La esquina de los hombres tranquilos EPÍLOGO - Un mes después
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EPÍLOGO - Un mes después

Se quedaron entrelazados durante lo que parecieron horas, con las respiraciones tratando de recuperar la quietud de la noche.

Mateo mantenía a Daniel protegido bajo su brazo pesado, una caricia de oso que Daniel recibía con la paz de quien ya no tiene que huir.

El olor de su entrega —el semen secándose sobre sus pieles, el sudor rancio y el aroma a hombre satisfecho— llenaba la estancia, convirtiéndola en un santuario de verdad desnuda.

Daniel pasó su mano por el pecho de Mateo, jugando con los hilos de plata de su vello, maravillándose de la solidez de aquel hombre que había dinamitado su vida de abogado para enseñarle a respirar de verdad.

Mateo le dio un beso en la frente, un gesto de una ternura ruda que a Daniel le oprimió el corazón.

—Mañana habrá que volver a ponerse el traje —dijo Mateo, y su voz fue un susurro de grava en la penumbra.

—Pero ya no será un disfraz —respondió Daniel—. Será solo la ropa que cubre al hombre que tú has despertado.

Se limpiaron torpemente con la sábana, un ritual de cuidado mutuo donde sus manos se encontraban en la suavidad de sus cuerpos maduros.

No había prisa por vestirse, ni miedo al amanecer.

En esa esquina de la ciudad, entre las paredes que ellos mismos habían dotado de sentido, Daniel y Mateo habían encontrado, por fin, el lugar al que siempre se vuelve: la piel del hombre que te reconoce.