2 · LEIRE
E l paisaje que se despliega ante mis ojos a través de la ventanilla no se parece en nada a las ilustraciones satinadas de mis novelas.
En mi cabeza, la llegada a las Highlands estaba envuelta en una bruma misteriosa y romántica, una niebla poética que flotaba sobre los valles mientras la luz dorada del atardecer se filtraba entre los acantilados.
La realidad de Inverness, sin embargo, es de un gris cemento que descorazona a cualquiera.
En cuanto pongo un pie fuera del transporte, el aire del norte me golpea la cara con la fuerza de una bofetada helada y una lluvia rala, fina y persistente, empieza a caer completamente de lado, impulsada por un viento huracanado que parece odiarme a mí y a mis expectativas.
Abro a toda prisa mi precioso paraguas de color rosa pastel, el que compré expresamente para conjuntar con mi boina a cuadros.
Dura abierto exactamente doce segundos. Una ráfaga violenta dobla las varillas hacia arriba con un crujido seco, convirtiéndolo en una especie de copa invertida inservible.
El viento lo sacude con tanta furia que casi me arranca el brazo, obligándome a tirarlo a la primera papelera que encuentro, con el pelo ya completamente pegado a las mejillas y el agua calándome los huesos a través de mi abrigo de diseño urbano.
Acomodo la pesada maleta roja como puedo y paseo la mirada por los alrededores, esperando ver a los descendientes de los clanes históricos.
Me imagino a hombres corpulentos de mandíbula cuadrada, caminando con paso firme bajo la tormenta con el kilt ondeando y esa mirada fiera que tanto he memorizado en mis lecturas.
Pero la fauna local decepciona mi catálogo mental desde el primer segundo.
A mi izquierda, un grupo de señores jubilados charla animadamente; en lugar de faldas de tweed y capas de lana, visten unos chubasqueros de un color amarillo y naranja fosforito tan chillón que casi hacen daño a la vista.
Al otro lado de la acera, un par de granjeros cubiertos de barro hasta las rodillas discuten a gritos al lado de un tractor cubierto de estiércol, hablando en un dialecto cerradísimo, áspero y rítmico que me resulta del todo imposible de procesar.
Intento buscar una mirada joven y profunda, pero los únicos chicos de mi edad que pasan por la calle van encorvados, con las capuchas de las sudaderas puestas hasta las cejas y los ojos clavados en las pantallas de sus teléfonos móviles, pasando olímpicamente de las fantasías épicas, de la magia celta y de la turista empapada que los observa con desconsuelo.
Sintiéndome un poco desorientada y con el agua chorreándome por el cuello, decido que es el momento de poner en práctica todo lo que he aprendido en mis noches de insomnio y literatura.
Me acerco con timidez a un señor mayor que espera en la marquesina del autobús, un hombre de mejillas rosadas y cejas pobladas que, al menos, no lleva ropa fosforita.
Me coloco la boina mojada con elegancia y le dedico mi mejor sonrisa de heroína romántica en apuros.
— Ciamar a tha sibh ? —le digo, esmerándome al máximo en la pronunciación gaélica que mi autora favorita describía como un susurro místico de las colinas. El anciano me mira parpadeando, con la boca entreabierta—. Disculpe... Madainn mhath . Busco indicaciones. Tapadh leat .
El hombre da un pequeño paso hacia atrás en la marquesina, entornando los ojos con una mezcla de alarma y profunda confusión.
Se me queda mirando fijamente a los labios, luego a la boina empapada y otra vez a los ojos, con una expresión de absoluto desconcierto, como si estuviera presenciando en directo cómo sufro un ictus o un colapso mental espantoso.
— What on earth are you babbline about, lassie ? —me responde con un bufido, con un acento que suena a piedras rodando por un río. No ha entendido ni una sola palabra de mi gaélico de folletín.
Se da la vuelta de inmediato, murmurando algo para sí mismo y mirando hacia la carretera como si rezara para que su autobús llegue cuanto antes y lo salve de la loca de la boina a cuadros.
Me quedo allí plantada, bajo la lluvia inclemente, tragándome el orgullo y asimilando que las palabras mágicas de mis libros no sirven ni para pedir la hora en la Escocia real.
Saco el papel arrugado con las indicaciones que imprimí en Barcelona.
Mi destino no es la gran ciudad, sino un pequeño pueblo encantado en mitad de las Highlands donde, según el folleto digital, se encuentra el castillo ideal que he reservado para pasar esta quincena de ensueño.
Con el paraguas en la basura y la dignidad flotando en el agua de los charcos, sigo las señales hacia la dársena del autobús local.
El vehículo que aparece no tiene nada de místico.
Es un autobús viejo, de color azul descolorido, que huele a calefacción barata, impermeable mojado y tapicería húmeda.
Me subo arrastrando la maleta rígida, que a estas alturas pesa el doble, y me acomodo en un asiento a mitad del pasillo.
El autobús se llena enseguida de gente del lugar, y yo, manteniéndome fiel a mis ilusiones, empiezo a hacer un escaneo disimulado de los pasajeros.
Busco rostros. Gente de mi edad. En mis novelas, el destino siempre coloca al protagonista masculino en el asiento de al lado, cruzando una mirada intensa que te corta la respiración.
Pero el chico que se sienta a unas filas de mí lleva unos auriculares gigantes, mastica chicle con la boca abierta y viste un chándal gris con manchas de grasa de haber estado arreglando una moto.
