La estafa de las Highlands 4 · TEO
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L a noche en este rincón de las Highlands es, básicamente, una soberana faena.

Lloviendo por completo de lado, con un viento racheado que te levanta las pestañas en cuanto asomas la nariz a la calle y el pueblo entero más desierto que Cuenca a las tres de la tarde un quince de agosto.

Estoy aquí apoyado, con los codos en la barra de The Drunken Stag, terminando de despachar un trozo de manchego curado del bueno.

Me lo ha mandado mi madre metido en un paquete azul, esquivando los controles de la aduana británica como si fuera contrabando de alta necesidad, cuando escucho que la pesada puerta de madera del pub cruje a mis espaldas.

Me giro un poco, masticando a paso lento, y la veo entrar.

La primera impresión es espectacular, para qué nos vamos a engañar.

Es una chica de mi país. Se le nota a la legua porque entra peleándose con la cremallera del bolso y suelta un «¡Joder, qué frío!

» entre dientes, con un resoplido de desesperación de los nuestros que resuena en todo el local.

El cuadro general, además, es digno de enmarcar en un museo del humor.

Viene empapada hasta las cejas, sin paraguas y con una boina a cuadros verdes y rojos encasquetada en la cabeza que parece sacada del vestuario de una película de época de presupuesto miserable.

Lo divertido es que la tía intenta caminar recta, manteniendo un orgullo y una elegancia que la lluvia rala de Escocia se está encargando de demoler a pasos agigantados.

Chorrea agua por los bordes del abrigo, va tiritando como un pajarillo y tiene esa cara inconfundible de turista perdida que busca una señal del destino en mitad de la nada absoluta.

Me hace una gracia tremenda, la verdad. Tiene un punto dulce, como de heroína romántica que se ha equivocado de siglo o de guion cinematográfico, pero me llama mucho la atención cómo intenta mantener el tipo frente a Hamish.

Se acerca a la barra mirándolo un poco por encima del hombro, con una dignidad que no le cabe en el pecho, y se arranca a pedirle un whisky con un inglés que se nota que ha ensayado mil veces frente al espejo, metiendo de vez en cuando palabras en gaélico con un esfuerzo tremendo por vocalizar bien.

Hamish, que tiene setenta y cinco años y el audífono roto desde el mundial del noventa y dos, la mira fijo con la boca medio abierta, como si estuviera viendo a un marciano bajar de una nave espacial en mitad del bar.

Yo sigo a lo mío, masticando mi queso y divirtiéndome de lo lindo con el espectáculo, hasta que veo que la pobre chica va a tomar aire para intentar decírselo por tercera vez, ya con los ojos un poco brillantes y al borde del colapso emocional.

Me da pena, qué quieres que te diga. En el fondo soy un pedazo de pan y sé perfectamente lo duro que es aterrizar en este norte cuando estás más solo que la una y el clima te recibe a bofetadas.

Decido meterme en medio para echarle un cable y evitar que la pobre chica pase un mal rato innecesario con el viejo.

—Déjalo, maja, que si le sigues hablando así te va a acabar sirviendo un desatascador. Dile que quieres un escocés normal y corriente.

La chica se gira hacia mí como si le hubiera soltado un insulto heráldico o le hubiera mentado a los antepasados.

Me clava una mirada indignada, con una pose tan solemne y tan digna que me cuesta aguantarme la risa.

Se le nota en la expresión el chasco monumental de haber viajado hasta el fin del mundo, cruzando mapas y fronteras, para terminar encontrándose con un acento tan de su propia tierra en la primera barra que pisa.

Intenta recomponerse de inmediato, cruzando los brazos sobre el pecho y adoptando una postura que pretende ser gélida.

—Perdona —me dice, mirándome de arriba abajo con las pestañas llenas de gotitas de agua—. No recuerdo haberte pedido ayuda. Y estaba practicando mi inglés, si no te importa.

—Ya, si importar no me importa, maja —le respondo con una sonrisa pícara, sin inmutarme lo más mínimo por su tono de pocos amigos—.

Pero es que a Hamish se le rompió el aparato de la oreja hace décadas y desde entonces solo entiende si le gritas como si estuvieras llamando a las vacas en mitad del monte o si le señalas directamente el grifo de la cerveza.

Todo ese rollo poético que le estabas soltando con acento de alta alcurnia le suena a canto gregoriano del revés.

Siento que a la chica le sube un color rosado a las mejillas, mitad por la vergüenza y mitad por el frío, pero se resiste a dar el brazo a torcer ante un desconocido.

—Estaba usando gaélico escocés —me aclara, elevando la barbilla con una elegancia que me resulta simpatiquísima—. Es una muestra de respeto hacia la cultura local del lugar donde voy a residir esta quincena.

Suelto una carcajada limpia que resuena en todo el pub vacío. Corto otro pedacito de manchego con la navaja y se lo ofrezco con la punta de la hoja, con total naturalidad, a ver si se le pasa el enfado.

—¿Gaélico? Maja, has dicho eso con un tono que no lo entiende ni el que inventó el idioma.

