17 · TEO
E l domingo por la tarde, el pueblo entero parece arrastrar la resaca colectiva del ceilidh de anoche.
Llevo toda la jornada reparando una gotera en el tejado de la finca de los Miller, con la espalda molida y las manos entumecidas del frío, así que cuando por fin cruzo la puerta de The Drunken Stag lo único que quiero es una pinta bien tirada y veinte minutos de silencio antes de que me toque volver al hostal a revisar el radiador de Leire por enésima vez.
No hay silencio que valga. El pub está a rebosar —hoy dan el partido de la selección por la tele, y en este pueblo eso convierte cualquier domingo en un acontecimiento social de primer orden— y en cuanto me abro paso hasta la barra, noto la sonrisilla de Moira antes incluso de verle la cara.
Esa expresión suya solo puede significar una cosa: que ha estado sembrando algo, y que la cosecha está a punto de salir a la luz.
—¿Qué has hecho? —le pregunto directamente, sin darle tiempo ni a que Hamish me sirva la pinta.
—¿Yo? Nada —responde ella, con una inocencia tan poco convincente que hasta el propio Hamish, que anda medio sordo desde el mundial del noventa y dos, arquea una ceja mientras limpia un vaso—. Solo le he explicado a Leire una costumbre muy bonita y muy tradicional de por aquí.
Se me hiela la sonrisa en la cara antes de que me dé tiempo a esbozarla.
—Moira.
—¿Qué?
—¿Qué costumbre?
—Pues que aquí, cuando una mujer quiere dejarle clara su intención a un hombre delante de todo el pueblo, invita a una ronda general para toda la casa y brinda por él en voz alta.
Muy de clan, muy solemne, muy ancestral.
Se lo he contado esta mañana, mientras desayunábamos, con toda la seriedad del mundo, cara de póker incluida.
Me la quedo mirando fijamente, esperando la coletilla del chiste, la carcajada que desmonte la barbaridad que me acaba de soltar con esa tranquilidad pasmosa. No llega.
—Eso te lo has inventado tú, Moira. Aquí, la única invitación que se hace en voz alta es a que te echen del pub si montas demasiado ruido durante el partido.
—Ya lo sé, mendrugo, no hace falta que me lo expliques —dice ella, dándole un trago largo a su pinta con una parsimonia que raya en lo criminal—.
Pero es que se lo ha creído con una fe tan ciega que daba hasta ternura verla asentir con la cabeza como una niña pequeña.
Y yo no soy quién para quitarle a la pobre las ganas de vivir su cuento de hadas escocés, Teo.
Solo la estoy ayudando a que el cuento tenga un poquito más de acción y menos paseos a caballo aburridos.
—¿Y esto cuándo se lo has soltado exactamente?
—Ya te digo, esta mañana, con el café. Se ha pasado el día entero arreglándose para venir esta noche. Yo pensaba que a estas alturas ya se le habría pasado el efecto y se le habría olvidado, pero por lo visto la chica tiene una determinación digna de mejor causa.
Voy a soltarle la reprimenda que se merece por embaucar a una turista despistada con semejante trola, pero en ese momento la puerta del pub se abre de par en par dejando entrar una ráfaga de aire helado, y ahí está ella.
Leire cruza el umbral con un aplomo que solo puede salir de creerse a pies juntillas una mentira bien construida.
Lleva puesto un vestido oscuro que no le había visto antes, sencillo pero cuidado hasta el último detalle, el pelo recogido con esmero pese a la humedad reinante, y esa barbilla suya levantada en alto que ya empiezo a reconocer como el prólogo inequívoco de un desastre inminente.
El local está lleno esta noche —el partido va por el descanso, el pueblo entero apretujado entre las mesas altas y los taburetes de la barra, coreando cánticos cada vez que aparece un jugador local en la pantalla— y Leire se abre paso hacia el centro con una seguridad que me encoge el estómago solo de verla.
Se detiene junto a la barra, se aclara la garganta con una delicadeza teatral y, dirigiéndose a Hamish con un tono que ya quisiera yo para dar un discurso de boda, suelta:
—Una ronda para toda la casa, por favor. Invito yo.
Hamish, que entiende de dinero mucho mejor que de gaélico o de sutilezas, no se lo piensa dos veces y empieza a servir pintas a toda velocidad, con una eficiencia que delata décadas de experiencia.
