La estafa de las Highlands 19 · LEIRE
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E l día siguiente amanece con esa luz gris y uniforme tan típica de aquí, la que no promete lluvia ni la descarta, simplemente se queda ahí flotando todo el día como una amenaza indecisa.

Me paso la mañana entera sentada en el borde de la cama de mi habitación, con la copa envuelta en papel de seda descansando sobre mis rodillas, dándole vueltas al mejor envoltorio posible para la entrega.

La he sacado de la bolsa al menos seis veces solo para volver a guardarla, incapaz de decidir si debería presentársela tal cual, con la sencillez elegante del propio grabado hablando por sí solo, o si debería buscar una caja más digna, un lazo, algún detalle que eleve el gesto a la altura simbólica que merece.

Al final decido llamar a Carla. Nadie mejor que ella para asesorarme en materia de estrategia romántica, y últimamente le debo una actualización completa después del desastre del brindis del domingo, que todavía no me he atrevido a contarle con pelos y señales por vergüenza.

—¡Leire! Ya era hora, tía, que llevo dos días sin saber si seguías viva en ese pueblo de curas y ovejas —me suelta Carla nada más descolgar, con Björn de fondo trasteando algo en la cocina que suena sospechosamente a sierra eléctrica—. Cuéntamelo todo. ¿Cómo va el frente escocés?

Le hago un resumen atropellado de los últimos días: el desastre de Culloden con los niños y las patatas fritas, la copa que encontré en Inverness, mis dudas actuales sobre el envoltorio perfecto. Omito, de momento, lo del brindis. Ya llegaré a eso.

—A ver, espera, para el carro —me corta Carla, entornando los ojos frente a la cámara con esa cara suya de estratega militar que se pone cuando algo le hace especial ilusión—.

¿Le has mandado grabar una copa con su nombre?

Leire, eso es un movimiento de nivel avanzado.

Eso no lo hace cualquiera. Eso es directamente jugar en primera división del romance.

—¿Verdad que sí? —le pregunto, sintiendo que la inseguridad de toda la mañana empieza a disolverse solo con su validación—.

Es que cuando la vi en la vitrina, pensé en su nombre grabado ahí para siempre, y sentí que era una señal.

Como si el destino me estuviera confirmando que voy por el buen camino con él.

—Es una señal clarísima, tía. No hay duda posible —sentencia Carla, asintiendo con una seguridad que solo ella es capaz de proyectar a través de una pantalla de móvil—.

Ahora escúchame bien: nada de cajas ni lazos ni parafernalia moderna.

Se la entregas tal cual, envuelta en el papel de seda, sin artificios.

Los gestos de verdad no necesitan decoración, se sostienen solos.

Se la das mirándolo a los ojos, sin muchas explicaciones, dejando que sea él quien complete el significado.

Confía en mí, que de esto entiendo un rato.

Asiento frente a la pantalla, tomando nota mental de cada palabra como si fuera un mandamiento sagrado. Colgamos poco después, con Carla prometiéndome que quiere fotos del momento en cuanto suceda, y me quedo un buen rato sentada en la cama, mirando el paquete con una determinación renovada.

A media mañana, mientras sigo dándole vueltas al asunto tirada en la cama con el kindle abierto sin realmente estar leyendo nada, escucho los golpes familiares de los nudillos de Teo contra la puerta de madera.

Ha venido a hacer su ronda diaria, la revisión rutinaria del radiador que sigue siendo, según él, «un parche con patas que no va a aguantar hasta Navidad» , pero esta vez trae algo más aparte de su caja de herramientas azul.

—Toma, maja —me dice, tendiéndome un vaso de cartón con tapa en cuanto abro la puerta—. Té con leche, sin azúcar, bien cargado. Como te gusta. Imaginé que con este frío te apetecería algo bien calentito.

Me quedo un segundo parada, con la mano a medio camino de coger el vaso, procesando el detalle con una lentitud que debe de resultarle extraña.

