8 · TEO
T ermino de soltar la chapa en inglés sobre el sistema de bombeo reversible y la estabilidad estructural de las galerías de granito de Cruachan mientras me coloco por quinta vez consecutiva la dichosa diadema del micrófono, que no para de acoplar mitades de pitidos insoportables contra los altavoces de la pared.
Es un suplicio de aparato, un invento del demonio que emite un siseo metálico constante, pero los ocho jubilados alemanes que tengo en primera fila ni se inmutan; siguen apuntando con sus cámaras de fotos y sus smartphones de última generación a las turbinas gigantes de hormigón como si estuvieran inmortalizando el mismísimo Partenón de Atenas.
Yo continúo con mi discurso ensayado, gesticulando con los brazos abiertos y procurando no mover demasiado la cabeza para que el casco de plástico blanco no me baile de lado y me termine tapando los ojos en mitad de la explicación técnica.
Hago una pausa dramática para que el grupo avance en silencio por la pasarela metálica hacia la salida de la caverna y es ahí donde la vuelvo a mirar de reojo, conteniendo el aliento.
Es imposible no verla, las cosas como son.
Destaca entre los cortavientos azul marino de los señores de Múnich como un auténtico faro en mitad de la niebla gracias al chubasquero amarillo chillón que lleva puesto.
Le queda enorme por todos lados, la capucha gigante le cubre media cabeza y camina arrastrando unas botas de montaña de suela gruesa que emiten un chirrido escandaloso con cada paso que da sobre la rejilla de hierro de la central.
Lleva el folleto arrugado de la oficina de turismo apretado con fuerza en el puño y una cara de desilusión tan grande que le llega hasta los adoquines.
Me hace una gracia tremenda, pero esta vez es una gracia distinta.
Me da una ternura absoluta verla ahí plantada en mitad del cemento, mirando las paredes desnudas y buscando desesperadamente un rastro de duendes antiguos o de guerreros medievales donde solo hay cables de alta tensión, cemento gris y alternadores gigantes haciendo un ruido ensordecedor.
Guío al grupo de jubilados hacia la zona de la cafetería subterránea y la tienda de recuerdos que está situada justo al lado de la salida del túnel.
Los alemanes se dispersan enseguida, entusiasmados con los expositores de postales de ingeniería y los llaveros turísticos con forma de tornillo industrial.
Ella, en cambio, se queda completamente rezagada, apartada junto a uno de los ventanales de cristal que dan al oscuro túnel de acceso por donde entran los camiones de carga.
Saca el móvil del bolsillo de su impermeable, lo mira con visible frustración, suspira al ver que no hay ni una sola raya de cobertura en este búnker de piedra y vuelve a guardarlo con un gesto de pura derrota.
Me quito el casco de obra de un tirón, apago el maldito interruptor de la diadema y me acerco a su altura con el chaleco reflectante desabrochado, arrastrando las botas con total tranquilidad.
—¿Qué pasa, maja? —le digo en tono confidente, apoyándome en la barandilla de hierro a su lado—. ¿Buscando cobertura para llamar a los espíritus de la montaña o es que el alternador de trescientos megavatios no te ha parecido lo suficientemente espiritual para tu viaje?
Ella se da la vuelta de golpe, sobresaltada por mi voz.
Al verme allí de pie, cruza los brazos sobre el pecho de inmediato y adopta esa postura estirada, recta y digna que usa siempre que intenta defender su orgullo herido frente a los elementos, aunque el chubasquero de marinero amarillo le resta bastante solemnidad al asunto.
—Hola, Teo —me responde, forzando una voz seria y distante—.
No buscaba espíritus de las colinas, gracias.
Simplemente intentaba comprobar si mi teléfono funcionaba en este pozo de hormigón armado.
El folleto de la entrada decía claramente que era un viaje al interior de la montaña sagrada, no la visita guiada a una fábrica de electricidad subterránea.
—Ya te dije ayer en la barra del pub que los folletos turísticos por aquí los carga el diablo —le recuerdo con una sonrisa campechana, quitándole hierro al asunto—.
La montaña es sagrada para la factura de la luz de la región, desde luego, que saca una energía de categoría.
Siento haberte destrozado las runas celtas con toda la chapa técnica de las turbinas reversibles, pero es lo que hay bajo la piedra de las Highlands.
