13 · TEO
A l final, la cita dura exactamente lo que tardan en asentarse los efectos de la tila.
Desde mi taburete en la barra, veo cómo Duncan, todavía pálido y con el cuerpo cortado tras el sofoco, se marcha de la mesa visiblemente abochornado por el número que ha montado él solo.
Recoge su abrigo del respaldo con gestos torpes, da media vuelta y enfila la puerta de salida a grandes zancadas.
En la mesa de al lado, los hombres que juegan al dominó lo siguen de reojo mientras retoman su partida, comentando la espantada entre dientes.
Leire se queda completamente sola en el banco, sin moverse un milímetro, contemplando la taza humeante que le he dejado y los dos vasos de whisky intactos como si deseara que la tierra se la tragase allí mismo.
A mi lado, en la barra, Moira se dobla hacia delante, ahogando las carcajadas con los nudillos metidos en la boca para no montar un escándalo. Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y me da un codazo en el brazo.
—Dime que lo has grabado, por lo que más quieras —consigue articular, jadeando por la falta de aire—. ¡Qué barbaridad! Pensé que acababa llamando a un helicóptero de rescate. ¿Tú has visto qué cara ha puesto?
Suelto una risotada floja entre dientes y niego con la cabeza, dándole un trago corto a mi cerveza.
—Se ha asustado de verdad, Moira. Estaba blanco. Pensaba que se le quedaba allí tiesa.
—¡Es que se ha quedado rígida como un palo! —insiste ella, volviendo a soltar un bufido cómico—. Se le saltaban los ojos y torcía el labio de una manera que yo tampoco sabía dónde mirar. Vaya cuadro, de verdad.
Vuelvo a mirar hacia el fondo del pub. Leire sigue allí quieta, con la cabeza gacha y los hombros caídos en mitad de la mesa, una figura diminuta e indefensa rodeada por el barullo ajeno de los grifos de cerveza y las conversaciones cruzadas de los lugareños.
Se queda tan al margen de todo, tan encogida frente a esos dos vasos de whisky intactos, que la diversión de la barra se me apaga por completo.
Me entra un ramalazo de incomodidad que me quita las ganas de seguir con el vacile; al fin y al cabo, está sola en este rincón del mapa y compartimos pasillo en el hostal.
Miro a Moira, muevo la cabeza y dejo la pinta sobre el mostrador con un golpe seco.
—Creo que nos estamos pasando —le digo, bajando el tono de voz—. Tampoco es plan de reírse tanto de la pobre.
Moira me mira de reojo y arquea las cejas al notar el cambio en mi tono.
—¿Te da pena? Pero si ha sido buenísimo, Teo.
—Ya, pero se quería morir ahí mismo —le respondo, ajustándome los hombros de la cazadora—. Ya ha tenido bastante por hoy, déjala ya, anda.
Moira resopla, concediendo una tregua piadosa, aunque la comisura de los labios le sigue temblando.
—Vale, vale, no digo nada. ¿Qué vas a hacer?
—Sacarla de aquí, que la pobre no sabe dónde meterse.
Me bajo del taburete y camino hacia el fondo, esquivando un par de mesas bajas. Voy directo a su mesa, pero Leire se levanta antes de que llegue. Recoge sus cosas a toda prisa y enfila el pasillo con la cabeza baja, esquivando las miradas con unas ganas tremendas de desaparecer por la puerta.
La intercepto a mitad de camino, tocándole el brazo con suavidad para que se detenga. No levanta la cabeza; se queda mirando fijamente sus botas y aprieta los dientes con fuerza, como si estuviera esperando que le suelte la pulla definitiva de la noche para terminar de estallar.
—Venga, anda —le digo con suavidad, pasándole el brazo por encima de los hombros sin apretar, solo para marcar el paso y sacarla de allí—. Vamos para el hostal.
Leire no dice ni una sola palabra. Se deja guiar hacia el exterior sin rechistar, con la mirada perdida en el suelo.