El rumor general del bar baja de intensidad poco a poco, la gente empieza a girarse hacia la barra, intrigada por la novedad de que la turista española esté pagando una ronda de más de treinta libras sin pestañear siquiera.
Yo ya sé lo que viene. Miro a Moira de reojo con una advertencia muda que ella ignora completamente, demasiado entretenida mordisqueando una patata frita con una sonrisa de villana de dibujos animados a punto de ver su plan consumado.
Leire espera con paciencia a que todos los vasos estén servidos, uno por uno, mesa por mesa, hasta que el silencio se ha ido extendiendo por todo el local como una mancha de aceite sobre agua quieta.
Entonces levanta el suyo con las dos manos, como si sostuviera una copa de vino de consagración en mitad de una ceremonia solemne, y carraspea de nuevo, esta vez con más fuerza, buscando la atención de la sala entera.
—Quiero brindar —anuncia, con una voz grave y ceremoniosa, proyectada para que llegue hasta el último rincón del pub— por un hombre que ha traído de vuelta a mi vida algo que yo creía perdido para siempre.
Por su nobleza silenciosa. Por su fuerza tranquila.
Por la manera en la que ha cuidado de mí sin pedir absolutamente nada a cambio, sin necesidad de palabras grandilocuentes ni promesas vacías. Brindo por ti, Duncan.
El silencio que sigue es de los que se pueden tocar con la mano.
Ni una tos. Ni el tintineo de un solo vaso.
Ni siquiera el crujido habitual de una silla contra el suelo de madera.
Todo el pub se ha quedado congelado a media frase, con los brazos en alto por pura inercia, decenas de vasos suspendidos en el aire y ni una sola mirada apartada de la escena.
Hasta la televisión, en la pausa publicitaria del descanso, parece haber bajado el volumen sola.
Todas las cabezas giran, despacio, hacia la mesa cercana a la ventana donde Duncan está sentado con Fergus y otros dos hombres de la zona.
Se ha puesto más colorado que la grana, con la botella de cerveza congelada a mitad de camino hacia la boca, sin decidirse a completar el gesto ni a bajarla.
Alguien suelta una risa floja al fondo del local.
Enseguida se le suman dos más, después cuatro, y el murmullo crece con rapidez hasta convertirse en una carcajada colectiva y descarada que se extiende por todo el pub como un incendio.
Un grupo de chavales jóvenes junto a la diana de dardos empieza a darse codazos y a sonreír de oreja a oreja sin ningún disimulo.
Alguien silba. Leire sigue con el vaso en alto, todavía sonriendo con esa expresión solemne de heroína de folletín, pero la veo procesarlo en tiempo real.
Veo el segundo exacto en el que se da cuenta de lo que está pasando; veo cómo la sonrisa se le va apagando poco a poco, milímetro a milímetro, mientras las risas siguen creciendo a su alrededor y Duncan, incapaz de sostenerle la mirada ni un segundo más, se limita a levantar torpemente su botella apenas un centímetro del aire, murmurar un «gracias, Leire, muy amable» casi inaudible entre el barullo, y volver la cara hacia la ventana con toda la urgencia del mundo, como si el partido de fuera le interesara de pronto muchísimo más que el que se está jugando dentro.
Me sale de dentro ir hacia ella antes de pensarlo siquiera, pero primero me giro hacia Moira, que se está retorciendo de la risa apoyada contra la barra, con los ojos llenos de lágrimas y una mano tapándose la boca, disfrutando abiertamente del espectáculo mucho más de lo que le preocupa el bochorno ajeno.
—Esto es cosa tuya —le digo, sin ninguna gracia en la voz, cortándole la risa en seco.
—Teo, ha sido buenísimo, no me digas que no —consigue articular ella entre jadeos, secándose los ojos con el dorso de la mano—. Es que no me podía ni imaginar que se lo fuera a tomar tan en serio. Se ha puesto de pie ahí en medio como si fuera a nombrarlo caballero del reino.
—Le has contado una mentira como una casa para reírte de ella a gusto, Moira. Delante de todo el pueblo entero. Un domingo, con el bar hasta arriba.
—Anda ya, no te pongas estupendo conmigo —me suelta, ya sin rastro de risa en la voz, cambiando el tono de golpe y con un brillo desafiante en los ojos—.
