La estafa de las Highlands 14 · LEIRE #2
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14 · LEIRE #2

—¡Está demasiado lejos, el coche se ha quedado muy abajo! —grita Duncan, apareciendo a mi lado entre la cortina de granizo y agarrándome firmemente del brazo para que no pierda el equilibrio—. ¡La tormenta ha entrado con demasiada fuerza! ¡Tenemos que correr hacia la cabaña!

Me tiembla todo el cuerpo y los dientes me castañean de forma descontrolada, pero por dentro siento un chispazo de triunfo absoluto porque, contra todo pronóstico, la tormenta nos está empujando derechos al escenario clásico de mis novelas.

Duncan me guía a trompicones por el sendero embarrado, sujetándome con fuerza mientras el temporal nos azota la espalda con saña.

Divisamos la silueta de la cabaña de piedra entre la cortina de agua, una construcción rústica y oscura que se recorta contra el páramo gris.

Duncan empuja la pesada puerta de madera con el hombro, me mete dentro de un tirón y cierra el pesado cerrojo tras de sí, dejando el estruendo del vendaval al otro lado de los muros.

La realidad del interior desmonta mis expectativas de golpe.

No hay ninguna chimenea encendida, ni velas aromáticas, ni una atmósfera acogedora que invite a la confidencia.

La cabaña es un espacio angosto, gélido y con un suelo de tierra batida que huele a humedad acumulada durante décadas.

La poca luz que entra por la única ventana cuadrada es gris, tétrica y mortecina.

Al intentar entrelazar las manos, noto los dedos tan entumecidos y rígidos por el frío que apenas consigo moverlos.

Con cada tiritón violento que me sacude el cuerpo, el romanticismo de la situación se va un poco más al traste.

El frío no es una sensación poética ni un telón de fondo sugerente; es un dolor físico y agudo que me atenaza los músculos de la espalda y las piernas.

Noto la cara completamente entumecida y los labios morados por el frío.

Me paso el dorso de la mano para quitarme el agua que me chorrea por la frente, pero al llegar a la altura de la nariz compruebo el desastre absoluto: el tacto viscoso delata que no es solo agua de lluvia lo que me cae por la cara.

Tengo un moco colgando, espeso y ridículo, fruto del bofetón térmico del páramo.

Cero glamour. Cero sensualidad. Soy un cuadro lamentable.

Duncan se quita su chaqueta impermeable, empapada por fuera, y la sacude contra el suelo antes de mirarme con el ceño fruncido, evaluando los daños con su habitual sentido práctico de hombre de montaña.

—Vaya locura, Leire. Te dije que el frío del norte aquí arriba no es ninguna broma. Estás temblando como una hoja —dice, cruzando el espacio hacia un arcón de madera carcomida que hay al fondo de la estancia.

Me abrazo con fuerza para frenar el temblor, ignorando el desastre de mis manos, y clavo la vista en Duncan esperando el milagro.

El guion de mis novelas exige que se acerque ahora mismo, que me rodee con su cuerpo para salvarme de la hipotermia y que nuestras miradas se crucen en mitad de la penumbra.

Estoy a un segundo de tener mi escena romántica perfecta.

Cierro los ojos, conteniendo la respiración, lista para el contacto.

Un bofetón de tejido pesado y áspero me cae de golpe sobre la cabeza, tapándome la vista por completo.

—Ponte esto por encima, te quitará la humedad —dice Duncan, alejándose de nuevo hacia el otro extremo de la cabaña.

Me retiro la manta de la cara con unos dedos torpes que apenas obedecen.

No es una manta de cachemira suave ni un edredón confortable de diseño escocés.

Es una vieja manta de cuadros, rígida, desgastada y que desprende un olor penetrante, denso y prehistórico a perro mojado y a lana rancia que me revuelve el estómago al instante.

Me la envuelvo alrededor del cuerpo como puedo, sintiendo el picor insoportable de la lana basta contra la piel desnuda del cuello y de las muñecas, mientras el jersey empapado sigue pegándoseme al cuerpo.

Duncan, lejos de sentarse a mi lado en el suelo para compartir el abrigo o rodearme con su cuerpo, toma asiento en un banco de madera a dos metros de distancia, completamente ajeno a las leyes de la tensión sexual no resuelta que rigen el universo.

Se saca un termo de acero de su mochila, le da un trago corto y me mira con total tranquilidad, apoyando los codos en las rodillas con un brillo de entusiasmo en los ojos.

—Ya que estamos aquí atrapados hasta que pase el temporal, es una oportunidad excelente para hablar de lo que me comentabas abajo en el patio —dice, mirándome fijamente—.

Te interesaba la fauna autóctona, ¿verdad?

Pues las Highland Coos son unos animales fascinantes, Leire.

La gente de fuera piensa que ese pelaje largo y el flequillo son solo una peculiaridad estética, pero es un sistema de doble capa único en el mundo.

La capa exterior es completamente grasa para repeler el agua de la lluvia, y la interior es pura lana cerrada para mantener la temperatura corporal intactas en inviernos tan duros como este.

Me quedo mirándolo fijamente desde mi rincón, empaquetada como un fardo en una manta vieja que huele a canino empapado, con los labios temblando y limpiándome la nariz con disimulo con una esquina del tejido, mientras el hombre de mis sueños me da una chapa zoológica magistral sobre la resistencia térmica de las vacas escocesas en mitad de un vendaval que amenaza con tirar el techo abajo.

La literatura me ha vuelto a estafar.