20 · LEIRE
E l autobús de la excursión sale del pueblo con la primera luz del día, cargado de turistas ilusionados y de un ambiente expectante que, después de todo lo vivido hasta ahora en este viaje, casi me da miedo alimentar demasiado.
He aprendido, a las bravas y por triplicado, que mis expectativas y la realidad de las Highlands viven en dimensiones completamente distintas.
Aun así, cuando el folleto de la agencia promete «la Isla de Skye, el paraíso perdido de los clanes» y «el castillo más fotografiado de Escocia», algo dentro de mí, terco e incorregible, se vuelve a encender sin remedio.
Teo va al frente del grupo, con su chaleco reflectante y su micrófono de diadema ya colocados, repartiendo indicaciones sobre horarios y paradas con la parsimonia habitual que ya conozco de memoria.
Me acomodo en uno de los asientos, con la frente pegada al cristal, viendo desfilar el paisaje mientras la carretera serpentea entre colinas cada vez más abruptas, cruza el puente de Skye sobre un mar de un gris plomizo salpicado de islotes, y se interna en la isla siguiendo la línea de la costa.
El cielo, por una vez, decide dar una tregua y despejarse en jirones, dejando pasar franjas de luz que iluminan los montes Cuillin a lo lejos, con sus crestas negras y afiladas recortándose contra el horizonte como dientes de sierra.
Los turistas alemanes, fieles a su disciplina habitual, ya llevan las cámaras colgadas del cuello desde que hemos salido del pueblo, disparando fotos al cristal empañado cada vez que algo se mueve en el paisaje.
Y entonces, según avanzamos hacia el interior, ocurre algo que no me había pasado ni una sola vez desde que aterricé en este país: el paisaje empieza a parecerse, de verdad, a lo que llevaba imaginando desde mi salón de Barcelona.
Las montañas se elevan escarpadas y violáceas contra el cielo, con la niebla enredándose entre las crestas más altas de una manera que parece calculada por un decorador de cine.
El verde de los valles brilla con una intensidad que ninguna fotografía retocada de internet había logrado capturar del todo, y las ovejas salpican las laderas como motas de algodón desperdigadas por un viento caprichoso.
Por primera vez, siento que el cuento y la realidad empiezan a solaparse, y me permito, solo un momento, bajar la guardia y disfrutar sin reservas.
La ilusión dura, exactamente, hasta que el autobús aparca en el desvío hacia el Old Man of Storr, la formación rocosa que el folleto describe como «el pináculo mítico donde un antiguo gigante quedó convertido en piedra».
Bajamos del vehículo al pie de un sendero que sube serpenteando entre la ladera, con la aguja de roca negra recortándose muy por encima de nosotros contra el cielo encapotado, rodeada de otras formaciones más pequeñas que parecen guardias fieles apostados a su alrededor.
Es, tengo que admitirlo, una imagen imponente, de las que justifican por sí solas cruzar medio continente.
Pero en cuanto empezamos a subir, la magia se diluye deprisa entre la marabunta.
Hay una cola de al menos cuarenta personas esperando turno para la misma fotografía junto al pináculo, posando un segundo con la misma sonrisa de circunstancias antes de ceder el sitio al siguiente.
Un grupo de chicas jóvenes se turna para posar sobre una roca resbaladiza mientras una amiga graba un vídeo para redes sociales, repitiendo la toma media docena de veces porque el viento les despeina el pelo en el momento equivocado.
Sobre nuestras cabezas, un dron zumba de un lado a otro con un sonido de avispa gigante, pilotado por un hombre que grita instrucciones a su acompañante sobre el ángulo perfecto de la toma aérea, ajeno por completo a las miradas de fastidio que le dedican el resto de excursionistas cada vez que el aparato pasa demasiado bajo.
Y justo en el centro exacto del encuadre que todo el mundo intenta fotografiar, aparcado con total desparpajo en el arcén de la carretera de abajo, un autobús turístico de dos plantas bloquea media montaña con su carrocería blanca y naranja chillón, imposible de recortar de ningún ángulo por mucho que la gente se estire de puntillas o se agache buscando la perspectiva salvadora.
