La estafa de las Highlands 12 · LEIRE
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C ierro la puerta del copiloto con un golpe seco y me desplomo contra el asiento de la Berlingo, escondiendo la cara entre las manos mientras el plástico del impermeable cruje contra la tapicería.

Teo arranca el motor, mete primera y gira el volante para salir del patio de las cuadras, dejando atrás el grupo de turistas y las carcajadas de Moira.

El silencio en el habitáculo es denso, roto únicamente por el zumbido del motor y el goteo constante del agua que resbala por mi pelo.

—Bueno —suelta Teo, echándole un vistazo rápido al retrovisor antes de enfilar la carretera local—. Al menos el abrigo ha aguantado el agua. Podría haber sido peor, Leire. Podrías haberte caído de frente y ahora llevarías la cara del mismo color que la grupa del bicho ese.

—No tiene ninguna gracia, Teo —consigo decir con un hilo de voz, mirando fijamente las rejillas del salpicadero—. He hecho el ridículo más espantoso de mi vida delante de Duncan. Y delante de todo el grupo de la ruta, andando en círculos y braceando como una loca.

Teo se estira un poco y enciende la calefacción a tope. Un chorro de aire caliente empieza a salir con fuerza, golpeándome las manos húmedas.

—A ver, un poco de ridículo sí que ha sido, no te lo voy a negar —comenta con su parsimonia habitual, manteniendo la vista en el asfalto—.

Pero los guiris se olvidan de estas cosas en cuanto vean una foca en el puerto.

Y Duncan es un trozo de pan, no te lo va a tener en cuenta.

Eso sí, lo de que montabas a menudo en Barcelona...

¿de dónde te lo sacaste? Si se notaba a tres leguas que no habías visto un estribo ni en pintura.

—¡Es que en los libros parece mucho más fácil!

—me defiendo, cruzándome de brazos con indignación—.

Las heroínas se montan de un salto sin despeinarse, se acomodan las faldas de terciopelo y el caballo sale al galope de inmediato.

¿Cómo iba a saber yo que el Connemara se iba a mover antes de tiempo?

Teo suelta una carcajada limpia que hace vibrar el volante.

—Los libros hacen mucho daño, Leire. Los bichos de aquí pesan lo suyo y tienen sus propias ideas sobre quién se les sube encima. Anda, mírale el lado bueno: el coche de Duncan se ha salvado de oler a cuadra y tú vas caliente.

El trayecto hasta el pueblo se me hace eterno, pero el calor de la furgoneta y el tono llanote de Teo consiguen, al menos, que el nudo del estómago empiece a aflojarse. Cuando la Berlingo frena frente al hostal, me quito el cinturón de seguridad y le dedico una mirada de sincero agradecimiento.

—Gracias por el manguerazo, Teo. Y por traerme.

—De nada. Sube a la habitación, date una ducha caliente y cámbiate de ropa antes de que te resfríes. ¡Nos vemos!

Subo las escaleras del alojamiento de Alistair arrastrando las botas de montaña y me encierro en la habitación número tres.

Me despojo del impermeable húmedo, me pego una ducha rápida con el hilo de agua templada que ofrece el baño y, en cuanto me coloco un jersey limpio y seco, me desplomo en la cama con el teléfono móvil en la mano.

Necesito asistencia internacional con urgencia.

Busco el contacto de Carla y pulso el botón de llamada.

La pantalla parpadea un segundo antes de conectar. Al otro lado de la línea, el rostro enérgica de mi amiga aparece en primer plano, iluminado por esa luz pálida de Bergen que tan bien conozco.

—¡Leire! —exclama Carla, pegando la cara a la cámara en cuanto se abre la imagen—. Al fin das señales de vida, tía. ¿Qué tal se está en el norte? ¿Has encontrado ya a tu highlander o sigues congelándote en ese hostal del demonio?

A través del ventanal que queda a sus espaldas, se intuye la silueta grisácea del fiordo bajo un cielo encapotado.

Verla en la tranquilidad de su cocina nórdica, tan lejos de mi hostal helado, hace que me entre el doble de lástima de mí misma.

Al escuchar su voz, toda la contención de la mañana se va directamente al traste.

Rompo a llorar de forma ruidosa, tapándome la cara con las manos mientras Carla parpadea en la pantalla, asustada por mi reacción.

Entre sollozos, sorbiendo por la nariz y de la forma más atropellada posible, le suelto un resumen caótico de mis últimas veinticuatro horas en Escocia: le hablo de Duncan, el hombre que parece sacado de mis portadas literarias; de la cena de anoche en el pub donde me inventé que era una amazona experta de Barcelona para impresionarlo; y, finalmente, del desastre absoluto que acaba de ocurrir hace una hora en el patio de las cuadras.

