3 · LEIRE
L a humedad de la habitación número tres de The Rusty Thistle se me está metiendo directamente en la médula espinal.
Noto cómo el frío avanza por mis huesos como una marea silenciosa y lenta, y tengo la certeza absoluta de que si me quedo aquí sentada, mirando el charco de agua marrón que crece bajo el radiador, voy a morir de hipotermia antes de tener la oportunidad de estrenar mi primer conjunto de encaje negro.
Necesito salir de este congelador de inmediato.
Necesito encontrar un lugar con seres humanos, con calor, con un mínimo de vida que me recuerde por qué estoy haciendo esta locura.
Cojo el teléfono móvil con los dedos tan entumecidos que me cuesta desbloquear la pantalla.
Busco en el mapa digital el pub local del pueblo, el único rincón que venía recomendado en la guía de la web de reservas como un establecimiento con solera y sabor tradicional.
Se llama The Drunken Stag . El Ciervo Borracho.
Al menos el nombre me arranca una pequeña sonrisa idílica y me promete un refugio acogedor donde guarecerme de la tormenta.
Me envuelvo en mi segundo jersey de lana trenzada de ochos, pasándomelo por la cabeza con cuidado para no estropearme del todo el pelo, me coloco la boina medio seca frente al espejo empañado del baño y salgo a la calle desafiando la noche escocesa.
La lluvia rala sigue cayendo con esa insistencia exasperante, de lado, empujada por un viento que parece soplar en todas las direcciones posibles a la vez.
Camino a paso rápido, tiritando bajo el abrigo, devorando con la mirada los adoquines negros y brillantes por el agua hasta que, por fin, diviso el letrero de madera iluminado que cuelga sobre una fachada de piedra.
El dibujo de un ciervo con los ojos un poco achinados me confirma que he llegado.
Cruzo el umbral empujando la pesada puerta de madera oscura, cerrando los ojos un segundo antes de entrar, esperando con todo mi corazón que la fantasía literaria me compense por fin los desastres acumulados de este día espantoso.
En mi cabeza, la entrada a un auténtico pub de las Highlands está perfectamente coreografiada: cruzar esa puerta significa encontrar un fuego de turba crepitando con fuerza en una chimenea de piedra gigantesca, un hilo musical de gaitas melancólicas sonando de fondo a bajo volumen para crear atmósfera, y, sobre todo, un barman rudo, de hombros imponentes, mandíbula cuadrada y ojos verdes intensos que me reciba con una mirada cargada de misterio celta mientras limpia un vaso de cristal.
Abro los ojos. La realidad, sin embargo, vuelve a abofetearme en toda la cara sin la más mínima piedad.
El pub está sumido en un silencio casi sepulcral, roto únicamente por el zumbido monótono de una televisión vieja y cuadrada colgada en una esquina alta, que retransmite un partido de críquet aburridísimo al que nadie presta atención.
No hay chimenea de piedra, ni rastro del olor a turba quemada; en su lugar, arrinconado junto a una mesa vacía, hay un radiador eléctrico de aceite que emite un zumbido constante y un olor a polvo quemado bastante poco evocador.
El suelo no tiene alfombras mullidas, sino listones de madera gastada y oscurecida por los años.
Me acerco a la barra de madera agrietada chorreando agua por todos los bordes del abrigo, dejando un rastro lamentable de gotas sobre el suelo.
Me quito los guantes mojados y los meto en los bolsillos mientras observo al hombre que está al otro lado de la barra.
No hay ningún guerrero de los clanes esperándome.
Detrás del mostrador se encuentra un señor de unos setenta años, con los hombros hundidos por el peso de las décadas, un chaleco de punto gris sobre una camisa de cuadros de franela y un audífono enorme de color carne en la oreja izquierda que emite un pitido agudo e intermitente, idéntico al del aparato de la recepción de mi hostal.
Me coloco bien la boina con un gesto mecánico, aclaro mi garganta y decido poner en práctica mi inglés hiper-ensayado.
He pasado semanas repasando tutoriales en internet para conseguir el acento de Edimburgo perfecto, esa cadencia elegante y distinguida que mi autora favorita describe siempre como un susurro místico de las colinas del norte.
