola un rato, Moira —le pido finalmente, con la vista todavía clavada en el agua oscura del arroyo—. Por favor.
Ella asiente despacio, se levanta del banco sin insistir, y se queda un segundo de pie antes de darse la vuelta y marcharse.
La veo alejarse hacia la calle principal, dejándome sola frente al memorial de piedra, envuelta en la neblina fría que sigue subiendo desde el arroyo, con el rumor del agua como único acompañante bajo la luz pobre y amarillenta de la farola.