La estafa de las Highlands 9 · LEIRE
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E l autobús de vuelta al pueblo emite un crujido metálico espantoso que vibra en todo el chasis, da tres sacudidas violentas que nos hacen pegar un bote involuntario en los asientos y se detiene por completo en mitad del arcén, rodeado por la inmensidad desolada y salvaje de los páramos escoceses.

El silencio que inunda el vehículo al apagarse el motor es absoluto, denso y preocupante, roto únicamente por los soplidos de frustración del conductor, que empieza a aporrear el volante con las palmas de las manos mientras maldice entre dientes en su cerrado dialecto del norte.

A los pocos minutos, la cruda realidad climática se despliega sobre nosotros dentro del habitáculo sin ningún miramiento.

Sin el motor en marcha, el sistema de calefacción muere de forma fulminante y un frío glacial, húmedo y cortante empieza a filtrarse por las juntas de las ventanillas, adueñándose del espacio a una velocidad que me hiela la sangre en las venas.

Los ocho jubilados alemanes de Múnich rompen su estricta disciplina militar y empiezan a protestar a la vez, alzando sus voces guturales en mitad del pasillo mientras abren sus mochilas técnicas para sacar una segunda capa de cortavientos de color azul marino con la que protegerse de la bajada drástica de temperatura.

El conductor desciende del vehículo a grandes zancadas, abre el pesado capó trasero entre una nube de vapor blanquecino y regresa al cabo de unos minutos con una expresión de absoluta derrota en el rostro, soltando una parrafada en un inglés cerradísimo del que solo alcanzo a descifrar que la correa de distribución ha pasado a mejor vida y que no hay forma humana de volver a arrancar este trasto por nuestros propios medios en mitad de la carretera.

La situación es verdaderamente desesperada.

Estamos atrapados en mitad de ninguna parte, la tarde empieza a caer con rapidez sobre las colinas y nadie sabe cómo vamos a poder salir de aquí antes de que la noche cierre por completo sobre el páramo helado.

Los alemanes rodean al conductor junto a la puerta abierta del autobús, gesticulando con energía y exigiendo en su idioma que llame a una grúa de rescate o a un vehículo de sustitución de inmediato para no pasar la noche a la intemperie.

Yo permanezco un momento a su lado, sintiendo cómo el frío empieza a traspasar incluso las costuras termoselladas de mi nuevo chubasquero amarillo chillón, y saco el teléfono móvil del bolsillo con la débil esperanza de encontrar una solución por mí misma.

Pantalla completamente limpia. Sin servicio.

Cero rayas de señal. La maldición de la falta de cobertura me persigue de forma implacable desde que entré por la mañana en la central hidroeléctrica subterránea de Cruachan.

Fiel a mi desesperada costumbre de perseguir las ondas electromagnéticas por el mapa, me aparto unos metros del grupo de jubilados para no escuchar sus quejas.

Con el brazo derecho completamente estirado hacia el cielo y el teléfono en alto, empiezo a caminar lentamente por el borde de la carretera comarcal, alejándome del autobús averiado con la vana esperanza de que la ligera altura del arcén me regale un milagro digital en mitad de la nada.

Mis botas de montaña de suela gruesa chirrían contra la gravilla suelta con cada paso que doy, rompiendo la inmensa quietud del páramo que nos rodea.

Camino unos cincuenta metros en línea recta, absorta en la pantalla táctil que sigue mostrando un desolador mensaje de error de red, hasta que me detengo por completo al notar un cambio drástico y repentino en la atmósfera a mi alrededor.

Alzo la vista del teléfono y me quedo con la boca abierta, paralizada en mitad del arcén de la carretera.

Es una auténtica rareza climática, un fenómeno imprevisto que ya de por sí se siente en mi pecho como un guiño directo y cómplice del destino, una señal inequívoca de que las líneas del universo se están alineando a mi favor por primera vez en todo este caótico viaje por el norte.

La lluvia rala e incómoda que nos ha acompañado durante todo el santo día ha cesado por completo de golpe, abriéndose paso entre las nubes densas un claro repentino que tiñe todo el horizonte con los tonos dorados, anaranjados y rojizos de un atardecer espectacular.