Elevo un poco el tono de voz para intentar superar el pitido de su audífono y me dirijo al anciano con mi mejor sonrisa de heroína romántica en apuros.
— Good evening —comienzo, forzando una dulzura educada y manteniendo la espalda recta—. Could I please have a glass of your finest local single malt whisky, please? Oidhche mhath .
Pronuncio la última frase en gaélico con toda la musicalidad que soy capaz de reunir, esperando ver una chispa de orgullo local o de complicidad en sus ojos legañosos.
El camarero se me queda mirando fijamente.
No se mueve. Se recoloca el aparato de la oreja con un dedo tembloroso, entorna los ojos con una mezcla de cansancio infinito y absoluto desconcierto, y me suelta un gruñido incomprensible que suena como si estuviera aclarándose la garganta con grava.
Me quedo parada, un poco descolocada, pero no me rindo.
Vuelvo a intentarlo. Repito la frase completa, vocalizando cada sílaba al máximo, estirando las vocales como hacían en los vídeos y gesticulando con las manos abiertas para hacerme entender.
El buen hombre sigue mirándome exactamente igual, como si le estuviera hablando en arameo antiguo o recitando una lista de la compra en un idioma extinguido.
No entiende ni papa de mi inglés de Edimburgo ni de mi gaélico de folletín.
Justo cuando voy a tomar aire para intentarlo por tercera vez, sintiendo cómo la frustración me sube por las mejillas y el frío de los pies me recuerda lo patética que debe ser mi estampa con la boina empapada, una voz interviene desde el otro lado de la barra.
Es una voz con un acento absolutamente reconocible, rotundo, claro y sumamente castizo que rompe el silencio del pub:
—Déjalo, maja, que si le sigues hablando así te va a acabar sirviendo un desatascador. Dile que quieres un escocés normal y corriente.
Me giro indignada de inmediato, sintiendo un pinchazo de orgullo herido que me recorre el cuerpo de arriba abajo.
¿Un español? Parpadeo incrédula, torciendo el gesto mientras mis ojos recorren al intruso que acaba de reventar mi momento de inmersión cultural.
¡Pero si he viajado hasta el mismísimo fin del mundo precisamente para huir de los tíos de siempre!
He cruzado medio continente en avión y me he subido a un autobús destartalado para escapar de la palabrería moderna de Borja, de los discursos vacíos y de los chicos de mi ciudad que solo quieren fluir sin etiquetas.
¿Y lo primero con lo que me tengo que tropezar en mitad de una taberna perdida en las Highlands es con un acento de mi propio país?
El aspecto del chico es, para colmo de mis males, el anticlímax más absoluto de la literatura romántica.
No lleva kilt, no lleva una camisa de lazo abierta que deje ver un torso esculpido por las batallas, ni tiene esa mirada fiera, atormentada y salvaje de los lairds que aparecen en las páginas que devoro antes de dormir.
Es un chico completamente normal. Viste una sudadera gris de algodón sin ninguna pretensión, un plumífero ligero de color azul marino de lo más común y corriente, y unos vaqueros gastados.
Para rematar la estampa y destruir cualquier rastro de misticismo celta en un radio de diez kilómetros, el tío está apoyado en el taburete de la barra comiéndose con total parsimonia un trozo de queso curado.
Lo tiene colocado sobre un trozo de papel de estraza rústico y grasiento que ha desplegado sobre la madera, y corta los pedazos con una navaja pequeña con una destreza que delata que ha hecho eso mil veces en su vida.
Tiene toda la pinta de ser un queso manchego que le haya mandado su madre metido en un paquete postal desde algún rincón de la península, desafiando todas las aduanas británicas.
El chico me mira fijamente mientras mastica, mostrando una simpatía descarada y un brillo divertido en los ojos, completamente ajeno al drama existencial y al catálogo de expectativas románticas que acaba de destrozar en mil pedazos con su sola presencia en el pub.
Mi indignación aumenta a cada segundo que pasa mientras lo observo limpiar la hoja de la navaja en el papel de estraza.