Es solo una broma tonta. No es la primera vez que le tomamos el pelo a un guiri despistado con alguna tontería local, y bien que nos hemos reído tú y yo juntos de más de uno en su momento.
—Esto es distinto y lo sabes perfectamente.
Moira se me queda mirando fijamente unos segundos larguísimos, con la sonrisa ya completamente borrada de la cara, y ladea la cabeza con una expresión que no me gusta un pelo, entornando los ojos como si estuviera calibrando algo que llevaba tiempo queriendo preguntarme.
—¿Y eso por qué es tan distinto, a ver? —insiste, bajando la voz para que solo yo pueda oírla en mitad del barullo general—. ¿No estarás enamorándote de ella tú, Teo?
La pregunta me cae como un jarro de agua helada en mitad del pecho, directa y sin avisar.
Abro la boca para contestar algo, lo que sea, una negativa rápida y contundente que zanje el tema de una vez y me devuelva el terreno firme bajo los pies, pero no me sale nada.
Ni una palabra. Me quedo ahí plantado junto a la barra, con el vaso todavía a medio camino, sintiendo que Moira me está leyendo por dentro con una facilidad que me incomoda muchísimo más de lo que me incomoda la propia pregunta.
No tengo tiempo de responderle, y en el fondo, si soy sincero conmigo mismo, se lo agradezco.
Todo el pub sigue pendiente del mogollón, cuchicheando entre risitas y señalando disimuladamente hacia la mesa de Duncan y hacia Leire, que continúa plantada en mitad del local con el vaso ya bajado despacio, la vista clavada fijamente en el suelo de madera gastada y las mejillas ardiendo de un rojo que se le nota hasta desde la barra.
Nadie se mueve para rescatarla del naufragio.
Ni Duncan, que sigue mirando fijamente su cerveza como si fuera lo más fascinante que ha visto en su vida, ni los chavales de los dardos, que ya han vuelto a su partida entre risas contenidas, ni siquiera Moira, que ha vuelto a llevarse la mano a la boca para reprimir otra carcajada floja.
Dejo el vaso en la barra de un golpe seco, sin terminarlo, y cruzo el pub esquivando mesas, codos y jarras de cerveza hasta llegar a su lado. Le pongo la mano suavemente en el codo, sin apretar, solo para hacerle notar que estoy ahí.
—Venga. Vámonos de aquí.
Leire levanta la vista hacia mí, con los ojos brillantes por la vergüenza contenida a duras penas y el labio inferior temblándole ligeramente, y por una vez no protesta, ni se resiste, ni me suelta ninguna de sus réplicas orgullosas de costumbre.
Asiente en silencio, deja el vaso sobre la mesa más cercana con la mano temblorosa, y se deja guiar hacia la salida sin decir palabra, con la cabeza gacha y todo el pub todavía murmurando y riéndose a nuestras espaldas mientras el partido vuelve a empezar en la pantalla y la vida sigue su curso como si nada hubiera pasado, como si no acabara de derrumbarse el orgullo de una persona en mitad de la barra un domingo cualquiera.
Salimos a la calle y el frío nocturno nos golpea de lleno, cortante y húmedo.
Leire se abraza a sí misma, tiritando bajo el vestido fino, mientras caminamos en silencio los primeros metros, alejándonos del bullicio que se sigue escapando por la puerta del pub cada vez que alguien entra o sale a fumar.
—No hace falta que digas nada —murmura ella al fin, con la voz completamente rota, sin levantar la vista del empedrado mojado—. Ya sé lo que ha pasado. Sé que acabo de hacer el ridículo más espantoso de toda mi vida, y eso que ya tenía un currículum bastante nutrido desde que llegué a este pueblo.
La miro de reojo, todavía con la pregunta de Moira resonándome dentro del pecho como una campana que me niego a dejar callar, y decido, por una vez, guardarme la réplica fácil, la broma que normalmente le suelto para quitarle hierro al asunto.
Me quedo simplemente caminando a su lado bajo el cielo negro y estrellado de las Highlands, dejando que el silencio haga su trabajo.
—Vamos para casa, Leire —es lo único que le digo, con la voz mucho más baja de lo que pretendía.
Y ella, por una vez en toda este cúmulo de despropósitos, no discute ni una sola palabra.