La estafa de las Highlands
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1 · LEIRE
M iro las manos de Borja mientras sostiene su taza de té orgánico.
Son unas manos cuidadas, suaves, que nunca han tenido que hacer un esfuerzo mayor que teclear en un ordenador o cambiar de postura en su esterilla de yoga.
Me habla con esa voz pausada y terapéutica que al principio de nuestra relación me parecía el colmo de la madurez, pero que hoy, en mitad de su salón inmaculado de madera clara, me suena a la melodía más fría del mundo.
—Es que siento que no debemos ponerle etiquetas a lo nuestro, Leire —me dice, mirándome con una sonrisa lánguida que pretende ser comprensiva—.
Las etiquetas encorsetan nuestra energía.
Yo necesito fluir, vivir el presente sin expectativas rígidas que limiten nuestro crecimiento individual.
No quiero que nos pertenezcamos; quiero que celebremos el encontrarnos cuando nuestros caminos coincidan, respetando que podamos conectar con otras personas.
Un frío agudo me recorre la espalda. Siento como si un velo de cristal se rompiera en mil pedazos dentro de mi pecho.
Llevamos un año y medio compartiendo mi vida, mis lecturas, mis cenas y mis confidencias.
Para mí, cada día a su lado era un paso hacia ese futuro precioso que siempre he imaginado: el amor de verdad, el compromiso maduro de dos personas que deciden cuidarse y elegirse para siempre.
Mi mente, educada en los romances más puros y en la creencia inquebrantable de que cada una de nosotras tiene un alma gemela esperándola en alguna parte, se niega a procesar lo que Borja está camuflando detrás de sus palabras bonitas.
—¿Conectar con otras personas? —pregunto.
Mi voz suena un poco temblorosa, pero hago un esfuerzo enorme por mantener la compostura.
Siento que las lágrimas me queman detrás de los ojos, amenazando con desbordarse en cualquier momento—.
Borja... estás usando palabras muy elevadas para decirme, simplemente, que todo este tiempo juntos no ha significado lo mismo para los dos.
Que prefieres la libertad de buscar en otros sitios antes que cuidar lo que tenemos aquí.
Él suspira, dejando la taza sobre la mesa auxiliar con un movimiento coreografiado. Se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y me mira con esa condescendencia que ahora me hiela la sangre.
—Estás reduciendo un concepto de expansión espiritual a una cuestión puramente física y de posesión, Leire. El amor libre no entiende de exclusividad ni de jaulas.
—El compromiso no es una jaula, Borja —le respondo en un susurro, sintiendo cómo la primera lágrima me resbala por la mejilla.
Me levanto del sofá despacio, entrelazando mis dedos con fuerza para que no me tiemblen las manos—.
El compromiso es el deseo de construir algo hermoso con alguien, de elegir a esa persona cada día.
Yo no busco un amor descafeinado que necesite justificarse con manuales de autoayuda para no salir herido.
Yo creo en el amor de verdad. En el «para siempre».
Y me duele muchísimo darme cuenta de que he estado intentando escribir una historia preciosa con alguien que solo quiere pasar las páginas deprisa.
Borja se queda mirándome, parpadeando, descolocado por la serena tristeza de mis palabras. Intenta estirar la mano hacia mí, pero doy un pequeño paso hacia atrás, protegiendo mi corazón.
—Leire, no te cierres así, estás reaccionando desde la herida...
—No, Borja. Reacciono desde lo que valgo —le digo, cogiendo mi bolso con una delicadeza que me cuesta la vida mantener—.
Quédate con tu libertad y tus energías flotantes si eso es lo que te llena.
Yo necesito un amor que sea tan grande como el que yo tengo para dar.
Y sé que está en alguna parte, aunque hoy me toque llorar por haberlo buscado en el lugar equivocado.
Salgo de su piso despacio, cerrando la puerta con cuidado a mis espaldas, sin portazos dramáticos.
No los necesito; el silencio que dejo atrás pesa mucho más.
En cuanto cruzo el portal y la brisa de la tarde me da en la cara, el llanto contenido se desborda por completo.
Me duele el pecho, una punzada real de tristeza me nubla la vista mientras camino hacia mi casa, pero en mitad de la pena noto cómo se enciende una chispa de dignidad limpia.
Me niego a creer que el mundo se haya vuelto tan frío.
Me niego a aceptar que el romanticismo sea una mentira y que los hombres de verdad, los que entregan el alma sin condiciones, solo existan en las páginas de mis amadas novelas.
Cruzo el umbral de mi piso y, esta vez sí, dejo caer el bolso en el suelo antes de apoyarme contra la puerta.
