La estafa de las Highlands 6 · LEIRE
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E l eco de los pasos de Teo se va apagando por el pasillo de madera gastada de la entrada hasta que el crujido seco de la puerta principal me confirma que, por fin, me he quedado completamente sola en este ala de la casa.

Me mantengo inmóvil en la cama, acurrucada bajo la manta de lana gris que me acaba de dejar sobre el colchón.

Miro a mi alrededor en mitad de la penumbra.

El pequeño calefactor blanco y cuadrado sigue emitiendo su zumbido constante, un ronroneo amigable que proyecta un chorro de aire caliente directo hacia mis piernas y que se siente como un auténtico milagro en mitad de esta glaciación norteña.

Suspiro aliviada mientras noto cómo el cuerpo empieza, muy despacio, a recuperar su temperatura normal.

Sin embargo, el bienestar físico me dura más bien poco.

Sé perfectamente que no puedo pasarme las próximas dos semanas metida en la cama como una momia egipcia, vestida con el pijama de ositos polares y pegada a un aparato de plástico para no morir congelada en mitad de mis vacaciones.

Tengo que espabilar, asentarme y organizar mi estancia en este alojamiento.

Me levanto con pies de plomo, arrastrando la manta gris sobre los hombros como si fuera una capa real, y me planto frente a mi gran maleta rígida de color rojo, que descansa junto a la puerta de entrada, todavía deformada por la presión de todo lo que empaqueté con tanta ilusión en mi piso de Barcelona.

—Bueno, Leire —me digo a mí misma en un susurro, hincando las rodillas en la moqueta descolorida—. Vamos a poner un poco de orden en este desastre antes de que vuelva el frío.

Introduzco el código digital del candado de seguridad, escucho el bendito chasquido metálico de apertura y tiro de la cremallera hacia los lados con cuidado.

En cuanto la tapa rígida se abre de par en par, el catálogo entero de mis ilusiones literarias se despliega ante mí, y la cruda realidad me propina una bofetada sin manos que me deja temblando.

Al ir sacando las prendas una a una para colocarlas sobre la colcha de flores marchitas, me doy cuenta de la soberana estupidez que cometí al preparar el equipaje, completamente cegada por las portadas satinadas de mis novelas de romance histórico favoritas.

Todo lo que traje pensando que era de un «estilo celta auténtico» resulta ser una absoluta inutilidad contra el frío real de las Highlands.

Saco una capa de lana ligera con una capucha preciosa que en el espejo de mi pasillo me hacía parecer una heroína misteriosa de los clanes históricos, pero que aquí tiene el grosor real de una gasa de hospital y no pararía ni la brisa de un ventilador de oficina.

Despliego tres chales kilométricos en tonos tierra, marrones y verdes boscosos, tejidos con unos calados gigantescos por donde el viento escocés pasaría como Pedro por su casa sin el más mínimo esfuerzo.

Llevo faldas de tweed largas y elegantes, jerséis finos de cuello vuelto que en mi cabeza quedaban ideales para pasear por los brezales melancólicos, y chaquetas de punto caladas que huelen a humedad antes incluso de estrenarlas.

No tengo absolutamente nada que me proteja de una lluvia azotada por el vendaval que te da de lleno en la cara ni de un viento que es capaz de destrozar varillas de metal en doce segundos de reloj.

He llenado el equipaje con el vestuario de una obra de teatro romántica de bajísimo presupuesto, una fantasía textil que no sirve para sobrevivir a un lunes cualquiera en este pueblo.

Y entonces, justo en el fondo del compartimento principal de la maleta, envueltos en un delicado papel de seda blanco para que no se estropearan con los enganches de los jerséis de lana, aparecen los tres conjuntos de encaje negro de alta tensión con transparencias estratégicas y el picardías de seda rojo sangre con cordones imposibles de descifrar.

Me quedo mirándolos en un silencio absoluto, sentada sobre los talones en mitad de la moqueta.

El encaje negro brilla bajo la luz parpadeante del tubo fluorescente del techo, pareciendo una broma de muy mal gusto dada mi situación actual.

Es una lencería de alta costura diseñada exclusivamente para noches de pasión desenfrenada, pensada para ser arrancada con los dientes en mitad de la alcoba de un castillo medieval ancestral frente a una chimenea de piedra con fuego crepitante.

Una ropa interior digna de una reina de las colinas que va a ser reclamada por su guerrero indómito bajo la tormenta.

Vuelvo la vista hacia el radiador de hierro descascarillado que sigue escupiendo un hilo de agua marrón hacia el charco oxidado y se me escapa un bufido de pura resignación.

A este paso, la única utilidad que van a tener estas transparencias estratégicas va a ser la de servirme de recordatorio de lo inmensamente ingenua y romántica que fui en mi salón de Barcelona antes de subirme al avión.

Vuelvo a guardar los conjuntos en el fondo del compartimento con delicadeza, tapándolos con las mantas grises que me ha prestado Teo, deseando con todas mis fuerzas que el calor del calefactor no se apague a mitad de la noche.

Paso las siguientes horas dando vueltas en la cama individual, escuchando cómo el viento golpea con furia contra el cristal de la ventana de guillotina y cómo el agua de la cañería rota va goteando de forma rítmica sobre el trapo viejo de Teo.

Apenas consigo pegar ojo en toda la noche, debatiéndome entre el frío que se cuela por las rendijas y el zumbido del aparato eléctrico.

Cuando las primeras luces de un amanecer completamente gris, denso y encapotado se filtran por las rayas amarillentas del papel pintado de la pared, tomo una decisión drástica y urgente.