—Perdona —le digo, cruzando los brazos sobre el pecho y adoptando mi postura más gélida—. No recuerdo haberte pedido ayuda. Y estaba practicando mi inglés, si no te importa.
—Ya, si importar no me importa, maja —responde él con una sonrisa pícara, sin inmutarse lo más mínimo por mi tono de pocos amigos—.
Pero es que a Hamish se le rompió el audífono en el mundial del noventa y dos y desde entonces solo entiende si le gritas como si estuvieras llamando a las vacas o si le señalas el grifo de la cerveza.
Todo ese rollo poético que le estabas soltando le suena a canto gregoriano.
Miro al camarero, que efectivamente ha vuelto a limpiar un vaso con un trapo grisáceo, ignorando por completo nuestra existencia. Siento que las mejillas me arden de vergüenza, pero me niego a darle la razón al intruso de la sudadera gris.
—Estaba usando gaélico escocés —le aclaro, elevando la barbilla con orgullo—. Es una muestra de respeto hacia la cultura local del lugar donde voy a residir durante las próximas dos semanas.
El chico suelta una carcajada limpia que resuena en todo el pub vacío, obligándome a clavarle una mirada que debería haberlo fulminado allí mismo.
Corta otro pedacito de queso con la navaja y me lo ofrece con la punta de la hoja, como si fuéramos viejos amigos de toda la vida compartiendo una merienda en el campo.
—¿Gaélico? Maja, has dicho tapadh leat con un acento que parecía que estabas pidiendo una ración de bravas en una terraza de Benidorm.
Aquí el único gaélico que se habla es el que viene impreso en las botellas de whisky para cobrarle el doble a los turistas americanos.
Anda, déjate de sutilezas celtas que vas a pillar una pulmonía con esa ropa mojada.
Da un golpe con los nudillos en la madera de la barra y atrae la atención del viejo camarero de un solo gesto, señalando una de las botellas que están en la balda superior.
—¡Hamish! —grita con una potencia de voz que me hace dar un respingo—. Two drams of the house blend, mate! Y ponle un poco de hielo a la señorita, que viene con el catálogo histórico muy subido.
El anciano asiente de inmediato con la cabeza, como si de repente hubiera recuperado la capacidad de comunicarse con el mundo exterior, y se da la vuelta para coger dos vasos cortos de cristal grueso.
Yo me quedo mirando la escena con la boca abierta, debatiéndome entre dar la vuelta e irme dando un taconazo elegante o quedarme a defender mi posición de heroína romántica incomprendida.
—Eres un maleducado —le digo, aunque no puedo evitar mirar de reojo el vaso de whisky que Hamish deposita frente a mí con un golpe seco—.
He venido a las Highlands buscando la esencia de una cultura antigua, la magia de los clanes y la autenticidad de su gente.
No esperaba encontrarme con un sabelotodo que se burle de mi inglés.
El chico cambia el gesto de inmediato. La sonrisilla pícara desaparece y me mira con una mezcla de disculpa sincera y pura simpatía campechana. Se rasca la nuca, un poco apurado.
—Oye, perdona, de verdad. No me estaba burlando, ha sido una broma tonta y no esperaba que te molestara tanto. Es que me ha hecho ilusión escuchar a alguien de mi país en este rincón del mapa, que aquí nos pasamos los días más solos que la una. Soy Teo, por cierto. Un conquense suelto por el norte.
Coge su vaso, lo eleva ligeramente en mi dirección con un gesto noble y me dedica una sonrisa tan transparente y cercana que me desarma por completo.
—Venga, bebe un trago, que te va a venir bien para entrar en calor, y toma un trozo de queso, que este ha cruzado la aduana de milagro y está de muerte. Bienvenida al norte. ¿Hacemos las paces?
Le clavo los ojos, sosteniendo la mirada con toda la dignidad femenina que me queda bajo mi boina chorreante, dándome cuenta de dos cosas a la vez: que este viaje no va a tener absolutamente nada que ver con el guion perfecto que traía preparado desde Barcelona, y que este chico de la sudadera gris, muy a mi pesar, me cae rematadamente bien desde el primer segundo.