Chapter 49
El clímax no fue un accidente, sino una arquitectura construida con paciencia.
Mateo se situó sobre Daniel, encajando sus muslos velludos entre los del abogado, permitiendo que sus sexos desnudos se frotaran directamente, un roce de glande contra glande lubricado por la amalgama de sus fluidos preseminales.
Daniel sentía el peso masivo de Mateo, la solidez de su vientre presionando contra el suyo, y la fricción de sus vellos grises entrelazándose en una danza frenética.
El calor en el dormitorio era ya una entidad física, una marea que los envolvía mientras el deseo alcanzaba su punto de ebullición.
Mateo agarró las manos de Daniel y las entrelazó con las suyas, fijándolas contra la almohada mientras sus cuerpos chocaban rítmicamente, generando un sonido húmedo de piel y entrega absoluta.
—¡Ahora, Daniel! ¡Suéltalo todo conmigo! —rugió Mateo, con los ojos inyectados en sangre y deseo.
En un estallido que pareció fracturar la penumbra del apartamento, Daniel eyaculó.
El semen brotó en chorros potentes y calientes, una descarga de vida blanca y espesa que salpicó sus propios pechos y se mezcló con el sudor que les cubría.
Apenas un segundo después, Mateo soltó un grito desgarrador, una nota de liberación que parecía haber estado guardada durante décadas, y lo siguió con una eyaculación masiva.
Su simiente, densa, abundante y cargada del aroma de la virilidad madura, inundó la piel de Daniel, uniéndose al fluido del abogado en una mezcla de olores seminales que selló su pacto definitivo.
Se quedaron así, jadeantes, con los cuerpos todavía temblando por los espasmos del placer, mientras el rastro de sus fluidos se enfriaba lentamente sobre sus pieles.
En esa noche sin prisa, entre sábanas que ahora guardaban el mapa de su verdad, Daniel y Mateo comprendieron que la madurez no era el final de nada, sino el principio de un mundo donde el cuerpo, por fin, no tenía nada que ocultar.