—¿Cómo sabes cómo me gusta el té?

Teo se encoge de hombros, quitándole toda la importancia del mundo al gesto, ya de camino hacia el radiador con la caja de herramientas colgando del brazo.

—Pues porque te he visto pedirlo tres veces distintas en el pub, Leire. Con leche, sin azúcar, bien cargado. No hace falta ser un lince para acordarse de eso.

Se agacha frente al radiador y empieza su rutina de comprobación habitual, golpeando la tubería con los nudillos y frunciendo el ceño ante algún ruido que solo él parece entender, mientras yo me quedo de pie junto a la puerta con el vaso caliente entre las manos, dándole vueltas a la sencillez pasmosa del gesto.

No se lo he pedido. No he tenido que insistir para que se acordara.

Simplemente lo recordaba. Aparto el pensamiento casi con violencia en cuanto se me forma del todo, incómoda con la comparación que se me acaba de colar sin permiso, y le doy un trago largo al té, dejando que el calor me baje por la garganta.

—Está perfecto, gracias —murmuro, intentando disimular la emoción que me embarga con su detalle.

—A mandar —responde él, sin darle mayor trascendencia, ya enfrascado del todo en la tubería—. Oye, esta noche estaré en el pub sobre las ocho. Ven si te apetece, que Moira anda organizando no sé qué campeonato improvisado de dardos con los del pueblo. Promete ser un espectáculo digno de contemplar.

—Allí estaré —le prometo, y me quedo un rato más apoyada en el marco de la puerta, viéndolo trabajar con esa parsimonia suya tan característica. Mis ojos se desplazan hasta el paquete envuelto en papel de seda y decido que esta noche, definitivamente, es el momento.

Llego al Drunken Stag poco antes de las ocho, con la copa cuidadosamente guardada en el bolso cruzado y el estómago revuelto por los nervios de la entrega inminente.

El pub está animado pero no abarrotado, con Moira ya instalada junto a la diana de dardos discutiendo las normas del torneo improvisado con un grupo de vecinos entre risas.

Me acerco a la barra a pedir algo de beber mientras espero a que aparezca Duncan, y es entonces cuando noto que un hombre que no había visto en mi vida, sentado dos taburetes más allá, empieza a mirarme con una insistencia que me incomoda de inmediato.

—¿Vienes sola? —me pregunta, arrastrando ligeramente las palabras, con un acento que no logro ubicar del todo, quizá inglés del sur, quizá algo más al este—. No es muy normal ver a una chica tan guapa bebiendo sola en un sitio como este.

—Estoy esperando a alguien —respondo, procurando mantener un tono seco pero educado, girando ligeramente el cuerpo hacia el otro lado de la barra para dejar clara mi falta de interés en continuar la conversación.

No funciona. El tipo se acerca un taburete, invadiendo mi espacio sin pudor alguno, y suelta un comentario sobre mi acento que pretende sonar a cumplido y que solo consigue revolverme el estómago.

Insiste, se ríe de su propia gracia, apoya el codo en la barra demasiado cerca de mi vaso, y yo empiezo a notar esa tensión familiar subiéndome por el cuello, la incomodidad de calcular cómo escapar de una situación sin montar un espectáculo, buscando con la mirada a Hamish detrás de la barra por si acaso necesito refuerzos.

No hace falta. Una mano se posa con firmeza sobre el hombro del tipo, sin brusquedad, pero con la contundencia suficiente para que se gire de golpe en el taburete.

—La señorita está acompañada —dice Teo, con una voz completamente distinta a la que suele emplear conmigo, plana y sin rastro de humor, sosteniéndole la mirada al desconocido sin pestañear—. Vete a otra barra.

El tipo abre la boca para protestar, calibra un segundo la expresión de Teo y, aparentemente, decide que no merece la pena la discusión.

Coge su vaso, murmura algo entre dientes que no llego a entender y se aleja hacia el fondo del pub sin mirar atrás.

