18 · LEIRE
E l autobús de la excursión a Culloden arranca a las nueve en punto de la mañana desde la explanada del pueblo, y yo llevo despierta desde las seis, incapaz de conciliar el sueño después del numerito del brindis de anoche.
Me he pasado media noche dando vueltas en la cama, reviviendo cada segundo del silencio sepulcral del pub, cada risita ahogada, la cara de Duncan mirando fijamente su cerveza como si contuviera la solución a todos los males del mundo.
Pero hoy es un día nuevo, me digo mientras me subo al autobús con mi cuaderno de notas bien sujeto contra el pecho, y hoy toca campo de batalla.
Por fin, el escenario más trágico y romántico de todo mi catálogo de fantasías escocesas.
Culloden. El nombre solo ya me eriza el vello de los brazos.
Llevo semanas leyendo sobre esta batalla en internet antes incluso de hacer las maletas en Barcelona, imaginándome el momento exacto en el que se decidió el destino de los clanes de las Highlands para siempre.
Lo he visto en mi cabeza mil veces: la niebla espesa arrastrándose sobre el páramo al amanecer, el sonido lejano y melancólico de una gaita solitaria tocando el lamento fúnebre de un clan derrotado, el último highlander agonizando entre la hierba con el nombre de su amada en los labios mientras su corazón deja de latir por amor y por honor a partes iguales.
Es el clímax absoluto de cualquier novela de romance histórico que se precie, y hoy voy a pisarlo con mis propios pies.
Teo sube el último al autobús, con su chaleco reflectante ya puesto y el termo de café bajo el brazo, y me dedica un cabeceo breve al pasar junto a mi asiento.
Todavía hay una incomodidad flotando entre nosotros desde anoche, un peso silencioso que ninguno de los dos ha mencionado en voz alta, pero que se nota en la forma en que evita sostenerme la mirada más de dos segundos seguidos.
El trayecto dura poco más de media hora, y cuando el autobús se detiene en el aparcamiento del centro de visitantes, salgo disparada hacia la puerta con una emoción que apenas consigo disimular.
La realidad me recibe con la delicadeza habitual de una bofetada.
No hay niebla. No hay gaitas. Lo que hay es un páramo llano, gris y absolutamente abierto bajo un cielo encapotado que no promete lluvia solo porque ya ha decidido, directamente, caer con una insistencia moderada y aburrida sobre todo el terreno.
Ni un solo árbol rompe la monotonía del paisaje.
En vez de la solemnidad ancestral que había imaginado, lo primero que veo al bajar del autobús es un edificio moderno de cristal y hormigón, el centro de interpretación, con su cafetería integrada y su cartel luminoso anunciando el horario de las proyecciones audiovisuales.
—Bienvenidos a Culloden —anuncia Teo con el micrófono de diadema ya colocado, guiando al grupo de turistas hacia la entrada con su parsimonia habitual—.
Aquí, el dieciséis de abril de mil setecientos cuarenta y seis, el ejército jacobita de Carlos Eduardo Estuardo se enfrentó a las tropas del gobierno británico.
La batalla duró menos de una hora. Murieron más de mil hombres del bando jacobita, la mayoría en la primera media hora de combate, frente a apenas cincuenta bajas del bando contrario.
Fue el final de las esperanzas de restauración de los Estuardo y el principio del desmantelamiento sistemático del sistema de clanes de las Highlands.
Lo suelta todo con una sequedad de manual, como quien recita las especificaciones técnicas de un electrodoméstico, sin una sola pausa dramática, sin bajar el tono de voz en el momento adecuado, sin ninguna de las licencias poéticas que exige un relato de semejante magnitud trágica.
Los turistas asienten, toman fotos del cartel informativo y avanzan hacia la tienda de audioguías como si acabaran de escuchar el parte meteorológico.
Nos entregan unos dispositivos de plástico gris con auriculares incorporados, cada uno programado para narrar la historia según nos vayamos acercando a distintos puntos marcados con banderines de colores repartidos por el páramo.
Me cuelgo el aparato del cuello con cierta desilusión —esperaba pergaminos, mapas antiguos dibujados a mano, algo con más solera que un cacharro de plástico con pilas— y sigo al grupo hacia el exterior, decidida a que ni la tecnología ni la sequedad histórica de Teo me arrebaten el momento.
El campo de batalla en sí es, sencillamente, un páramo.
Hierba corta y amarillenta, algunas zonas encharcadas por la lluvia reciente, y diseminadas por el terreno, unas piedras pequeñas y sobrias, poco más altas que mi rodilla, marcando las fosas comunes de cada clan.
Leo los nombres grabados en la piedra mientras camino despacio entre ellas: Clan Cameron.
Clan Stewart. Clan Fraser. Cada lápida, tan modesta, tan silenciosa, contradice por completo la épica que llevaba semanas construyendo en mi cabeza, pero decido que es precisamente esa sobriedad la que le da su verdadera grandeza. Menos aspavientos, más verdad desnuda.
Me detengo junto a la lápida del clan Fraser, apartándome un poco del resto del grupo, y cierro los ojos, dejando que la imaginación haga su trabajo.
