La esquina de los hombres tranquilos CAPÍTULO 12 - El lugar al que se vuelve
92%

CAPÍTULO 12 - El lugar al que se vuelve

El silencio que se instaló en el dormitorio era distinto al de antes; ya no estaba cargado de la electricidad del hambre, sino de la pesadez dulce de la conquista.

Daniel permanecía con los ojos cerrados, sintiendo el peso masivo del brazo de Mateo rodeando su cintura, una extremidad poderosa que lo anclaba a la realidad mientras su pulso intentaba recuperar el ritmo de la quietud.

La piel de ambos, una amalgama de sudor, calor y el rastro brillante de su simiente mezclada, empezaba a enfriarse al contacto con el aire, creando una sensación de pegajosa intimidad que Daniel no quería interrumpir.

—Parecemos dos barcos que acaban de sobrevivir a un naufragio —susurró Mateo, y su voz, ahora una caricia de grava y terciopelo, vibró en el pecho del abogado.

Mateo se incorporó con cierta torpeza, una falta de agilidad propia de sus sesenta y un años que a Daniel le resultó infinitamente conmovedora.

Al moverse, la carne de su vientre se plegó con naturalidad, mostrando esa geografía honesta que no entendía de posturas estudiadas.

Con un gesto pausado, Mateo alcanzó la sábana de arriba y, con una mano que aún temblaba ligeramente por el esfuerzo, empezó a limpiar el pecho de Daniel.

No fue una limpieza higiénica, sino una exploración de los restos de su entrega; Mateo arrastraba la tela sobre el vello cano de Daniel, retirando la simiente blanca y espesa que se había enredado entre los hilos de plata de su pecho.

Daniel abrió los ojos y contempló a Mateo.

Lo vio allí, desnudo, con su barba gris despeinada y la mirada empañada de una gratitud ruda.

Daniel le arrebató suavemente la sábana y empezó a hacer lo mismo con él.

Se detuvo en el vientre de Mateo, limpiando con delicadeza los fluidos que brillaban sobre la piel oscura y velluda del capataz.

Era un acto de una vulnerabilidad absoluta: dos hombres de peso, curtidos por la vida, cuidándose en la penumbra como si fueran de cristal.

—Tienes el rastro de mi vida en tus manos, Daniel —murmuró Mateo, mientras el abogado jugaba con el vello de su abdomen, trazando espirales entre las canas húmedas.

Se quedaron así, jugando con sus cuerpos sin la urgencia de la penetración, simplemente reconociendo la textura de la piel madura.

Daniel apretó con suavidad la carne generosa del costado de Mateo, deleitándose en la solidez de ese cuerpo de oso que lo hacía sentir protegido.

Mateo, a su vez, recorrió con sus dedos las arrugas de expresión de Daniel, como si estuviera leyendo en su rostro las leyes que ya no importaban.

El aroma de la habitación era una mezcla embriagadora de simiente, jabón y el olor animal de la piel satisfecha.

No hubo palabras grandes, solo el roce de sus frentes y el sonido de sus respiraciones que, por fin, volvían a ser una sola.

Daniel hundió su rostro en el hueco del cuello de Mateo, inhalando el rastro del tabaco y del placer, sabiendo que en esa limpieza torpe y en esas caricias perezosas, habían encontrado un lenguaje que ninguna mujer, ningún juicio y ninguna obra les podría arrebatar jamás.

Eran dos hombres tranquilos que, en el desorden de las sábanas y el rastro de su propia leche, habían construido, finalmente, su verdadero hogar.