Salimos a la calle y el aire gélido nos pega en la cara de golpe, un bofetón de frío que limpia el olor a comida y cerveza densa que traíamos pegado de dentro.
Caminamos por la calle principal, bajo un cielo cerrado que amenaza con descargar agua en cualquier momento sobre los tejados de pizarra.
A estas horas ya no queda nadie cruzando las esquinas y el único ruido que se escucha es el eco de nuestras propias pisadas contra el asfalto húmedo.
Leire va encogida, metiendo la barbilla dentro del cuello del jersey, tiritando un poco por la tensión que lleva acumulada.
—Si vas a soltar algún chiste, hazlo ya y acabamos antes —suelta de repente, con la voz rota, sin levantar la vista de la acera.
Me meto las manos en los bolsillos de la cazadora y suelto un soplido que forma una nube blanca en el aire.
—¿Qué chiste voy a hacer, Leire? Bastante tienes ya con lo tuyo. Menudo susto se ha llevado el chaval. Pensaba de verdad que te pasaba algo grave.
—Quería que fuera una mirada sugerente —murmura en un hilo de voz, y noto cómo se le escapa un suspiro de absoluta frustración—.
En las novelas funciona. Las protagonistas miran así, fijamente, y ellos caen rendidos.
¿Cómo iba a saber yo que este tío se iba a pensar que me estaba dando un derrame cerebral?
Es que todo me sale al revés en este maldito sitio, Teo.
Miro de reojo hacia las ventanas oscuras de la hilera de casas de piedra, recortando el paso para adaptarme al suyo.
—Bueno, es que la gente de carne y hueso se asusta cuando alguien se le queda mirando sin pestañear y mordiéndose el labio en mitad del silencio. Duncan es un trozo de pan y se preocupa por todo, Leire. Bastante que ha mantenido la calma y no ha llamado a urgencias del tirón.
—No te rías, por favor —me pide, dándome un codazo flojo en la costilla, aunque el tono ya no es tan trágico, sino más bien de pura impotencia—. No tiene ninguna gracia. Mañana lo va a saber todo el pueblo. Moira se lo va a contar hasta a las ovejas.
—Moira se ha reído porque es una bruta y le va la marcha, pero no tiene mala leche, de verdad. Y los del pueblo tienen cosas más importantes que hacer que andar cotilleando sobre lo que pasa en el pub. Intenta ver el lado bueno del asunto, anda.
Leire frena en seco bajo la luz de una farola y me mira por fin a los ojos, con el ceño fruncido y los mofletes colorados por el frío.
—¿Qué lado bueno puede tener que el hombre que me gusta piense que tengo un problema neurológico, Teo? Explícamelo, porque no lo veo.
—Pues que ahora sabe perfectamente quién eres —le digo, parándome a su lado con tranquilidad—.
Ayer eras solo la turista de Barcelona que venía a pasar unos días y que no sabía subirse a un caballo.
Hoy eres la tía que casi le provoca un infarto de la impresión en mitad del bar.
Duncan no se va a olvidar de ti en la vida, eso seguro.
Y además, se siente culpable por haber salido corriendo.
En cuanto se le pase el apuro y vea que estás bien, va a estar deseando compensarte por el chasco de la cita.
Leire se me queda mirando unos segundos, parpadeando despacio, como si estuviera encajando mis palabras en su cabeza. Noto cómo la tensión de los hombros empieza a aflojársele y la mandíbula ya no parece estar tan rígida.
—¿De verdad lo crees? —pregunta, bajando la guardia.
—Claro que sí. Anda, tira para adelante, que nos vamos a quedar congelados aquí parados.
Llegamos al Rusty Thistle sin más palabras. La veo subir los escalones y desaparecer hacia su habitación, y me quedo un rato plantado en la calle, pensando que a este paso me va a tocar hacer de niñero de la turista más desastrosa de las Highlands — y que, para variar, no me importa lo más mínimo.