10 · LEIRE
H an pasado un par de horas desde que Duncan me dejó de vuelta en el pueblo, después de un té junto a la chimenea y una llamada a la grúa que solucionó lo del autobús sin mayor drama.
«¿Te apetece que tomemos algo esta noche?
», me preguntó al bajarme del coche. Y aquí estoy, plantada delante de The Drunken Stag con el corazón a mil por hora…
Me recoloco nerviosa el jersey de lana debajo del chubasquero amarillo y empujo la pesada puerta de madera del pub, siendo recibida por el impacto de calor de las estufas de hierro y el barullo animado de los parroquianos que llenan las mesas de la entrada.
El local está bastante concurrido. Escudriño el espacio entre los taburetes de la barra y los reservados de madera oscura, buscando la melena suelta de Duncan, pero compruebo que todavía no ha llegado.
Intento mantener la calma y avanzo a paso lento hacia el fondo del local, donde encuentro una pequeña mesa libre en una esquina que me permite vigilar la puerta principal sin llamar demasiado la atención.
Me siento y me quito los guantes, frotándome las manos para entrar en calor mientras mantengo la vista fija en el umbral.
A los pocos minutos, la silueta de Teo aparece recortada bajo el marco de la entrada.
Camina junto a una chica de pelo oscuro, sacudiéndose los dos los restos de humedad de las chaquetas mientras pasean la mirada por el local.
Teo posa su mirada en mí, dedicándome un pícaro guiño, dice algo a su acompañante, y caminan hacia mi mesa a paso tranquilo.
No pregunta, se limita a arrastrar una de las sillas de madera, colgando su cazadora en el respaldo, e invita a la chica a sentarse frente a mí.
—Vaya puntería tienes, maja —me saluda, apoyando los antebrazos en la mesa gastada—. Ya me ha contado el del autobús que te has quedado tirada en mitad del páramo y que ha tenido que ir Duncan a recogerte con el caballo para que no te salieran estalactitas en la nariz. Por cierto, ella es Moira.
Moira me dedica un asentimiento suave con la cabeza, acomodándose en su sitio.
—Hola, Leire —saluda, cruzándose de brazos sobre la madera—. La verdad es que la historia ha corrido como la pólvora por el pueblo. He oído que mi amigo te ha llevado a la grupa como si estuviéramos en pleno siglo dieciocho.
—Bueno, el autobús se averió —le respondo a Moira, intentando mantener la voz firme mientras me ajusto el cuello del jersey—.
Él simplemente pasaba por allí cerca con el caballo y se ofreció a ayudarme para que pudiera resguardarme mientras se solucionaba la emergencia de la carretera.
Fue un detalle muy educado por su parte, la verdad.
Moira sonríe, apoyando la barbilla en la palma de la mano, y me mira con una fijeza que delata una tremenda curiosidad.
—Duncan es un trozo de pan, eso no te lo voy a negar —comenta, tamborileando los dedos contra la mesa—.
Pero también te digo que cualquier excusa le viene bien para salir corriendo de la finca y no tener que pasarse la tarde entera lidiando con las ovejas en la granja familiar o con algún grupo de turistas octogenarias.
Trabajar allí es el antídoto definitivo contra la diversión; este pueblo es tan pequeño que si no se avería un autobús de vez en cuando, nos morimos del aburrimiento crónico.
En fin, Leire, cuéntame. ¿Qué tal la experiencia ecuestre?
Antes de que pueda responderle, la pesada puerta del pub vuelve a abrirse y Duncan cruza el umbral.
Viste unos vaqueros oscuros y un jersey de punto grueso que sustituye al kilt de la tarde.
El corazón me da un vuelco salvaje en el pecho.
Duncan pasea la mirada por el local hasta que nos localiza, esbozando una sonrisa encantadora mientras se encamina directo hacia nuestra mesa.
Se quita la chaqueta de abrigo al llegar, saluda a Moira con dos besos y se sienta justo en la silla libre que hay a mi lado.
—Buenas noches a todos —dice Duncan. Luego, se vuelve hacia mí dedicándome una sonrisa—. Espero que hayas entrado en calor, Leire. Te dejé en el hotel temblando como una hoja.
