La estafa de las Highlands 21 · LEIRE
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D espués de la parada para comer —unos sándwiches envueltos en plástico comprados a toda prisa en una gasolinera que, según Teo, es «lo más parecido a alta cocina que vamos a encontrar en cien kilómetros a la redonda»—, el autobús enfila la carretera que bordea el lago Ness, y el ambiente dentro del vehículo cambia de golpe.

Los turistas alemanes que nos acompañan se remueven en sus asientos con una excitación renovada, preparando los móviles y comentando entre ellos con un entusiasmo que solo puede significar una cosa: hemos llegado al mito por excelencia, la estrella indiscutible de todo folleto turístico escocés que se precie.

El pueblo donde para el autobús para la visita al lago es, básicamente, un homenaje continuado y sin ningún pudor al monstruo.

La calle principal entera está tomada por tiendas de recuerdos que compiten a cuál más chillona, con escaparates llenos de camisetas estampadas con un dibujo verde y sonriente asomando el cuello entre las olas, peluches de felpa con ojos saltones, llaveros, imanes de nevera, gorras y hasta paraguas con la silueta inconfundible de Nessie recortada contra un fondo de tartán.

Un cartel enorme sobre la puerta de la tienda más grande anuncia, en letras rojas de neón, «¡La prueba definitiva te espera dentro!

», y otro, un poco más abajo, promociona un crucero por el lago con «tecnología de sonar de última generación para la búsqueda oficial del monstruo».

Me detengo un momento frente al escaparate principal, contemplando una réplica de plástico del supuesto monstruo, de tamaño considerable, colocada estratégicamente para que los turistas se hagan fotos sentados a horcajadas sobre su lomo escamoso.

—Esto supera con creces mis peores pronósticos —le comento a Teo, que se ha detenido a mi lado con las manos en los bolsillos del chaleco, observando la escena con una media sonrisa—.

Pensaba que el lago tendría algo de misterio, de leyenda antigua contada al calor del fuego, y no esta especie de tienda de attrezzo de feria.

—El misterio genera divisas, Leire, y las divisas hay que sacarlas de algún lado —responde él, encogiéndose de hombros con su parsimonia habitual—.

Aquí el bicho de las profundidades da de comer a medio pueblo.

Da igual que nadie haya visto nada de verdad en la vida; mientras haya guiris dispuestos a comprar una camiseta con el careto del monstruo, el negocio sigue funcionando de maravilla.

Nos dirigimos todos hacia el embarcadero, donde un barco de tamaño mediano, pintado de blanco y azul con el logotipo de la empresa de cruceros bien visible en el casco, espera para zarpar.

Subimos a bordo entre el bullicio general de los turistas alemanes, que ya están posicionándose junto a la barandilla con los móviles preparados, y nos acomodamos en la cubierta descubierta mientras el motor arranca con un rugido y el barco empieza a alejarse lentamente del muelle.

Un guía local, con un chaleco salvavidas naranja y un micrófono de mano bastante más rudimentario que la diadema de Teo, empieza a narrar la historia del lago con un entusiasmo teatral que contrasta enormemente con la sequedad habitual de mi compañero de viaje.

Nos cuenta las distintas teorías sobre el origen de la leyenda, las supuestas fotografías históricas —la mayoría, según él mismo reconoce entre risas, fraudes bastante bien documentados—, y remata la presentación señalando hacia una pantalla instalada junto al timón, donde se muestra en tiempo real la lectura del sonar del barco.

—¡Ahora mismo estamos registrando algo interesante a unos ciento cincuenta metros de profundidad!

—anuncia el guía, elevando la voz con un dramatismo calculado que hace que todo el grupo se agolpe de inmediato junto a la pantalla—.

Podría ser un banco de peces grande, una anomalía térmica del agua...

o podría ser otra cosa. ¡Quién sabe lo que se esconde en las profundidades del Ness!

Los turistas alemanes estallan en exclamaciones entusiasmadas, sacando fotos frenéticas de la pantalla del sonar como si acabaran de presenciar un avistamiento en directo, y yo misma noto que se me acelera el pulso, conteniendo la respiración un segundo entero, preguntándome si esta vez, por fin, la leyenda va a resultar ser verdad.

Pero la pantalla no muestra nada más que una mancha borrosa que el guía ya está reconduciendo hacia la próxima curiosidad de su discurso, y la anomalía, sea lo que sea, se disuelve en el sonar sin dejar ningún rastro más espectacular que un parpadeo verde.

Trago la desilusión en silencio, sin decir nada, y me acerco a la barandilla de proa para contemplar mejor el paisaje, con el viento revolviéndome el pelo y salpicándome la cara de una fina llovizna que levanta el propio movimiento del casco contra el agua.

Es entonces cuando ocurre. Sin ningún aviso previo, el barco encuentra una zona de oleaje más agitado —quizá la estela de otra embarcación, quizá una corriente más fuerte de lo habitual— y da un viraje brusco hacia un lado seguido casi de inmediato por una frenada repentina del motor que hace que todo el pasaje pierda el equilibrio durante un segundo eterno.

Se me escapa un grito ahogado mientras noto que mi cuerpo se desliza hacia la barandilla sin ningún control, el estómago dándome un vuelco de puro pánico ante la perspectiva nada remota de terminar empapada en las aguas heladas del lago Ness.

Una mano me sujeta el brazo con firmeza justo a tiempo, tirando de mí hacia atrás con la fuerza justa para devolverme el equilibrio sobre la cubierta.

Es Teo, que se había quedado a un par de pasos de distancia charlando con uno de los turistas y que, en el mismo instante en que el barco ha dado el bandazo, ya tiene la mano cerrada sobre mi brazo, sujetándome antes incluso de que yo termine de perder el equilibrio del todo.