Me quedo plantada un momento, sujetando el móvil, calculando si merece la pena esperar la cola solo para conseguir la misma foto que ya tienen publicada quinientos mil turistas antes que yo.
Al final ni me molesto. Me limito a mirar el pináculo directamente, sin intermediarios digitales, intentando fijarlo en la memoria antes de que el próximo grupo de turistas nos empuje.
—¿Siempre está así de lleno? —le pregunto a Teo mientras bajamos de vuelta al autobús, sorteando a un grupo de excursionistas asiáticos que suben en dirección contraria con paraguas transparentes, a pesar de que ni siquiera está lloviendo todavía.
—Cada año un poco más —responde él, encogiéndose de hombros—.
Antes esto era un secreto a voces entre cuatro senderistas con botas de verdad y ganas de mojarse.
Ahora sale en todas las listas de «lugares que tienes que ver antes de morir» y aquí lo tienes, convertido en algo parecido a la cola del hipermercado un sábado por la tarde.
La montaña sigue siendo la misma de siempre.
Lo que ha cambiado es la cantidad de gente que se pelea por el mismo trocito de encuadre, con el mismo filtro y la misma pose calcada.
Eilean Donan nos espera después de un par de horas más de trayecto, atravesando el continente de vuelta hacia el estrecho de Kyle antes de volver a bordear la costa, y en cuanto aparece recortado sobre el lago Duich, con sus torreones de piedra gris y su puente de acceso arqueado sobre el agua, se me escapa un jadeo genuino.
Es, sin ninguna duda, el castillo de mis sueños.
El que aparece dibujado en las portadas satinadas, el que protagoniza media docena de escenas de reconciliación bajo la lluvia en mis lecturas de cabecera.
Ni siquiera necesito forzar la imaginación esta vez; está todo ahí, tal cual, majestuoso y fotogénico hasta el último detalle, con la bandera del clan ondeando sobre la torre principal y el agua del lago reflejando cada piedra con una quietud casi perfecta, como si el propio paisaje hubiera decidido, por una vez, colaborar conmigo.
—Es precioso —le digo a Teo, casi sin aliento, mientras el grupo avanza hacia la pasarela de entrada—. Por fin. Por fin algo que es exactamente como me lo imaginaba.
Teo me mira de reojo, con esa expresión suya que ya sé reconocer, la de quien está a punto de soltarme un dato que me va a fastidiar el día.
—Está muy bien, sí —concede, guardándose el móvil en el bolsillo del chaleco—.
Aunque tengo que decirte que esto que ves es una reconstrucción prácticamente completa, Leire.
El castillo original quedó destruido en 1719, durante los levantamientos jacobitas, cuando los ingleses lo bombardearon varias fragatas inglesas por dar refugio a los rebeldes.
Se quedó en ruinas más de ciento noventa años, con las piedras desperdigadas y cubiertas de musgo, hasta que un teniente coronel de la familia MacRae decidió reconstruirlo entero a principios del siglo veinte.
Empezaron las obras en 1912 y no terminaron hasta 1932, veinte años de trabajo casi artesanal para levantar de nuevo cada muro.
Vamos, que lo que estás viendo tiene menos de un siglo de vida real, aunque parezca que lleva aquí plantado desde la Edad Media.
Siento cómo el globo se me deshincha un poco por dentro, aunque esta vez con menos violencia que en ocasiones anteriores; ya voy cogiendo cierta callosidad emocional con estas cosas, un pequeño callo protector que se me ha ido formando a base de decepciones repetidas.
—O sea, que es un decorado —resumo, con un deje de resignación en la voz—. Otro más.
—No es un decorado exactamente, porque las piedras son de verdad y el trabajo se hizo con mimo —matiza Teo, encogiéndose de hombros mientras cruzamos el puente de acceso junto al resto del grupo—.
