15 · LEIRE
E l recinto de la feria del condado es un hervidero de vecinos, olor a fritanga y música de gaitas que compite con el bramido de los altavoces de la organización.
Moira clava el freno de mano de su coche en mitad del descampado de hierba habilitado como aparcamiento, provocando un traqueteo seco en el salpicadero, y se gira hacia mí con una sonrisa de puro entretenimiento.
Lleva toda la mañana pinchándome, disfrutando del viaje como quien va al cine a ver una comedia de enredo, perfectamente consciente de que estoy contando los minutos para ver a Duncan en acción.
—Venga, abajo —dice, dándole un toque al volante con las palmas de las manos—.
Vamos a buscar sitio en la grada antes de que empiece el lanzamiento de tronco, que este año Duncan defiende título y el pueblo entero ha venido a ver si muerde el polvo.
A ver qué cara se te queda cuando lo veas en acción.
—Estoy tranquila, Moira —le respondo, intentando mantener la voz lo más nivelada posible mientras recojo mi bolso—. Solo tengo curiosidad por ver cómo funciona una feria tradicional escocesa. Tampoco es para tanto.
—Sí, claro, y yo nací ayer en mitad de un campo de nabos —se burla ella, bajándose del coche de un salto—. Corre, muévete, que como nos toque ponernos al fondo no vas a distinguir a Duncan de los maderos.
Caminamos entre los puestos de pasteles de carne, las carpas de lona azul que venden herramientas agrícolas y las vallas de madera que delimitan el terreno central.
El viento de la mañana sigue soplando con fuerza, arrastrando el olor a hierba pisoteada, estiércol cercano y el murmullo constante de la megafonía local que anuncia las categorías de ganado ovino.
Nos acomodamos en la parte media de la grada de madera, un armatoste de tablones que cruje bajo el peso de los lugareños y que está abarrotado de gorras de lana, chaquetas enceradas y termos de café humeante.
—¿Siempre se llena tanto esto? —pregunto, volviéndome hacia un señor mayor que comparte banco con nosotros y que no para de limpiar sus gafas con un pañuelo de cuadros.
—Todos los años —responde el hombre, metiéndose en la conversación sin levantar la vista de su tarea—. Si compite Duncan, medio condado viene a ver si revalida el título. Ese chico tiene una fuerza que no es normal.
—¿Veis? Hasta Donald sabe de lo que hablo —apunta Moira, guiñándome un ojo con picardía—. Toda una celebridad local tu héroe del páramo.
En el centro de la pista, un grupo de hombres corpulentos, vestidos con camisas de franela y botas embarradas, se junta para descargar los enormes troncos de pino de la parte trasera de un tractor con remolque.
Entre ellos destaca Duncan. Al contrario que en mis fantasías, donde me lo imaginaba concentrado, con la mirada perdida en el horizonte, taciturno y cargando con el peso del aislamiento sobre los hombros, él se muestra de lo más relajado.
Bromea con un competidor pelirrojo que le da una palmadita en la espalda, señala el suelo con la bota comentando algo entre risas y saluda con la mano a varios vecinos de las primeras filas.
—Mira, ahí está —comenta Moira, señalando hacia el grupo con un gesto de la cabeza—. Parece que la presión del trofeo no le quita el sueño.
—Es una estrategia de libro —le digo, observando fijamente cómo Duncan se ríe con el pelirrojo—. La procesión va por dentro. Los hombres como él recurren a la camaradería para camuflar el verdadero peso de la tensión antes de una prueba.
Moira se da la vuelta en el banco de madera y me mira fijamente, arqueando una ceja antes de soltar una carcajada limpia.
—¿Camuflaje? A mí me parece que se está riendo del chiste que le acaba de contar Fergus, pero aceptamos tu versión dramática.
Al cabo de unos minutos, mientras estira los hombros antes de la prueba, Duncan gira la cabeza hacia la grada y sus ojos se cruzan con los míos.
El impacto es instantáneo. Es evidente que ha necesitado buscarme entre la multitud para asegurarse de que estoy aquí, apoyándolo desde el anonimato antes de enfrentarse a la gran ordalía de la jornada.
Sostengo la mirada con fijeza dramática, asintiendo levemente en un gesto de comunión absoluta, pero él ya se ha vuelto hacia el juez de campo con una indiferencia tan perfectamente fingida que casi me resulta admirable.
—¿Te has quedado muda o es que estás calculando el diámetro de sus bíceps?
—se burla Moira a mi lado, dándome un toque en el hombro al ver que no aparto los ojos de la pista—.
Venga, relaja la vista un poco, que como sigas mirándolo así le vas a hacer un agujero en la nuca antes de que empiece el concurso.
