Chapter 52
Mateo guio a Daniel hacia la cama, pero antes de tumbarse, lo detuvo frente al gran espejo del dormitorio.
Quería que se vieran. Quería que Daniel contemplara la realidad de su deseo.
Mateo se situó detrás de él, pegando su pecho velludo a la espalda del abogado, mientras sus manos bajaban para rodear el vientre generoso de Daniel.
En el reflejo, eran una sola masa de masculinidad madura, un entrelazado de canas y piel sudada.
—Míranos, Daniel —gruñó Mateo al oído del abogado, mientras su miembro, una columna de carne oscura, venosa y palpitante, se asomaba entre los muslos de Daniel—. No somos jóvenes, pero nunca hemos estado tan vivos.
Mateo empezó a masturbar a Daniel mientras él mismo se frotaba contra las nalgas del abogado.
El roce del vello cano de Mateo contra la piel sensible de Daniel generó una fricción eléctrica.
El líquido preseminal de ambos, ese fluido viscoso, brillante y cargado de un aroma seminal metálico, empezó a lubricar el encuentro, manchando sus manos y sus muslos.
Daniel echó la cabeza hacia atrás, entregándose al peso de Mateo, sintiendo el calor febril que emanaba de la entrepierna del capataz.
Cuando finalmente se tumbaron, el sexo fue una ceremonia de profundidad.
Mateo penetró a Daniel con una contundencia masiva, un empuje que buscaba el centro mismo de su ser.
Daniel soltó un rugido de placer, envolviendo la cintura de Mateo con sus piernas, sintiendo el volumen del capataz llenándolo por completo.
El sonido en la habitación era puramente carnal: el choque rítmico de sus vientres velludos, el jadeo entrecortado de dos hombres que ya no tenían nada que ocultar y la succión de sus pieles sudadas.
El clímax llegó como un derrumbe sagrado.
Daniel eyaculó sobre sus propios pechos, chorros potentes de semen blanco y espeso que salpicaron el vello gris de Mateo.
Apenas un segundo después, Mateo soltó un grito desgarrador y lo siguió, descargando su simiente con una fuerza devastadora dentro de Daniel.
La marea de calor interno y externo los dejó exhaustos, unidos por el rastro de sus fluidos que ahora goteaban lentamente sobre las sábanas, sellando su unión con el aroma penetrante de la victoria sobre el tiempo.