La estafa de las Highlands 16 · LEIRE
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16 · LEIRE

L a lona de la carpa de eventos tiembla bajo el azote del viento crepuscular, amenazando con salir volando sobre los brezales, pero dentro el calor, el sudor y el barullo son insoportables.

Olvídate de los bailes de salón que llenan mis novelas históricas.

Aquí no hay duques estirados, ni reverencias medidas, ni movimientos aristocráticos bajo lámparas de cristal de Bohemia.

Esto es un ceilidh en su estado más salvaje: un baile tradicional en grupo y con rotación constante de parejas donde nadie elige con quién baila.

El suelo de tablones de madera cruje bajo el peso de un centenar de personas que saltan a la vez, mientras el violín y el acordeón compiten a una velocidad endiablada desde el escenario improvisado al fondo.

—¡Como no te metas ya en una fila te van a pasar por encima, Leire! —me grita Moira al oído, pegando un brinco para esquivar a un pelirrojo que avanza con tres jarras de cerveza chorreando sobre el suelo—. ¡Venga, muévete!

—¡Que no me sé los pasos, Moira! —le respondo a voz en cuello, frenando con los brazos el empuje de la multitud que nos arrastra hacia el centro de la pista—. ¡Esto no es un baile, parece la línea uno del metro en hora punta!

—¡Pero si nadie se sabe los pasos aquí! —Moira suelta una carcajada gamberra y me da un empujón hacia la pista—. ¡Tú solo déjate llevar, gira cuando alguien te agarre del brazo y reza para que no te destrocen los pies con las botas de seguridad!

—¡Es muy fácil decirlo para ti, que pareces un duendecillo del bosque hiperactivo! —le grito, pero mi protesta queda sepultada por la megafonía.

Antes de que pueda dar media vuelta y huir hacia la barra para buscar refugio, el tipo del escenario carraspea y suelta una orden atronadora por los altavoces, rompiendo cualquier posibilidad de retirada estratégica.

Tiene un chaleco escocés, las mejillas rojas por el alcohol y una energía que asusta.

«¡Adelante las filas! ¡Giro a la derecha, agarre de brazos y cambio de pareja inmediato!», brama el caller —el encargado de cantar los pasos a voz en cuello por los altavoces para dirigir al gentío— con el micrófono pegado a la boca.

La masa humana se desplaza en bloque como una apisonadora desbocada.

La rotación es constante, implacable y ruidosa.

No eliges con quién bailas; la inercia te arrastra, te hace girar con un desconocido que huele a estofado de cordero y la música te empuja al siguiente puesto sin dejarte un microsegundo para respirar.

Busco a Moira con la mirada para exigirle que me saque de este manicomio, pero ya ha desaparecido en mitad de un corro gigantesco, riéndose a carcajadas con un chico del pueblo que dobla su tamaño y la hace girar por los aires.

Me ha dejado completamente sola ante el peligro físico de la prueba reina de la noche: el «Strip the Willow», una danza rápida de filas enfrentadas con giros en cadena donde sales disparada de brazo en brazo a toda velocidad .

Intento mantener el tipo en la línea enfrentada, plantando las suelas con firmeza mientras los tablones tiemblan bajo mis pies.

El ritmo del violín es frenético y letal para cualquiera que carezca de experiencia.

La gente choca, se disculpa entre risas, se empuja con desparpajo y vuelve a engancharse en un bucle festivo que parece no tener fin.

Sin embargo, dos puestos por delante de mi posición en la fila, descubro un oasis de calma que me cautiva por completo.

Una pareja de ancianos octogenarios ejecuta los giros en cadena con una sincronía que roza lo irreal.

Se giran con una fluidez asombrosa, calculan la velocidad de la música sin pestañear, se sueltan en el segundo exacto y se vuelven a enganchar por los brazos casi sin mirarse a la cara.

Tienen una naturalidad tan hermosa, tan limpia y ajena al barullo que me produce un vuelco extraño y repentino en el pecho.

Al ver con qué facilidad lo hacen ellos, el baile parece insultantemente sencillo.

Es un mecanismo simple, casi infantil. Me cruzo de brazos y sonrío con suficiencia desde mi puesto.

Ya le he pillado el truco al engranaje. Es solo una cuestión de ritmo visual, inercia y física elemental.

Pan comido. Si esos dos ancianos octogenarios pueden flotar así entre la multitud sin despeinarse, una barcelonesa con oído musical y dos carreras no va a ser menos en mitad de Escocia.

Llega mi turno en la cadena. El violín mete un acelerón endiablado, el acordeón brama y la fila avanza un paso.

El siguiente bailarín de la línea de enfrente, un tipo enorme con una falda de cuadros verdes, me tiende los brazos con una sonrisa de oreja a oreja, listo para el impacto.

Convencida de mi éxito absoluto, doy un paso al frente con decisión, pinto una mueca triunfal en el rostro y giro con todas mis fuerzas hacia el lado exactamente contrario del que debía.

El desastre es instantáneo, ruidoso y colosal.