—Espera, espera... ¡Frena un momento! —me corta Carla, abriendo los ojos como platos—. ¿Me estás diciendo que te has caído de espaldas en una bosta de caballo enorme en mitad del patio? ¿Delante de doce turistas con los móviles grabando y del highlander empotrador?

—¡Sí! Una caída limpia, directa y con todo el peso de mi cuerpo —protesto, hundiendo la cabeza en la almohada con desesperación—.

Quiero que me trague la tierra ahora mismo, Carla.

Sentía la humedad pastosa filtrándose por la solapa del impermeable mientras los guiris me grababan para sus redes sociales.

Y para colmo, Teo ha tenido que darme un manguerazo en mitad del patio para quitarme lo gordo antes de moverme de allí.

—¿Espera, frena un momento? —me interrumpe Carla de golpe, pegando la oreja a la pantalla con los ojos entrecerrados—. ¿Quién narices es Teo? ¿Me he perdido un capítulo o qué? ¿De dónde ha salido ese chaval?

—Un guía turístico de aquí del pueblo que también lleva el mantenimiento de mi hostal —le aclaro a toda prisa, resoplando contra el colchón—. El único español en millas a la redonda. Llegó justo en su furgoneta cuando yo estaba tirada en el suelo y sacó una goma de agua.

—Ah, vale, un guía local —reacciona Carla, asintiendo lentamente mientras su cerebro de estratega romántica vuelve a ponerse a mil revoluciones—.

¡Pues con más razón! Borra ese drama de la cabeza ahora mismo.

Míralo con perspectiva literaria, tía. ¡Esto es oro puro!

Estás atrapada en el clásico giro dramático del segundo acto.

En todas las novelas de romance histórico que devoramos, la protagonista sufre una humillación pública colosal antes de que el héroe se dé cuenta de lo mucho que quiere protegerla.

¿Tú sabes la culpa que debe de estar sintiendo ese hombre ahora mismo?

Estará destrozado, pensando que su montura ha estado a punto de matar a la encantadora chica de Barcelona que visitaba sus cuadras.

—Carla, que olía a cuadra de mala manera y me han tenido que rociar con una manguera en mitad del patio antes de dejarme subir a la furgoneta —murmuro, aunque el tono de su voz empieza a inyectarme las primeras dosis de su optimismo ciego—.

Duncan me miraba con una cara de incomodidad que se quería morir.

—¡Exacto! Incomodidad caballeresca —insiste Carla, gesticulando con las manos frente a la cámara—.

Los hombres de verdad, los del norte, son súper primarios para eso.

No son como Borja y su postureo místico de las energías flotantes.

Duncan se siente el responsable directo de tu seguridad.

Ahora mismo debe estar haciendo la ruta con los turistas pero pensando únicamente en ti, imaginándote tiritando en la habitación del hostal, desvalida y desprotegida.

El estiércol es un detalle secundario que el cerebro masculino borra de inmediato ante el instinto de protección.

¿Llevas puesto el perfume caro que te regalé?

—Sí, me lo acabo de poner después de la ducha. Necesitaba quitarme el olor a bosta que se me quedó incrustado en la pituitaria, y no sé si lo conseguiré en mis próximas cinco reencarnaciones.

—Pues esta noche sales a reivindicarte. Tienes que volver a la carga con el arsenal pesado.

Cero chubasqueros, ropa de vestir, el pelo impecable y despliegas todas tus armas de mujer, Leire.

Esa es la teoría que tantas veces hemos comentado: hay que tumbar a cualquier laird por muy rústico que sea a base de pura actitud.

Acuérdate de mi revolución con Björn, que tuve que echarle ochenta mil ovarios para plantarme en Noruega.

Un porrazo en el barro no va a poder con una heroína de las Highlands. ¡Arriba ese orgullo!

Colgamos la videollamada y me quedo sentada en el borde de la cama, mirando de reojo el ventanal helado de la habitación.

Las teorías de Carla, por muy delirantes que parezcan en frío desde su fiordo, operan siempre una transformación milagrosa en mi mente.

Su entusiasmo es tan contagioso que la humillación de la mañana empieza a disolverse, sustituida por una imperiosa necesidad de venganza poética y dignidad recuperada.

La confirmación definitiva de la profecía de Carla llega a media tarde en forma de mensaje de texto. Al desbloquear la pantalla, el corazón me da un vuelco salvaje al leer el nombre del remitente: Duncan.

«Hola, Leire. Espero que estés mejor y hayas entrado en calor. Me he quedado muy preocupado por lo de esta mañana. ¿Te apetece que tomemos algo esta noche en el pub para compensarte por el chasco de la excursión?»

Suelto un chillido ahogado y lanzo el teléfono sobre las sábanas.

¡Carla tenía razón! Está devorado por la culpa y buscando una vía para redimirse.