—Sí, muchas gracias —le respondo de inmediato, poniéndome recta en la silla y adoptando una postura lo más estilizada posible, estirando el cuello con una elegancia ensayada—. Tu chimenea me salvó de una congelación segura. Tienes una casa verdaderamente encantadora, Duncan.
—Me alegra escuchar eso —responde Duncan, ladeando un poco la cabeza con una sonrisa—.
Aunque la casa es un pozo sin fondo para las reformas y las goteras, me alegra que te gustara.
Esta tarde me quedé con la intriga cuando me comentaste que venías de Barcelona.
Debe de ser un cambio enorme comparado con este pueblo. ¿Qué tal te está pareciendo esto?
Siento que el corazón me da un vuelco y aprovecho la oportunidad para desplegar mi mejor repertorio. Entorno los ojos con una calculada melancolía, mirando el borde de mi vaso como si cargara con el peso de un secreto ancestral, imitando a las heroínas de mis novelas de romance histórico favoritas.
—Es un cambio absoluto —le digo, bajando el tono de voz para darle un aire más intenso a mis palabras—.
En Barcelona todo es ruido, asfalto y prisas.
Siempre he sentido que me faltaba algo...
una llamada hacia paisajes más puros, hacia la solidez de estas colinas y la verdad que se esconde entre la bruma del norte.
Necesitaba encontrar un lugar con raíces de verdad, donde las cosas sigan siendo auténticas.
Duncan me mira fijamente durante un par de segundos, asimilando mis palabras, visiblemente descolocado por la solemnidad de mi discurso en mitad de un local tan ruidoso.
—Bueno, Leire —acierta a decir Duncan, rascándose la ceja con una sonrisa—. Barro hay bastante, desde luego, sobre todo el que tenemos que limpiar cada mañana. Pero me alegra que te guste el paisaje.
—Tú no le hables de barro, Duncan, que esta se congela en cuanto caen cuatro gotas —interviene Teo, apoyando los antebrazos en la mesa con una sonrisa de oreja a oreja—. Ayer aquí mismo estaba tiritando que daba pena verla, así que cuídala bien si se te ocurre sacarla de paseo.
Moira, que está sentada justo enfrente de nosotros, observa la escena con los brazos cruzados y una expresión divertida. Se inclina un poco sobre la mesa, mirando a su amigo.
—Oye, Duncan, mañana te toca hacer la ruta larga con los caballos por los acantilados, ¿no? —pregunta Moira con total naturalidad, antes de girarse hacia mí—. Lo digo porque a Leire le encanta todo esto y seguro que todavía no ha visto nada de la costa.
Duncan reacciona al instante, asintiendo de buena gana con su habitual hospitalidad.
—Es verdad —dice Duncan, dedicándome una sonrisa—. Es una ruta magnífica si el cielo aguanta despejado. Si te apetece unirte y no tienes planes, estás más que invitada a venir mañana con el grupo, Leire. Estaré encantado de enseñarte el camino.
—¿De verdad? —le pregunto, intentando disimular el vuelco que me acaba de dar el corazón en el pecho, mientras mantengo mi postura estilizada en la silla—.
Me encantaría, muchas gracias. En Barcelona solía montar a menudo, así que me vendrá genial para practicar un poco el trote y no perder la costumbre.
Moira apoya los codos en la mesa y me mira fijamente, arqueando una ceja con una sonrisa cargada de guasa.
—Vaya, una experta —interviene Moira, mirándome de arriba abajo—. Qué bien. Los caballos de Duncan tienen temperamento, Leire, pero seguro que para una amazona de gran ciudad como tú eso no es ningún problema. Va a ser muy interesante verte mañana en acción.
Duncan asiente, visiblemente complacido por encontrar a una aficionada a la hípica.
—Perfecto —zanja él de buen humor—. Como tienes que venir desde el pueblo, si te parece bien paso yo mismo a recogerte en coche por el hotel a primera hora antes de ir a las cuadras.
—Me parece una idea estupenda, gracias —asiento, forzando una sonrisa de total seguridad mientras por dentro rezo para que los caballos de las Highlands sean tan pacíficos como los burros de las ferias, ya que lo más cerca que he estado de un estribo en mi vida ha sido viendo las fotografías de mis novelas.
