EPÍLOGO - Un mes después
La noche en la ciudad era, como siempre, una bruma de luces y sombras.
Daniel caminó hacia el puesto de bocadillos, sintiendo la brisa fresca en su rostro.
Llevaba el traje impecable, la corbata perfectamente anudada, pero bajo la seda de su camisa, sentía el rastro del deseo latente.
Al llegar, vio a Mateo. El capataz estaba apoyado en la barra, con una cerveza en la mano y la camisa de cuadros remangada, mostrando sus antebrazos poderosos y velludos.
Al verse, no hubo grandes gestos. Solo una mirada de reconocimiento total, una conexión eléctrica que atravesaba el espacio público con la fuerza de un secreto compartido.
Mateo le pasó una cerveza sin decir palabra.
El roce de sus dedos al intercambiar la botella fue una descarga; Daniel sintió la aspereza de la piel de Mateo y, por un instante, el aroma de la obra y de la simiente pareció volver a rodearlos en mitad de la acera.
—Hoy hemos terminado el último piso —dijo Mateo con una sonrisa leve, sus ojos grises brillando bajo la luz del puesto.
—Se nota —respondió Daniel, sintiendo el peso de la presencia de Mateo como un ancla de realidad—. El edificio ya está lleno de gente.
Mateo asintió, dándole un trago a su cerveza, mientras su mirada bajaba por el cuerpo de Daniel, recordándole con cada parpadeo lo que ocurría cuando las luces se apagaban y el traje caía al suelo.
—Pero nosotros recordaremos cómo era cuando estaba vacío —añadió Mateo, bajando la voz—. Recordaremos que nosotros fuimos los primeros en habitarlo.
Daniel sonrió, una sonrisa tranquila y plena.
El silencio volvió entre ellos, pero ya no era el silencio de dos extraños, sino la quietud de dos hombres que habían construido su propio universo en una esquina olvidada.
Eran dos hombres tranquilos comiendo y bebiendo en una calle cualquiera, pero bajo la ropa, sus cuerpos maduros y velludos seguían vibrando con el recuerdo de su encuentro, sabiendo que, sin importar cuánto creciera la ciudad a su alrededor, siempre tendrían ese rincón de verdad, ese refugio de carne y canas donde el deseo no entiende de leyes, sino de la paz de haberse encontrado al fin.
FIN