En cuanto abren las tiendas del pueblo, salgo a la calle con el rostro lavado, ojeras por la falta de sueño y el ánimo por los suelos.

No me queda más remedio que dejar a un lado la estética literaria y el estilo de mis heroínas si quiero sobrevivir a la quincena en este lugar.

Camino por la calle principal buscando con la mirada un establecimiento de ropa técnica de montaña, ignorando olímpicamente los escaparates tradicionales que venden bufandas de tartán para turistas americanos y yendo directa al grano, sin rodeos decorativos.

La sesión de compras resulta ser el anticlímax definitivo para mi orgullo femenino.

Me paso una hora entera dentro de la tienda probándome prendas que destruyen de un plumazo cualquier rastro de mi sensibilidad romántica e idealista.

Me compro unas botas de senderismo gruesas, de una marca local que promete impermeabilidad absoluta a base de fe, con unas suelas de goma gigantescas que me hacen caminar como si llevara dos bloques de hormigón pegados a los pies.

Cada paso que doy en la tienda emite un chirrido de plástico nuevo que me taladra los oídos.

Añado a la cesta un forro polar de color gris oscuro, grueso como la piel de un oso de montaña y de un tacto tan áspero que parece diseñado exclusivamente para ir a cortar leña al bosque con un hacha.

Y para rematar el desastre estético de mi nuevo armario, adquiero un chubasquero de un color amarillo chillón, largo hasta las rodillas, con las costuras termoselladas y una capucha enorme que me tapa la mitad de la cara en cuanto me la ajusto.

Al mirarme en el espejo del probador, vestida con semejante arsenal de supervivencia climática, compruebo con horror que he pasado de parecer una dama misteriosa de las colinas celtas a transformarme en el prototipo perfecto de pescador de altura en mitad de una jornada de tempestad en alta mar.

Da igual. Al menos noto, al salir de nuevo a la acera, que el frío del norte empieza a quedarse fuera de mi nueva y horrible armadura de plástico.

Con las bolsas de la tienda colgando del brazo y las botas nuevas chirriando de forma escandalosa contra los adoquines mojados de la calle, me detengo un segundo frente al pequeño local de la agencia de turismo del pueblo.

Sigo firmemente empeñada en exprimir este viaje, en no dejar que Borja gane la partida desde la distancia y en buscar esa «Escocia Profunda» que me prometió Carla por videollamada desde Noruega, así que entro decidida a buscar una excursión o una actividad guiada que me devuelva un poco de la magia perdida entre radiadores rotos y chubasqueros de marinero.

Examino el expositor de metacrilato de la entrada con cuidado, pasando de largo los folletos de las destilerías de whisky, hasta que un papel publicitario de tonos verdosos y tipografía elegante llama poderosamente mi atención.

Ofrece un pack combinado de autobuses locales que se adentra en el corazón de la región, bajo el sugerente y evocador título de «Escocia Profunda: Viaje al interior de la montaña sagrada».

Al leer la descripción del trayecto, mi mente romántica vuelve a encenderse al instante, devorando las palabras impresas con un entusiasmo renovado que me limpia el mal humor.

El folleto promete una experiencia única en la vida, describiéndolo como «un recorrido impresionante dentro de las entrañas de la roca, un espacio ancestral excavado por la mano del hombre desafiando las leyes del norte y la dureza de la piedra».

Me quedo completamente fascinada mirando la ilustración de la portada, donde se intuye una silueta difuminada entre la bruma de las cumbres escocesas.

Al instante, mi imaginación desbocada empieza a construir el guion perfecto para la jornada de mañana, hilvanando los mitos que tantas veces he leído.

Me imagino un sendero secreto oculto entre los helechos húmedos y el musgo, una cueva mística iluminada por antorchas de brezo parpadeantes donde los antiguos sacerdotes de los clanes históricos tallaban runas celtas en las paredes de piedra para protegerse de los espíritus de la niebla y jurarse lealtad eterna.

Me visualizo ya caminando despacio por esas galerías sagradas, sintiendo la vibración mágica de la tierra milenaria bajo mis pies y encontrando, tal vez en mitad de la penumbra de la gruta, ese misterio norteño que he venido a buscar desde el otro lado del mapa europeo para curarme las heridas del corazón.

Es una imagen preciosa, perfecta y reconfortante.

Saco la tarjeta de crédito de la cartera sin pensarlo dos veces, contagiada por la emoción del folleto, y me acerco decidida al mostrador de la agencia de turismo.

—Un billete para el pack combinado de «Escocia Profunda» de mañana por la mañana, por favor —le digo a la empleada que atiende tras el cristal, dedicándole una sonrisa dulce y con la expectación brillando de nuevo en mis ojos de lectora empedernida.

La mujer me extiende el ticket impreso con una parsimonia burocrática y una indiferencia que no se corresponde en absoluto con la épica de la aventura ancestral que acabo de contratar.

Me da el papel sin mirarme apenas. Guardo el billete como si fuera un tesoro en el bolsillo interior de mi nuevo e inflexible chubasquero amarillo chillón, saliendo de la oficina con paso firme, ruidoso y chirriante por culpa de las suelas de goma.

No tengo ni la más remota idea de lo que me espera realmente mañana al final del trayecto de ese autobús local, pero la ilusión romántica y soñadora ha vuelto a ganar la partida dentro de mi cabeza frente a la cruda realidad del pueblo.

Regreso a mi habitación congelada de The Rusty Thistle dispuesta a pasar lo que queda de tarde arropada por el zumbido caliente del calefactor de plástico de Teo, contando los minutos para que amanezca el día de mañana y pueda adentrarme, por fin, en los misterios sagrados que las Highlands tienen reservados para mi revolución personal.