La estafa de las Highlands 5 · LEIRE
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R egreso del pub arrastrando los pies bajo la lluvia rala, que sigue cayendo con esa insistencia exasperante de lado.

El whisky de Hamish me ha devuelto un poco de calor al pecho, pero en cuanto meto la llave en la cerradura de la habitación número tres de The Rusty Thistle, la realidad me abofetea la cara de nuevo.

Mi idílico «castillo ancestral» sigue siendo una habitación húmeda, estrecha, gris y deprimente en un ala destartalada de una casa de piedra.

Al encender la bombilla parpadeante, se me cae el alma a los pies del todo.

El metal del radiador sigue más congelado que el granito de los acantilados escoceses, y el charco de agua marrón y oxidada que descubrí antes de salir ha crecido un palmo más, extendiéndose peligrosamente hacia mis botas de estilo celta auténtico.

Esto ya no es una habitación, es una nevera con goteras.

Saco el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta con los dedos tiesos y torpes, decidida a exigir una solución inmediata al responsable de este engaño inmobiliario ahora mismo, sin esperar a mañana.

Busco en la aplicación de reservas el contacto del propietario del Airbnb, un tal Alistair que en su perfil digital se autodenominaba «un anfitrión apasionado por la hospitalidad tradicional y el espíritu de los clanes históricos».

Le redacto un mensaje urgente, directo pero manteniendo la educación, explicándole que la estancia es un auténtico congelador, que la temperatura interior roza lo delictivo y que el radiador está perdiendo un agua sucia que amenaza con inundar el cuarto.

La respuesta por WhatsApp tarda apenas dos minutos en llegar a mi pantalla, y resulta ser el colmo del absurdo pasota y de la desvergüenza comercial:

« Oh, don't worry about that, lassie. It's just the highland weather refreshing the house! Turn the valve a bit to the left and it will warm up soon. Enjoy your stay and feel the magic! »

Parpadeo varias veces incrédula ante los píxeles, frotándome los ojos por si el cansancio me está haciendo leer cosas extrañas.

¿Que el clima de las Highlands está «refrescando» la casa?

Traduzco el mensaje en mi cabeza mientras una fina capa de vapor visible sale de mi propia boca al respirar: «¡Buenos días, Leire!

Oh, no te preocupes por eso, muchacha. ¡Es solo el clima de las Highlands refrescando la casa!

Gira la válvula un poco a la izquierda y se calentará pronto.

¡Disfruta de tu estancia y siente la magia! » .

Me dan ganas de estampar el teléfono contra el suelo.

Me importa exactamente tres pimientos la magia celta; me estoy congelando en un cuarto cochambroso mientras ese hombre, entre líneas, básicamente me está diciendo que me aguante y que me busque la vida, que él ya ha cobrado la quincena de ensueño por adelantado.

Es la confirmación definitiva de que absolutamente nadie en este viaje de folletín responde a lo que yo esperaba.

El romanticismo escocés se desmorona a una velocidad de vértigo, y la hospitalidad de los clanes resulta ser un negocio de lo más tacaño.

Resignada y de pésimo humor, le escribo una réplica tajante y contundente, exigiéndole que mande a un profesional a arreglar el desaguisado de inmediato si no quiere que inicie una reclamación formal con fotografías del charco oxidado en la plataforma de reservas.

Tras varios minutos de un silencio tenso, Alistair me contesta con un escueto y desganado mensaje: «Ok, el técnico va para allá» .

Me siento en el borde de la cama a esperar, sin quitarme el abrigo y abrazándome las rodillas para intentar retener el poco calor corporal que me queda en el cuerpo, mientras una timidez residual empieza a flotar en mi mente.

No puedo evitar que la cabeza se me vaya, una y otra vez, al accidentado encuentro de hace apenas un rato en la barra del pub.

Siento una punzada de vergüenza residual al recordar cómo me puse de digna ante ese chico español, Teo, defendiendo con uñas y dientes mi gaélico de folletín y mi pose de viajera mística incomprendida mientras chorreaba agua por los bordes de la boina mojada.

Al menos el whisky me sirvió de escudo temporal para salir de allí con un mínimo de elegancia.

Unos ruidosos y enérgicos golpes en la puerta de madera oscura me sacan de golpe de mis pensamientos. Me levanto a toda prisa, me coloco bien el pesado jersey de lana trenzada y abro la puerta esperando encontrarme con un rudo operario local, un hombre de campo con pocas palabras.

Me quedo completamente petrificada en el sitio. El aire se me congela en los pulmones.