Es el pretexto perfecto, la oportunidad caída del cielo para borrar la estampa del porrazo y demostrarle quién soy en realidad.

Me paso las dos horas siguientes arreglándome a conciencia frente al espejo.

Me cepillo el pelo hasta conseguir una melena perfecta y cuido cada línea del maquillaje, dispuesta a ejecutar el plan sin un solo error de cálculo.

A las siete de la tarde, entro en The Drunken Stag con el mentón bien alto y pisando con una seguridad que anula por completo el recuerdo matinal.

Cerca de la entrada, sentados en uno de los taburetes de la barra, localizo de inmediato a Moira y a Teo charlando animadamente junto a sus pintas.

Intento pasar de largo con discreción, devolviéndole a mi aliada una sonrisa cómplice mientras ella me guiña un ojo en señal de apoyo, y avanzo directo hacia el reservado del fondo.

Allí está Duncan, sentado en un banco de madera oscura frente a un par de vasos de whisky.

Me acerco a paso lento, balanceando las caderas con una elegancia estudiada, y me deslizo en el asiento frente a él.

—Buenas noches, Duncan —le saludo, bajando el tono de voz para darle un matiz sugerente y misterioso, imitando la calculada sensualidad de las damas medievales de mis novelas cuando se proponían cautivar a su guerrero.

—Buenas noches, Leire —responde él, aclarándose la garganta mientras se apresura a ponerse en pie para indicarme el asiento frente al suyo—.

Vaya... esto... te veo muy bien, de verdad.

Me alegra que hayas podido venir. ¿Qué tal ha ido la tarde en el hostal?

Espero que hayas podido descansar un poco después del... del percance de la mañana.

Ha llegado el momento. Es la hora de desplegar el arsenal pesado y ejecutar la maniobra definitiva para recuperar mi dignidad: la mirada magnética.

Siguiendo las directrices del manual de romance histórico, entorno ligeramente los ojos, inclino la cabeza un milímetro hacia el lado derecho y lo miro fijamente entre las pestañas, sosteniéndole la mirada con absoluta firmeza, sin pestañear siquiera, mientras me muerdo el labio inferior de forma lenta, pausada y supuestamente pecaminosa.

Es la pose exacta que desarma a cualquier hombre.

Duncan se detiene a mitad de frase. Su sonrisa desaparece de golpe y arquea las cejas, clavando sus ojos en los míos con una expresión de desconcierto que rápidamente se transforma en pura y viva alarma.

—¿Leire? —pregunta, inclinándose sobre la mesa y abriendo los ojos como platos—. ¿Te encuentras bien? ¿Qué... qué te pasa en la cara?

Intento sostener la pose a pesar de los nervios, entornando aún más los ojos, pero el efecto es catastrófico.

—¡Dios mío! —grita Duncan de repente, levantándose del banco de un salto y tirando la silla hacia atrás con un estrépito ensordecedor que hace que la mitad del pub deje de hablar y se gire hacia nosotros—.

¡Te está dando algo! ¡Tiene un lado de la cara completamente rígido y está perdiendo el control del labio!

¡Moira, ven corriendo! ¡Creo que le está dando un ictus o un ataque de ansiedad por lo de la mañana!

—Duncan, no... —intento articular, rompiendo la pose de golpe, abriendo los ojos y sintiendo que la cara me arde por completo del sofoco colectivo.

—¡No hables, no te esfuerces! —exclama él, completamente fuera de sí por el pánico, sacando el móvil del bolsillo del pantalón con las manos temblorosas mientras intenta desbloquear la pantalla—. ¡Voy a llamar a una ambulancia ahora mismo! ¡Leire, mantén la calma, respira lento, no te nos vayas!

Desde los taburetes de la barra, Moira tiene que agarrarse al mostrador con las dos manos para no caerse al suelo.

Está completamente doblada hacia delante, colorada como un tomate y aguantándose la risa con un esfuerzo tan sobrehumano que la hace jadear sin aire, saboreando el colosal malentendido médico en primerísima fila.

Antes de que la histeria de Duncan termine de convocar a una ambulancia o a todo el pueblo a mi alrededor, una silueta conocida se interpone en el reservado.

Teo aparece junto a la mesa con su parsimonia habitual, sosteniendo una taza de loza humeante entre las manos.

Deja el recipiente sobre la madera frente a mí con un golpe suave y le da una palmada reconfortante en el hombro a un Duncan que sigue tiritando de espanto.

—Anda, tómate esta tila, Leire —me dice Teo con una sonrisa de oreja a oreja, mirándome con total tranquilidad—. Toma, bebe. Y la próxima vez que quieras ponerte intensa, avisa antes, que aquí el único que ha estado a punto de darle algo de verdad ha sido Duncan.