11 · LEIRE
A las ocho en punto de la mañana, el claxon de un coche rompe el silencio húmedo de la calle principal del pueblo.
Termino de abrocharme el chubasquero amarillo en el portal del hostal y salgo al encuentro de Duncan, que espera al volante de un todoterreno azul marino con el motor en marcha.
Me subo al asiento del copiloto intentando mantener esa compostura estilizada que ensayé anoche frente al espejo, dedicándole un saludo que pretendo que suene sugerente y misterioso en mitad del bostezo matutino.
El trayecto en coche dura apenas diez minutos; una distancia corta en la que Duncan conduce con total tranquilidad mientras charlamos sobre el cielo encapotado, ajeno por completo al nudo de pánico que ha empezado a formarse en mi estómago a medida que nos acercamos a la finca familiar.
Al torcer el camino de entrada, mi idílica fantasía de un paseo a caballo a solas por los brezales se desintegra de forma fulminante.
El patio principal de las cuadras no es un rincón solitario para el romance; es un hervidero de actividad.
Un grupo de doce turistas de mediana edad, ataviados con chubasqueros oscuros y con los teléfonos móviles ya listos en la mano para grabar los primeros vídeos de la ruta, charlan ruidosamente mientras esperan junto a los postes de amarre.
Entre ellos, apartada del grupo y apoyada contra una valla de madera, distingo la silueta de Moira.
En cuanto el todoterreno se detiene, me dedica una radiante sonrisa.
Descendemos del coche y Duncan se disculpa un segundo para ir a hablar con un chico que está terminando de aparejar los animales. Me quedo sola junto a la valla y Moira no tarda ni tres segundos en acercarse a paso lento, con las manos metidas en los bolsillos.
—Buenos días, amazona —me saluda Moira—.
Sorprendida, ¿verdad? Duncan es el único guía oficial de la ruta y hoy el grupo viene completo, así que he decidido tomarme la mañana libre en la granja de mis padres.
Le he dicho que venía para echarle una mano con los turistas y así controlamos a la gente entre los dos, pero la verdad es que pensé que sería buena idea intentar ayudar para dejaros algo de espacio. Todo sea por ayudar al romance, Leire.
Siento que las mejillas me arden bajo la capucha, pero esta vez es por pura emoción. Me conmueve tantísimo su complicidad que soy incapaz de borrar la sonrisa de mi rostro.
—Muchas gracias, Moira. Es un detalle verdaderamente hermoso por tu parte —le respondo, sintiendo un torrente de gratitud real—. No sabes cuánto te lo agradezco.
—Para eso están las amigas —me asegura ella, dedicándome una palmadita en el hombro con total naturalidad antes de apartarse un paso y señalar al animal que el mozo de cuadra trae de las riendas—.
Mira, ese de ahí es el tuyo. Se llama Brezo .
Duncan ha pensado que para una experta de ciudad como tú, un caballo con temperamento sería lo ideal para practicar el trote.
El animal en cuestión me parece un monstruo prehistórico de proporciones colosales.
Al acercarme, compruebo que la cruz del caballo me queda a la altura de los ojos y el cuero de la montura cruje con una solidez intimidante.
El pánico se apodera de mis músculos. Los turistas empiezan a subir a sus respectivos caballos con mayor o menor torpeza bajo las instrucciones de Duncan, que supervisa las cinchas en el otro extremo del patio.
Ha llegado mi turno. Sé que Moira me observa con expectación desde la valla, probablemente ilusionada por ver en acción a la experimentada amazona que le describí anoche, lo que me mete el doble de presión para no defraudarla.
Apoyo la mano izquierda en la cruz del animal, tal y como recuerdo haber visto en las ilustraciones de mis libros y en las películas de Hallmark, y levanto la pesada bota de montaña derecha con la intención de encajarla en el estribo de hierro.
Pero el farol ecuestre empieza a desmoronarse de la forma más ridícula.