—¿Estás bien? —me pregunta, todavía sujetándome mientras el barco recupera poco a poco su estabilidad y el motor vuelve a su ronroneo normal.

—Sí, sí, gracias —consigo articular, con el corazón todavía acelerado por el susto, notando la firmeza de su agarre solo un segundo más antes de que me suelte con la misma naturalidad con la que me ha sujetado.

—Vaya susto tonto —comenta él, ya volviendo la vista hacia el resto del grupo para comprobar que nadie más se haya llevado un golpe con la sacudida—. Ya te digo yo que el capitán de este trasto tiene la mano más suave para las fotos del sonar que para llevar el timón.

Se aleja hacia la otra punta de la cubierta para seguir controlando al grupo, dejándome apoyada en la barandilla con el pulso todavía un poco acelerado, mirando el punto exacto del brazo donde hace un momento estaban sus dedos.

Terminado el crucero, sin más avistamientos oficiales de monstruos que reportar más allá de la lectura ambigua del sonar, el autobús nos traslada hasta las ruinas del castillo de Urquhart, la última parada de la jornada antes de emprender el regreso al pueblo.

Y aquí, por fin, después de todo un día alternando entre el kitsch turístico y la belleza genuina a partes iguales, encuentro algo que no necesita ningún tipo de maquillaje ni de reconstrucción posterior para resultar impresionante.

Las ruinas se alzan sobre un promontorio verde que se adentra directamente en las aguas del lago, con los muros de piedra desmoronados en algunos tramos y perfectamente conservados en otros, dejando entrever la planta original de lo que debió de ser una fortaleza formidable en su día.

No hay reconstrucción de por medio esta vez, ningún empresario con dinero de sobra decidió rehacer las torres desde cero; lo que veo es, simplemente, el paso implacable de los siglos sobre la piedra real, sin ningún filtro ni ningún empeño comercial disimulando el deterioro.

El único inconveniente, aparte del viento que vuelve a arreciar con fuerza según nos acercamos a la zona más elevada del recinto, es el suelo.

Todo el prado que rodea las ruinas está sembrado de boñigas de oveja, dispersas con una generosidad tan absoluta que resulta prácticamente imposible dar dos pasos seguidos sin tener que sortear alguna, obligándome a caminar con la vista clavada en el suelo en vez de en las majestuosas vistas del lago que se supone que debería estar contemplando con ojos soñadores.

—Cuidado con lo que pisas, Leire —me avisa Teo, esquivando él mismo una boñiga con una agilidad que delata mucha práctica acumulada—. Las ovejas llevan pastando por aquí más tiempo que los propios turistas, y no tienen ningún respeto por la fotografía perfecta de nadie.

Mientras recorremos el perímetro de las ruinas, buscando el mejor ángulo para las fotos haciendo equilibrios entre el estiércol, empieza a sonar, desde algún altavoz oculto cerca del centro de visitantes, una melodía de gaita.

Al principio me detengo, sorprendida, dejando que la emoción se me instale en el pecho ante la posibilidad de que, por fin, después de todo un viaje esperando este momento exacto, vaya a escuchar la serenata melancólica y auténtica que llevaba imaginando desde antes incluso de subirme al avión en Barcelona.

La ilusión dura poco. La melodía se repite, idéntica, después de apenas un minuto y medio.

Y luego otra vez. Y otra. Es una grabación en bucle, emitida por unos altavoces desgastados que distorsionan ligeramente el sonido en cada repetición, hasta que en la quinta o sexta vuelta el sistema empieza a fallar de verdad, atascándose justo en el mismo compás, repitiendo una y otra vez la misma nota estridente durante varios segundos antes de que el bucle se reinicie desde el principio con un chasquido metálico perfectamente audible.

—¡Por el amor de Dios! —exclama uno de los turistas alemanes, tapándose los oídos con evidente exasperación mientras el resto del grupo intercambia miradas de hartazgo colectivo—. ¿Es que nadie va a arreglar esto?

Teo suelta una carcajada corta, negando con la cabeza mientras contempla el altavoz averiado con una resignación divertida.

—Bienvenidos a la auténtica banda sonora de las Highlands —comenta, girándose hacia mí con los ojos brillantes de guasa—. Nada de gaiteros de carne y hueso tocando bajo la luna, ya lo has visto. Un altavoz atascado repitiendo el mismo compás hasta la extenuación.

Río a mi pesar, contagiada por su comentario, y me quedo mirando el altavoz averiado un momento antes de seguir caminando, preguntándome cuántas cosas de este viaje habrían sido más fáciles de disfrutar si hubiera dejado de esperar que fueran otra cosa.

El sol empieza a declinar hacia el horizonte cuando por fin subimos de nuevo al autobús para el trayecto de vuelta al pueblo, cansados todos después de una jornada tan intensa de paisajes, decepciones y algún que otro susto de barco.

Me acomodo en mi asiento habitual, todavía con la bufanda de Teo enrollada al cuello desde el mirador de Skye, sin haber encontrado ni el momento ni las ganas de devolvérsela durante el resto del día, y contemplo por la ventanilla cómo el paisaje va oscureciéndose poco a poco, envuelto en esa luz dorada y cansada que precede al anochecer en estas latitudes.

Ha sido un día raro, pienso mientras el autobús traquetea de vuelta hacia el pueblo, con las camisetas de Nessie, las boñigas de Urquhart y el eco de aquel altavoz atascado dándome vueltas en la cabeza sin ningún orden concreto.

Miro de reojo hacia el asiento donde Teo va sentado, comentando algo entre risas con el conductor, y vuelvo la vista hacia la ventanilla, donde la luz sigue cayendo despacio sobre las colinas, sin ninguna prisa por que el día termine del todo.