La luz del sol poniente baña las colinas de brezo con una calidez casi mágica, y es exactamente ahí, apartada por completo del grupo de turistas, cuando la fantasía celta que traje diseñada desde mi piso de Barcelona cobra vida ante mi mirada de la forma más idílica imaginable.

Entre la bruma dorada del páramo, recortándose de forma nítida contra la luz del atardecer, aparece un jinete cabalgando a paso lento directamente hacia mi posición.

El impacto visual es tan inmenso, tan colosal, que siento un vuelco violento en el estómago que me deja sin respiración durante varios segundos.

Es él. El protagonista indiscutible de mis novelas de romance histórico está cruzando el brezal a lomos de un imponente caballo de capa oscura que avanza con una elegancia imperial sobre el terreno húmedo.

El jinete viste un kilt de tartán auténtico con los cuadros tradicionales verdes y azules de un clan legítimo, una prenda de lana que ondea levemente con la brisa del páramo, y lleva una melena larga y castaña completamente suelta al viento, sin ataduras, cayéndole sobre los hombros con una naturalidad salvaje que desafía cualquier rastro de modernidad urbana.

El caballo se detiene a escasos metros de donde yo me encuentro, levantando una pequeña brizna de tierra húmeda con los cascos.

Siento un flechazo absoluto, una sacudida eléctrica de alta tensión que me recorre la columna de arriba abajo y me deja completamente desarmada bajo mi inflexible chubasquero amarillo.

Es una visión perfecta, una estampa de virilidad y arraigo a la tierra que destruye de un plumazo todas las explicaciones monótonas sobre voltajes, alternadores y bloques de hormigón que Teo me ha soltado hace un rato en la central eléctrica.

Esto sí es Escocia. Esto es la esencia antigua que venía buscando.

El jinete descansa una mano con total parsimonia sobre la montura de cuero y me mira con una serenidad pasmosa desde lo alto de su caballo.

Se muestra encantador desde el primer segundo, suavizando la solemnidad de su presencia con una educación y una cortesía que me derriten las articulaciones del cuerpo por completo.

En un inglés fluido y con una entonación melodiosa, se dirige a mí con un tono arrastrado y profundo:

—Buenas noches, forastera. Vi vuestro vehículo detenido desde la cresta de la colina. ¿Está todo bien por aquí? ¿Necesitáis algún tipo de ayuda?

Intento articular una frase coherente en su mismo idioma, esforzándome para que mi acento de Barcelona no suene espantoso ni rompa la solemnidad del momento.

—Sí... bueno, en realidad no —consigo balbucear, aclarándome la garganta de inmediato para recuperar un mínimo de dignidad femenina—.

El autobús se ha averiado de golpe. El motor está completamente muerto y no tenemos ni una sola raya de cobertura móvil en esta zona para poder llamar a una grúa de rescate.

El highlander asiente con un gesto pausado y comprensivo, acariciando el cuello de su caballo con una tranquilidad que me resulta fascinante en mitad de esta emergencia. No parece tener ninguna prisa, mostrándose ajeno al estrés moderno.

—Ah, sí, entiendo. Me temo que no hay señal en esta parte del valle —me explica con una sonrisa cálida y acogedora, inclinándose un poco hacia adelante sobre la silla de montar—.

Mi hacienda familiar está a solo un par de millas bajando por esta misma carretera, justo pasando la vieja torre de piedra.

Allí tengo un teléfono fijo que funciona perfectamente.

Si quieres, puedes venir conmigo y calentarte un poco frente a la chimenea mientras me encargo de llamar a la grúa y avisar del percance para que vengan a socorrer el autobús.

Hace demasiado frío para quedarse parado en la carretera esperando.

Miro hacia atrás por un segundo. Los cortavientos azules de los alemanes siguen apiñados alrededor del capó del autobús, discutiendo a gritos con el conductor. Volteo de nuevo hacia el jinete, que aguarda en silencio sobre el animal con una paciencia infinita.

—Muchas gracias. Eso sería verdaderamente maravilloso —le respondo, sintiendo que los colores me suben a la cara por la timidez de la situación—. Pero no querría ser una molestia. Mis compañeros de viaje siguen allí atrás intentando aclarar qué van a hacer.

—No es ninguna molestia, de verdad —insiste él, mirándome desde lo alto con una seguridad que me desarma por completo.

Duncan se asegura en la silla de montar y me extiende una mano firme, enguantada en cuero gastado—.