Me construyo la escena entera: una joven highlander, con el pelo suelto al viento, esperando en la colina de al lado el regreso de su prometido, un guerrero de mirada fiera que le juró amor eterno la noche anterior a la batalla bajo la luz de la luna.
Él cae aquí mismo, quizá a escasos metros de donde estoy plantada ahora, mientras susurra su nombre con el último aliento, y ella, al enterarse, no vuelve a amar a ningún otro hombre en el resto de su vida, fiel para siempre a un amor cegado en su plenitud por la crueldad de la historia.
La lágrima me está subiendo ya, genuina, cálida, perfectamente preparada para resbalar con dignidad por la mejilla en el momento justo, cuando un grito agudo me rompe la escena en mil pedazos.
—¡Aidan, deja de tirarle patatas a Fraser, que se las va a comer el cuervo ese y luego nos persigue todo el día!
Abro los ojos de golpe. A escasos metros de mí, un grupo escolar de unos veinte niños de primaria, con chalecos amarillos de excursión y las mochilas colgando de un hombro, se ha sentado directamente sobre la hierba junto a las lápidas para merendar.
Bolsas de patatas fritas crujiendo, latas de refresco abriéndose con un chasquido metálico, y un cuervo negro y descarado que ya se ha posado sobre la lápida del clan Cameron esperando su ración con total desparpajo.
Una profesora con un megáfono de mano intenta poner orden entre los gritos, las risas y algún que otro empujón entre compañeros, mientras el resto del grupo se ríe a carcajadas de un chiste que no consigo entender por el acento cerrado.
Mi joven viuda highlander, el guerrero moribundo, la luna solemne sobre el brezal y todo el catálogo trágico entero se desmorona de golpe, sepultado bajo el crujido de veinte bolsas de patatas fritas sabor barbacoa.
Me quedo plantada allí, con la lágrima ya sin ningún destino digno donde caer, mientras uno de los niños se acerca corriendo a preguntarme si tengo un boli para su cuaderno de actividades.
Culloden, definitivamente, no ha sido lo que esperaba.
Por la tarde, con el ánimo un poco alicaído y el páramo mojado calándome hasta los huesos otra vez, el autobús nos deja en el centro de Inverness para una hora larga de tiempo libre antes de volver al pueblo.
Los turistas se dispersan hacia los cafés y las librerías de la calle principal, y yo camino sin rumbo fijo entre los escaparates, todavía dándole vueltas al chasco de la mañana, cuando un cartel dorado en el escaparate de una tienda de recuerdos me detiene en seco: «Tartanes de clan auténticos. Encuentra el tuyo».
Entro casi sin pensarlo, arrastrada por una idea que se me ha instalado en la cabeza de golpe y con una fuerza arrolladora.
Un gesto. Necesito hacer un gesto para Duncan, algo que demuestre que, a pesar del ridículo del brindis, sigo comprometida con esto, con él, con la idea entera de encontrar mi propio romance escocés.
La tienda está llena de estanterías con rollos de tela de tartán, pero es otra cosa la que me detiene en seco, colocada en una vitrina cerca del mostrador: una copa pequeña de plata, ancha y poco profunda, con dos asas planas a los lados.
Un cartelito junto a la vitrina explica que es un quaich , la copa tradicional escocesa de la amistad y el compromiso, la que se comparte en los brindis importantes y en las ceremonias que sellan un vínculo entre dos personas.
La cojo entre las manos, notando el peso frío del metal, y sé de inmediato, con la misma certeza absoluta con la que supe hace dos semanas que tenía que subirme a un avión, que esto es exactamente lo que estaba buscando.
Me acerco al mostrador con la copa ya decidida y le pregunto a la dependienta, una mujer de mediana edad con gafas de pasta y un jersey de punto grueso, si es posible grabar algo en la base.
—Por supuesto —responde ella, sin levantar apenas la vista del ordenador—. Nombre, fecha, lo que usted quiera. Tardamos una media hora, si le viene bien esperar.
Le pido que grabe el nombre de Duncan, despacio, deletreándolo con un cuidado casi ceremonial, como si cada letra tuviera que quedar perfecta para que el gesto entero no perdiera solemnidad.
La mujer teclea el encargo sin hacer ningún comentario, sin preguntarme quién es Duncan ni por qué me tiembla un poco la voz al pronunciar su nombre, y me indica que puedo volver a recogerlo antes de que cierren.
Paso la media hora de espera dando vueltas por las calles cercanas, demasiado nerviosa para sentarme en ningún sitio, repasando mentalmente el momento de la entrega una y otra vez.
Cuando vuelvo a la tienda, la copa me espera envuelta en papel de seda, con el nombre de Duncan grabado en la base con una letra cursiva elegante que la propia dependienta me enseña antes de cerrar el paquete, brillando bajo la luz del mostrador.
—Es un regalo —le explico, incapaz de contener las ganas de compartir la historia con alguien, aunque sea una desconocida detrás de una caja registradora—. Para alguien muy especial.
La mujer sonríe con educación profesional, cobra el importe sin hacer ningún comentario más, y me entrega la bolsa con un «que lo disfrute» genérico que suelta a diario, imagino, a decenas de turistas igual de emocionados que yo.