Las lágrimas que he contenido con tanta dignidad en la calle se desbordan por completo, empañándome las pestañas y dejándome la garganta dolorida.
Camino hacia el salón como una sonámbula, sintiendo que la casa está demasiado grande, demasiado silenciosa.
Me tiro en el sofá tapándome con una de mis mantas de punto y, antes de que pueda hundirme del todo en el pozo de la autocompasión, el móvil empieza a vibrar en mi bolsillo con esa melodía alegre que tengo reservada exclusivamente para ella.
En la pantalla brilla el nombre de Carla.
Limpio la pantalla con la manga de la chaqueta y acepto la videollamada.
Al segundo aparece su rostro, iluminado por la luz pálida de Bergen.
Lleva un jersey de lana enorme, el pelo recogido en un moño desenfadado y, de fondo, se intuye la silueta de Björn, su marido noruego, cortando leña de verdad a través del ventanal que da al fiordo.
Verla en su pequeño paraíso nórdico me pincha el corazón, y el llanto se me escapa en un gemido ahogado.
—¡Leire! Por los clavos de Odín, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras así? —pregunta Carla, pegando la cara a la cámara con los ojos como platos.
—Borja y yo... se ha acabado, Carla —consigo articular, sorbiendo por la nariz mientras me abrazo las rodillas—. Hemos roto. Bueno, he roto yo, pero... es que quería que «fluyéramos». Quería abrir la relación para conectar con otras energías, que no tuviéramos etiquetas...
Al otro lado de la pantalla, Carla no se echa a llorar conmigo. Al contrario. Pega un soplido indignado y apoya los codos en la mesa, mirándome con una intensidad que traspasa los píxeles.
—¿Energías flotantes? ¿Postureo místico para poder acostarse con media ciudad sin remordimientos?
¡Por fin, Leire! ¡Gracias al cielo! —exclama, levantando las manos—.
Sé que te duele, mi amor, y me rompe el alma verte así, pero ese inútil no te merecía.
Llevo un año y medio diciéndote que a ese chico le falta un hervor y le sobra Instagram.
Todo el día con el kombucha de los cojones, las camisetas de lino orgánico y validando emociones, pero a la hora de la verdad, un cobarde que no sabe sostenerle la mirada a una mujer de verdad.
—Es que yo creía que construíamos algo... —susurro, limpiándome una lágrima rebelde—. Yo busco el amor de verdad, Carla. El «para siempre». Parece que hoy en día creer en eso te convierte en una loca del siglo diecinueve.
—No estás loca, estás rodeada de hombres equivocados, que es distinto —me corta Carla con esa firmeza que tanto la caracteriza, la misma que la llevó a mudarse a Noruega sin saber una palabra de idioma—.
Tú necesitas un hombre de verdad, Leire.
Alguien con la madurez y la valentía de entregarse entero, sin manuales de psicología barata para esconderse.
Ya es hora de que dejes de llorar por los rincones de esa ciudad y te pongas manos a la obra para conseguir tus sueños.
Exactamente como hice yo. ¿Te acuerdas de cuando me decías que estaba chiflada por irme a buscar un vikingo?
Mírame ahora. Es el momento de tu propia revolución, Leire.
La conversación con Carla se alarga entre sus ánimos y mis suspiros, hasta que la noche cae por completo sobre mi salón. Cuando colgamos, noto que el peso en mi pecho ya no es tan opresivo. Sus palabras se han quedado flotando en el aire, encendiendo una pequeña bombilla en mitad de mi oscuridad.
Me levanto, voy al dormitorio y cojo el Kindle de la mesilla de noche.
Me meto en la cama con mi pijama de algodón suave y enciendo la pantalla retroiluminada.
Busco el último volumen de la saga de highlanders de mi escritora favorita, el que guardaba como oro en paño para el fin de semana.
Al sumergirme en las primeras páginas, devorando la descripción de ese laird indómito de las colinas, de mirada fiera, lealtad inquebrantable y palabra de honor que jamás se rompe, el consejo de Carla resuena en mi cabeza con la fuerza de un trueno.
«Es el momento de tu propia revolución, Leire».
Miro el libro digital. Miro la habitación vacía.
Y entonces, la idea nace dentro de mí con la nitidez absoluta de una revelación divina.
Si en mi ciudad el amor se ha vuelto cobarde y descafeinado, me voy a buscarlo allí donde las leyendas dicen que los hombres todavía aman con el alma entera.
Me voy a Escocia. Voy a buscar a mi hombre ideal en las Highlands, y ningún Borja del mundo me va a convencer de que el romance ha muerto.