—Solo observo el ambiente —le respondo, cruzándome de brazos y levantando la barbilla para mantener la dignidad.
Abajo en el terreno central, el murmullo del graderío decae de golpe y la megafonía local carraspea para anunciar el inicio de la categoría absoluta. Un competidor enorme de pelo rapado y hombros como vigas se adelanta y se coloca frente al primer madero, pidiendo tiza para las manos.
—Ese es el famoso chaval de los Miller —comenta Moira, inclinándose hacia delante para apoyar los codos en las rodillas—. El que decían que venía del sur a dar la sorpresa y a quitarle el sitio a Duncan. A ver si es verdad que tiene tanta espalda como presume su familia.
El tal Miller se agacha, abraza la base del tronco con un rugido de esfuerzo que reverbera en los tablones de nuestra grada y, tras balancear el peso con una mueca de dolor puro, lanza la mole hacia el cielo.
El madero gira con fuerza en el aire, pero una racha de viento lo desvía en el último segundo, haciendo que caiga inclinado hacia la izquierda contra la hierba con un impacto sordo que levanta un trozo de césped.
Los jueces corren a medir la posición de la caída tomando como referencia el reloj imaginario del suelo.
—¡A las once! —anuncia el altavoz de la organización con voz metálica.
No tengo ni la más remota idea de qué significa ese número ni por qué los jueces corren con una cinta métrica como si aquello fuera una obra en construcción, pero mi radar de lectora se activa al instante.
En cualquier novela que se precie, el torneo siempre arranca igual: un secundario tosco y gigantón abre la exhibición haciendo una demostración mediocre para aburrir al público y preparar el terreno.
Es pura estructura. El primer rival solo existe para que la entrada del verdadero protagonista resulte el triple de espectacular.
—Menudo fiasco —comenta Moira a mi lado, soltando una risita al ver los aspavientos de frustración del chaval del sur—. Le ha dado un tembleque en las piernas justo al soltar el peso que casi lo tumba a él también contra el barro. Duncan no va a tener ni que esforzarse para revalidar el título.
Cierro la boca y asimilo el dato en silencio.
En mi fuero interno, las palabras de Moira se transforman al instante en la profecía definitiva.
Por supuesto que no va a tener que esforzarse.
El héroe de la historia nunca suda ni titubea frente a los peones mundanos; su victoria está escrita en las estrellas antes de tocar la arena.
Sin embargo, el destino decide poner a prueba mi paciencia, porque la gran entrada del protagonista se hace rogar.
Durante la siguiente media hora, me toca tragarme un desfile interminable de marcas mediocres mientras el sol de la mañana intenta filtrarse sin éxito entre las nubes oscuras, tiñendo el descampado de un color grisáceo y frío.
La grada aplaude de forma educada cada madero que cae torcido a las diez o a las dos, pero mi atención sigue clavada abajo.
Duncan espera pacientemente su turno sentado en un banco de madera cercano al tractor.
Bebe agua a pequeños tragos de una botella de plástico y conversa con el pelirrojo Fergus con total tranquilidad.
Esa calma suya solo demuestra la sangre fría de los hombres de su estirpe.
Mientras el resto de los mortales se desesperan por el torneo, él aguarda su momento sin un solo síntoma de flaqueza, por encima de las apuestas y del mundanal ruido de la feria.
—Venga, atenta, que ya va —me avisa Moira, dándome un codazo para que espabile—. No parpadees, Leire, que te has pasado toda la mañana esperando a que salga tu chico y ahora te vas a perder el tiro.
El silbato del juez da tres pitidos cortos y el nombre de Duncan resuena en los altavoces.
El graderío enmudece por completo. Duncan se levanta, se saca las manos de los bolsillos y camina hacia el centro de la explanada de hierba con paso firme.
Se coloca frente al madero gigante, el más pesado de la tanda, y se toma unos segundos para fijar los pies en la hierba pisoteada, buscando un apoyo firme en el suelo.
Se agacha con una técnica impecable, equilibra la base del tronco sobre sus manos entrelazadas y, con un solo movimiento fluido y potente, lanza la mole hacia el cielo.
El madero describe una parábola perfecta en el aire, gira sobre sí mismo sin que el viento logre desviarlo un solo centímetro y cae clavado con una verticalidad absoluta.
—¡Las doce en punto! —brama la megafonía.
La grada estalla en vítores y aplausos entusiastas, con los vecinos puestos en pie celebrando la marca.
Duncan no hace aspavientos heroicos ni busca el aplauso fácil; simplemente se limpia los restos de corteza en los pantalones, se acerca a la mesa de los jueces para recoger su mochila y acepta una botella de agua que le tiende uno de los organizadores.