La altura del estribo me obliga a forzar una apertura de piernas para la que no tengo ninguna elasticidad; el pie rebota torpemente contra el metal dos veces y, al tercer intento, cuando logro meter la punta de la bota, intento impulsarme hacia arriba sin ninguna técnica.
El resultado es un desastre físico absoluto.
En lugar de elevarme con la gracia majestuosa de una heroína de romance histórico, el cuerpo se me va hacia atrás, la bota se escurre del estribo con un chasquido metálico escandaloso y termino dando un traspié violento que me hace tambalear tres pasos sobre la gravilla del patio, agitando los brazos en el aire para no terminar sentada en el suelo.
El chubasquero amarillo emite un crujido de plástico espantoso que atrae la mirada de tres turistas alemanes que pasaban por allí.
Moira se lleva una mano a la boca, carraspeando de forma exagerada para tapar la risa floja que amenaza con desmontarle la compostura.
—Creo que el cajón será lo más práctico para no retrasar al grupo, muchas gracias —le respondo, dedicándole una mirada llena de gratitud real por su rápida intervención.
En ese mismo instante, noto la mirada atenta de Duncan, que se acerca a trote ligero sobre su propio caballo para comprobar que todo esté en orden. Siento que los colores me suben a las mejillas y me apresuro a sonreír con total naturalidad, acomodándome el abrigo para disimular el sofoco.
—¿Todo bien por aquí? —pregunta Duncan, deteniendo a su montura a nuestro lado con gesto solícito.
—Sí, perfectamente —le aseguro de inmediato, forzando una voz de absoluta seguridad—.
Es solo que estas botas de montaña nuevas son bastante más rígidas de lo que recordaba y me cuesta horrores flexionar el tobillo para encontrar el punto de apoyo.
Un simple error de cálculo con el calzado, pero con el cajón se soluciona en un segundo.
Duncan asiente con una sonrisa aliviada y le hace una seña al mozo, que tarda muy poco en arrastrar un robusto cajón de madera hasta el flanco de Brezo.
Me subo a la estructura con paso firme, intentando mantener mi dignidad intacta.
Desde aquí arriba la altura impresiona el doble, pero ver a Duncan mirándome con atención me da el valor necesario.
Apoyo las manos, encajo la punta de la bota en el estribo y me impulso para pasar la pierna por encima del lomo del animal.
Pero la física y mi total falta de experiencia se alían para el desastre definitivo.
En lugar de deslizarme con elegancia sobre la silla, calculo fatal la fuerza del impulso y mi pierna izquierda choca de pleno contra la grupa del caballo.
El animal, asustado por el impacto repentino, da un paso abrupto hacia el frente de forma fulminante.
El suelo de madera firme desaparece bajo mis pies.
Pierdo el apoyo por completo y mi cuerpo sale despedido hacia atrás en un vuelo aerodinámico espantoso.
—¡Duncan! —grito desesperadamente, braceando en el aire como un molino fuera de control mientras el impermeable emite un crujido de plástico ensordecedor.
El impacto es devastador para mi orgullo. Caigo de espaldas limpiamente desde la altura del cajón, aterrizando con todo el peso de mi cuerpo directamente sobre una enorme, pastosa y fresquísima bosta que alguno de los maravillosos Connemara de mi laird acaba de soltar sin el menor pudor.
Un silencio sepulcral inunda el patio, roto únicamente por el murmullo atónito de los doce turistas que detienen sus teléfonos móviles en mitad de la grabación.
Me quedo tendida boca arriba sobre la gravilla, sintiendo el tacto frío, viscoso y denso del estiércol filtrándose por la solapa de mi impermeable y un olor insoportable a cuadra que me invade las fosas nasales al instante.
Es el anticlímax absoluto de mi existencia.
Desde la valla, el sonido de una carcajada estridente e incontrolable rompe la quietud.
Moira está doblada por la mitad, sujetándose el estómago con las dos manos y jaleándome entre lágrimas de pura risa, incapaz de articular palabra ante semejante ridículo soberano.
Duncan se baja del caballo a toda prisa, con los ojos como platos y una expresión de alarma absoluta.