Al otro lado del umbral, sosteniendo una pesada caja de herramientas de plástico azul brillante, está Teo.

Lleva un mono de trabajo azul marino bastante desgastado por las rodillas, manchado de grasa vieja, puesto sobre la misma sudadera gris de algodón que llevaba hace un momento en el bar, y la gorra colocada hacia atrás.

Nos quedamos mirándonos fijos en mitad del pasillo estrecho del hostal, en una parálisis de sorpresa mutua absoluta que dura varios segundos eternos.

Noto cómo la tierra amaga con abrirse bajo mis pies.

De todos los técnicos de mantenimiento de las Highlands, de todas las casas de piedra de este bendito país, el universo ha tenido que mandarme precisamente al conquense del queso manchego de contrabando.

Tierra, trágame ahora mismo, por favor lo pido.

Teo es el primero en romper el hielo, cómo no. Se le escapa esa sonrisilla pícara de esas suyas que ya le conozco y se apoya con total parsimonia en el marco de la puerta, mirándome de arriba abajo con un descaro que me enciende las mejillas.

—Pero bueno, maja... ¿De verdad que eres tú?

—pregunta con una simpatía que me resulta insufrible y divertida a partes iguales—.

Vaya una puntería que tenemos tú y yo en este pueblo.

Dejo de verte en la barra del bar hace veinte minutos y te me apareces metida en una nevera en la habitación número tres de The Rusty Thistle .

—¿Teo? —consigo articular, sintiendo cómo los colores me suben a la cara de pura vergüenza por el encuentro de hace un rato, intentando mantener la compostura—. ¿Qué haces tú aquí?

—Pues ya ves, soy el reparador oficial de los desastres y las tacañerías de Alistair —responde con total naturalidad, entrando en la pequeña habitación sin pedir permiso y dejando caer la pesada caja de herramientas sobre el suelo con un estruendo metálico que hace vibrar los cristales—.

Me ha mandado un mensaje diciendo que una huésped nueva tenía un problema menor con la «frescura escocesa» de las paredes, y viendo cómo te castañetean los dientes, creo que el amigo se ha quedado bastante corto con la descripción.

Se agacha de inmediato frente al radiador oxidado, ignorando por completo mi pose estirada de heroína romántica herida en su orgullo que intento mantener a duras penas.

El proceso de arreglo empieza a los pocos minutos y se convierte, de forma fulminante, en el anticlímax más absoluto de cualquier escena de rescate heroico o elegante que yo haya leído jamás en mis novelas de las Highlands.

En mis libros, el highlander acude al rescate de la dama con movimientos felinos, la mira intensamente a los ojos y soluciona el problema del castillo con una demostración de fuerza y virilidad divina.

Aquí lo que hay es un tío de Cuenca de rodillas sobre una moqueta descolorida, metiéndole unos golpes tremendos, secos y ensordecedores a la tubería de hierro con una llave inglesa gigante que hace temblar hasta los cimientos del edificio.

—Joder con la rosca de los cojones... —masculla Teo entre dientes, soltando una maldición tras otra en perfecto castellano mientras pelea con una tuerca rebelde que se niega a girar—.

Esto no ha visto una revisión decente desde que los Estuardo reinaban por estas tierras, te lo digo yo, Leire.

El mantenimiento aquí brilla por su ausencia.

Pega un tirón violento, haciendo palanca con todo el cuerpo, y, de repente, el desastre se desata.

Un chorro a presión de agua marrón, aceitosa y con un olor a óxido insoportable sale disparado de la junta rota, salpicándole directamente en la manga del mono de trabajo y manchándole la mejilla derecha de un hollín negro y denso.

Teo suelta un juramento sonoro y rotundo, tapando el agujero como puede con un trapo viejo y sucio mientras intenta cerrar la llave de paso inferior a contrarreloj, peleándose con el metal.

Se ensucia las manos de grasa negra hasta las mismas muñecas, resoplando por el esfuerzo físico, con el pelo completamente alborotado y una estampa que no tiene absolutamente nada de idílica o caballeresca.

Yo me aparto a toda prisa hacia la esquina más alejada de la cama, encogiendo los pies para no salir salpicada por el lodo radiactivo que brota del radiador muerto.

Finalmente, tras un último golpe seco de martillo que resuena como un disparo, el siseo del agua se detiene.

Teo se incorpora despacio, metiendo aire en los pulmones y limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo que tiene limpio, dejándose sin querer un churrete negro y alargado en la sien que le da un aspecto extrañamente cómico, como de dibujo animado que ha sobrevivido a una explosión.

