14 · LEIRE
E l comedor del Rusty Thistle huele a café recalentado y a tostadas quemadas.
Remuevo los restos de mi taza con la cuchara, reviviendo el bochorno de anoche y deseando que la tierra me trague de una vez por todas.
La puerta batiente que conecta con la cocina se abre y Moira sale al comedor, gritándole un último «hasta luego» a Alistair antes de dejar que la hoja de madera se cierre.
Al verme, frena un momento el paso, se acerca hacia mi mesa con naturalidad y toma asiento en la silla de enfrente.
Se apoya en el respaldo y me mira con una mezcla de simpatía y curiosidad.
—Menudo espectáculo el de anoche en el bar —suelta—. Duncan parecía estar convencido de que te pasaba algo grave. ¿Qué tal estás hoy?
—Con ganas de desaparecer —le respondo, manteniendo la vista fija en mi taza—. Siento mucho el revuelo que se armó.
Moira esboza una sonrisa, restándole importancia con un gesto. Mira un segundo hacia la ventana, donde los cristales ya empiezan a vibrar por los primeros golpes de viento.
—No te preocupes por eso. Él es así, se preocupa por todo el mundo, pero hoy sí que va a tener que correr de verdad. Acaban de activar una alerta por tormenta de las gordas para esta tarde y se va a liar una buena. Como el temporal entre de golpe, le va a pillar en mitad de la colina.
—¿Por qué? —pregunto, entornando los ojos de forma inocente—. ¿Tiene que salir a algún sitio con este tiempo?
Moira me mira un segundo, asombrada por mi ignorancia, antes de caer en la cuenta de mi procedencia.
—Ah, claro, que tú no sabes cómo va esto.
Duncan gestiona las tierras y el ganado de la finca grande de aquí arriba.
Las ovejas no entienden de alertas meteorológicas, Leire.
Cuando entra un temporal del norte, hay que subir pitando a la parte alta a recoger a las que se quedan descolgadas por los acantilados.
Si las dejas allí arriba con el vendaval, el frío las tumba o se despeñan.
—¿Andando? —inquiero, asimilando la información a toda velocidad.
—No, sube con el todoterreno hasta donde se puede y luego sigue a pie con los perros —explica, acomodándose en la silla—.
El problema es que toda esa zona alta es un páramo completamente abierto y expuesto al viento.
El único sitio donde meterse si el temporal te pilla lejos del coche es la cabaña de pastores.
—¿Qué cabaña?
Moira se inclina un poco hacia la mesa, bajando el tono con una sonrisa cómplice.
—Una construcción de piedra vieja que hay cerca de los acantilados.
Está equipada para emergencias con leña y mantas.
Si te pilla la tormenta, te metes dentro, echas el cerrojo y a esperar que amaine bien abrigado.
Vamos, el lugar perfecto para una tórrida escena de amor entre una pareja si les sorprende el temporal: solos, mojados, dándose calor el uno al otro…
—me guiña un ojo, levantándose de la silla—.
Pero bueno, esperemos que a Duncan le dé tiempo a bajar el ganado antes de que rompa el temporal.
Me quedo quieta, con los dedos alrededor de mi taza, mientras mi cabeza se pone en marcha a mil revoluciones por minuto.
Una tormenta salvaje en mitad de Escocia, el aislamiento forzado en una construcción de piedra, el frío obligándonos a compartir el espacio...
Es el escenario clásico del capítulo central de cualquier novela que se precie.
El destino me está regalando la oportunidad perfecta en bandeja de plata para enterrar el ridículo de anoche. Solo tengo que jugar bien mis cartas.
Moira camina hacia la salida del comedor, pero se detiene antes de cruzar el pasillo y se gira a mirarme con las manos en los bolsillos.
—Tengo que pasar con el coche cerca de su finca para volver a mi granja —deja caer, con una naturalidad impecable—. Si te apetece subir a ver cómo es el páramo de verdad y quizá echarle una mano, te podría acercar en un momento. Seguro que a Duncan le viene bien algo de ayuda hoy.
—Te lo agradezco mucho, Moira —le respondo, forzando una voz calmada para disimular el vuelco que me acaba de dar el corazón—. Me vendrá bien salir un rato.
Subo corriendo a la habitación a coger mis cosas y al bajar me detengo un segundo en el recibidor.
Miro el impermeable amarillo que está colgado en el perchero y decido dejarlo allí.
Una protagonista empapada y desvalida despierta el instinto protector de cualquier héroe, mientras que una turista con un chubasquero normal y corriente no tiene ninguna gracia.
Veinte minutos después, Moira detiene el motor cerca de las naves principales de la finca.
Las copas de los árboles ya se agitan con fuerza bajo un cielo gris y plomizo, y el silbido del viento contra las estructuras metálicas se mezcla con el pateo inquieto de los animales resguardados en el interior.
A través del parabrisas se distingue la silueta de Duncan, que trabaja junto al todoterreno en uno de los cobertizos abiertos.