Mi codo choca con un impacto seco contra el pecho de un hombre equivocado, tropiezo torpemente con sus piernas y provoco un tapón humano que desestabiliza a la fila entera como un dominó viviente.

Alguien suelta un grito de sorpresa, un grupo de chicas de las primeras filas se tambalea hacia el lateral esquivando el golpe y yo pierdo el equilibrio por completo.

Doy tres traspiés ridículos hacia atrás, agitando los brazos en el aire en un intento desesperado por aferrarme a la nada, antes de salir disparada de la pista de baile y estamparme de espaldas con todo mi peso contra el pecho de Teo, que pasaba por allí arrastrado por su propia rotación coreográfica.

El impacto nos frena en seco a los dos con un golpe sordo.

Teo reacciona con unos reflejos impecables y me sujeta con firmeza por los hombros con una cercanía natural, afianzando bien las botas en la madera para evitar que terminemos los dos desparramados por los suelos en mitad del tumulto.

Alrededor, el violín sigue tocando a una velocidad infernal y el resto de los bailarines nos pasan rozando en una masa borrosa mientras la coreografía continúa su curso como si nada hubiese pasado.

—Vaya entrada, Leire —comenta Teo con una sonrisa divertida que le arruga las comisuras de los ojos, manteniéndome firme y bien sujeta hasta que comprueba que mis piernas han dejado de temblar—.

¿Es un paso tradicional nuevo que traes de Barcelona o es que te han lanzado con una catapulta medieval desde la entrada?

—Culpa de la sincronía —consigo balbucir, apartándome los mechones de pelo de la cara y resoplando por el esfuerzo—. Me he confiado mirando a los abuelos de delante y he calculado mal el eje de rotación. El del violín va con un exceso de velocidad que debería ser ilegal en este condado.

Teo mira hacia el frente de la línea, donde la pareja de octogenarios sigue flotando sobre la madera con una parsimonia envidiable, totalmente ajena al colapso masivo y al dominó humano que acabo de organizar a sus espaldas. Suelta una carcajada limpia y sonora que compite con el barullo.

—Ya, bueno, juegas con una clara desventaja temporal, Leire. Esos dos llevan unos cincuenta años de entrenamiento diario sobre el resto de los mortales. Ven conmigo, vamos a salir de la zona de peligro antes de que nos arrolle la siguiente fila de faldas escocesas y perdamos los dientes.

Me agarra de la mano con total naturalidad, sin gestos forzados ni delicadezas de mentira, guiándome entre el torbellino de brazos, giros y pisotones hacia los bancos laterales de la carpa, donde el aire es un poco más respirable y el suelo de madera no vibra tanto.

Nos dejamos caer en el asiento alargado, resoplando por el esfuerzo.

—Toma —Teo saca una botella de agua de su chaqueta y me la tiende—. La necesitas más que yo. Menudo destrozo has hecho en la línea de flotación del torneo. Creo que el bailarín de enfrente todavía se está recolocando las botas tras el pisotón.

—Exagerado —le respondo, dando un trago largo y agradeciendo el frío del agua en la garganta—. En mi cabeza la coreografía era perfecta. El problema real ha sido el músico, que ha metido un acelerón ilegal que no venía a cuento en la partitura.

—Claro, la culpa siempre es del artista —se burla él, cruzándose de brazos y apoyándose en el respaldo de madera—. No de que hayas girado a la izquierda con el entusiasmo de un camión sin frenos cuando todo el mundo iba hacia la derecha. Ha sido un movimiento de demolición impecable.

—Eso era una interpretación libre del paso, Teo. Se llama aportar estilo propio y vanguardia a las costumbres locales del pueblo. Deberían agradecérmelo en la web de turismo.

—Se llama terrorismo bailable, Leire. Pero aceptamos «estilo propio» como animal de compañía para que no te sientas mal en tu debut. Mira allí, tu amiga Moira se lo está pasando fatal, la pobre.

Señala con la cabeza hacia el centro de la carpa, donde Moira lidera ahora un corro ruidoso que no para de brindar con vasos de plástico, saltar a destiempo y cantar algo ininteligible.

—Ella juega en casa —comento, resguardándome del bochorno de la lona—. Se nota que lleva estas danzas en la sangre y se mueve como si nada. En cambio, yo me siento observada por todo el mundo.

—Normal que te sientas observada si derribas a medio condado en tu primer giro —dice Teo, dedicándome un guiño—. Pero oye, hay que reconocer que le pones ganas. El impacto contra mi pecho ha tenido un diez en ejecución y colocación. Ha sido una frenada perfecta.

—Espero que tengas un buen seguro médico de accidentes en ese trabajo tuyo, porque pienso volver a entrar en cuanto recupere el aliento y estabilice el ritmo cardíaco. No me voy a rendir por un quítame allá esas faldas de cuadros.

—Ni hablar. De aquí no te mueves si no es con un casco de obra puesto, chaleco reflectante y un arnés de seguridad anclado al poste. Por el bien de la población civil de las Highlands, te declaro oficialmente en cuarentena bailable.