Ella resopla de forma sonora, dejando caer los hombros con una mezcla de fastidio y resignación que me confirma que el enfado inicial se le está pasando por momentos. Se apoya también en la barandilla, mirando el suelo de cemento.
—Es que es el colmo, Teo. De verdad te lo digo.
Vengo buscando algo de autenticidad, una desconexión total del mundo, un aire diferente que me limpie la cabeza...
y lo primero que me encuentro en las entrañas de la roca es a un chico de Cuenca hablándome de voltajes, kilovatios y de la erosión del granito escocés.
Es el anticlímax definitivo de mi viaje de ensueño.
—Oye, que el granito tiene su aquel y su historia, ¿eh?
No me menosprecies la geología —bromeo, buscando su mirada divertida—.
Y además, míralo por el lado bueno, maja: al menos hoy vas abrigada como Dios manda para este clima.
Ese chubasquero amarillo chillón te da un toque de pescadora de alta mar muy auténtico, de verdad.
No me digas que no es práctico para la tormenta.
—Es horrible, Teo. Siento que peso cinco kilos más y chirrío de forma escandalosa al caminar por los pasillos —protesta ella, aunque veo que se le escapa una pequeña sonrisa idílica que intenta ocultar tapándose la boca de inmediato—.
En mis novelas, las protagonistas caminan por los brezales melancólicos envueltas en chales de lana ligera y capas de terciopelo, no con un plástico termosellado de color fluorescente que se ve a tres kilómetros.
—Ya, claro, y en tus novelas seguro que ninguna de esas heroínas pilla una pulmonía galopante por culpa del chirimiri escocés y de la humedad del norte —le replico, apoyando la espalda en la barandilla de hierro para mirarla de frente—.
Ayer por la noche estabas tiritando tanto en la barra del bar de Hamish que pensé por un momento que te iba a dar algo y te ibas a desarmar allí mismo.
Al menos con este arsenal mantienes el tipo y te quedas seca, aunque parezca que vas a subirte a un barco a recoger centollos en mitad del Atlántico.
Leire se muerde el labio inferior, apartando la vista hacia los pasillos de hormigón por donde los jubilados alemanes siguen haciendo fotos a las maquetas de los alternadores.
Noto que detrás de sus quejas teatrales y de su fachada de viajera soñadora de folletín lo que hay es un bajón real, una desilusión de las que escuecen de verdad cuando pones demasiadas expectativas y demasiados sueños en un cambio de aires radical.
La entiendo perfectamente, las cosas como son.
Decido dejar a un lado el tono de guasa constante y hablarle en cristiano, de tú a tú, sin dobles sentidos de barra de bar.
—A ver, Leire —le digo, bajando el tono de voz y mirándola de forma noble—.
Sé que te meto mucha caña con lo de los libros, los clanes y las leyendas medievales, pero no me río de ti, de verdad.
Te entiendo perfectamente, aunque no lo parezca.
Sé muy bien lo que es venir a este rincón del mapa buscando un milagro, una señal o una pantalla nueva porque lo que dejas en casa está completamente del revés y necesitas aire.
Ella se me queda mirando fija durante unos segundos, un poco sorprendida por mi cambio de registro, entornando los ojos con curiosidad.
—¿Ah, sí? —me pregunta con una timidez que me resulta muy tierna, suavizando por fin la postura rígida de los brazos—. No pareces el tipo de persona que se pierde en fantasías ni que necesite escapar de nada. Te veo muy seguro aquí abajo.
—Bueno, ahora porque me ves aquí trabajando, pero yo también he estado muy perdido y sé perfectamente lo que es montarse películas en la cabeza —le confieso, rascándome la nuca con un punto de apuro al recordar mis propias andanzas por mi tierra—.
En Cuenca completamente descarrilado, maja.
Era el prototipo de nini de manual, de los que salen en los reportajes de la televisión para asustar a los padres.
Pasaba las veinticuatro horas del día encerrado en mi habitación, pegado a la pantalla con los videojuegos, sin querer dar un palo al agua, ni estudiar una carrera, ni hacer nada de provecho con mi futuro.
Me pasaba las noches en la calle con los amigos de siempre, perdiendo el tiempo en los bancos del parque y metiéndome en líos con las drogas que casi me cuestan un disgusto de los gordos.
Llevaba una vida de lo más desordenada y caótica, dándole unos sofocones a mis padres que los pobres no se merecían para nada.