Antes de dar el primer trago, Duncan levanta la botella de agua con la mirada fija en mi zona de la grada.
Un escalofrío me recorre la espalda de inmediato.
Para mí es un brindis secreto, una señal de complicidad que me envía por encima de la multitud.
Es su manera de reconocer el hilo invisible que nos une desde que compartimos aquel refugio en mitad de la tormenta, dedicándome la victoria del torneo.
La competición termina y Duncan se alza con el primer puesto de su categoría sin un solo fallo.
Cuando el público empieza a dispersarse hacia la zona de los puestos de comida y las carpas de cerveza, Moira me agarra con firmeza de la manga y me arrastra hacia la valla perimetral de madera, justo en el momento en que Duncan se acerca a recoger sus cosas del suelo.
—¡Enhorabuena, campeón! —le grita Moira con desparpajo, apoyándose en la barandilla—. Menudo viaje le has dado al pino. Ya pensábamos que este año te quitaban el puesto los del sur.
Duncan se endereza al escuchar la voz de Moira y se gira hacia nosotras, sonriendo con franqueza al vernos asomadas a la barandilla. Está visiblemente sudado y se le nota el cansancio normal de haber pasado la mañana compitiendo bajo el viento.
—Gracias, Moira. El terreno estaba un poco blando por la lluvia de anoche, pero al final ha salido bien —responde con su voz tranquila de siempre, colocándose la tira de la mochila al hombro antes de fijar sus ojos en mí durante un breve segundo—. Hola, Leire. Gracias por venir.
Tres palabras. «Gracias por venir». El impacto me cala hasta los huesos con la contundencia de un punto y aparte.
No hay adornos, ni florituras, ni ninguna de esas largas declaraciones de amor que llenan las páginas de mis libros impresos, pero la economía verbal de este hombre tiene una fuerza devastadora.
Siento que la frecuencia cardíaca se me dispara mientras desgloso la frase en mi fuero interno.
Es una confirmación absoluta. Al pronunciar mi nombre con esa cadencia pausada, me está otorgando un estatus especial frente al gentío; es el reconocimiento implícito de que mi presencia en la grada ha sido su verdadero amuleto de la suerte durante la competición.
Mientras el resto del mundo solo ve una despedida educada entre un lugareño y una turista de paso, yo percibo la gravedad oculta de un mensaje cifrado.
Me está diciendo que valora el esfuerzo de estar aquí, que la distancia impuesta por las circunstancias no ha diluido el peso de lo que compartimos y que existo en su mapa mental de una forma prioritaria.
Antes de que pueda articular una respuesta poética que esté a la altura de semejante declaración, un hombre con un chaleco reflectante de la organización se acerca a Duncan a toda prisa, dándole unos golpecitos urgentes en la espalda para llamar su atención.
—¡Duncan, muévete! —le grita el hombre—. Tienen a los patrocinadores listos para la foto oficial junto al podio y luego hay que ayudar a cargar los troncos sobrantes en el remolque del tractor antes de que anochezca y nos pille el frío. ¡Vamos, que no tenemos toda la tarde!
Duncan asiente con una mueca de resignación laboral y vuelve a mirarnos a las dos, dando un paso hacia atrás de forma totalmente natural, arrastrado por sus obligaciones cotidianas de hombre de campo.
—Tengo que irme ya —nos dice, ajustándose la mochila—. Nos vemos luego por el ceilidh si os animáis a venir. Habrá buena música hoy en la carpa principal.
—Allí estaremos sin falta —responde Moira por las dos, despidiéndose con la mano—. Ve a hacerte las fotos, campeón, no hagas esperar a la prensa local.
Duncan se despide con un rápido ademán de la mano, dándose la vuelta al instante para mezclarse entre sus compañeros de la organización.
Moira tira de mi manga hacia los puestos de comida, parloteando ya sobre si probamos las salchichas de la organización o esperamos a la carpa de más arriba, pero yo camino un paso por detrás, todavía anclada a esas tres palabras.
Gracias por venir. Le doy vueltas una y otra vez, puliendo cada sílaba como si fuera una piedra preciosa recién extraída de la tierra, hasta que cualquier resquicio de duda queda completamente enterrado bajo el peso de mi propia certeza.
Los hombres como Duncan no necesitan discursos larguísimos ni cartas de amor cursis; su lenguaje es el silencio elegante, la economía justa de quien lo dice todo sin decir apenas nada.
Esta noche, en el ceilidh, con la música y las luces de por medio, no me cabe duda de que por fin va a atreverse a decir algo más.