Toda la escena ha durado apenas diez segundos, sin gritos, sin aspavientos, sin ningún numerito de reivindicación territorial.

Teo se sienta en el taburete que el otro acaba de dejar libre, le hace una seña a Hamish para que me rellene el vaso, y retoma la conversación que teníamos pendiente sobre el torneo de dardos como si nada hubiera pasado.

—Gracias —le digo, todavía con el pulso un poco acelerado.

—No hay de qué —responde él, encogiéndose de hombros. Coge nuestras bebidas y me hace un gesto para que le siga a una mesa libre cerca de la diana—. Aquí viene gente de todo tipo. La mayoría, bien, pero siempre hay algún elemento suelto. Bebe tranquila.

Antes de que pueda añadir nada más, la puerta del pub se abre y aparece Duncan, todavía con la camisa de cuadros del trabajo del campo, sacudiéndose el agua de los hombros y saludando a un par de vecinos con la mano según avanza hacia la barra.

Se me acelera el corazón de golpe, dejando atrás por completo el incidente con el desconocido, y le hago una seña discreta para que se acerque a nuestra mesa.

—Buenas noches, Leire —me saluda con su cortesía habitual, sentándose frente a mí—. Has estado bastante entretenida, según me han contado. Culloden y luego Inverness. Espero que la excursión te gustara.

—Ha sido una jornada intensa, sí —respondo, sintiendo que el momento ha llegado, que no hay mejor ocasión que esta para entregarle el paquete que llevo horas custodiando—. Precisamente, Duncan, te he traído algo. Lo encontré ayer en Inverness y en cuanto lo vi supe que tenía que ser para ti.

Saco el paquete envuelto en papel de seda de mi bolso y se lo tiendo con las dos manos, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Carla: sin explicaciones de más, dejando que el gesto hable por sí solo.

Duncan lo recibe con cierta sorpresa, desenvuelve el papel con cuidado, y al ver la copa de plata con su nombre grabado en la base, esboza una sonrisa educada.

—Vaya, muchas gracias, Leire. Es precioso —dice, pasando los dedos por el grabado con genuina apreciación—. Un detalle muy amable por tu parte, de verdad. No hacía falta que te molestaras.

—Lo mandé grabar con tu nombre —le explico, incapaz de contener la emoción en la voz—. Quería que tuvieras algo que fuera solo tuyo, hecho a propósito para ti.

Duncan asiente, sosteniendo la copa con cuidado entre las manos y pasando un dedo distraído por encima del grabado, y me dedica esa sonrisa suya cálida y contenida de siempre, la misma con la que acepta cualquier gesto amable del pueblo sin que ninguna emoción especial se le note en la cara.

—Qué detalle tan bonito —repite, guardándolo con esmero en su mochila—. Muchas gracias de verdad, Leire.

No hay más. Ningún discurso, ninguna mirada intensa sostenida más de lo necesario, ninguna confirmación explícita de nada.

Pero para mí, sentada frente a él con el corazón todavía acelerado, esa cortesía tranquila y su sonrisa sincera son suficiente.

Es exactamente así como actúan los hombres como él, me digo, guardándome el análisis para compartirlo con Carla esta misma noche: sin estridencias, sin necesidad de confirmar en voz alta lo que ya se sobreentiende entre dos personas que se han encontrado de verdad.

El «para siempre» no necesita anunciarse a gritos.

Se demuestra, despacio, con gestos como este.

Duncan me sonríe una vez más, se termina el resto de su pinta y se despide poco después, alegando que mañana tiene que madrugar para revisar el ganado antes de que entre otro frente de lluvia.

Lo veo alejarse hacia la puerta, con mi copa ya guardada en su mochila, y me quedo un rato más sentada en la mesa, flotando en esa certeza cálida y tranquila que solo dan las cosas que uno decide creer con todas sus fuerzas.