—Pues id bien abrigados —remata Teo, apurando su vaso con total parsimonia—. Que conozco yo el viento de esa costa y como os pille desprevenidos, os arrastra el temporal hasta Islandia.
La conversación en la mesa continúa fluyendo entre las risas de Teo, las réplicas irónicas de Moira y las explicaciones de Duncan sobre los caminos de la costa.
A lo largo de la velada, compartimos unas raciones de comida típica de pub y un par de rondas más que consiguen que me olvide por completo del frío del exterior.
Cada vez que mis ojos se cruzan con los de Duncan, me reafirmo en la fantasmada que acabo de soltar: da igual que no haya tocado las riendas de un caballo en mi vida; mañana por la mañana voy a estar cabalgando al lado del hombre de mis portadas literarias.
Además, montar no puede ser tan difícil, ¿no?
Cuando el local empieza a vaciarse y los parroquianos enfilan la salida, nos levantamos de la mesa.
Nos despedimos de Teo y de Moira junto a la puerta del pub y Duncan se ofrece a acompañarme a pie las pocas calles que separan el local de mi alojamiento, aprovechando que el temporal ha dado una tregua y la noche ha quedado completamente estrellada.
Caminamos despacio por las aceras empedradas del pueblo, manteniendo una distancia prudente pero compartiendo una charla tranquila sobre el silencio de las Highlands que me deja el corazón dando botes.
Al llegar a la entrada del hostal, Duncan se detiene bajo el farol de la fachada y se vuelve hacia mí con una sonrisa de lo más acogedora.
En ese instante, el tiempo parece detenerse bajo la luz amarillenta del farol.
Siento una tensión eléctrica recorrer el ambiente y, de forma casi automática, entorno ligeramente los ojos y humedezco mis labios, esperando el inminente beso de película con el que se supone que debe sellarse una noche como esta en cualquiera de mis libros de cabecera.
Acerco el cuerpo un milímetro, conteniendo la respiración, dispuesta a dejarme llevar por la magia del norte.
Sin embargo, Duncan da un paso atrás, metiéndose las manos en los bolsillos de la chaqueta con total tranquilidad.
—Bueno, Leire, pues ya has llegado sana y salva —dice de buen humor—. Descansa esta noche. Pasaré a buscarte a las ocho en punto. Lleva calzado cómodo.
Parpadeo un par de veces, descolocada por el drástico cambio de guion, pero recupero la compostura al segundo siguiente.
Mi mente asimila el gesto y le da la vuelta por completo con un subidón de orgullo: claro, ¿cómo no me he dado cuenta antes?
No es indiferencia. Es que Duncan es un hombre chapado a la antigua, un auténtico caballero de las Highlands que posee ese código de honor inquebrantable de los clanes históricos.
Me respeta demasiado como para apresurarse en la primera cita. Es perfecto.
—Me parece una idea estupenda, gracias —le respondo, forzando una sonrisa de total serenidad—. Hasta mañana, Duncan.
—Hasta mañana, Leire.
Me quedo un segundo en el portal viendo cómo su silueta se aleja calle abajo bajo la luz mortecina de las farolas, sintiendo un subidón de adrenalina que me borra de golpe todo el cansancio del día.
Subo las escaleras del hostal casi sin tocar los peldaños y, una hora después, me encuentro por fin metida entre las sábanas, con el pijama puesto y preguntándome si dos camisetas térmicas puestas a la vez duplican el efecto calor.
La realidad térmica del alojamiento de Alistair sigue siendo implacable; el radiador emite un leve siseo metálico que no consigue calentar ni un palmo de aire, obligándome a dormir con los calcetines gruesos de lana puestos.
Sin embargo, esta noche el frío pasa a un segundo lugar.
Tengo la mirada fija en el techo de madera carcomida, con las manos entrelazadas sobre el pecho, flotando en una nube total de romanticismo.
Mañana a primera hora voy a tener mi primera cita real a lomos de un caballo en los acantilados.
Estoy convencida de que la magia del norte está de mi parte y de que el destino no va a permitir que mi pequeño farol ecuestre estropee el inicio de mi gran historia de amor escocesa.