—¡Leire! Por Dios, ¿estás bien? —me pregunta, acercándose a grandes zancadas pero dudando un segundo de dónde agarrarme al ver el desastre marrón que cubre toda mi espalda.
—Sí... perfectamente —consigo farfullar con los dientes apretados, levantándome del suelo como una furia mientras el estiércol chorrea por el bajo de mi impermeable, destruyendo cualquier rastro de mi supuesta dignidad.
Justo en ese instante de humillación colectiva, el ruido de un motor conocido interrumpe nuestra accidentada retirada.
Una furgoneta Berlingo de color blanco entra en el patio de las cuadras a poca velocidad y frena junto a nosotros.
Teo se baja de ella mirándome de arriba abajo con una mezcla de absoluto asombro y diversión.
—Pero bueno, Leire... ¿De dónde sales tú con esa estampa? —pregunta, conteniendo la risa con un esfuerzo titánico al ver el impermeable lleno de estiércol—. Vaya un estreno que estás teniendo con la naturaleza de las Highlands, maja. Pasaba a ver qué tal se te daba el trote y me encuentro esto.
—Ha sido un accidente con el cajón, Teo —responde Moira por mí, secándose una lágrima de la mejilla—. Ha intentado conectar con la tierra antes de tiempo.
Teo niega con la cabeza, divertido, y se dirige directo hacia la parte trasera de su furgoneta. Abre las puertas de par en par y saca una manguera de goma verde.
—Venga, no te muevas de ahí, muchacha —me dice Teo con total parsimonia, desenrollando la manguera sobre la gravilla—.
Quédate quieta en mitad del patio y abre los brazos.
Te voy a dar un manguerazo de agua de los buenos para quitarte lo gordo antes de que os vayáis, porque si subes así al todoterreno de Duncan, el coche no vuelve a oler a limpio en la vida.
Aprieto los dientes esperando lo peor, pero Teo abre la llave con cuidado, regulando el caudal para que salga un chorro suave y continuo.
Con total parsimonia, va dirigiendo el agua únicamente por la espalda, arrastrando los restos pastosos del Connemara hacia la gravilla sin llegar a calar el jersey de lana que llevo debajo.
El impermeable amarillo cumple su función, manteniendo el agua fuera mientras el peso denso del estiércol resbala hacia el suelo.
A mi alrededor, el espectáculo es dantesco.
Los doce turistas alemanes no han bajado un solo centímetro sus teléfonos móviles; inmortalizan el manguerazo desde todos los ángulos posibles, cuchicheando entre dientes y frotándose las manos ante el mejor contenido multimedia de todas sus vacaciones en Escocia.
Moira, por su parte, ha tenido que apoyarse físicamente en el poste de amarre porque las piernas ya no la sostienen de la risa.
Duncan se acerca a pie, arrastrando las botas con una mezcla de horror caballeresco y absoluta incomodidad. Se detiene a una distancia prudencial del chorro, mirándome como si fuera un desastre ecológico a punto de estallar.
—Leire... Lo siento muchísimo —alcanza a decir Duncan, rascándose la nuca mientras intenta desviar la vista de mi ropa chorreante—.
Creo que... bueno, que va a ser mejor que no subas al caballo en este estado.
Te vas a congelar en el acantilado con el viento de la costa.
Teo, ¿te importa llevarla de vuelta al pueblo en la furgoneta antes de empezar tu turno en el hostal?
—Sí, claro, no te preocupes —le responde Teo, cerrando la llave del agua. Luego se gira hacia mí con un gesto de la cabeza—. Anda, sube al coche ya, que te vas a quedar congelada si sigues ahí parada.
Me doy la vuelta arrastrando los pies, sintiendo el peso muerto del agua y el estiércol chorreando por mis botas de montaña nuevas.
Avanzo hacia la furgoneta blanca sin mirar atrás, tragándome el orgullo y asumiendo con absoluta resignación que mi idilio romántico en las Highlands se acaba de ir directamente por el desagüe del patio, bajo la atenta mirada de doce objetivos digitales y las carcajadas de mi aliada.