Pero si buscas la autenticidad medieval intacta, esto es un maquillaje muy bien logrado encima de una ruina real.
Como casi todo lo bonito que se vende por aquí, Leire.
La diferencia es que a este, al menos, le echaron ganas y dinero de verdad durante veinte años para que quedara majo, piedra a piedra, en vez de levantarlo en un fin de semana con hormigón y pintura.
Recorremos el interior del castillo, con sus salones amueblados con réplicas históricas, la sala de banquetes con su gran mesa de roble y su chimenea de piedra apagada, las armaduras colocadas junto a las escaleras de caracol, y varios guías locales explicando la genealogía del clan Mackenzie y del clan MacRae con fotografías antiguas colgadas en las paredes de piedra desnuda.
Y aunque la decepción del dato de Teo sigue ahí, flotando de fondo, no consigue arruinarme del todo la visita.
Hay algo en la solidez de la piedra, en el reflejo del castillo sobre el agua quieta del lago cuando salimos de nuevo al exterior, que sigue mereciendo la pena aunque el envoltorio no sea tan antiguo como prometía el folleto.
La siguiente parada del itinerario es el faro y el mirador de Neist Point, en el extremo más occidental de la isla, al final de una carretera estrecha de un solo carril que serpentea entre acantilados durante casi una hora, obligando al conductor a hacer maniobras constantes cada vez que se cruza con algún coche particular en sentido contrario.
Cuando el autobús aparca por fin en la explanada de tierra, ya se nota el cambio: aquí no hay colas ni dron ni autobuses de dos plantas compitiendo por el mismo encuadre, solo un puñado de coches particulares y una lengua de acantilado que se adentra en el mar hasta terminar en un faro blanco, diminuto desde la distancia, aferrado a la roca como una figurita de pastel de bodas olvidada en el borde del mundo.
El viento aquí ha arreciado con una violencia que no habíamos sufrido hasta ahora, un viento que llega directo desde el Atlántico abierto, sin ningún accidente del terreno que lo frene antes de golpear el acantilado, que sube directamente desde el mar y azota la roca con una fuerza que hace tambalearse a más de un turista y que arranca gritos ahogados entre risas nerviosas cada vez que alguien pierde el equilibrio un instante.
En cuanto bajamos del vehículo, la ráfaga me golpea de lleno, colándose por el cuello de mi chaqueta y calándome hasta los huesos en cuestión de segundos.
Me abrazo a mí misma, castañeteando los dientes, mientras el resto del grupo se dispersa hacia el borde del sendero que baja zigzagueando hacia el faro, deseando llegar cuanto antes o volver cuanto antes al calor relativo del autobús, según el temple de cada cual.
Noto que Teo se acerca por detrás, y sin decir gran cosa, sin ningún tipo de ceremonia ni frase preparada, se quita la bufanda gruesa que lleva enrollada al cuello y me la tiende.
—Toma, que te vas a quedar tiesa —me dice, ya dándose media vuelta para ir a contar cabezas entre los turistas, comprobando que no falte nadie del grupo antes de que alguien decida hacer una locura bajando demasiado cerca del borde del acantilado con este viento.
Me la enrollo alrededor del cuello sin protestar, agradeciendo el calor residual que todavía conserva la lana, y me quedo un momento mirando cómo se aleja hacia el resto del grupo sin esperar ni un solo gracias, sin volver la vista atrás para comprobar el efecto de su gesto, ya enfrascado en organizar el descenso hacia el faro antes de que el frío empeore.
Me pongo en marcha detrás de él, con la bufanda todavía calentándome el cuello, y bajo unos metros por el sendero de tierra, deteniéndome a contemplar el faro blanco recortado contra el mar embravecido, las olas rompiendo contra la base del acantilado a nuestros pies y las gaviotas que planean bajas entre las rachas de viento, sin darle más vueltas al gesto de la bufanda, con la mente ya puesta en lo que queda de excursión.