Estaba metido en un pozo de vagancia y de malas decisiones del que no tenía ni idea de cómo salir por mi cuenta.
Leire me escucha en absoluto silencio, asimilando mis palabras con una atención tremenda y sin que sus ojos parezcan juzgarme lo más mínimo.
—¿Y qué pasó entonces? —me pregunta en un susurro muy suave.
—Pues que mis padres se plantaron —continúo, encogiéndome de hombros—.
Sabían perfectamente que si me quedaba en Cuenca no iba a salir de ese pozo, sobre todo por el grupo con el que iba, que no me traía nada bueno.
Así que decidieron darme un empujoncito.
Alistair está casado con una de las mejores amigas de la infancia de mi madre y son gente de la absoluta confianza de mi familia.
Mis padres hablaron con ellos, me cerraron el trabajo de mantenimiento en el hostal y me mandaron para acá con todo organizado, a ver si así espabilaba.
En ese momento me sentó como una patada en el estómago, lo reconozco, pero la verdad es que estar aquí me ha venido de categoría para centrar la cabeza, aunque al principio me costara adaptarme y lo viera todo tan negro.
Ella me mira fijamente durante unos segundos larguísimos, en un silencio absoluto que se traga el zumbido de las turbinas de fondo, y veo cómo se le va relajando por completo la tensión de la cara y de los hombros.
Me dedica una sonrisa de esas suyas tan dulces, limpias y sinceras que me confirman que el puente de confianza está tendido entre los dos.
—Gracias por contármelo, Teo —me dice con una voz muy suave, libre de toda esa pose estirada de viajera de folletín histórico—. Supongo que todos venimos huyendo de algo hacia el norte, aunque mis motivos sean un poco más ridículos y sentimentales que los tuyos.
—De ridículos nada, que cada uno tiene sus batallas, sus dramas y sus motivos para poner tierra de por medio —le respondo, devolviéndole la sonrisa y chocando mi hombro contra el suyo de forma amistosa—.
Pero hazme caso y tira ese folleto a la basura, que ya has visto el truco.
Quédate con lo bueno de por aquí arriba y disfruta de las vistas fuera de la montaña, aunque el paisaje de hoy haya sido de hormigón armado y el guía sea un conquense con el casco de plástico torcido.
—Lo tendré en cuenta, te lo prometo —admite ella, suelta una carcajada limpia que resuena con fuerza entre las paredes de piedra del vestíbulo de la central, y yo me alegro un montón de haberle quitado esa cara de derrota absoluta que traía del autobús comarcal—.
Aunque admito que me va a costar un poco asumir lo de Paco el de Murcia y su kilt publicitario.
—Paco era un grande, ponía unas copas de categoría en la barra y se ganaba a los turistas al primer segundo —me río, acompañándola despacio hacia la gran puerta de salida de la montaña donde el conductor del autobús ya está tocando el claxon de forma impaciente—.
Anda, tira para el vehículo antes de que te dejen aquí dentro encerrada y acabes pasando la noche con las turbinas de refrigeración.
—Buenas tardes, Teo. Y gracias otra vez por todo, por el whisky de ayer y por la charla de hoy —se despide con un cabeceo dulce, agarrando la correa de su bolso cruzado para que no le baile.
—A mandar, viajera soñadora. ¡Y abrígate bien esa nariz! —le grito con guasa antes de que cruce el portalón metálico hacia la explanada de gravilla.
La veo marcharse a través del inmenso cristal de la cafetería, subiéndose al autobús de vuelta junto con los ocho jubilados alemanes, chirriando con sus botas nuevas por el pasillo central del vehículo.
Me quedo un buen rato allí plantado en mitad del vestíbulo, mirando el túnel vacío por donde se ha alejado el coche, pensando en que es una tía testaruda, orgullosa y soñadora a más no poder, pero que tiene una autenticidad en su forma de ser que te atrapa por completo.
Me cae rematadamente bien, es un pedazo de pan y se le nota a la legua.
Me guardo el micrófono de diadema en el bolsillo, dándome cuenta de una tontería: hacía mucho que no le soltaba esta historia a nadie así, de sopetón y sin que me lo pidieran.
Sonrío para mis adentros, un poco descolocado, con la tranquilidad de saber que, al menos, ya tengo una buena amiga española con la que compartir las quejas, los chistes y el idioma en este rincón perdido del mundo.