16 · LEIRE #2
—Eres un dictador deportivo, Teo. Un censor del arte contemporáneo y del movimiento libre.
—Soy un hombre práctico que aprecia la integridad de sus costillas. Quédate quieta y bebe más agua, anda, que estás roja como un tomate.
—Es por el bochorno que hace aquí dentro —le respondo, dando otro trago largo antes de devolverle la botella—. Y no seas dramático, que tus costillas están perfectamente.
—Sí, claro. El calor. Seguro que es eso.
Pasamos la siguiente hora sentados en el banco, intercambiando pullas entre risas, comentando los cotilleos locales que se oyen cerca de la barra y disfrutando de un pique constante mientras el resto del pueblo sigue saltando y llenando la pista.
La charla con Teo fluye rápida, directa y sin rodeos, haciendo que el tiempo se pase volando.
Cuando la música empieza a decaer, el violín da los últimos acordes cansados y el cansancio general se impone bajo la lona, decidimos que ya es suficiente espectáculo por hoy y emprendemos el camino de vuelta hacia el Rusty Thistle .
Moira nos ve marchar desde su corro y nos despide con un gesto vago de la mano, demasiado ocupada intentando seguir el ritmo de un nuevo brindis.
Al salir de la carpa, el frío de la noche nos golpea la cara con la fuerza de un jarro de agua helada, haciéndome dar un respingo físico.
Me obligo a abrocharme la chaqueta hasta la barbilla y a hundir las manos en los bolsillos del abrigo mientras avanzamos por el sendero exterior.
El trayecto de regreso se hace en un silencio cómodo, roto solo por el crujido rítmico de la gravilla mojada bajo nuestras botas y el silbido del viento del norte que barre los brezales lejanos.
La agitación ruidosa de la feria va quedando atrás, sustituida por la paz oscura de la noche escocesa.
—¿Tienes frío? —pregunta Teo, acompasando su paso al mío para protegerme un poco del viento del norte.
—Un poco —admito, encogiéndome de hombros—. Pero se agradece después del calor que hacía en la carpa. ¿Siempre os volvéis tan locos en este pueblo con la música?
—Siempre —asiente él con una sonrisa floja—. El ceilidh es sagrado. Si no sales con un esguince o un pisotón, es que no lo has disfrutado de verdad. Deberías estar orgullosa de tus bajas.
—Mañana comprobaré los daños de guerra. Creo que tengo un moratón con la forma de tu hebilla del cinturón.
—Eso son medallas al valor. No te quejes.
Justo cuando enfilamos la calle principal del pueblo, bajo la luz mortecina y amarillenta de una farola que parpadea a causa del viento, distinguimos a la misma pareja de ancianos de la pista un poco más adelante.
Se están deteniendo ante un portal, avanzando despacio por la acera.
Aminoramos el paso y nos quedamos observándolos.
Él, con una parsimonia infinita que desarma, le sujeta la puerta y la ayuda a esquivar el fango del suelo, mientras ella se apoya en su brazo con firmeza, compartiendo un murmullo sordo y una sonrisa cómplice antes de empujar la pesada madera.
Tienen la complicidad silenciosa de toda una vida juntos, grabada en cada pequeño gesto cotidiano de su rutina.
Teo se detiene por completo, contemplando la escena con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora.
—Mira a esos dos —suelta con voz baja y pausada, viendo cómo la silueta de los abuelos se recorta en el vestíbulo iluminado antes de cerrar—. Parece que no ha pasado el tiempo por ellos; se siguen riendo igual.
Me quedo quieta junto a él, mirando la puerta de madera que acaba de cerrarse con un clic sordo, devolviendo la calle a la penumbra. Esa complicidad tan simple me toca por dentro de una forma que no sé explicar.
—Qué envidia —admito en un susurro, bajando la vista hacia la puntera de mis botas.
Teo se gira despacio hacia mí, guardando un silencio respetuoso.
—¿Lo de sujetar la puerta? —pregunta con suavidad, entornando los ojos bajo la luz mortecina de la farola.
—No —le respondo, forzando una sonrisa corta mientras nos ponemos de nuevo en marcha—.
Eso. Tener a alguien con quien reírse igual dentro de cincuenta años, pase lo que pase.
Alguien a quien amar y que me ame de verdad, pese a todo.
Pese al paso del tiempo, pese a las manías cotidianas de la convivencia y pese a mí misma.
Alguien con quien poder envejecer con esa misma complicidad y esa felicidad tan simple que tienen ellos.
Solo... poder reírse como el primer día a pesar de los años y de los pisotones.
Teo se me queda mirando durante un segundo largo, con una expresión indescifrable. Sus ojos fijos en los míos sostienen la gravedad del momento bajo la luz de la farola. Luego, esboza una sonrisa tranquila y retoma el paso por la acera de gravilla de forma relajada.
—Bueno —dice, acompasando de nuevo su ritmo lento al mío—. Entonces ya sabes que tienes que empezar por aprender a girar hacia el lado correcto en la pista. Los cimientos del amor requieren estabilidad física y menos despistes, Leire.
—Eso ha sido un golpe bajo de lo más rastrero y poco empático —le respondo, forzando una sonrisa real mientras el frío de la noche nos envuelve de camino al hostal—. Cortas el lirismo de raíz.
—Es el crudo realismo romántico, Leire. Hay que asegurar la estructura antes de montar la superproducción. Si te caes en el primer giro, no llegamos al epílogo.
—El giro ha sido un desvío estratégico para poner a prueba tus reflejos, Teo. La estructura está intacta.
—Mañana te compro un mapa de navegación bailable, que te hace más falta para tus estrategias.
Recorremos el último tramo juntos, bajo el cielo oscuro y estrellado de las Highlands, cerrando la noche en un silencio cómodo que esta vez se siente completamente distinto a todo lo que habíamos vivido antes en el páramo.