Un poco más allá, otro joven de hombros anchos —que por un segundo hace que me dé un vuelco el corazón— se gira y se pasa diez minutos quejándose por teléfono con una voz chillona sobre los horarios del supermercado local.
No hay misterio. No hay lairds proscritos.
Solo hay chicos normales de veintitantos años que vuelven de trabajar o de hacer recados, tan aburridos de la rutina como los que dejé atrás en Barcelona.
El autobús arranca, tambaleándose por una carretera estrecha que serpentea entre colinas.
El paisaje exterior es verde, sí, pero la lluvia rala y los cristales completamente empañados por el vaho de los pasajeros hacen que todo parezca una postal lavada con lejía.
Me paso el trayecto limpiando un redondel en el vidrio con el guante para intentar retener algo de la magia que venía buscando, pero la monotonía del motor y el frío que se cuela por la rendija de la ventana me van apagando el entusiasmo poco a poco.
Después de una hora de baches, el conductor anuncia mi parada con un grito gutural.
Me bajo en el pueblo. Las expectativas me devuelven un poco de calor al pecho mientras el autobús se aleja dejándome en una calle desierta de adoquines negros.
Miro a mi alrededor buscando el perfil imponente del «castillo ancestral» anunciado en la web de reservas, esa fortaleza medieval con torreones, chimeneas de piedra y un aura de leyenda donde imagino que pasaré mis noches leyendo frente al fuego.
Camino unos pasos, consultando la pantalla del móvil, hasta que el mapa me dice que he llegado exactamente a las coordenadas.
Me detengo. Parpadeo varias veces, limpiándome las gotas de agua de las pestañas, convencida de que me he equivocado de calle.
Frente a mí no hay almenas, ni foso, ni un portalón de roble histórico.
Hay una casa de piedra de dos plantas, estrecha, de un gris oscuro por culpa de la humedad acumulada, con las ventanas pequeñas y una fachada tan normal y corriente que parece sacada de un barrio obrero de las afueras.
El único rastro del mito celta es un pequeño cartel de madera torcido al lado del timbre que reza, con letras doradas ya desconchadas, el nombre del alojamiento: «The Rusty Thistle».
El Cardo Oxidado. Qué nombre tan premonitorio y qué poco caso le hice desde mi escritorio en Barcelona, cegada por las fotos con filtro de tonos sepia.
Arrastro la maleta por los tres escalones de piedra resbaladiza y pulso el timbre.
En mi mente, la puerta de roble se abre para dar paso a un vestíbulo señorial, un hogar con cabezas de ciervo, alfombras de lana y un fuego rugiente que me devolverá la vida.
La realidad es que la puerta cede con un quejido asmático y lo primero que me golpea la cara es un olor denso a moho, a tubería vieja y a sopa de sobre de verduras.
La recepción es un pasillo estrecho con una moqueta de cuadros descoloridos por el paso de las décadas y el tránsito de cientos de turistas engañados.
No hay chimenea. Hay una bombilla fluorescente en el techo que parpadea con un zumbido eléctrico insoportable.
En el mostrador no hay ningún laird maduro de ojos verdes esperando para ofrecerme un whisky de bienvenida; hay un papelito emborronado con mi nombre y una llave colgada de un llavero de plástico verde que tiene grabado el número tres.
Al lado, una nota manuscrita avisa: «Bienvenida.
Su habitación está en el primer piso. El personal no está disponible hasta mañana» .
Subo los escalones de madera, que crujen bajo mi peso y el de mis cuatro kilos de jerséis de ochos. Llego a la habitación número tres y meto la llave en la cerradura con las manos tan entumecidas que casi se me cae al suelo. Cuando empujo la puerta, se me cae el alma a los pies.
La alcoba de mis fantasías medievales es un cuarto minúsculo con una cama individual cubierta por una colcha de flores marchitas que parece heredada de una tía abuela.
Las paredes están empapeladas con un diseño de rayas amarillentas que se despega por las esquinas debido a la humedad.
La ventana, pequeña y de guillotina, vibra violentamente cada vez que el viento racha con fuerza en el exterior, dejando entrar un silbido helado que me eriza el vello de los brazos.
Me quito la boina empapada, que pesa el triple por el agua, y la dejo sobre la única silla de madera.
Tengo tanto frío que me castañetean los dientes de verdad.
Me acerco desesperada al único radiador de la estancia, una mole de hierro fundido pintada de blanco descascarillado que debería ser mi salvación.
Poso las palmas de las manos en el metal, rogando por un poco de calor humano.
Está completamente congelado. Más frío que el granito de los acantilados.
Busco la llave de paso y la giro con fuerza hacia la izquierda.
El radiador emite un quejido ronco, una especie de gorgoteo que suena a cañería atascada, seguido de un siseo metálico.
Por una de las juntas inferiores empieza a brotar, muy despacio, un hilo de agua de un color marrón oxidado que avanza decididamente hacia la moqueta de la habitación. De calentar, ni hablamos.
Me siento en el borde de la cama, abrazándome a mí misma para retener el poco calor que me queda en el cuerpo, mirando el charco marrón que crece lentamente en el suelo.
El catálogo entero de mis novelas románticas se acaba de pegar un tiro en la sien.
Mi quincena de ensueño en las Highlands acaba de empezar en una habitación que roza el abandono, sin calefacción, con un paraguas destrozado y con la certeza absoluta de que el romanticismo celta es la mayor estafa comercial del siglo veintiuno.