Mira la mole de hierro pintado y luego me mira a mí con una mueca de disculpa que intenta ser seria.

—A ver, Leire. Tengo dos noticias, una mala y una regular —me dice, guardando la llave inglesa en la caja de plástico azul con un suspiro pesado—.

La mala es que la junta interna está completamente rajada y el radiador ha pasado a mejor vida.

Está muerto. Hay que cambiar la pieza entera de la base y el repartidor de suministros viene desde Inverness una sola vez por semana, así que la pieza nueva tardará unos días en llegar al pueblo.

Siento que se me cae el alma a los pies del todo. Me cruzo de brazos sobre el jersey, mirando al techo empapelado con una desesperación absoluta.

—¿Unos días? Teo, me voy a morir congelada aquí dentro. Está haciendo un frío polar fuera y dentro de este cuarto.

—Tranquila, que ahí viene la noticia regular, maja —me corta él con una sonrisa reconfortante que le limpia un poco el gesto, saliendo de la estancia a grandes zancadas—.

No te voy a dejar aquí metida como si fueras un témpano de hielo, que me caíste bien ayer en el pub a pesar de toda la chapa que me soltaste sobre los clanes. Espérame aquí un momento, no te muevas.

Escucho sus pasos pesados bajando las escaleras de madera del hostal y, a los pocos minutos, vuelve a aparecer en la habitación cargando con un aparato cuadrado de plástico blanco que acaba de sacar de su furgoneta de trabajo y un par de mantas de lana gruesa y gris bajo el brazo.

Enchufa el calefactor eléctrico a la toma de corriente de la pared y el aparato empieza a emitir un zumbido amigable y constante, expulsando un chorro de aire caliente que me sabe a gloria bendita en mitad de la glaciación.

Acerco las manos temblorosas al flujo de calor, cerrando los ojos aliviada por primera vez desde que amaneció.

—Esto es un parche temporal, que lo sepas —me aclara Teo, dejando las mantas extra sobre el borde de la colcha de flores—.

El aparato consume un quintal de energía y Alistair me va a echar una bronca de las gordas por la factura de la luz en cuanto la vea, pero al menos no amanecerás mañana como un pajarillo congelado.

Lo malo para ti es que tendré que ir viniendo cada tarde a revisar que la presión de la cañería rota no vuelva a saltar y a traerte la pieza nueva en cuanto el repartidor la deje en el almacén.

Asiento con la cabeza en silencio, dándome cuenta de que el invento del calefactor y el goteo de la tubería rota es un gancho de lo más útil: le da a este chico una excusa lógica, obligatoria y completamente justificada para seguir cruzándose conmigo durante los próximos días sin que parezca un truco forzado por el destino o una casualidad de novela barata.

Teo recoge sus herramientas del suelo, cierra la caja azul con un clic rotundo y se coloca la gorra de lado, mirándome de reojo con ese brillo divertido y burlón que ya empecé a conocer anoche en la taberna.

—Por cierto... veo que hoy has dejado la boina a cuadros tendida en la ducha para que escurra —me pincha con su habitual humor retranqueado, señalando con la barbilla hacia la puerta del baño—.

Una auténtica lástima, de verdad. Con lo bien que te conjuntaba para pedir indicaciones en gaélico medieval por el vecindario a los paisanos.

—Eres incorregible, Teo —le respondo, pero esta vez no puedo evitar que se me escape una sonrisa dulce, limpia y sincera, libre de toda esa indignación que traía acumulada desde Barcelona—. Gracias por el calefactor y por las mantas. De verdad te lo digo.

—A mandar, viajera —se despide guiñándome un ojo con total desparpajo mientras agarra el asa de la caja—. Al menos ya tienes un motivo real y de peso para no echar tanto de menos el sol de España estas semanas. Abrígate bien, que luego me paso a ver cómo va el charco de la moqueta.

Sale de la habitación cerrando la puerta despacio a sus espaldas, dejándome a solas con el zumbido cálido y reconfortante del pequeño aparato eléctrico.

Me siento despacio en la cama, arropándome hasta la barbilla con una de las mantas que me ha dejado en el colchón, mirando el radiador roto y el hollín del suelo, y dándome cuenta, con una extraña ligereza en el estómago, de que mi quincena de ensueño en las Highlands va a ser un desastre logístico absoluto, pero que la presencia constante de ese chico de Cuenca va a hacer que el frío del norte sea muchísimo más fácil de llevar.