Aquí el único gaélico que se habla es el que viene impreso en las etiquetas de las botellas para cobrarle el triple a los turistas que vienen buscando duendes por las colinas.

Anda, déjate de sutilezas celtas y tómate algo, que vas a pillar una pulmonía con esa ropa empapada.

La chica mira la punta de mi navaja como si fuera una herramienta del paleolítico, pero veo que empieza a sonarse disimuladamente con la mano porque el frío de las Highlands no perdona a los idealistas.

Saco una servilleta de papel del dispensador de plástico de la barra y se la tiendo con una sonrisa suave, bajando un poco las defensas.

—Toma, anda, límpiate antes de que se te congele la nariz, que aquí el invierno empieza en agosto y el clima no es poético, es una faena de las gordas.

Ella me mira entre ofendida y resignada, pero coge la servilleta con una delicadeza y una finura que me confirman que es una chica educada.

Aprovecho ese segundo para pegarle un grito a Hamish señalando una de las botellas de la balda superior, la del whisky de la casa.

El viejo reacciona al instante, asintiendo con la cabeza y cogiendo dos vasos cortos, lo que la deja a ella otra vez con la boca abierta y las palabras en el aire.

—Eres un maleducado —me dice ella, aunque noto que su tono ya suena más herido por el chasco que realmente enfadado conmigo.

Se apoya un poco en la barra, mirando de reojo el vaso que Hamish le pone delante—.

He venido a las Highlands buscando la esencia de una cultura antigua, la magia de los clanes históricos y la autenticidad de su gente.

No esperaba encontrarme con un sabelotodo que se burle de mi inglés.

Al escucharla, la sonrisilla pícara se me quita de golpe y me entra un poco de apuro. La miro con una mezcla de disculpa sincera y pura simpatía, rascándome la nuca mientras recojo la navaja.

—Oye, perdona, de verdad —le digo, mirándola a los ojos con total sinceridad—.

No me estaba burlando, ha sido una broma tonta y no esperaba que te molestara tanto.

Es que me ha hecho una ilusión tremenda escuchar a alguien de mi país en este rincón del mapa, que aquí nos pasamos los días más solos que la una.

Soy Teo, por cierto. Un conquense suelto por el norte.

Cojo mi vaso, lo elevo ligeramente en su dirección para invitarla a sellar la paz y le dedico una sonrisa campechana.

—Venga, bebe un trago, que te va a venir bien para entrar en calor, y toma un trozo de queso, que este ha cruzado la aduana de milagro y está de muerte. Bienvenida al norte. ¿Hacemos las paces?

Ella me clava los ojos, sosteniendo la mirada con una pose tan solemne y tan digna que me cuesta aguantarme la risa bajo su boina chorreante.

Al final, veo cómo se le va relajando la tensión de los hombros y acepta el vaso con una sonrisa tímida, pequeñita.

Se toma el trago corto, y mientras el whisky le va devolviendo el color a las mejillas, deja sobre la barra el papel arrugado y mojado que llevaba apretado en el puño: el folleto turístico de la zona.

Al ver la portada, me entra la risa tonta y ya no puedo contenerme.

Reconozco el folleto al instante, y sobre todo, reconozco la foto del «guerrero» pelirrojo con kilt y espada que mira al horizonte místico.

Me apoyo en la barra, en tono confidente, decidido a bajarla a la tierra con un poco de realidad pero con buen rollo.

—Maja, es que viendo el papelito que traes...

me da a mí que vienes con unas expectativas que no caben en el mapa de carreteras de por aquí.

Conozco de sobra ese folleto. El castillo medieval tan idílico y ancestral que sale en la foto principal lleva en ruinas desde el siglo diecisiete; ahora mismo es un nido de cuervos cubierto de matorrales donde no queda ni una pared derecha.

Y ese highlander tan cachas que estás mirando...

es un estudiante de Erasmus de Murcia que hacía turnos aquí en el pub los fines de semana para sacarse unas perras para los vicios.

Se llamaba Paco y se volvió a su casa hace tres años.

Aquí el clima no es romántico ni tiene misterio, es simplemente una faena de las gordas, y la gente normal viste con chándal gris o con el chubasquero fosforito para que no los atropelle un tractor en mitad de la niebla.

La chica me escucha en silencio, procesando la información mientras mira el fondo de su vaso. Se le nota en la cara el debate interno entre el orgullo de su fantasía y la verdad aplastante que le acabo de soltar, pero termina por morderse el labio para aguantar la sonrisa.

Se termina el whisky para terminar de entrar en calor, se despide con un buenas noches dulce y sale del pub hacia la lluvia, recolocándose el bolso cruzado.

La veo marcharse por el cristal, pensando en que esa boina a cuadros va a dar muchísimo juego en este pueblo tan aburrido.

Limpio la hoja de mi navaja con el papel de estraza, guardo el trozo de queso que queda en el bolsillo del plumífero y me tomo el último trago de mi vaso, sonriendo para mis adentros.

La quincena promete ser bastante más interesante de lo que imaginaba cuando me levanté esta mañana.