7 · LEIRE
L a expectación me mantiene con la espalda completamente rígida en el asiento del autobús local, a pesar de que el vehículo tiembla en cada bache de la carretera comarcal.
Llevo el folleto de tonos verdosos apretado entre los dedos, releyendo las promesas de la «Escocia Profunda» como si fuesen un mantra sagrado capaz de ahuyentar la cruda realidad de mi hostal congelado.
Me imagino las entrañas de la roca milenaria, el olor a humedad antigua, las antorchas iluminando pasadizos secretos y esas runas celtas cargadas de misterio que me devolverán la fe en el romance épico del norte.
Mi nuevo e inflexible chubasquero amarillo chillón emite un crujido de plástico cada vez que respiro, y las botas de senderismo me pesan como dos bloques de plomo en los tobillos, pero me da exactamente igual.
Estoy a punto de adentrarme en el corazón de las Highlands.
Mis idílicos pensamientos se van al traste en cuanto el autobús frena con un suspiro neumático en la explanada destinada a los visitantes de la excursión.
Echo un vistazo a mi alrededor, buscando con la mirada a otros viajeros soñadores, jóvenes románticas o entusiastas de la historia medieval que compartan mi ilusión por los secretos de los clanes.
La comitiva que desciende del vehículo, sin embargo, destruye mi fantasía al primer segundo.
Me encuentro rodeada, única y exclusivamente, por un compacto grupo de ocho jubilados alemanes.
Todos visten idénticos cortavientos de color azul marino, pantalones desmontables con cremalleras en las rodillas y cámaras de fotos de última generación colgadas del cuello.
Hablan entre ellos en un tono enérgico y gutural, completamente ajenos a la magia celta, revisando sus relojes digitales con una precisión militar que me hace sentir totalmente fuera de lugar en mi papel de heroína literaria.
Resignada a compartir mi viaje sagrado con el club de la tercera edad de Múnich, me coloco la capucha del chubasquero y sigo al grupo hacia la entrada de la inmensa oquedad excavada en la falda de la montaña de Cruachan.
Cruzamos un portón de metal gris y nos adentramos en un pasillo de paredes de piedra tosca, donde la luz de unos focos industriales sustituye a las antorchas parpadeantes de mi catálogo mental.
Nos hacen detenernos en una especie de vestíbulo subterráneo, y yo me obligo a entornar los ojos, buscando con desesperación algún relieve en la roca, alguna marca ancestral que delate el paso de los antiguos sacerdotes paganos.
— Good morning, everyone! —resuena una voz amplificada a través de los altavoces de la pared, seguida de un pitido agudo e insoportable que me hace taparme los oídos.
Me giro hacia la tarima del recibimiento, esperando ver a un guía local con kilt de lana y mirada profunda que nos hable de las batallas legendarias del pasado. Lo que veo me congela la sangre en las venas.
Al frente del grupo, de pie junto a un panel informativo lleno de diagramas de flujo, está Teo.
El cuadro es espeluznante. Viste un chaleco reflectante de un amarillo fosforito tan chillón que deslumbra bajo los focos, un casco de obra de plástico blanco que le queda visiblemente grande y que amenaza con taparle los ojos cada vez que mueve la cabeza, y un micrófono de diadema torcido que no para de acoplarse con la megafonía, emitiendo un siseo metálico que le taladra los tímpanos a los jubilados alemanes.
Tierra, trágame por segunda vez en veinticuatro horas.
Me quedo paralizada detrás del grupo de cortavientos azules, intentando encoger los hombros y metiendo la barbilla hacia el pecho dentro de mi enorme capucha amarilla, rogando a todos los dioses celtas que conozco para que Teo no distinga mi chubasquero de pescador entre la multitud.
Es inútil. Teo pasea la mirada por los visitantes mientras recoloca la varilla del micrófono con una mano, y en cuanto sus ojos se cruzan con los míos, la sonrisilla pícara del pub y del hostal vuelve a dibujarse en su rostro con una claridad meridiana.
Me dedica un imperceptible cabeceo de saludo, completamente divertido por mi presencia, antes de aclarar la voz para empezar su discurso.
Cero misterio. Cero magia. Cero batallas de clanes históricos. He viajado miles de kilómetros para adentrarme en el interior de una montaña sagrada, y la experiencia resulta ser la visita guiada a una central hidroeléctrica subterránea en toda regla.
Con una parsimonia y una tranquilidad pasmosa, Teo empieza a desgranar a través del micrófono un monólogo técnico que me va cayendo encima como una losa de granito.
En lugar de hablarnos de las profecías de los druidas o del valor de los guerreros de las colinas, se dedica a explicar minuciosamente el funcionamiento de las turbinas reversibles del complejo, el volumen de metros cúbicos de agua que se desplazan desde el embalse superior y los procesos geológicos que causan la erosión del granito escocés a lo largo de las décadas.
Los jubilados alemanes asienten con la cabeza entusiasmados, tomando notas en pequeñas libretas y disparando flashes hacia las maquetas de ingeniería, mientras yo siento que la desilusión me pesa más que las botas de plomo.
El mito de la cueva sagrada se desmorona entre datos de megavatios, voltajes y especificaciones de maquinaria industrial.
Busco el teléfono móvil de inmediato dentro del bolsillo interior del chubasquero, con la intención desesperada de abrir WhatsApp para desahogarme con Carla o mirar cualquier red social que me devuelva un vínculo con el siglo veintiuno y me permita huir mentalmente de la chapa de las turbinas.
Saco el aparato y miro la pantalla. Nada.
Cero rayas. La enorme masa de granito de la montaña actúa como un blindaje perfecto y me ha dejado completamente sin cobertura.
No hay señal, no hay datos, no hay escapatoria posible.
Estoy atrapada bajo tierra, obligada a seguir la marcha del grupo por pasillos de hormigón desnudo y a escuchar la voz amplificada de mi vecino de Cuenca explicando cómo se refrigera un alternador gigante.
A medida que avanzamos por las galerías de la central, persiguiendo los cortavientos azules de los alemanes, una frustración de lo más «antiliteraria» empieza a crecer dentro de mi pecho.
Lo lógico, lo que dictaría cualquier manual de novela romántica, es que detestara a este chico con todas mis fuerzas por convertirse en el destructor oficial de mis ilusiones literarias.
Debería resultarme insoportable. Pero la cruda realidad es que, pese a todo el desastre estético del chaleco reflectante, el casco torcido y las explicaciones sobre la erosión de la roca, Teo me cae rematadamente bien.
Hay una naturalidad en su forma de hablar, un desparpajo llano que me arranca sonrisas involuntarias cuando mete alguna coletilla graciosa para mantener despiertos a los señores de Múnich.
Me molesta profundamente que me caiga bien, porque sabotea mi drama existencial de mujer despechada que busca un romance trágico y salvaje en el norte.
Sin embargo, tengo las cosas muy claras en mi cabeza.
A Teo no lo veo en absoluto con los ojos con los que miraría al protagonista de mi historia ideal; ni por asomo encaja en el molde de ese hombre que llevo toda la vida esperando.
No tiene nada que ver con el prototipo de laird indómito que busco.
Él es, simplemente, un amigo simpático, un compatriota oportuno con el que compartir un trozo de queso o una queja sobre el radiador roto del hostal en nuestro propio idioma.
Un aliado divertido en mitad del chasco climático de mi quincena de vacaciones, pero nada más.
Un amigo de Cuenca que me ayuda a sobrevivir al norte, mientras yo sigo esperando que el verdadero protagonista de mi novela aparezca entre la bruma escocesa.