—Ahí lo tienes —dice ella, señalando con la barbilla hacia él—. Suerte con las ovejas.
Se despide con un rápido ademán y yo me bajo del coche.
En cuanto Moira arranca de nuevo y me quedo sola en mitad del camino de gravilla húmeda, el eco de un traqueteo metálico constante me llega desde el cobertizo.
Camino hacia allí, ensayando mi mejor sonrisa de visitante amable y totalmente desinteresada, y rompo el hielo antes de que se dé cuenta de mi presencia.
—Hola, Duncan —digo, suavizando el tono para no sobresaltarlo.
Se gira de golpe, abriendo mucho los ojos al verme aparecer. Da un paso hacia mí, dejando caer las cadenas con un ruido metálico que resuena en todo el patio.
—Leire —pronuncia, aclarándose la garganta—. Vaya. Quería pedirte disculpas por lo de anoche. Me volví loco en el bar pensando que te pasaba algo grave y monté un número ridículo. Siento haber salido corriendo.
—No te preocupes por eso, por favor —lo interrumpo con rapidez, agitando la mano para restarle importancia—.
Lo de anoche fue una tontería y no vale la pena seguir dándole más vueltas.
Venía porque Moira me ha dicho que vas a subir a por las ovejas antes del temporal; déjame ir contigo y te echo una mano.
Así aprovecho para conocer más de la fauna autóctona de aquí. Prometo no estorbar en absoluto.
Duncan se me queda mirando, asimilando la propuesta mientras sostiene las cadenas en sus manos. Desvía un segundo la mirada hacia las nubes oscuras que avanzan por el horizonte y luego vuelve a fijarse en mí, esbozando una sonrisa de medio lado.
—Bueno... no me vendrá mal un segundo par de ojos allá arriba para vigilar que ninguna rezagada se desvíe hacia los acantilados cuando empecemos a agruparlas. Pero tenemos que movernos ya. Súbete al todoterreno mientras termino de enganchar esto.
—Perfecto, te espero dentro —le respondo, conteniendo a duras penas las ganas de dar un salto de alegría allí mismo.
El motor del todoterreno ruge con fuerza mientras enfilamos la pista de tierra que sube hacia los páramos altos, dejando atrás las naves de la finca para adentrarnos de lleno en el terreno abierto.
El paisaje se vuelve más salvaje y árido a cada kilómetro, con los pastos amarillentos agitándose violentamente bajo un cielo que ya es de color carbón.
Duncan conduce en silencio, con las dos manos fijas en el volante, esquivando las rocas del camino.
Cuando bajamos del vehículo en la explanada del páramo alto, el viento me pega el primer bofetón directo en la cara, descolocándome el pelo por completo y cortándome la respiración durante un segundo.
Duncan rodea la carrocería con paso rápido, abre el portón trasero del todoterreno y desengancha la rejilla para liberar a los perros, que saltan a la gravilla sacudiéndose el lomo.
Acto seguido saca un silbato, da tres pitidos cortos y los animales salen disparados como centellas para rodear al rebaño, que bala desorientado buscando el abrigo de las rocas.
—¡Ayúdame a cerrar el flanco izquierdo, Leire! —me grita por encima del estruendo del viento, señalando una loma—. ¡Que no se desvíen hacia la zona del barranco!
Asiento a lo loco, pero la realidad me pasa por encima al segundo.
No tengo la más mínima idea de cómo se frena a cincuenta ovejas desbocadas.
Corro hacia la loma resbalando en la hierba húmeda, agitando los brazos como un espantapájaros y pegando gritos absurdos que el viento me mete de vuelta en la garganta.
Los animales, lejos de obedecerme, me esquivan con total facilidad, balando en mi cara mientras se dispersan por la ladera.
Duncan tiene que silbarle dos veces a uno de los perros para que venga a corregir mi desastre, lo que ralentiza todo el proceso de forma maravillosa.
Miro hacia el todoterreno, que cada vez queda más abajo, y sonrío para mis adentros mientras una ráfaga helada me azota la nuca; mi absoluta incompetencia rural está estirando los minutos mejor que cualquier plan calculado.
—¡Leire, regresa al coche! ¡Esto se nos viene encima ya! —me llega su grito desde la distancia, acompañado por el gesto urgente de su brazo.
Miro hacia arriba y el cielo parece desplomarse de golpe.
Ya no es la lluvia fina y sugerente de las películas de Hollywood que genera una atmósfera melancólica.
Lo que nos cae encima es un vendaval helado y violento, un muro de agua mezclada con granizo que golpea como perdigones contra la piel.
El frío me corta el aire al instante. Intento dar un paso en dirección al coche, pero el viento sopla con tanta fuerza que casi me tira hacia atrás.
Mi jersey se empapa en un suspiro, pegándoseme a la piel como una capa de hielo que me hace temblar de arriba abajo.