Sube. El camino a pie se haría eterno con este frío, y mi caballo puede de sobras con los dos. Por cierto, soy Duncan.

—Leire —atino a decir, dándole la mano de forma un poco torpe debido al grosor del puño termosellado de mi impermeable amarillo chillón.

Su agarre es fuerte, cálido y seguro. Antes de que pueda siquiera procesar la audacia de lo que estoy a punto de hacer, Duncan tira de mí hacia arriba con un movimiento ágil y preciso que delata una fuerza física asombrosa.

Apoyo el pie donde él me indica y, en un segundo, me encuentro sentada a horcajadas sobre la cruz del animal, delante de él, con la espalda y el cuerpo completamente pegados a su pecho.

El kilt de tartán auténtico de Duncan presiona contra mis muslos, y su melena suelta, que huele a turba y a lluvia limpia, me roza la mejilla cada vez que el viento del páramo sopla con fuerza.

Siento una sacudida eléctrica que me recorre la columna de arriba abajo.

Es la estampa exacta de las damiselas en apuros que tantas veces he devorado en mis novelas, el rescate caballeresco perfecto hecho carne.

La única pega estética es que, al moverme para acomodarme el peso, mi inflexible chubasquero de pescador emite un crujido de plástico escandaloso que rompe un poco el encanto del momento; además, la rigidez del impermeable y el grueso jersey de lana que llevo debajo actúan como un escudo tan grueso que me resulta imposible notar el más mínimo calor de su cuerpo, aunque la solidez de su espalda pegada a mí me sirve al menos de barrera perfecta contra el viento helado del páramo.

Duncan sujeta las riendas rodeando suavemente mi cintura con los brazos, sin presionar, pero manteniéndome sujeta mientras el caballo arranca a un trote ligero y acompasado.

—Bueno, Leire —su voz profunda resuena a mi espalda en mitad del frío glacial—. El trayecto es corto, pero con este viento la temperatura baja enseguida. Espero que el abrigo contenga bien el frío del páramo.

Siento una punzada de timidez y trato de encoger los hombros dentro de mi enorme armadura amarilla, agradeciendo que no pueda verme la cara de vergüenza desde su posición.

—Sí, bueno... he tenido que comprar ropa de urgencia esta mañana —admito, intentando mantener la compostura sobre el animal—. El equipaje que traje de Barcelona no resultó ser demasiado apropiado. Ayer casi muero congelada en mi habitación.

Duncan suelta una risa suave y melodiosa que me vibra directamente en la espalda a través del plástico termosellado.

—Eso os pasa a casi todos los que venís aquí en esta época —me dice en tono confidente, guiando al caballo con una soltura envidiable—.

El norte no tiene piedad con las expectativas.

La gente ve las fotos de las agencias de internet y se imagina un verano perpetuo entre los valles verdes y los brezales infinitos, pero la realidad es que pasamos la mitad del año achicando agua de los muros y la otra mitad arrimados al fuego de la chimenea.

—Algo de eso me han comentado ya en el pueblo —respondo, recordando de golpe las pullitas de Teo en la central eléctrica sobre Paco el de Murcia, lo que me arranca una pequeña sonrisa limpia—. Supongo que pequé de optimista al empaquetar mis cosas.

—El optimismo es necesario para viajar a Escocia, si no nadie pasaría de la aduana del aeropuerto —bromea Duncan, acortando las riendas para enfilar un sendero lateral—.

Mira, allí al fondo, detrás de ese grupo de abedules, ya se alcanza a ver el ala vieja de la propiedad.

La torre de piedra que hay al fondo del terreno está medio en ruinas, pero la casa principal mantiene el calor bastante bien.

Alzo la vista desde mi posición de privilegio sobre el caballo.

A lo lejos, recortándose contra los últimos hilos dorados del atardecer, se intuye la silueta majestuosa y grisácea de una casa solariega antigua.

No es un castillo de cuento de hadas con torreones intactos y banderas ondeando al viento, pero la hiedra que trepa por los muros de piedra y la silueta desmochada de la torre al fondo le dan un aire de linaje y arraigo que me devuelve de golpe toda la magia que creía perdida entre turbinas.

Siento una ligereza maravillosa en el estómago mientras el caballo avanza con paso firme hacia la entrada.